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—Bienvenida a Citlali —dijo uno de los guardias junto a mí antes de adelantarse al carruaje.
Me apresuré a asomarme para poder ver la ciudad de la que había oído hablar desde que era niña.
Los adoquines retumbaban bajo las ruedas del carruaje al atravesar las calles.
El lugar debería haber estado envuelto en la oscuridad, pero estaba lleno de vida gracias a las brillantes lámparas que colgaban de las casas de piedra y a la luz de las velas que adornaban casi todos los umbrales.
Los habitantes de la capital se asomaban a sus puertas y se apiñaban a lo largo de la calle para ver pasar nuestra comitiva. Algunos saludaban con la mano, mientras que otros intentaban asomarse al interior del carruaje para verme.
Muchos lanzaban flores al camino que seguíamos, pero en lugar de flores blancas de honor como las del reino de Sinluz, el pueblo de Citlali lanzaba amapolas rojas mientras vitoreaba.
Su reacción me sorprendió.
Casi todos los rostros que me miraban eran de hadas, pero me fijé en un hombre que llevaba las marcas de la luz de las estrellas en el hombro izquierdo. La marca era mucho más pequeña que la mía, pero era el único Astraluz aparte de mí que había visto jamás.
Y en ese momento tenía los brazos rodeando a la mujer hada que tenía delante.
No se parecía en nada a mí. Su piel era mucho más oscura que la mía y su marca era tan clara que casi parecía blanca. Mis marcas, sin embargo, me recordaban al suave resplandor del sol al ponerse tras las colinas cercanas a mi aldea.
Sus dos ojos eran de intenso un azul claro, idéntico al de mi padre.
Éramos muy diferentes y, sin embargo, iguales.
Pero él parecía feliz de estar allí. Como si estuviera enamorado.
No le quité los ojos de encima mientras el carruaje continuaba su camino por la ciudad, y él hizo lo mismo conmigo.
Tenía una sonrisa amable en el rostro, pero yo no correspondí al gesto.
Ni siquiera conocía a ese hombre, pero, por alguna razón, sentí la abrumadora necesidad de llamarlo traidor.
No significaba nada para mí, era un completo desconocido, pero aun así me sentía traicionada por lo bien que encajaba con nuestros enemigos. No podía detener el profundo dolor en mi pecho, ni siquiera cuando el carruaje dobló la esquina y el hombre desapareció de mi vista.
Había intentado recrear en mi mente cómo era el palacio de Achlys, pero mi imaginación no le había hecho justicia. Incluso de noche, el inmenso edificio era impresionante, aunque también intimidaba.
Las torres oscuras se alzaban sobre la ciudad que estaba a sus pies, pero la mayor parte del castillo quedaba oculta tras una imponente muralla de piedra que se elevaba más allá de lo que nadie habría podido escalar.
El carruaje redujo la velocidad al acercarnos a la puerta de hierro negro, y mi corazón se aceleró cuando el fuerte chirrido del metal sonó a nuestro alrededor. Vi cómo la puerta se abría lentamente para dejarnos pasar, y el impulso de huir me sacudió con todas sus fuerzas.
Sabía que, una vez que atravesara esa muralla, no habría vuelta atrás. Ese era mi destino, el destino decidido por los hombres y las hadas, en lugar de por los dioses. Y solo yo podía cambiarlo.
Habría podido huir, pero sabía que me habrían encontrado, y pensar en lo que podía depararme entonces el destino me hacía estremecer.
Los soldados fae con los que me había topado hasta entonces no habían sido lo que esperaba, pero sabía que no debía provocar a los fae de los cuentos de hadas de mi infancia. Eran malvados, letales, venenosos. No sabía si tenía el valor de enfrentarme a esas pesadillas.
Pero el carruaje volvió a ponerse en marcha antes de que pudiera pensarlo detenidamente.
Estaba al límite de mis fuerzas y no podía creer que solo hubiera pasado medio día desde que me habían sacado de mi casa, porque se me antojaba como si hubiera pasado toda una vida.
La puerta se cerró detrás de nosotros con un fuerte golpe y mis dedos se deslizaron hacia la daga mientras miraba por la ventanilla. Los terrenos del palacio eran grandiosos, hermosos, aunque yo esperaba que tuvieran un aspecto completamente diferente.
Las piedras oscuras se elevaban hacia el cielo, pero las ventanas de cristal se entrelazaban intrincadamente con la estructura de tal manera que resultaba casi deslumbrante a la luz de las lámparas que colgaban en su interior.
Las flores acariciaban hasta el último resquicio de tierra que quedaba dentro de los terrenos y salpicaban de blanco a diestra y siniestra.
El carruaje se detuvo ante una gran escalinata que conducía a unas puertas aún más imponentes.
Rápidamente volví a buscar la daga en la bota y me aparté el pelo de la cara.
Ojalá se me hubiera ocurrido traer mi capa.
Anhelaba desesperadamente el consuelo y la intimidad que un simple trozo de tela podía brindarme.
El guardia abrió la puerta del carruaje, el mismo que se me había acercado por primera vez en Sinluz, y una vez más me tendió la mano para ayudarme. Esa vez la acepté, temblorosa; salí del carruaje y apoyé la espalda contra la suave madera oscura.
—Bienvenida al palacio de Achlys. —Agachó la cabeza, pero ignoré el gesto porque estaba demasiado ocupada escudriñando la fila de guardias con uniformes rojos y blancos, buscando el de color negro.
Pero Evren no estaba por ninguna parte.
La puerta del palacio se abrió con un profundo gemido que delataba su antigüedad, y tres mujeres fae salieron al exterior.
La más joven, con los rizos rubios recogidos desordenadamente sobre su cabeza, bajó con prisa las escaleras y se arrodilló ante mí.
Di un respingo ante su gesto, pero mi cuerpo seguía pegado al carruaje.
Alzó sus ojos marrones y pude ver la confusión en su rostro.
—Bienvenida, Astraluz. Soy Eletta, tu dama de compañía.
No tenía ni idea de lo que eso significaba, pero estaba más que dispuesta a que la chica se levantara.
—Por favor, llámame Adara. —Le tendí la mano, pero se sonrojó y se puso de pie ella sola.
—Debes de estar cansada del viaje. He preparado tus aposentos para que puedas descansar hasta que el rey y la reina estén listos para recibirte. —Señaló las escaleras y yo miré una última vez hacia atrás en busca de Evren.
Seguía sin aparecer, y me regañé a mí misma por preocuparme. Era un hada, un capitán de la guardia real, y ahí no me servía de nada.
—Antes debo coger mi baúl. —Me dirigí hacia la parte trasera del carruaje, pero el guardia me detuvo.
—Te lo llevarán a tus aposentos. —Mis aposentos. Como si esto fuera a convertirse en mi hogar. Sabía que esa era la realidad, pero me parecía lo más parecido a una mentira.
Ese palacio nunca iba a ser mi hogar. No importaba lo que me esperara dentro.
—De acuerdo. —Asentí y subí las escaleras tras Eletta.
Ella observaba cada paso que daba, pero no dijo nada.
Atravesamos las grandes puertas y, al instante, me golpeó el calor de una gran chimenea que se encontraba en el fondo de la sala.
El fuego rugía en su interior como si intentara calentar todo el palacio, y me estremecí al ver cómo las grandes llamas lamían los lados de la piedra.
—Tu habitación está en el ala norte. —Eletta señaló con la cabeza en esa dirección y yo la seguí.
Todo lo que dejábamos atrás estaba recubierto de oro, mármol o piedra bellamente envejecida. Nunca había visto nada igual en toda mi vida.
—¿Cuántos años tiene el palacio de Achlys? —pregunté, y mi voz retumbó en el vestíbulo vacío.
—Se dice que el palacio fue construido por el primer rey de las hadas, Novak, hace más de tres milenios. —Eletta pasó el dedo distraídamente por la pared al pasar.
No podía ser cierto. Por fin llegamos a mi habitación, y Eletta abrió la puerta antes de hacerse a un lado para dejarme pasar.
Lo hice con vacilación. Había otra pequeña chimenea en un extremo y un fuego mucho más pequeño bailaba en su interior y calentaba el espacio.
Frente a ella había una gran cama cubierta de lujosas telas de un suave tono rojizo que se deslizaban hasta el suelo.
Por mucho que lo odiara, mis músculos me suplicaban que me tumbara en ella y comprobara si era tan acogedora como parecía.
Había un pequeño escritorio junto a la única ventana de la habitación, y sobre él había un pergamino en blanco y tinta, junto con un espejo dorado que ocupaba todo el ancho de la madera oscura.
—El cuarto de baño está por aquí. —Se detuvo junto a la única otra puerta de la habitación y yo la seguí rápidamente al interior.
No pude evitar que un suspiro se escapara de mis labios al ver la enorme tina de cobre que ocupaba la mayor parte del espacio. Eletta sonrió.
—Te prepararé un baño para que puedas arreglarte y presentarte ante la familia real. Deberían venir a buscarte en breve.
—De acuerdo. —Asentí, aunque no estaba en absoluto preparada para lo que se avecinaba.
Eletta levantó los dedos, los giró ligeramente y el agua comenzó a brotar de la pared de piedra hacia la tina.
Di un paso atrás y me aferré a la puerta mientras observaba su magia.
La tina echaba vapor por el calor del agua, y no pude articular palabra cuando ella cogió un frasco pequeño y vertió aceite sobre la superficie.
Ella se volvió hacia mí justo cuando empezaba a percibir el aroma a jazmín.
—¿Estás bien? —Miró a su alrededor rápidamente para asegurarse de que no hubiera nadie más allí.
—Has usado magia. —Era una pregunta y una acusación.
—Por supuesto que sí. —Frunció el ceño y tartamudeó al hablar—. Aquí todo el mundo usa magia.
La miré fijamente porque no sabía qué decir. Por supuesto, sabía que los fae superiores poseían poderes, pero Eletta no era una fae superior. Era mi dama de compañía, y no podía entender lo que acababa de ver.
Si Eletta podía hacer eso, ¿de qué era capaz Evren?
—¿Todos los fae tienen magia? —logré articular por fin, aferrándome a la puerta con las dos manos.
—La mayoría sí. —Asintió—. Es muy raro que un hada no posea ningún tipo de magia, aunque se trate de los encantamientos más simples.
Me moría por saber más.
—¿Y los miembros de la realeza poseen mucha más magia que los demás?
Sus ojos se desviaron hacia la puerta y luego volvieron a mí. Pude ver su vacilación reflejada en su expresión, pero aun así habló, aunque su voz era apenas un susurro.
—La familia Achlys ha transmitido una potente línea mágica durante los cientos de años que han estado en el poder, pero a algunos les preocupa que ese poder pueda estar decayendo.
Di un paso adelante para acercarme a ella.
—¿Qué significa eso?
—No me gusta hablar de ello. —Volvió a mirar hacia la puerta.
—Por favor —le supliqué , y sus ojos se alzaron para encontrarse con los míos.
—Se dice que la magia que hay en tu interior determinará el destino de la familia Achlys y de todo Citlali. Serás la clave de su ascenso o el catalizador de su caída.
Mi corazón se aceleró al escuchar sus palabras.
—No tengo esa clase de poder. —Negué con la cabeza—
. No tengo ningún poder.
—Todos los Astraluces nacen con la capacidad de despertar la magia latente y letal que se esconde dentro de un hada. Por lo que nos han dicho durante años, tú eres la clave para garantizar nuestra seguridad. —Eletta jugueteó con su vestido.
Seguridad.
—¿Seguridad frente a qué? ¿Y si os equivocáis todos? — Apreté los puños a los costados cuando el peso de su explicación caló en mí.
Sus ojos brillaron con miedo.
—Deberías meterte en el baño, Astraluz.
—¿Y si os equivocáis? —pregunté con más firmeza. Si yo era la que se suponía que iba a desempeñar un papel tan vital en el futuro de ese reino, entonces merecía saber la verdad. Todo lo que me habían contado sobre mi compromiso había sido mínimo e inútil. Nunca me habían dicho nada parecido.
—Si el príncipe Gavril se alimenta de ti y no obtiene el poder que se ha profetizado, me temo que el reino quedará vulnerable ante la reina Veda por primera vez en milenios. —El temblor de su voz avivaba mi inquietud.
Nunca había oído ese nombre en toda mi vida. Nunca había oído hablar de ninguna otra reina aparte de aquella a la que debía servir.
—¿Quién es la reina Veda?
Eletta se volvió y pasó la mano por el borde de la bañera.
—Es la monarca que gobierna la Corte de la Sangre, la de los vampiros, y se dice que es despiadada en su poder y su odio.
Un escalofrío me recorrió la espalda. Había oído leyenda tras leyenda sobre los vampiros, y ninguna de ellas era buena. Pero nunca había oído hablar de su reina.
—¿Y qué es lo que quiere?
—Gobernarlo todo. —Eletta cogió una toalla de un pequeño gancho dorado en la pared, que parecía más suave que cualquier tejido que hubiera tocado jamás, y la dejó junto a la bañera—.
La reina Veda ha querido derrocar al gobierno de Citlali desde que tengo memoria, pero esta es la primera vez que sus amenazas tienen posibilidades de hacerse realidad.
Señaló la tina, y yo me quité lentamente las botas y las dejé justo al lado, donde pudiera alcanzarlas.
Los ojos de Eletta se abrieron como platos al verme sacar la daga de dentro de la bota, pero no dijo ni una palabra. Empecé a desvestirme con la cabeza dando vueltas.
—¿Y todos pensáis que voy a ser yo quien la detenga?
Me metí en el agua y ni siquiera su calor pudo calmar el frío que me helaba la piel. No sabía qué les habían contado a estas hadas sobre mí, pero yo no era lo que ellas pensaban. No poseía el poder para detener a una reina vampiro. No poseía el poder para detener nada.
—Rezamos a los dioses para que lo seas. —Mojó un paño en el agua y lo enjabonó; yo me tapé los pechos con los brazos—. Si la profecía es errónea, rezo para que los dioses nos protejan.
Por primera vez en mucho tiempo, yo también recé para que así fuera.