Estrellas y sombras (Serie Estrellas y sombras 1)
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1
Intenté tragar saliva; el humo de las brasas ardientes me envolvía en una tortura lenta y cruel.
El ejército real llevaba acampado fuera de la brecha entre nuestro mundo y el suyo desde hacía tres días.
Tres días insoportablemente largos. El sombrío tictac del reloj se escuchaba por toda la habitación, y mi corazón se adelantaba a él antes de que pudiera sonar el siguiente segundo.
Me temblaron los dedos cuando me calcé las botas y me até los cordones.
La habitación estaba tan oscura como si la noche sin estrellas se hubiera instalado dentro de nuestra casa, pero no me importaba.
De hecho, lo agradecía, porque era el único momento en el que podía hacer algo sin que todos observaran cada uno de mis movimientos.
—¿Adónde vas?
Cerré los ojos con fuerza y metí rápidamente la daga de mi padre en el lateral de la bota, antes de que ella pudiera verlo.
—Solo necesito tomar un poco el aire. —Me levanté y me tapé la cabeza con la capucha de mi capa gastada—. Vuelve a dormirte.
Mi madre se cruzó de brazos y esquivó mi mirada
—El sueño me elude. —Sacudió la cabeza—. No deberías salir ahí fuera esta noche.
—Puedo cuidar mí misma.
—Lo sé. —Sus ojos marrones oscuros finalmente se encontraron con los míos—. Pero no tardarán mucho en llegar, y…
—Y yo debería disfrutar de mis últimas horas de libertad como yo quiera.
Tensó la mandíbula al oír mis palabras.
—No te van a llevar como prisionera, Adara. Ser la Astraluz es una bendición de los dioses.
—Por supuesto. —Le hice una reverencia dramática—. Mira la vida que te ha proporcionado.
Ella contuvo el aliento, sorprendida, pero ese no era un argumento nuevo. Mi destino nunca había sido mío y mi madre había aceptado muchos lujos a cambio de su hija. Lujos contra los que mi padre había luchado, por los que había perdido la vida.
Me dirigí hacia la puerta y vacilé cuando la voz temblorosa de mi madre me llamó de nuevo.
—No huyas. Te encontrarán, y las dos pagaremos el precio de tu traición.
Ignoré sus palabras y me recordé a mí misma quién era ella. El pánico me invadió y sentí una punzada de dolor en el corazón. Mi destino estaba en manos de los soldados que me esperaban ante la brecha, pero no iba a llorar por nadie a quien fuera a dejar atrás.
El aire fresco de la noche me acarició la piel como si hubiera estado esperando a que abriera la puerta y saliera. Me eché la capucha sobre el rostro para ocultar mi maldición, salí a la calle empedrada y me dirigí hacia el lugar que debería haber estado evitando.
Las calles estaban desiertas y en silencio. Incluso la pequeña taberna que solía rebosar de cerveza y maridos infieles estaba bien cerrada y ni un destello de la luz de las velas se filtraba por la ventana.
Un escalofrío me recorrió la espalda, pero no iba a permitir que me dominara el miedo como a ellos.
La familia Achlys era poderosa, pero no eran dioses.
Si lo hubieran sido, no me habrían necesitado.
Nunca había visto a ninguno de ellos. Ni al rey ni a la reina ni al príncipe heredero con quien había jurado casarme.
Lo único lo que sabía era que eran fae de alto rango y que la sangre que corría por mis venas era, de alguna manera, la clave para desbloquear su poder latente, un poder letal que anhelaban poseer.
Que yo supiera, ninguno de los miembros de la realeza había cruzado jamás la brecha.
Tenían hombres para eso, y esos guardias de bajo rango eran los únicos con los que me había topado.
Si tenían magia, yo nunca la había visto.
Mi madre decía que no la usaban en nuestro mundo porque no tenían por qué, pero una parte de mí se preguntaba si aún conservaban algún poder. Si no podían hacer magia, no había motivos reales para temerlos. Podría huir, y mi madre iba a ser la única que se enfrentara a las consecuencias.
Sin poderes, dudaba de que ninguno de ellos fuera capaz de encontrarme.
Solo las lunas gemelas conocían mis secretos porque me observaban cuando me deslizaba entre las sombras.
Todos creían saber quién era yo, y eso significaba que todos creían que yo era la clave de la bendición que confiaban en que la realeza les otorgara una vez que fuera sacrificada.
Mis dedos rozaron los ladrillos al pasar por el último edificio y pisar la hierba húmeda. Conocía el camino que llevaba al bosque mejor que mi propia casa, y me dejé llevar por mis pies, mirando a mi alrededor en busca de señales de que alguien estuviera espiándome.
El límite de nuestro pueblo estaba a solo unos minutos a pie del perímetro de la hendidura, y a menudo me gustaba ir a ese lugar solo para imaginarme cómo era la vida al otro lado. Aunque no parecía diferente del reino sin estrellas.
Los árboles crecían altos y frondosos en los dos lados, y el único indicio de que la falla existía era el fino velo que apenas se distinguía por la noche.
Me recordaba a la niebla que cubría nuestra tierra en las primeras horas de la mañana, pero la grieta no desaparecía nunca.
Me agaché y pasé los dedos por la magia, y una oleada de emoción me recorrió.
Miré hacia arriba y vi cómo la magia retrocedía ante mi tacto, aunque la falla se extendía hasta donde alcanzaba la vista.
Era difícil de explicar, pero la división entre nuestros mundos me resultaba más familiar que mi propio hogar. Era como un viejo amigo al que ni siquiera conocía. Un desconocido que siempre me saludaba.
Esa noche, sin embargo, me parecía diferente: más oscura, de alguna manera, como si me estuviera advirtiendo que me alejara de ella. Retiré la mano y escudriñé el resplandor.
Había al menos cincuenta soldados acampados en el bosque a unos veinte metros de la falla, y estudié al que montaba guardia en un extremo del campamento.
Su mirada oteaba la línea de árboles, en busca de una amenaza, pero no se había fijado en mí. Habría podido atravesar el claro con facilidad y degollarlo si me atreviera. Si solo fuera un hombre habría sido fácil, pero no sabía qué poderes se escondían tras su expresión despistada.
Deslicé los dedos hacia mi daga, mirando más allá de él para vigilar el campamento. Había varias tiendas que mostraban con orgullo el sello real, y unos cuantos soldados sentados junto a una gran hoguera, riendo y charlando. Tensé la mandíbula al verlos ahí, tan a gusto.
Los habían enviado para llevarse a una chica humana contra su voluntad, pero ese destino no parecía suponer una carga para ninguno de ellos.
El corazón se me aceleró en el pecho mientras los observaba: no eran más que necios de un reino corrupto.
Ninguno de ellos percibía ninguna amenaza. Ni uno solo se preocupaba por lo que los Sinluz pudieran hacerles.
Pero yo no era una Sinluz. Las lunas gemelas brillaban intensamente sobre mí; recorrí con los dedos el rugoso mango metálico de mi daga, un sendero que había memorizado hacía años, pero se tensaron cuando se me puso la carne de gallina.
Me volví para mirar a mi espalda y una mano enguantada me tapó la boca.
El pánico se apoderó de mí cuando vi los ojos oscuros que tenía detrás.
La mano se apretó con más fuerza contra mi boca, como si temiera que gritara, pero no pensaba hacerlo.
Nadie iba a ayudarme y no quería llamar la atención de los soldados fae.
Ya me estaban persiguiendo, y lo último que deseaba era que supieran que los estaba acechando.
—¿Qué coño estás haciendo? —me gruñó con una voz grave y sensual que no reconocí; apartó la mano de mi boca y me arrancó la daga de la mano.
—Devuélvemela. —Extendí los dedos hacia la hoja, pero él se apartó rápidamente de mi alcance.
Abrió la mano y mi daga quedó envuelta en el humo negro que emanaba de sus dedos.
Flotaba en el aire sostenida por su magia.
Me quedé sin aliento y mis marcas vibraron contra mi piel.
Era como si el desconocido que tenía delante las hubiera despertado de un sueño profundo en el que no me había dado cuenta de que estaban.
—Eso no va a pasar. —Se bajó la capucha y me sonrojé al levantar la vista hacia él.
Tenía la mandíbula marcada y los pómulos altos.
Su cabello era negro como el cielo nocturno y lo llevaba corto.
Y, por los dioses, era hermoso. Un fae de alto rango, estaba absolutamente segura.
Sus orejas terminaban en esa punta tan sutil que siempre delataba a los fae, pero era su belleza antinatural la que revelaba lo que era con tanta facilidad.
Eso, y su audacia dominante—. ¿Qué haces al borde de la falla con tan solo una daga para protegerte?
—Puedo valerme por mí misma. —Me había cansado de repetir esa frase, pero la pronuncié de todos modos a pesar de que no le debía ninguna explicación a esta hada.
—¿De verdad? —Extendió la mano y tiró de mí; me estremecí y apenas noté su mano cuando me echó hacia atrás la capucha con un gesto brusco.
Echó la cabeza hacia atrás u recorrió rápidamente mi rostro con la vista.
No me cupo duda de lo que estaba viendo—.
¿Eres la Astraluz? ¿La bendecida por las estrellas?
—Su mano se ciñó alrededor de mi brazo hasta casi hacerme daño, y el pulso se me aceleró bajo su tacto.
—La maldita por las estrellas —lo corregí, levantando la barbilla—. ¿Eres un soldado fae?
No se parecía en nada a los otros soldados que había visto por el campamento. Vestía completamente de negro y no llevaba ninguna insignia de la guardia real.
Dudó un segundo antes de que una pequeña sonrisa apareciera en sus labios carnosos.
—Algo así…
No confiaba en él. Fuera quien fuera ese hombre, sabía que debía mantenerme bien alejada de él.
—Suéltame. —Me solté el brazo de su presa y su sonrisa se amplió hasta dejar al descubierto sus dientes.
—¿Qué hace la Astraluz sola en el bosque en plena noche? ¿No deberías estar descansando para conocer a tu nuevo marido mañana?
«Mañana» . Al día siguiente iba a conocer al príncipe heredero de Citlali.
—Tengo un nombre. —Me aparté de él y miré hacia el campamento. Los soldados que estaban allí no se habían dado cuenta de que nos encontrábamos en el bosque, a las afueras de su campamento.
—Adara. —Mi nombre sonó como una súplica en sus labios.
Me volví hacia él y le escruté el rostro.
—Creo que estoy en desventaja. Tú me conoces, pero yo no tengo ni la más remota idea de quién eres.
Eso solo lo hizo sonreír aún más.
—No soy nadie importante. —Su respuesta me puso de los nervios. No era más que una distracción.
—Entonces, ¿no me vas a decir cómo te llamas?
Entrecerró los ojos y ladeó la cabeza, recorriéndome el cuerpo con una mirada lenta.
No tenía forma de saber la verdad, pero fuera quien fuera, era poderoso.
Irradiaba poder sin pronunciar una sola palabra.
Podría ser el príncipe heredero el que tuviera delante, y no habría tenido forma de reconocerlo.
—Me llamo Evren.
—Evren —dije su nombre en voz alta y saboreé cómo sonaba en mis labios—. ¿Vas a ser tú quien me acompañe a mi prisión?
Se echó hacia atrás como si lo hubiera abofeteado.
—¿Consideras tu compromiso con el príncipe heredero una prisión?
—No conozco a ese hombre y me han obligado a casarme con él solo porque ansía el poder que cree que posee mi sangre. Si eso no es entrar en una prisión, ¿cómo lo llamarías?
Dio un paso adelante, acercándose tanto a mí que pude oler un ligero aroma a cuero y a algo más que no lograba identificar. Me tensé cuando sus ojos se oscurecieron y apretó la mandíbula.
—Deberías tener cuidado con lo que dices sobre la familia real —espetó, amenazante. Todo en él me parecía una amenaza.
—¿O qué? —lo desafié, mirándolo fijamente a los ojos mientras mi respiración se aceleraba—. ¿Me encarcelarán? ¿Me matarán? Mi sangre no les sirve de nada si se enfría.
—Has vivido de una forma más que placentera a costa del dinero de la realeza, ¿no es así? —Su tono era cortante y su mirada estaba clavada en mí.
Las ganas de abofetearlo eran abrumadoras, pero me negué a dejar que esa hada viera lo mucho que me afectaban sus palabras.
—No sabes nada de la vida que he llevado.
Era un fae, y no podía ni imaginar los horrores que había en nuestro mundo.
Los Sinluz vivían en la pobreza y el miedo.
Mi familia había sido bendecida por las marcas de luz estelar en mi rostro y mi espalda, pero al mismo tiempo también estábamos malditos.
El favor real nos había proporcionado agua y comida para asegurarse de que no muriéramos de hambre y un techo sobre nuestras cabezas para mantenerme a salvo, pero también me había robado a mi padre. Me había robado mi destino.
Mis mejillas y mi nariz estaban cubiertas de lo que habrían parecido pecas si no fuera por su color dorado claro antinatural, que parecía deslizarse por mi piel.
Pero era mi espalda lo que siempre sorprendía a la gente.
Esas mismas marcas bajaban en cascada por mi columna vertebral en filas y más filas de luz estelar, y se extendían hacia los bordes como si no pudieran controlarse.
Algunas líneas se mantenían pegadas a mi columna, mientras que otras tocaban la curva de mis costillas.
Esas marcas no significaban casi nada para mí, pero lo eran todo para los demás.
—Quizá no. —Levantó la mano y, por un segundo, pensé que iba a tocar las marcas de mi mejilla, pero la cerró y la dejó caer a un lado—. Quizá no seas en absoluto como pensaba que serías.
—¿Has pensado en mí? —pregunté, carcomida por la curiosidad.
—Todos hemos pensado en ti, Adara. —Dio un paso atrás para abrir un poco de distancia entre nosotros; volvió a sujetar mi daga y me apuntó con ella—. Tú determinarás el futuro de nuestro mundo.
El corazón se me aceleró ante sus palabras; me temblaron los dedos al recuperar mi arma de manos de aquel desconocido que me la había arrebatado con tanta facilidad.
—¿Y si te equivocas? ¿Y si no soy en absoluto como todos pensabais?
Dio otro paso atrás, hacia las sombras de los árboles, pero podía sentir que su mirada seguía recorriéndome el cuerpo.
—Cuento con ello.