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Asentí en señal de comprensión antes de apartarme de él y mirar a lo largo de la fila de guardias. En mi opinión, había demasiados guardias para la tarea que nos ocupaba, pero supuse que prescindir de tantos hombres no suponía nada para la realeza.
Me adentré en la línea del bosque oscuro y un escalofrío me recorrió la espalda. La luz de la luna pareció desaparecer con ese simple paso; escudriñé la hilera de árboles negros y mis marcas me quemaron en la piel.
—Eh, espera. —Un brazo fuerte me rodeó la cintura y caí hacia atrás contra su cuerpo duro, un paso fuera del bosque. Evren. Mi maldición supo que era él antes de que pudiera poner siquiera un suspiro entre nosotros—. El Bosque de Ónix no es lugar para una Astraluz. Y menos aún si va sola.
Lo miré por encima del hombro y sentí un cosquilleo en el estómago bajo su abrazo.
—No te había visto.
—Eso es porque estabas mirando fijamente hacia los árboles.
—No. —Negué con la cabeza suavemente—. Antes.
—¿Me estabas buscando? —Una media sonrisa se dibujó en sus labios.
—No. —Era una mentira y los dos lo sabíamos.
Su mano se ciñó a mi alrededor, casi involuntariamente, y durante un momento, no dijimos nada.
Evren no me había dado ningún motivo para ello, pero algo en lo más profundo de mi ser me decía que debía temer a ese hombre.
Estaba tensa de la cabeza a los pies y el corazón me latía con fuerza en el pecho, pero no fui capaz de apartar la mirada de sus ojos oscuros, ni siquiera cuando esa sensación se apoderó de mis entrañas.
—No te acerques al bosque otra vez sin que alguien te acompañe. —Su voz era una severa advertencia.
—¿Por qué? —Aparté la vista de él para dirigirla al silencioso bosque de nuevo—. ¿Qué hay ahí dentro? ¿Por qué las hojas son negras? ¿Los vampiros están tan cerca de Citlali?
Se me puso la carne de gallina ante esa idea.
Por mucho que odiara a las hadas, les tenía mucho más miedo a los vampiros.
Todas las historias que me habían contado sobre ellos hablaban de su crueldad.
Mientras que las hadas más poderosas se alimentaban de los Astraluces para obtener sus poderes, los vampiros se alimentaban de cualquiera que les apeteciera. Por comida, por poder, por placer.
—No tienes motivos para temer a los vampiros aquí — dijo Evren en voz baja a mi espalda, captando mi atención—. Hay cosas mucho peores acechando entre esos árboles.
Un escalofrío me recorrió el cuerpo al oír sus palabras.
—Entonces, ¿estoy rodeada de enemigos? —Di un paso para apartarme de él e intenté aclarar mis ideas.
—Estás rodeada de amenazas. —Asintió una vez, como en señal de advertencia, y dio un pequeño paso hacia mí. Me miró a los ojos durante un largo momento antes de bajar el tono de voz—. No deberías confiar en nadie.
—¿Ni siquiera en ti?
—Especialmente en mí. —Sus ojos se oscurecieron y sentí un nudo en el estómago por el anhelo, lo que me hizo sentir como una traidora. Ese hombre no era diferente del resto, y haría bien en recordarlo.
—¡Capitán! —gritó uno de los guardias y Evren tensó la mandíbula—. Estamos listos para seguir adelante.
Miró por encima del hombro hacia el guardia, y vi cómo el joven se estremecía. No estaba segura de si era por respeto o por verdadero miedo, pero me temblaron las manos al ver cómo agachaba la cabeza.
No podía confiar en Evern. Él mismo me lo acababa de advertir.
—La futura reina necesita un momento. —Su voz era puro poder, y me provocó un escalofrío.
Me llevó un momento asimilar sus palabras. Había sabido casi toda mi vida que estaba prometida al futuro rey de Citlali, pero nunca me había imaginado como otra cosa que no fuera su propiedad. Oír a alguien llamarme la futura reina me había trastornado.
—Por supuesto, capitán. —El guardia se alejó rápidamente de donde estábamos, y Evren volvió a centrar su atención en mí.
Su mirada seguía siendo oscura y dominante, pero aun así no me atreví a apartar la vista.
—Llegaremos al palacio de Achlys en breve. Deberías prepararte.
—¿Y cómo se supone que voy a hacerlo?— pregunté sin aliento. —¿Cómo se supone que voy a prepararme para lo que me espera dentro de ese castillo?
No sabía por qué le hacía esas preguntas. Evren era uno de ellos. Era un fae de alto rango y leal a la casa de Achlys. Pero una parte de mí seguía ansiando su respuesta.
—Eres la futura reina de Citlali. Los que residen tras los muros de ese castillo se arrodillarán ante ti en cuanto te vean, al igual que todo Citlali.
—Tú no lo has hecho. —Levanté la barbilla. Una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios mientras escrutaba mi rostro, y pude ver cómo recorría con la vista la luz de las estrellas que marcaba mi rostro.
—Confía en mí, señora. Me está costando todas mis fuerzas no caer de rodillas ante ti.
Se metió las manos en los bolsillos y, aunque sabía que debería haber retrocedido, sus palabras me hicieron acercarme a él de una forma imposible.
—No me llames así. —Levantó los dedos hasta que quedaron muy cerca de mi mandíbula antes de apartarlos lentamente.
—Deberías volver a tu carruaje. La noche aún es joven y, como la Astraluz, tienes mucho que afrontar ante ti.