Estoy muerto y es culpa tuya Capítulo 25
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Capítulo 25

—¿Es usted la del programa de por las mañanas? La de la noticia de Jan Martínez, ¿verdad? —preguntó curioso el taxista mientras buscaba en el retrovisor los ojos de su clienta.

Dani estaba apoyada en la ventanilla con los ojos cerrados.

Llevaba un día y medio informando sobre BallYou y Jan Martínez, era el primer rato de descanso.

Solo hacía una hora desde su último directo.

El cuerpo le estaba dando una hostia de campeonato.

La adrenalina bajaba después de más de treinta y cinco horas siendo su motor.

Cuando eso sucede, el cerebro se desconecta. Pero se apaga bruscamente. Plas.

Medio somnolienta pudo reaccionar. No había entendido qué le decía.

—¿Disculpe?

—¿Usted no es la periodista que ha destapado toda la historia de las apuestas con el Riviera, el hijo del presidente y demás? —comentó sonriente el conductor.

Dani ya comprendió y tuvo su primer subidón de ego por la fama.

—Sí, soy yo. —Sonrió.

—Pues lo ha hecho fenomenal. Sí, señor. Perdón, señora. Ha estado increíble. Vaya notición. Esta mañana hablaba con un compañero que esto de las apuestas se tiene que regular. El Gobierno no hace nada, ¿sabe?

—Sí. Parece que van a estudiar el caso detenidamente. Ha servido de algo todo esto —dijo con humildad Dani.

Sonaba a verdad, pero en el fondo, era falsa. Teatro.

«¿Esta voz que acabo de poner es nueva? ¿Mi voz de famosa?», pensó.

—Muy bien. Menos mal. Y todo por usted —la felicitó el taxista.

—Ha sido un trabajo de todo el equipo del programa. Yo estaba para rematar a gol. —Sonrió como en la tele.

Otra vez el teatro y otra vez la humildad de mentira.

«Pues sí, Dani. Esta es tu nueva voz. Suena cariñosa. Puede hasta gustarme», se dijo.

—Es usted una máquina. ¿Su nombre era? —se disculpó el conductor.

«¿No sabe cómo me llamo el memo este? Que me lleva viendo en la tele casi dos días seguidos…».

—Dani García. Encantada. —Volvió a sonreír.

Tercera ronda de humildad de pega.

—No se me olvida ya. Cuando lleguemos al destino, ¿nos podemos hacer un selfi? Es para subirlo a mi Facebook. Y para el chat de los colegas.

«Mi primera foto me la pide un taxista. Por algo se empieza, Dani».

—Claro —respondió ilusionada la periodista.

Esa vez era de verdad.

—¿Y a quién va a visitar? ¿Tiene algo que ver con este tema? Que allí vive mucha gente de dinero, ya sabe usted.

—No puedo decirlo —contestó Dani mientras le guiñaba un ojo a él en el retrovisor.

Sonrisa cómplice del taxista. Se quedaron en silencio. Dani se apoyó de nuevo y cerró los ojos.

«Menos mal que se ha callado».

Durante diez minutos, la reportera estrella del programa estuvo a punto de dormirse.

Cayó en un estado cercano al sueño. Ese en que eres consciente de lo que hay a tu alrededor en un sesenta por ciento.

Los párpados te pesan y no quieres moverte de donde estás.

Cuando el coche dio un pequeño salto, reconoció con los ojos cerrados los badenes de la urbanización donde vivía Anabel.

El selfi llegó. Y el «Bueno, dos besos» también.

Dani se bajó del taxi con una mezcla de sentimientos: un chute de orgullo porque la han reconocido por primera vez y dolida porque no sabía su nombre. También incómoda porque pensaba que al ser famosa, lo de los babosos se acabaría, pero no.

«Bueno, a ver qué nos dice la jefa».

Anabel estaba viendo la televisión mientras esperaba a su invitada con una copa de vino en la mano. Tenía puesta la repetición del último informativo y la detuvo en la intervención de su pupila.

—Dani, de verdad, enhorabuena. Has hecho un trabajo espléndido —dijo AG—. Vamos al salón, está lista la cena y tenemos muchas cosas de las que hablar.

Despachó a su asistente, que estaba sentado en una silla apartada. Ni le miró. Ni un gracias. Como si no estuviera.

Cuando la reportera vio la mesa dispuesta, se quedó impresionada.

Deseó tener una mesa así. Una casa así. Un salón así de grande.

Quiso todo. El día de la entrevista no había reparado de veras en los detalles de la mansión de Anabel.

Estaba pendiente de controlar los nervios y de hacerlo bien.

Con esa presión olvidada, Dani solo tenía un nuevo objetivo.

Ser Anabel. No, mejor, ser Dani García, la reina de las mañanas. Tener el prestigio de su jefa.

«En algún momento querrá retirarse. O la retirará alguien. O la sustituirá alguien. Una cara más joven, más guapa, más periodista. Una sucesora digna de lo que es AG. Yo, Dani».

Anabel le sirvió una copa de vino. Y antes de que comenzase a hablar, Dani inició el diálogo con un agradecimiento:

—Anabel, si no fuera por ti, yo no estaría aquí. Gracias por la oportunidad. Estos días trabajando contigo han significado mucho. Quiero más —dijo alzando la copa esperando a su jefa.

AG levantó también la suya.

—Por ti, Dani, por tu futuro.

Las dos bebieron.

—Tienes otro brillo en los ojos, Dani —notó AG—. Eres una persona diferente a la que entrevisté. Mejor. Con ambición.

«¿Cómo leches se da cuenta esta tía de todo?».

—A mí también me pasó—prosiguió Anabel— con mi primera gran exclusiva. Mis primeros directos siendo el centro de atención. Algo te cambia.

Dani no sabía qué decir.

—Soy veterana. Sé lo que es la televisión. Comprendo lo que es salir por televisión. De hecho, ¿ya te han pedido alguna foto o te han reconocido?

—El taxista —contestó Dani sonrojándose.

—Oh, qué maravilla. Eso significa que estos días has llegado a mucha gente. Si los taxistas te reconocen, es que te ha visto hasta el apuntador. Ellos son los primeros en reconocer a los famosos, pero después de ellos, viene el resto del universo.

La reina de las mañanas bebió y volvió a hacerle el gesto de brindar a una avergonzada Dani.

—No te pongas colorada, Dani. La fama es así. Ya te acostumbrarás. Supongo que no supo decir tu nombre —especuló la jefa.

—Eh, bueno, no lo tenía claro —admitió la reportera.

—Normal. A pocas personas nos reconocen por nuestro nombre, en general solo a los top que llevamos tiempo arriba. Los demás sois, entiéndeme, «la reportera de lo de las apuestas» o «el de los asesinatos». Perdéis vuestro nombre, que no vuestra identidad.

Dani miraba a su jefa con miedo y orgullo. Miedo por no saber a dónde quería llegar y orgullo porque tenía la sensación de que tenerla de jefa la convertiría a ella en una estrella.

—Pero para mantenerte, para ser una estrella, hay que reinventarse sin descanso y ofrecer alimento a esa mole devoradora de caras que es el público. ¿Serás capaz de ello? —preguntó Anabel seriamente.

La reportera mantuvo la mirada. Silencio.

—Sí, sin duda. Ya te he dicho que quiero más. Quiero que sepan mi nombre.

—Está bien. ¿Qué más vas a contar sobre BallYou? Lo digo porque para hacer la crónica del juicio y recoger reacciones, eso lo hace cualquiera.

—Tengo más información sobre el caso. Información que en principio no debería tener la policía.

O, si la tiene, no se hará pública hasta el juicio y eso si levantan el secreto de sumario.

Además tengo un par de líneas para seguir investigando.

Es todo muy oscuro. Me gustaría averiguar quiénes son los socios en la sombra de BallYou.

AG se levantó.

—No. No vamos a investigar nada más —dijo cambiando de registro.

Dani se quedó muda. Era la primera vez que su jefa le hablaba de esa manera. Le recordó al día que echó del programa a Olivia Blance.

«¿Por qué me habla así?».

—Pero, Anabel… —balbuceó Dani.

—He dicho que no y harás lo que yo diga, que para algo soy tu jefa. Tu investigación se ha acabado —sentenció la presentadora.

—De verdad, Anabel. Déjame que investigue a los socios. Conozco a alguien que nos puede ayudar —insistió Dani al borde de algo parecido al llanto.

Anabel la miró furiosa en silencio. Dani estaba asustada.

—Fin de la investigación. O lo dejas o adiós al programa. A tomar por culo.

—¿Cómo? —exclamó Dani.

—Lo que has oído, bonita. Aquí mando yo y te estoy ordenando que dejes de investigar BallYou. Es un tema que está tan muerto como Jan Martínez. A partir de ahora informarás de lo que te diga.

—Pero, Anabel, quiero seguir siendo independiente, como con este caso. Quiero dar exclusivas.

—Eso está muy bien. Ya me las darás, pero las que yo decida dar. Al ritmo que yo decida. Si te digo que ladres, ladras. Si te digo que bailes, bailas.

La periodista no entendía nada. AG primero le había preguntado por dónde iba a seguir la investigación y unos segundos después le había quitado el tema y lo había matado.

Lo de los socios había sido el detonante de su ira y de las amenazas.

No sabía qué decir, el cansancio le estaba afectando.

Quizá era el miedo a volver no ser nadie, a volver a ser relaciones públicas, a aguantar a borrachos y babosos, a tener que aparentar, a trabajos en sitios donde no te llevan a ninguna parte, a que su madre le echara en cara que era una fracasada.

—Dani, sé lo que estás pensando. Y te voy a dar la respuesta: No.

No quieres volver a tu vida anterior. Has probado lo que te ofrezco y sabes que puedes ser una estrella.

Ya te han reconocido y te ha gustado la sensación que produce.

Detrás de eso habrá dinero y no, no quieres ser la Dani de antes —adivinó la jefa—.

Quieres ser como yo. Quieres llegar al lugar que ocupo.

Eres ambiciosa, pero cobarde para luchar por ello.

Por eso dudas, por eso tienes miedo. Siempre has querido ser alguien relevante, pero no has podido o no te han dejado.

Te estoy ofreciendo ser lo que siempre has querido.

Lo que nadie te ha contado es que para ser como yo, tienes que darlo todo y transformarte en alguien que, a lo mejor, no te gusta. Es la letra pequeña del éxito.

La copa de vino parecía un hipnótico mar oscuro. Hacia ahí miraba Dani. Se veía cayendo, ahogada en el líquido tinto. Sin respiración. Gritando, luchando por mantenerse a flote.

—Dani, de verdad. Tu trabajo te hará grande.

Eres de las mejores reporteras que he tenido.

Creo que tu futuro es brillante, pero tienes que seguir mis normas.

Obedecer mis órdenes. Tendrás tu espacio para crecer, para buscar tus historias.

Te lo juro —dijo AG, que había recuperado la serenidad y volvió a sentarse.

«Todo acaba así, ¿verdad?».

—Ahora eres tú la que tiene que decidir. Si te quedas, serás famosa, poderosa, tendrás dinero… Tu madre estará orgullosa de ti, te dejará tranquila. Si te vas, ya sabes el frío que hace ahí fuera. Lo único que te pido a cambio es que hagas lo que yo digo.

—Pero entonces ¿podré decidir sobre mis temas? —preguntó Dani con inocencia.

—Sí, dentro de los que yo te proponga. También podrás elegirlos por tu cuenta, pero el último ok siempre dependerá de mí. Como cuando me pediste investigar lo de BallYou. Te dejé hacerlo. Hasta este punto. BallYou no da más de sí.

Anabel puso el dedo índice sobre la mesa, como si fuera la última frontera. Dani sintió que le faltaba el aire.

—Serás una estrella. Solo te pido obediencia. Eres una periodista de raza y eres preciosa, pero guapas como tú hay muchas y los pinganillos sirven para algo. La diferencia contigo es que a ti no hay que decirte nada. Ya hablas sola.

AG llamó a su asistente. Traía una bandeja de plata que contenía unos papeles y una pluma.

—Aquí está tu nuevo contrato —le dijo Anabel a su invitada—.

Aquí pone que formas parte de mi equipo más cercano, con un sueldo, creo que bastante generoso, con posibilidad de hacer publicidades dentro de la cadena, coche de empresa o chófer, bonus generosos por hitos de audiencia, posibilidad de tener tu propio programa bajo mi dirección…

Resumiendo, en este papel pone que vas a ser una estrella.

Mientras su jefa hablaba, la reportera se había puesto de pie y había abierto la puerta de la terraza para que le diera el aire.

—Déjame que lo piense. Si no te importa, tengo que tomar el aire.

Y sin esperar la respuesta, salió al jardín. La piscina estaba iluminada. Un cigarrillo. Le temblaban las manos de los nervios. Le costó escribir el nombre de Nel en el teléfono.

«Gracias por lo de anoche».

Recordó el abrazo que le dio Paolo. Su agradecimiento al oído. El orgullo que hinchaba el pecho a Nel.

«Ayer fue un día precioso. Y aunque lo niegues, el Oros te gusta».

Sonrió.

«Tiene su atractivo».

La reportera se volvió para comprobar que su jefa seguía en el salón.

«¿Estoy dispuesta a venderme así? Van a usar mi voz. Seré otra Dani. Siempre he querido ser periodista, contar la verdad al mundo, ¿y ahora me voy a traicionar a mí misma?», pensó Dani.

Una parte de Dani sabía la respuesta perfectamente, pero fue la otra la que escribió a José Nel.

«¿Se puede triunfar en esto si te quitan el alma?».

La respuesta llegó en menos de un minuto.

«Solo se llega a la cima sin ella… ¿Estás bien?».

Una lágrima se deslizó por la mejilla de Dani. Era la respuesta que esperaba. Fin de la inocencia. Una calada profunda. Iba a darle la mano al diablo por el éxito. Su voz ya nunca sería suya. Nel escribió otro mensaje porque sabía lo que le pasaba a su pupila.

«¿Seguirás saludándome cuando seas una estrella?».

Otra lágrima.

«Siempre».

Se guardó el móvil en el bolsillo de la americana.