Capítulo 27
Un móvil se iluminó. En el mensaje se podía leer «DÉJAME EN PAZ».
El propietario del teléfono miró de refilón el aparato mientras se metía otro trozo de chuletón en la boca.
Masticó nervioso. Volvió a mirar la pantalla.
Dio un sorbo al vino. La botella costaba cien euros.
Era el único que bebía en la mesa. La carne también era solo para él.
En realidad, estaba cenando sin compañía.
—Antes bien que aparecías, hija de puta —farfulló.
Dependiendo de quién seas, en restaurantes y discotecas, te colocan en un lugar o en otro.
Si el interesado/a no pide esconderse, los responsables de los locales deciden.
Vip de moda, a la primera fila de los reservados para que el mundo le vea.
Si el vip no está de moda, al fondo, donde nadie le vea.
Aceptan el pago por la exclusividad, pero la dirección del local no quiere que le vean allí. Pues a lo oscuro.
Jaime Peñascal Junior cenaba solo entre biombos.
Nadie podía verle. Su mesa estaba al final de la zona donde cenaban los ricos y famosos.
Aunque pagaba como los demás, quedaba feo dar de cenar (y que otros clientes vieran) a un tipo pendiente de juicio, en libertad vigilada tras abonar una fianza de cuatro millones de euros.
Le habían retirado el pasaporte. No se hablaba con su padre.
Pese a todo, Junior seguía teniendo una actitud altiva respecto al universo.
Su plan había salido mal, probablemente pasaría en la cárcel mucho tiempo, pero él miraba por encima del hombro.
Es lo que tiene ser millonario de cuna. Que piensas que el mundo gira en torno a ti.
Y si no, lo compras. O te prestan el dinero para comprarlo.
Como sucedió con su libertad. Esa noche lo estaba celebrando.
Recogió el móvil de nuevo y empezó a buscar en su agenda.
«Alguien querrá venirse conmigo a tomar algo, joder», pensó.
Absorto en la pantalla, no detectó que tenía un invitado. Sergio estaba de pie junto a la mesa, sin hablar, esperando a que Junior reparara en él. Pero no lo hizo. Seguía chequeando nombres que le pudieran valer. Sergio habló para sacarle de su búsqueda:
—Tres meses desde que te metieron en la cárcel. Tres meses son mucho tiempo. De hecho, en ese plazo la sociedad ha visto el demonio que eres y lo primero que haces al salir es irte a cenar por ahí. Tengo que admitirlo, Jaime, olé tu polla.
Junior casi se atragantó del susto. Tosió y se golpeó el pecho.
—Joder, Sergio, avisa.
—Para haber estado en un sitio en el que hay que estar atento todo el tiempo… —Sergio deja la frase en alto.
—Eres un gilipollas, Sergio. Arrogante como siempre. Me caes bien. Siéntate, anda.
«No quiero estar solo».
Sergio se colocó justo enfrente.
—Aunque estén los biombos, ¿no tienes miedo a que te vean conmigo? —preguntó Junior mientras seguía atacando el chuletón.
—He venido a hablar de negocios.
Jaime dejó los cubiertos y comenzó a descojonarse.
—Realmente eres bobo. ¿No sabes que me van a meter en la cárcel otra vez? ¿No has leído en los periódicos que soy un crápula y un impresentable? Si hasta en el programa de Anabel González me ponen a parir.
Como si no hubiera escuchado el lamento sarcástico de Junior, Sergio prosiguió.
—BallYou no existe. Solo en los papeles que maneja la Fiscalía. También en los informes de los abogados. Y en la pantalla de tu móvil —señaló el terminal.
—Lo diseñé yo —dijo con orgullo Peñascal.
—Lo diseñó el becario tirando de un banco de imágenes gratuitas —remarcó Sergio, e hizo un gesto al camarero para pedirle una copa para el vino.
Jaime se ofendió. Su acompañante se sirvió vino en silencio sin preguntar si podía. Sergio estaba esperando a que el enfado se transformara en reconocimiento de la mentira.
—Yo di el ok final —admite—. Pero fui el que construyó BallYou. La idea fue mía —dijo con orgullo levantando la copa como si hiciera un brindis por sí mismo.
—Bueno, eso tampoco es verdad del todo…
Peñascal abrió los ojos por la sorpresa. Por la ofensa. Y porque su acompañante decía la verdad. Le había pillado de nuevo. Sergio sabía que su interlocutor estaba tocado, pero no quiso hundirle. Solo dejarle las cosas claras.
—La idea fue de tu hermano. Él fue el que encontró inversores, ¿no es cierto?
—dijo sin esperar respuesta de Junior—. Te sugirió invertir de manera creativa en el fútbol, os soltaron unos cuantos millones y, luego, los socios os dieron un dosier con la información bancaria.
Por cierto, una idea brillante no destruirlo para que la policía lo encontrase en la redada. Bravo.
Peñascal se puso rojo de vergüenza y de ira. Su hermano le había encargado eliminarlo pero se le olvidó.
Sergio disfrutaba del momento. Años atrás, cuando era periodista deportivo, había tenido que lidiar con Junior en un tema del Riviera.
Casi le despidieron por su culpa. Jaime le contó una historia totalmente inventada sobre un jugador.
Cuando Sergio quiso confirmarla por otra vía, no detectó que esa otra fuente estaba compinchada con Jaime.
Una broma de mal gusto. Siempre le pareció un listo y tenía ganas vacilarle desde aquel incidente.
De joderle. Y casi lo consigue. Por eso, Sergio sonreía.
No lo había olvidado y se regocijaba del fracaso de Peñascal, pero él no estaba allí por eso.
—No he venido a hacer sangre. Te pido disculpas si he sido demasiado directo. Vengo por negocios —dijo cambiando el tono.
—¿Negocios? Te lo he dicho antes: YO NO ESTOY PARA NEGOCIOS.
—Bueno, creo que este te interesa. Los cuatro millones de la fianza…
—Ese dinero me lo ha prestado mi hermano —dijo nervioso Peñascal, que ya no se atrevía a mentir a Sergio.
—Bueno, ese dinero ha salido de mis jefes que, casualidades del destino, eran tus socios.
Otra vez, ojos como platos. Jaime sintió calor. Había empezado a sudar. Buscó la servilleta. Estaba en el suelo y al recogerla, se dio con la mesa en la cabeza. El ruido fue sordo y fuerte. Cuando el camarero acudió a la llamada, Jaime ya se llevó la mano a la cabeza.
—No es nada, disculpe. Un pequeño coscorrón —se disculpó Sergio con una sonrisa—. ¿Puede traernos una botella de agua, por favor? Gracias.
El camarero abandonó la selva de biombos y Sergio volvió a mirar a Jaime que no terminaba de entender lo que acababa de escuchar.
—Pero…
—Eso no viene al caso ahora. El tema está en que cuatro millones de euros es una pasta.
—Pero ¿lo quieren ya de vuelta? —preguntó agobiado—. Pensaba que lo podía devolver más adelante. Eso me dijo mi hermano. Siempre me he fiado de él.
Jaime seguía sudando porque sentía el calor de la traición de su hermano.
—No, no, tranquilo. Ese dinero es una inversión. Quieren ayudarte. Y quieren asegurarse de algo. —Sergio se calló.
El camarero volvió con el agua y un par de vasos con hielo. Sergio le miró y le hizo un gesto de agradecimiento. Le puso el vaso de agua delante a Jaime.
—Bebe, anda. Que con tanto sudar, te vas a deshidratar. Bueno, y que con lo que ya te has metido desde que saliste, el agua no te va mal.
—Gracias —dijo Jaime.
La barbilla ya no apuntaba tan hacia arriba.
—Lo que mis jefes quieren saber es si los vas a delatar. O si vas a llegar a un acuerdo con la Fiscalía. O algo así. Simplemente eso.
Sergio se apoyó en el respaldo esperando una respuesta.
Sabía que Jaime había recibido una propuesta para tirar de la manta.
Aunque la información bancaria se perdía en cierto punto, los jefes de Sergio no querían más problemas.
Y Jaime Peñascal Junior podía serlo. No sabía quiénes eran pero tenía un nombre y una cara que señalar.
Bueno, en realidad, ahora tenía dos nombres y dos caras a los que culpar.
Y a su hermano. También podía culpar a su hermano.
No salía en ningún papel, pero podía intentar demostrar que el cerebro de todo había sido él.
Peñascal pensó y comprendió lo que había sucedido. Le habían puesto la fianza para que pudiera salir, para que viera que lo de fuera bien merecía acusar a otros. En el instante en el que salió de la cárcel, se juró a sí mismo que no regresaría. Costase lo que costase.
Iba a hablar con la Fiscalía, aceptaría el trato, pero antes quería celebrar su libertad. Por eso estaba cenando allí y por eso debía mantener el farol ante Sergio.
—No. No. No pienso hablar. Mi abogado dice que habiendo pagado la fianza, pasado tres meses dentro, a poco que acepte un par de cosillas, no necesito acusar a nadie. Y menos a tus jefes, que no se quiénes son, te recuerdo querido Sergio.
La barbilla volvía a apuntar al techo.
—¿Seguro? Me fío de ti. No me la juegues, Jaime —dijo sonriendo Sergio.
—En serio, esta vez digo la verdad —dijo sonriendo también Jaime.
—Pues todo zanjado.
Sergio se levantó. Le hizo un gesto con la mano a modo de despedida. Cuando iniciaba el camino para atravesar la selva de biombos, frenó en seco y volvió sobre sus pasos.
—Oye, Jaime, que estoy pensando una cosa. Se me acaba de ocurrir. Y creo que a mis jefes les va a gustar. Y tú quedas bien con la Fiscalía —dijo sentándose de nuevo.
Jaime Peñascal no sabía si le estaba vacilando.
—Diles que sí. Mañana los llamas…
«Este Sergio es gilipollas»
—… les aseguras que las cuentas están en Suiza, que vas a hablar pero que no quieres volver a la cárcel.
Ellos te van a decir que algo más de tiempo tendrás que cumplir.
Te van a decir que admitas un par de cargos.
Diez, doce meses más dentro y, luego, libre.
Y tú no quieres volver ahí dentro, ¿verdad? —preguntó Sergio.
—No, la verdad es que no. Ha sido duro —reconoció Peñascal.
—Por eso lo que te propongo es que mañana les digas que vas a cantar pero que antes, en señal de buena voluntad, vas a entrar en una clínica de rehabilitación para desengancharte de la farlopa.
—¿Cómo?
«Yo no soy ningún drogadicto», se indignó para sus adentros Junior.
—Claro, joder. Que lo necesitas, que te ayudará. ¿No lo ves?
—Eh, no entiendo nada, Sergio.
—Mira, tu imagen está por los suelos. Tú mismo acabas de admitir hace un momento que nadie quiere hacer negocios contigo.
Estás cenando solo la primera noche después de salir de la cárcel.
Esto debería estar lleno de tías pidiéndote que te las follases.
Y algún amigo de los tuyos mamado y diciendo que le acompañes al baño…
«Lleva razón».
—Tu hermano te ha ayudado, pero ahora nadie sabe dónde está.
Aunque eso da igual porque no hay pruebas de que esté implicado en nada de BallYou.
Ahora estás solo. Bueno, conmigo, pero todo el mundo sabe que eres un indeseable.
El villano de la película. Necesitas cambiar.
O que parezca que cambias. Que la gente se lo crea.
Tienes que rehabilitarte. Le dices a la Fiscalía que vas a hablar.
Entras en la clínica. Con un mes a ti te vale, porque es solo para disimular.
Allí estarás incomunicado, yo mientras me encargo de vender tu renacer.
La Fiscalía espera ansiosa tu salida. Y cuando regreses, les dices dos cositas que te diga yo como señuelo y lo tenemos.
«Joder, suena de cojones».
—Y volvemos a hacer negocios juntos. A mis jefes les encantó tu espíritu emprendedor.
Jaime se siente eufórico.
«Al final, el gilipollas este me va a venir bien y todo».
—Por supuesto que nosotros pagamos todos los gastos. Yo conozco una clínica cojonuda. Es como un spa. Está en la sierra de Madrid, apartada del mundo. De hecho, tengo a un amigo allí ingresado.
—¿Sí? —preguntó sorprendido Jaime.
—Entró poco antes de toda tu movida. Tenía un problema grave con la cocaína. Ya sabes, «yo controlo», «la tomo solo cuando salgo», bla bla bla. Meses lleva allí. Y por lo que me dice su supervisor, está fenomenal.
—¿No puedes hablar con él?
—No. Te aíslan. No quieren que el exterior afecte a tu recuperación. Hombre, si pasa algo grave, te avisan, claro. Se muere tu padre o algo así…
—Ojalá se muera mi padre —comentó sombrío Peñascal.
—Bueno, mal ejemplo. Perdona. Ya sé que esto de la cárcel no os ha venido bien. Disculpa de nuevo.
—No pasa nada…
—Bueno, entonces ¿tenemos trato? —dijo Sergio ofreciendo la mano para sellar el acuerdo.
Jaime sonrió. Había dejado de sudar. Barbilla arriba. Estaba volviendo a su ser.
—Sí. Tenemos trato.
—Te mando al móvil el contacto. Le dices que vas de mi parte. Él sabrá. Si necesitas algo o tienes algún problema dentro, le pides al supervisor que me llame, ¿ok?
Cuando parecía que Sergio iba a abandonar de verdad la selva de biombos, se giró.
—Oye, Jaime, y otra cosa, busca a mi amigo. Le dices que estás allí por mí y que le encargo que te trate como él sabe. Es buen tío.
—Ah, joder. Guay. Un compañero de clínica —dijo riéndose Jaime—. ¡Sergio! ¡Vuelve! No te vayas…
Sergio asomó la cabeza por el biombo.
—Dime.
—¿Cómo se llama tu amigo? ¿Cómo le reconoceré? ¿Es moreno, bajito, le falta un ojo? Que no puedo entrar en la clínica gritando tu nombre —bromeó Jaime.
—Cierto. Toda la razón. Es el que habla de los asesinatos en el programa de Anabel González.
—Hostias, ¿ese tío es tu colega? Menudo fenómeno. Muy fan, ¿eh? —admitió Peñascal—, pero nunca me acuerdo de su nombre.
—XXX. Se llama XXX.