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—Un buen rato. —Señaló con la cabeza hacia mi madre, que aún no se había levantado del suelo—.
Deberías despedirte de ella. —Bajé la mirada hacia ella; cuando el guardia dio un paso atrás se puso en pie.
La emoción me oprimió el pecho: no estaba preparada para lo mucho que me afectaba ese momento.
Llevaba enfadada con ella desde que tenía uso de razón, pero aun así no estaba lista para dejarla.
No quería decirle adiós.
—Sé sensata, Adara. —Extendió las manos hacia mí y me agarró las manos con las suyas, temblorosas—. Haz lo que se espera de ti.
Aborrecí sus palabras. Cada una de ellas me hizo tanto daño como una puñalada en el pecho, pero no me sorprendieron. Eso era lo único que mi madre siempre había querido de mí.
Asentí y la estreché entre mis brazos. No le susurré palabras de amor ni le confesé mi miedo a echarla de menos porque no sabía si ninguna de esas cosas era cierta. Pero ella era todo lo que tenía.
Se aferró a mí y después se apartó y me pasó un mechón de pelo por detrás de la oreja para que todo estuviera en su sitio. Sus ojos de color marrón oscuro, que eran un espejo de mi ojo derecho, escrutaron mi rostro, pero no había más palabras que malgastar entre nosotras.
Una parte de mí se preguntaba si se arrepentía de las decisiones que había tomado mientras me miraba y veía el recuerdo de mi padre en mi ojo azul hielo.
Siempre me había dicho que era mitad él y mitad ella. Mitad mi padre y mitad la mujer que me dejaba marchar con tanta facilidad, pero se equivocaba. No me parecía en nada a ella.
Di un paso atrás y me volví hacia el guardia, que ladeó la cabeza en dirección al carruaje. Di unos pocos pasos e ignoré su mano cuando me tendió la suya..
Me subí al carruaje e inspiré hondo al cerrarse la puerta tras de mí, dejándome llevar por el miedo a mi futuro.
El interior era mucho más bonito que cualquier cosa que hubiera visto en toda mi vida.
El asiento era de suave cuero negro con cojines de satén rojo apoyados contra el respaldo de madera.
Me dejé caer contra ellos y me volví para mirar por la ventanilla abierta. Uno de los guardias estaba cargando mi pequeño baúl en el carruaje mientras mi madre me contemplaba con nostalgia, conteniendo las lágrimas.
Aquella imagen me partió el corazón hasta que me fijé en sus manos, aferradas a un trozo de pergamino sellado con el escudo real de color rojo sangre.
Sabía lo que contenía ese pergamino sin necesidad de que ella lo abriera: eso era por lo que me había cambiado. Eso era lo que le habían prometido hacía tantos años, cuando había aceptado de tan buen grado mi compromiso con nuestro enemigo.
Los guardias no se demoraron. Tampoco tenían motivos para hacerlo porque ya habían conseguido lo que habían ido a buscar; pero yo seguía aferrada al asiento mientras los caballos daban un tirón hacia delante y el carruaje comenzaba a moverse.
Con ojos llenos de pánico, eché la vista atrás, hacia mi madre, pero apenas pude encontrarla entre la multitud que se había congregado en la calle. La mayoría me despedía con la mano, con sonrisas en sus rostros cansados, mientras que otros lanzaban flores silvestres blancas en mi dirección.
Era una señal de respeto, algo que normalmente solo hacíamos para honrar a aquellos que habían pasado a manos de los dioses, y el pánico me invadió al verlas caer al suelo.
Tracé el contorno de mi daga mientras pasábamos junto a ellos en un borrón. Solo fueron unos instantes de viaje hasta que llegamos al desfiladero, y observé con ansiedad cómo mi mundo pasaba volando mientras intentaba calmar mi corazón acelerado.
Con cada vuelta de las ruedas de madera de nuestro carruaje mi miedo se disparaba más y más.
Nunca había visto a ningún humano atravesar la falla, aparte de mi padre, y era demasiado joven como para recordarlo de verdad.
Se dice que atravesarla altera a los Sinluz y los cambia para siempre con la magia que habita allí, pero había muy pocas historias sobre los Astraluces.
Lo único que sabía con certeza era que se decía que, una vez que la atravesabas, nunca regresabas, así que no importaba cómo cambiaran tras atravesar la magia, porque nunca iban a regresar. Como iba a ocurrirme a mí.
Contuve la respiración mientras nos acercábamos al borde de mi mundo y solo abrí los ojos lentamente una vez que supe que debíamos de haberlo atravesado. Los caballos no redujeron la marcha. Continuaron con su ritmo agotador.
Miré por la ventanilla, pero el mundo a mi alrededor no parecía muy diferente del que acababa de abandonar, aunque sí sentía algo distinto. Era difícil de explicar, pero se parecía a lo que había sentido la noche anterior con Evren.
Las marcas que tenía en las mejillas y la columna vertebral parecían estar vivas y sentía un cosquilleo en la piel.
Era como si la magia de esa tierra hubiera despertado algo dentro de mi maldición.
Pero era más tenue que cuando Evren me había tocado.
La magia de ese mundo parecía una versión diluida de la suya.
Me pasé los dedos por la mejilla, intentando seguir esa sensación con las yemas. Era extraña, pero al mismo tiempo formaba parte de mí.
Pasé mucho tiempo recorriendo con los dedos esas marcas con las que había nacido hasta que al fin me volví para mirar por la ventanilla. El paisaje que dejábamos atrás se parecía tanto al de mi hogar que pronto me aburrí de los exuberantes campos y los densos bosques.
Ni siquiera me había dado cuenta de que me había quedado dormida hasta que me despertó la parada del carruaje. Extendí la mano para agarrarme al asiento de enfrente y mi corazón se aceleró al darme cuenta de lo fácilmente que había bajado la guardia con esos hombres fae.
Fuera ya había anochecido y, al salir del carruaje, me di cuenta de que el cielo de las hadas estaba tan desprovisto de estrellas como el mío.
Solo las lunas gemelas brillaban en lo alto y proporcionaban la escasa luz que nos bañaba. Seguíamos cerca del límite del bosque y no vi señales de la ciudad de Citlali.
—¿Dónde estamos? —le pregunté a uno de los guardias que pasaban, abrazándome a mí misma. El anochecer había traído consigo el frío. Otra cosa que no había cambiado al pasar de un mundo a otro.
—Ya estamos cerca de la capital, señora. —Agachó la cabeza como si me estuviera mostrando respeto, como si yo fuera uno de los miembros de la realeza a la que servía—. Intentábamos recorrer toda la distancia sin detenernos, pero los caballos necesitan agua.