Estrellas y sombras (Serie Estrellas y sombras 1) 4
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Me miré en el espejo y apenas me reconocí. Mi cabello oscuro estaba recogido y trenzado en la coronilla en un elaborado diseño que ya empezaba a darme dolor de cabeza, y Eletta me había pintado una gruesa línea oscura a lo largo de los ojos que me hacía parecer diferente.

Pero nada de eso era lo importante. Lo importante era el vestido blanco que llevaba puesto, que brillaba como si las estrellas se deslizaran en cascada sobre la tela.

No sabía dónde mirar cuando Eletta me lo había puesto, pero mi asombro se desvaneció rápidamente al darme cuenta de que la espalda del vestido llegaba justo por debajo de la cintura.

Las marcas de mi espalda quedaban al descubierto, y aunque intenté oponerme, ella me había advertido que la reina había exigido que llevara una prenda que mostrara lo que buscaban.

A ellos no les importaba la mujer que estaba a punto de presentarse ante ellos. Solo les importaba una cosa, y esa cosa estaba a la vista de todos, aunque yo tiritara por el frío de la noche.

Anhelaba meterme en la cama, pero no tenía elección. Estaba con Eletta a las puertas del gran salón, y ella seguía retocándome el vestido mientras yo intentaba respirar. Me negué a permitir que la realeza viera lo asustada que estaba.

Mi miedo era su poder, e iban a usarlo contra mí si les daba la oportunidad. Eran las personas que habían asesinado a mi padre cuando él había intentado impedir que se llevaran a su única hija, y no me atrevía a dejar que vieran ese temor en mis ojos.

—¿Estás lista? —preguntó Eletta en voz baja frente a mí, y le eché un rápido vistazo. Era un hada como el resto de ellos, pero algo me decía que esa chica no se parecía en nada a ellos. Me había tratado con amabilidad y respeto desde que había llegado.

—No estoy segura de que alguna vez vaya a estar preparada. —Fui sincera con ella y vi cómo su pequeña sonrisa se desvanecía de su precioso rostro.

Pero no tuvo tiempo de responder. Las puertas del gran salón se abrieron, con un guardia real a cada lado, y ella se puso rápidamente detrás de mí. Apenas podía ver el interior del salón, pero me parecía que cientos de rostros me miraban fijamente.

Los escruté uno por uno, aborreciendo que fuera para encontrar al guardia que solo hacía un día que conocía; un guardia que era completamente irrelevante.

Enderecé la espalda al ver las filas y filas de personas que se encontraban en el espacio.

Todos me miraban con asombro y anhelo, pero ninguno de ellos buscó mi mirada: solo les interesaba mi espalda; querían ver mi maldición, que para ellos era justo lo contrario. Me veían como una salvadora.

Me olvidé de todos ellos y me concentré en las tres hadas que estaban sentadas en un estrado bajo.

La reina fue la primera en llamar mi atención, y no era de extrañar.

Llevaba un largo vestido rojo que destacaba entre los de los demás, y la corona que ornaba su cabeza hacía juego con él.

En ella había tantas puntas de oro rematadas con grandes rubíes que deberían haberle impedido mirar a la gente desde arriba, pero lo conseguía de todos modos.

Me dedicó una mirada severa y calculadora, y tuve que hacer acopio de todas mis fuerzas para no encogerme. Era hermosa, de eso no cabía duda, y me estudiaba con los ojos entrecerrados.

Ella era el poder. Era mucho más que un rostro que admirar. A pesar de que dos hombres estaban sentados a su lado, la reina de Citlali era quien gobernaba, y la temía mucho más de lo que jamás habría imaginado.

Desvié la mirada de ella hacia el rey, que estaba a su lado. Llevaba una corona similar, mucho más pequeña, y tenía un aspecto majestuoso con su sobreveste azul oscuro adornado únicamente con el escudo real en oro y rojo.

Me recorrió con la vista como si intentara calcular mi utilidad. Odiaba su expresión al hacerlo, como si yo fuera ganado de primera calidad para subastarlo al mejor postor.

Dejé de atenderlo a él bruscamente y me detuve en seco cuando me encontré con la otra persona que se encontraba en el estrado. Era mucho más joven que el rey y la reina, y la corona que descansaba sobre su cabeza era menos grandiosa.

Pero no necesitaba la corona en la cabeza para llamar mi atención. Era increíblemente guapo, de una forma que solo lo había visto en otra persona, y había una suave sonrisa en sus labios mientras me miraba.

Me detuve frente a los tres y me negué a agachar la cabeza. Esa era la familia real, la familia que quería quitármelo todo, la familia con cuyo miembro más joven me iba a casar, y me negué a arrodillarme aunque me temblaran las piernas.

Un silencio se apoderó de la multitud cuando la reina se puso de pie.

—¿Así que tú eres la Astraluz prometida?

—Su voz era inflexible, y todas las cabezas se volvieron hacia ella.

No sabía cómo responderle, así que no dije ni una palabra.

Me quede quieta bajo su escrutinio—. ¿Eres la chica con el poder de las estrellas?

—Tensó la mandíbula, y supe que no estaba acostumbrada a insistir.

—No tengo ningún poder.

—Ah, pero sí lo tienes. —Bajó de su estrado y uno de los guardias se apresuró a tenderle la mano—.

Puedo sentirlo desde aquí. —La reina soltó la mano del guardia, se acercó a mí, y yo me quede sin aliento.

Se detuvo frente a mí, al alcance de la mano, y no pude evitar fijarme en lo mucho que diferíamos.

Su piel era pálida y no mostraba ningún signo de una vida dura, y su cabello era tan claro que casi parecía blanco.

Se echó hacia delante, deslizó un dedo por debajo de mi barbilla y me estremecí cuando me hizo levantar la cabeza y echarlo hacia atrás para examinarme—.

Tu rostro es extraordinario. —Sus dedos se tensaron contra mi barbilla—. Pero me gustaría contemplar tu espalda.

No quería darme la vuelta. Ya estaba demasiado expuesta y podía sentir las miradas de quienes estaban detrás de mí. Pero no me dejaba más opción.

Los ojos de la reina se oscurecieron y el suelo bajo mis pies comenzó a moverse.

Extendí la mano para agarrarme a algo y evitar caerme, pero ella era la única a mi alcance. Me negué a utilizar su ayuda.

No la había visto levantar la mano ni pronunciar ningún hechizo, pero el suelo de mármol sobre el que me encontraba se dio la vuelta, como si su poder no requiriera esfuerzo, y no se detuvo hasta que quedé frente a las puertas por las que había entrado; entonces oí su jadeo junto con el de los demás.

Un dedo frío recorrió toda la longitud de mi columna vertebral y me estremecí bajo su tacto.

—¿Eres pura? —Su pregunta me hizo prestarle atención de nuevo, pero no tenía ni idea de a qué se refería.

—¿Perdón?

—Tu sangre. La sangre de las estrellas. ¿Es pura, o ya se han alimentado de ti antes?

Un nudo se formó en mi estómago ante su insolencia.

—Madre. —Oí la voz del príncipe heredero gruñir desde el escenario, y apreté los puños.

—Soy tan pura como exigiste. —Intenté que mi voz no temblara—. Nadie se ha alimentado nunca de mí.

Nadie lo había hecho en el sentido en que ella lo preguntaba y tampoco en el sentido en que yo había deseado.

Nadie en mi pueblo se atrevía a tocarme.

Yo era la Astraluz y pertenecía a la realeza.

Los chicos de mi pueblo se habían tomado eso tan literalmente como era posible.

Cualquiera que me hubiera mancillado habría sido maldecido.

Cualquiera que me hubiera hecho daño, habría estado condenado.

—Bien —dijo la reina a mis espaldas—. Mi hijo será el único que saboree tus poderes y se una a ellos. Serás suya y solo suya.

Aborrecí esas palabras. Despreciaba la facilidad con la que se refería a mí como un objeto.

—Ven, Gavril. Mírala.

Me puse tensa mientras esperaba, de espaldas al estrado. Podía oír movimiento, pero no veía nada más que los rostros de quienes seguían observando el espectáculo que tenían ante ellos.

Supe en el momento en que el príncipe heredero se situaba a mi espalda. Pude sentirlo a lo largo de mis marcas como una vibración de poder cobrando vida. Me recordó a Evren, y rápidamente lo busqué entre los rostros que había a mi alrededor.

—Es exquisita. —El príncipe heredero habló antes de rodearme lentamente. Se detuvo cuando quedó de frente a mí y agachó la cabeza en una reverencia casi imperceptible— . Es un placer conocerte por fin, Astraluz.

—Adara —no pude evitar decirlo—. Me llamo Adara Cahira.

—Adara —ronroneó mi nombre, y un escalofrío recorrió mi marca—. Es un placer conocerte, Adara.

No supe qué responderle porque no compartía ese sentimiento. Era guapo y se había mostrado respetuoso hasta el momento, pero aun así me habían enviado ahí para que me reclamara como suya.

—¿Y cómo debo llamarte?— pregunté, y oí murmullos a mi alrededor. Pero el príncipe heredero sonrió.