Estrellas y sombras (Serie Estrellas y sombras 1) 2
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Solté un gemido cuando el sol se asomó por mi ventana. Era demasiado temprano para que me despertara la falsa promesa de un brillante nuevo día, y más cuando había estado hasta bien entrada la noche vigilando al ejército e imaginándome lo que me iba a depararme el día siguiente.

Había visto a Evren alejarse de mi lado y regresar al campamento. Había pasado sigilosamente entre los soldados apostados ahí y, cuando aparté la vista de él solo por un momento, había desaparecido. Yo había estudiado todo el campamento una y otra vez y no había sido capaz de encontrarlo de nuevo.

Pero no importaba. Evren no era más que un soldado que estaba ahí para hacer su trabajo, y era un trabajo por el que yo lo odiaba. Porque ese día iban a arrancarme de mi hogar y a llevarme a Citlali.

Me tapé con la manta hasta que me cubrió toda la cabeza y cerré los ojos con fuerza para escapar de la realidad del día. Solo necesitaba unos instantes más para soñar; unos instantes más para pensar en cómo habría sido mi vida si no hubiera nacido con unas manchas en la cara y en la espalda.

Bendecida por las estrellas. Menuda broma de mal gusto. Las estrellas no me habían bendecido. Nos habían maldecido a mí y a mi futuro, y yo no estaba preparada para lo que se avecinaba.

La noche anterior había sido mi primera experiencia con la magia de las hadas, pero sabía que eran capaces de mucho más.

Me habían contado esas historias durante toda mi infancia, pero todas me parecían un cuento de hadas oscuro.

Me habían explicado que bebían la sangre de los astraluces para alimentar sus poderes.

Una costumbre que habían adoptado de los vampiros antes de que estos fueran desterrados de sus tierras.

Nada de eso me había parecido real, pero pronto iba a descubrir la verdad.

Evren no se parecía al monstruo que había imaginado en mi cabeza. No se parecía en nada a lo que esperaba de un fae de alto rango.

—Adara, es hora de levantarse. —Mi madre irrumpió en mi pequeña habitación y me arrancó la manta de encima. Llevaba puesto su mejor vestido rosa, que le quedaba perfecto. Se había recogido el pelo oscuro de la cara para dejar al descubierto el brillo de sus ojos.

—Madre —gruñí, y me aferré a las mantas, pero ella ya estaba abriendo las cortinas de un tirón.

—Según nos han informado, los guardias reales ya han recogido el campamento y pronto cruzarán la falla. Tienes que levantarte y vestirte. Hoy es el día en que vas a cumplir tu destino.

Mi destino . Mi madre era una necia si pensaba de verdad que lo que iba a traer el día era otra cosa que no fuera mi sentencia de muerte. Iba a entregarme voluntariamente a las hadas, y sonreía tan tranquila, moviéndose por mi habitación sin vacilar.

Por un momento, me pregunté qué habría hecho si hubieran sido los vampiros quienes hubieran venido a reclamarme. Me había contado muchas leyendas sobre la Corte de la Sangre que se encontraba más allá del reino de Citlali. ¿Me habría vendido tan de buena gana también en ese caso?

En el fondo sabía que me habría sacrificado igualmente solo por tener la vida que llevaba en ese momento.

La gente de este pueblo adoraba a mi madre.

Ella había dado a luz a la Astraluz con la marca más grande en más de un siglo y pensaban que eso la hacía especial, bendecida de alguna manera y supongo que en realidad tenían razón.

Darme a luz le había proporcionado a mi madre una vida que nunca habría podido tener por sí misma, y solo le había costado a su hija y a un marido al que supuestamente había amado.

—Ya estoy despierta. —Dejé caer las piernas por el borde de mi pequeña cama y me rasqué los ojos.

Todavía llevaba puesta la misma ropa de la noche anterior, y supuse que mi madre iba a quejarse de que había ensuciado la cama con ella, pero no dijo ni una palabra, solo se quedó mirándome y tragó saliva con dificultad.

—Necesitas un baño. Luego te peinaré. No puedes llegar al palacio así.

—No quiero ir al palacio en absoluto. —Le supliqué con la mirada, con el corazón retumbando en mi pecho.

Mi madre negó con la cabeza, pero no me apetecía suplicarle que me eligiera a mí.

No había nada que pudiera decir que la hiciera cambiar de opinión sobre la decisión que estaba a punto de tomar.

Pero aunque cambiara, las dos sabíamos que la realeza le haría exactamente lo mismo que le habían hecho a mi padre cuando había intentado oponerse a ellos.

Y no valía la pena poner en peligro su vida para salvar la mía.

Me aparté de ella y entré en el cuarto de baño.

Ya me había preparado la tina y rápidamente me quité la ropa y me sumergí en el agua tibia.

La tensión se disipó de mi cuerpo, pero no pudo detener la forma en que el pulso me latía acelerado por el pánico con cada segundo que pasaba.

Me sumergí bajo el agua y ahogué los sonidos del mundo durante unos breves instantes.

Intenté alcanzar esa sensación que tenía cuando me situaba al borde de la falla, muy por encima del pueblo, donde nadie podía verme.

Allí encontraba una sensación de libertad que nunca había sentido en ningún otro lugar, pero ese consuelo me rehuía en ese momento.

Lo único que en lo que podía pensar era en el rostro de Evren y la forma en que sus ojos oscuros me habían escrutado.

«Tú determinarás el futuro de nuestro mundo» . Esas palabras eran una condena que no estaba preparada para enfrentar.

Saqué la cabeza del agua y jadeé en busca de aire. No sabía qué pensaba Evren de mí, pero fuera lo que fuese, se equivocaba.

—Toma. —Mi madre me tendió una pastilla de jabón, en absoluto preocupada por invadir mi intimidad.

No se apartó de mi lado en ningún momento hasta que acabé de bañarme y me peiné el pelo mojado y enredado. Se sentó en mi cama mientras discutíamos sobre el vestido que me había preparado, aunque yo había decidido ponerme en su lugar unos pantalones oscuros.

Se enfadó cuando me metí la camisa negra que había pertenecido a mi padre por dentro de los pantalones, pero no me importó. Ella había tomado todas las decisiones por mí, pero yo iba a ponerme lo que me diera la gana.

Se ofreció a trenzarme el pelo y a ponerme unas flores que había recogido en el campo y, aunque quería discutir, la angustia en sus ojos me hizo sentarme frente a ella y morderme la lengua hasta que terminó.

—Estás preciosa. —Colocó la última flor y aparté la vista antes de hacer alguna tontería como suplicarle una vez más que no lo hiciera.

Solo un segundo después, las campanas del pueblo repicaron por toda la localidad y el miedo me invadió sin remedio.

—Ya están aquí —susurró mi madre, aunque no hacía falta. Sabíamos qué día era y sabíamos a qué habían venido.

Me levanté y cogí la daga de mi padre de la cómoda para esconderla en mi bota. Mi madre observó mis movimientos, pero no se atrevió a decir ni una palabra en contra.

Me llevó a través de nuestra casa; traté de fijarme en cada pequeño detalle mientras la seguía.

Las paredes estaban desgastadas y manchadas por los años, y había flores frescas en la mesita, que solo era lo bastante grande para las dos.

No iba a echar de menos nada en particular de aquel lugar porque nunca me había parecido un auténtico hogar, pero era el único hogar que había tenido.

El lugar donde vivíamos antes de eso, el hogar que habíamos tenido con mi padre, era un recuerdo tan lejano que no podía recordar ni un solo detalle. Ya no era más que una sensación, pero más fuerte que cualquier otra en ese lugar.

Mi madre abrió la puerta principal y yo contuve el aliento al oír susurros y algunos vítores de nuestros vecinos. A todos ellos se les había recompensado tan generosamente como a mi madre por vivir con la Astraluz y protegerla.

Como si alguno de ellos pudiera protegerme… Todos estaban aterrados, y su miedo hacía que hasta el último de ellos agachara la cabeza mientras la guardia real cabalgaba por el camino de tierra que conducía hasta mí.

Yo, en cambio, mantuve la barbilla alta en señal de desafío mientras miraba al frente. No iba a agacharme ante los miembros de una realeza que se creían dioses en nuestro mundo por poseer un poco de magia.

Iban a quitarme todo lo que quisieran, pero en contra de mi voluntad. Yo era Adara Cahira de los Sinluz, y aunque les temía más que a nadie, me negaba a arrodillarme ante ellos. Antes prefería morir.

Los guardias reales se detuvieron delante de nosotras y mi madre cayó de rodillas ante ellos. Me tragué mi repugnancia mientras miraba fijamente al guardia que cabalgaba en cabeza.

Me miró con atención de arriba abajo, hasta que llegó a mis rodillas, y entonces tensó la mandíbula. No me reprendió; desmontó del caballo y se puso ante mí.

—Adara Cahira. —Su voz ronca sonaba como si hubiera pasado demasiados años con una pipa en la boca.

Asentí, pero no dije nada. El corazón se me había atorado en la garganta.

Busqué a Evren entre los guardias, pero no lo vi por ninguna parte—.

Estoy aquí en nombre de la casa de Achlys para reclamarte por tu compromiso con el príncipe heredero de Citlali.

Resoplé y miré a la fila de los demás guardias reales

—¿Estaban demasiado ocupados para venir ellos mismos?

A mi alrededor se oyeron exclamaciones de sorpresa, pero en el rostro severo del guardia apareció una leve sonrisa.

—Así es, Astraluz. —Puse los ojos en blanco al oír ese título; lo odiaba casi tanto como el destino al que me condenaba—.

Se espera que lleguemos a Citlali al caer la noche.

—Señaló hacia el carruaje que estaba entre el enjambre de guardias, y su madera negra como la noche me hizo estremecer de pavor.

—¿Cuánto dura el viaje? —Intenté que no percibiera mi miedo.