Estoy muerto y es culpa tuya Capítulo 26
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Capítulo 26

Madrid, seis meses después

El coche de la inspectora Rodríguez se paró junto a una puerta metálica que daba acceso a un campo de fútbol.

Al entrar, un olor golpeó a la policía. Tardó un poco en identificarlo.

No era desagradable. Describirlo no es sencillo.

Es fresco. Directo. No hay aditivos. Es singular.

Complejo porque significa muchas cosas. Sobre todo para la gente que le encanta ese juego.

El césped recién regado es el perfume del fútbol.

En el centro del campo, Pablo Suárez dirigía un entrenamiento.

Llevaba el chándal del club: Club Deportivo JM.

La inspectora se sentó en una pequeña grada.

No se iba a hacer aficionada, pero siempre le había intrigado el fútbol.

No terminaba de comprender la razón por la que una parte considerable del mundo (o su inmensa mayoría) perdía el culo por ver un partido, se iba a la cama sin cenar porque su equipo había perdido o por qué la gente gritaba tanto cuando había un gol.

Llevaba tres meses viendo partidos. Era una manera de estar con su padre cuando iba a visitarle. Desconecta de la comisaría y se siente hija de nuevo. Su padre no sabía quién era pero daba lo mismo. A Elena le servía.

El entrenador tocó el silbato que llevaba al cuello.

—Vamos, chavales. Recogemos y a las duchas. Buen entrenamiento —los animó Pablo.

Había visto a la inspectora en la grada desde que llegó. Se había fijado en la carpeta roja que tenía en la mano. Le hizo un gesto para que bajara al césped.

—Hola, inspectora —dijo Pablo ofreciéndole la mano como saludo.

—Hola, Pablo. No se le da nada mal lo de entrenador —comentó Elena.

—Bueno, los chavales no me han visto jugar, pero sus padres sí y se lo cuentan a sus hijos. Por eso me respetan. Ese es el secreto.

—Y que no son millonarios —recalcó Elena.

—Sí. Eso ayuda también. No echo de menos nada ese ambiente. Ni a negociar con los equipos. La vida se transforma en segundos. Imagínese en unos meses.

—Ahora todo es más sencillo, ¿no? Por lo menos lo parece.

—Lo es. Y más puro. No hay tanta mierda como en la liga profesional.

—Pablo se detuvo para señalar lo que tiene a su espalda—.

Este era el campo en el que empezó a jugar Jan, ¿sabe?

Lo compré justo el día de las detenciones.

Lo hice para intentar cuidar el juego. He visto y sufrido mucho, quiero volver al fútbol de verdad.

Cuando la inspectora iba a hablar, llegaron dos chicos corriendo junto a ellos.

—Vamos, Míster, a la ducha tú también —bromeó uno.

—Sí, que luego bien que nos das la turra —protestó el otro.

Pablo asintió. Se quedó callado mirando hacia la portería, como si Jan estuviera allí instándole a hablar con la inspectora. Se volvió hacia Elena.

—Hace ya un tiempo de las detenciones, de lo que le pasó a Junior, y no habrá juicio hasta ¿dentro de un año? ¿Año y medio? ¿A qué ha venido, inspectora? —preguntó Pablo.

Rodríguez asintió.

—Mi visita no está dentro de lo habitual en un proceso abierto.

Como sabe, tendrá que testificar. No puedo revelarle nada de la investigación.

Solo puedo adelantarle que Jaime Peñascal padre y el resto de los detenidos van a estar mucho tiempo en la cárcel, aunque ahora estén en libertad gracias a la fianza que pagaron —se lamentó la inspectora.

Nada de lo que decía parecía importarle a Pablo.

Para él lo esencial, que era limpiar el nombre de Jan, ya se había logrado.

Que la policía desarticulase la red de BallYou y que el sistema corrupto estuviese en proceso de limpieza, era algo secundario.

Paolo Suárez murió el día que detuvieron a Junior.

Él era Pablo de nuevo y solo quería cuidar el fútbol.

—Confío plenamente en usted, inspectora. ¿Puedo preguntarle a qué se debe esta visita? Lo digo porque estoy empapado de sudor y no me gustaría resfriarme.

Elena le puso en las manos la carpeta roja. Sonrió.

—Como le estaba diciendo —retomó—, mi visita de hoy no está dentro de lo habitual en un proceso abierto, pero analizando el teléfono de Jan hemos encontrado un mensaje para usted.

Pablo puso cara de desconcierto y siguió sujetando la carpeta sin abrirla.

—Jan dejó sin enviar un SMS dirigido a usted.

—¿Un SMS? Como cuando empezamos a trabajar juntos…

Pablo se llevó la mano a la cara impresionado por el tiempo que había pasado desde entonces. La carpeta empezó a temblar. Bueno, mejor dicho la mano del entrenador.

—Creo que es justo que lo lea. He hecho una captura y lo he impreso para usted. No podía mandárselo por WhatsApp porque deja rastro. Entrega en mano —dijo con satisfacción la inspectora.

Abrió la carpeta roja. Había una foto en la que Jan y Paolo sonreían abrazados. También contenía un folio. Era la captura del SMS.

«Todo va a salir bien, Paolo. O Pablo. Siempre me ha gustado más tu nombre de verdad.

Quiero que sepas que sin ti, yo no habría llegado a este sitio tan loco.

No habría sobrevivido sin ti. El fútbol nos ha dado y quitado mucho, sin embargo, sigo creyendo que merece la pena.

Pero no por los millones, los triunfos, los coches, la fama…

yo le doy las gracias a la pelota porque por ella te conocí.

Quiero que seas feliz. Que cada día te levantes sabiendo que se pueden meter goles en cualquier parte.

Y que esa es la mejor sensación del mundo.

Tú eres mi gol. Perdón por todo. Gracias por todo. Te quiero».

Pablo no sabía qué decir. Cerró la carpeta. La apretó con las manos. La miraba mientras los ojos se iluminaban de felicidad, de paz. Resopló y sonrió. La inspectora empezó a sentirse incómoda. Nunca le había gustado ver a la gente expresar sus sentimientos. A ella no le gustaba expresar los suyos.

—Mire, podemos hablar en otro momento si… —se detuvo.

Pablo se abalanzó sobre ella. Le dio un abrazo de oso al tiempo que rompió a llorar.

—Gracias, Elena. Gracias de verdad.