Estoy muerto y es culpa tuya Saltar
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¿Alguna vez os habéis gastado seis millones de euros en menos de una semana?

Bueno, en menos. En un día como quien dice.

Seguro que no. Yo gané y gasté seis millones en unas veinticuatro horas.

¿Por qué? Pues porque tenía que pagar una deuda que contraje por hacer mi trabajo.

Y por ser honrado. El gestor estuvo llamándome pero no se lo cogí.

Le mandé un mensaje diciendo que todo estaba bien y no me molestó más.

El dinero entró y salió de la cuenta que tengo para mis gastos, como no toqué nada de las otras, el gestor debió de pensar que eran cosas de futbolistas. En el fondo, lo eran.

Jaime Peñascal padre no tuvo ningún reparo en pedirme el dinero por lo bajini en el vestuario. Tampoco tuvo reparos en asignarme un armario ropero de casi dos metros para «mi protección». Me acompañó hasta casa y fue testigo de una transacción de arte.

—Gorila, voy a llamar a un marchante.

El gorila no respondió. No me sorprendió. Se quedó de brazos cruzados.

En menos de cinco minutos había acordado vender los dos únicos objetos intactos de mi piso: un cuadro de Banksy y la fotografía del cowboy de Richard Prince.

Sé lo que estáis pensando.

Sí, me gusta el arte y creo que entiendo algo. ¿Os he dicho ya que el Banksy se lo compré a Robbie Williams? Me gusta fardar de ello. Yo soy fan de sus canciones y él es fan de mis goles.

Sí, puedo vender mis cuadros por teléfono de madrugada. El mundo de los famosos… Sobre todo, el de los ricos, no funciona como el vuestro.

Y sí, esto funciona así aunque te parezca una locura.

—Gorila, ya lo has escuchado. En unos días me hacen las transferencias con el dinero y luego yo os hago otra a donde me digáis. ¿Ok?

La mole sigue de pie en silencio. Mueve despacio la mano y la mete en el bolsillo. Yo contengo la respiración. Saca un papel.

—Aquí tienes el número —dijo lacónico el matón.

—¿Algo más o ya puedo ir a dormir? —pregunté.

—Sí. En el próximo partido, te lesionas en la primera parte y no vuelves.

Me di cuenta de que no me iba a librar de ellos tan fácilmente. Gorila salió de mi casa. Yo me quedé de pie en medio de mi salón desierto. Miré los cuadros por última vez. Al día siguiente vendrían a por ellos.

Sabéis que mi siguiente partido fue el último de mi carrera.

Por supuesto que desobedecí las órdenes de los Peñascal.

Sabéis también que no me retiré lesionado en la primera parte.

Lo hice en la segunda, pero después de haber hecho un partidazo.

En el fondo yo sentía casi al cien por cien que iba a ser el último. Mi futuro era algo difuso.

Tras la operación, cada vez que salía a la calle, esperaba ver a Junior acompañado de Gorila o de uno parecido, pero nada.

Cada vez que salía a tomar algo (porque yo seguía bebiendo como un animal), ni rastro de Junior.

Ni de Kikón. Ni de nadie de BallYou. Nada.

Llegué a pensar que por el hecho de haberme lesionado de gravedad, me libraba de esos hijos de puta.

Seguía sin hablar de verdad con Paolo. Estaba avergonzado.

No quería mezclarle con nada. Ni con la depresión ni con Junior.

Tampoco tuve el valor para escribirle. Decidí que lo mejor era cortar el contacto con él.

Me llamó el día de la lesión. Para animarme.

Fue incómodo para los dos. Sabíamos que lo mío era grave, tanto como lo que le retiró a él, pero ninguno fue capaz de abrirse de verdad.

Luego, algún mensaje suelto de «Cómo vas, niño».

Mis contestaciones siempre eran la misma «Todo controlado.

Vamos hablando». Fin de la comunicación con Paolo.

Viví durante mis últimas cuatro semanas sin apenas contacto con el mundo.

Iba a rehabilitación. No todos los días porque la resaca me mataba.

Encargaba que me llevasen al piso whisky.

Y tabaco. Volví a fumar. No encendía un cigarrillo desde los dieciséis años.

Como veis, todo muy sano. Aunque yo quisiera recuperarme la espiral me atrapó.

Me abrazó. No sé si fue el temor de que un gorila me arrancase las piernas o la vergüenza por haber caído en la trampa de Junior.

O por mi depresión. Ah, dejé de ver a mi terapeuta.

Sí, ya sé. Lo hice en el peor momento. Os querría ver yo en una situación así.

Una de las últimas noches que salí, conocí a una chica espectacular.

Fue la primera persona con la que me abrí de verdad en mucho tiempo.

Me guardé algunos secretos, pero estoy convencido de que si hubiera vuelto a verla le habría contado todo.

Bueno, lo de las apuestas no. O sí. No lo sé.

Sí que recuerdo que esa noche fue especial para mí.

Ojalá pudiera saber lo agradecido que estoy.

Cuando regresé a casa esa noche, me puse a mirar las fotografías que quedaban en mi pared. Me encanta la que salimos Paolo y yo. Sonriendo. Acabábamos de ganar mi primera copa de Europa. Estamos cenando después del partido. No sé el de Paolo, pero puede que fuera el mejor día de mi vida.

Apoyado en la pared, junto a la foto, me puse a llorar.

Cayó el peso de la realidad, de las consecuencias, de mis dos últimos años.

Mis padres murieron en un accidente de coche.

Lo eran todo para mí. Me ayudaban, me aconsejaban…

Me frenaban. Desde que se fueron, mi vida era oscuridad.

No pedí ayuda y empecé a hacer las cosas mal.

Beber. Salir. No escuchar. Luego, cuando decido salir de ese pozo, aparece Junior una noche.

Paolo se enfada conmigo. Yo con él. No sé reaccionar.

La depresión es una cadena que te roba todo.

Hasta el deseo de querer ser feliz. De responder a las adversidades. Te despoja de todo.

Luego estaba lo de los Peñascal. El no hacer caso dos veces, aunque hubiera pagado mi primera deuda, no terminaba con mi lesión.

Iban a venir a por mí cuando me recuperase.

Si me recuperaba. Si salía del agujero. Me dejaron en paz para que me confiase.

Lo sé. De todos modos lo hice igualmente, me confié tanto que empecé a informarme sobre un médico en el norte de Europa.

Buscaba un milagro e incluso saqué un billete de avión para ir a su consulta.

No tenía mucha esperanza, pero bueno. Por si acaso. Era algo desesperado.

El día que morí, pasé una noche horrible.

Llena de dolor en forma de recuerdos. La peor pesadilla de mi vida.

Creo que desperté para que acabase. No podía más.

Repasé todo lo que me había sucedido. Los recuerdos me asaltaron en la cama.

Fue un peso enorme. Mil toneladas sobre mi pecho.

Quise salir a que me diera el aire. Conducir mi viejo deportivo.

Uno que me compré con el dinero de mi primer contrato.

Junto con los cuadros, era de lo poco que apreciaba de verdad.

Fui a mi antiguo campo, donde jugaba de pequeño. Allí me sentí en paz. Me perdoné por todo. Vi a un chico que me devolvió la fe en el juego, aunque su padre le gritase rompiendo mi momento. Salí de allí triste pero feliz. No miré a nadie. No quería ni saludos ni fotos.

Los Peñascal me dejaron en paz, sin embargo, los periodistas que representaba BallYou se dedicaron a destrozarme.

Cada día, durante un mes, se publicaba algo sobre mí.

Sobre si no me estaba tomando en serio la recuperación (media verdad), que si bebía mucho (verdad pero lo hacía a escondidas), que si salía mucho (mentira, mi casa fue mi discoteca), que si tenía problemas con Paolo (mentira o media verdad), que si me drogaba (mentira)…

Crearon una imagen de mí que aun sabiendo que no era verdad, me hacía sentir como si fuera lo peor.

Me dolió que Paolo no me escribiera al leer esa sarta de mentiras, pero entiendo que para él lo nuestro estaba bien. Se fiaba de mí. Intercambiábamos esos mensajes vacíos que os he dicho antes.

De camino a casa, me hice la M-40 casi entera.

Puse el coche a casi doscientos. Estuve tentado de girar el volante para acabar con todo.

Pero no lo hice. No me atreví. Además, en ese momento, se me cruzó por la cabeza lo que había sentido al volver a mi antiguo campo.

Un fogonazo blanco. De felicidad. Quería volver, jugar al fútbol, ganar.

Trabajar en mi terapia, ir a ver al médico en Finlandia.

Meter goles. Reírme con mis compañeros en el vestuario.

Hablar de nuevo con Dani. El camino sería complicado y, en el fondo, me motivaba.

Reduje la velocidad. Pensé en llamar a Paolo, pero me contuve.

Le llamaría después desde casa. O mejor, me presentaría en la suya, le daría una sorpresa.

Antes tenía que ducharme, quitarme el olor que llevaba encima, esa mezcla de tabaco, whisky, sudor, fracaso…

En cuanto llegara, ducha y a buscar a Paolo.

No sé realmente cómo había nacido en mí esa nueva ilusión, pero ahí estaba, sentía una energía renovada.

Me dije que todo saldría salir bien.

Iba adelantando coches al mismo tiempo que escribía mentalmente una lista de cosas que me apetecía hacer.

Y también de deberes. Ser sincero con mis seres queridos era lo primero de todo.

También ser realmente lo que se piensan los niños que somos los futbolistas: un ejemplo.

Comprar el campo donde empecé a jugar. Y el club.

Sería yo el que dirigiese todo, lo haría tras mi retirada.

Estaba convencido de que iba a volver. No sabía si a jugar en el Riviera aunque de suplente, por qué no.

Para quince minutos seguro que valdría. Al trote soy mejor que la mayoría.

Sin embargo, todo eso se apagó. Entré en mi casa.

Me golpeó el desierto que era mi salón. Pensé que un último lingotazo de whisky de despedida sería oportuno.

De verdad que quería cambiar. Recuperarme.

Fui a la cocina a por la bebida. Cuando regresé al salón, Gorila y Junior estaban ahí.

Los acompañaba Arturo. Estaban los tres en silencio.

Casi me muero del susto. Comprendí que nada de lo que había planeado viniendo a casa iba a suceder. Todo sería oscuro de nuevo.

—¿Sabes que la gracia de tu último partido nos costó un dineral?

Menos que la del penalti, es cierto, pero una pasta igualmente.

Y todo porque tú no quisiste colaborar. Mis socios casi me cortan la cabeza, pero les ofrecí una compensación.

Dos, en realidad. La primera fue otra apuesta que sí salió bien y la segunda la tendrán dentro de un rato… —dijo Junior.

—Tus socios son gente peligrosa, ¿verdad? —pregunté para ganar algo de tiempo.

—No tengo el placer. Les gusta el anonimato. Ellos pusieron la pasta a través de un intermediario. Me sugirieron un par de movimientos y luego ya empecé a volar yo solo —dijo mirando a su hermano que asintió en segundo plano.

—Entiendo —afirmé—. Trabajas para alguien que no conoces. Muy normal.

—Aunque no lo creas, lo es. Otra cosa: lo que sí conozco son sus métodos si las cosas no salen como les gusta.

Silencio.

—Y no molan nada. Bueno, sí. Son interesantes de ver, no de sufrirlos.

Me mantuve de pie, serio y frío. No iba a huir. La solución estaba clara.

—No voy a colaborar con vosotros. En algún sitio querrán escuchar mi historia. En las comisarías suelen estar interesados en estas cosas —amenacé sabiendo que daba lo mismo.

Gorila sonrió. Junior le acompañó. Noté cómo a Arturo la amenaza le sonó a desesperación. Dio un paso al frente:

—Creo que no lo has entendido. Tú no amenazas. Hoy vas a morir. No vas a hablar porque te vas a tirar por la terraza. Si no lo haces, te prometo que Paolo también se caerá desde otro balcón antes de la hora de comer.

Otra vez, como en el parque, la voz de Arturo daba casi más miedo que sus ojos.

Yo callaba. Disimular para que el central no sepa que tienes miedo. Entonces, Junior, con el asentimiento de su hermano que volvió a ponerse en segundo plano, prosiguió con el discurso.

—Gorila no va a mancharse las manos. Es mucho lío la sangre y demás. Ya es de día. Esto es una visita de cortesía para contarte lo que hay. Recuerda que de ti depende Paolo.

A medida que Junior hablaba, el miedo por lo que le pasaría Paolo se apoderaba de mí.

Porque irían a por él. Seguro. Arturo no bromeaba y las palabras de Jaime sonaban a órdenes de Arturo.

Le había dicho lo que tenía que decir. BallYou siempre había sido cosa de Arturo, Junior solo era un pelele, uno necesario para que su nombre no apareciera en ningún documento.

Era más listo que todo eso. Usaba a su hermano como quería. Comprendí que no me iba a salvar.

—Entonces, no tengo alternativa y me tengo que fiar de tu palabra de que a Paolo no le va a pasar nada.

Vi cómo Arturo se movía hacia la puerta de salida. Aquello se acababa. Junior disfrutaba con su papel de villano.

—No le va a pasar nada. Te lo prometo —dijo esto Junior mientras se llevaba la mano al corazón.

—Él no sabe nada de las apuestas.

—Lo sabemos, pero tú tienes que saltar. Porque dices que vas a hablar y eres la prueba de lo que hacemos. No podemos dejar cabos sueltos. Eres listo y lo entiendes, ¿verdad?

Gorila pasó por mi lado. Junior le dio una palmada en el hombro.

—Nosotros nos encargaremos de decir que estabas deprimido. La gente lo entenderá. Te convertirán en leyenda. Nosotros lo haremos pero en plan bien. Seguirán hablando de ti y de lo importante que eras.

Se paró justo antes de abrir la puerta.

—Gorila te espera abajo. En media hora más o menos. Por si nos cruzamos con alguien. Yo ahora me piro a dormir que anoche salí —dijo mientras guiñaba un ojo.

La puerta cerrándose fue una metáfora de mi nuevo comienzo.

O de mi no comienzo. Bueno, ya me entendéis.

De hecho, me quedé mirándola, deseando que fuera una pesadilla como la de la noche anterior.

No miré el reloj. No me gusta llegar tarde a los sitios, pero que Gorila esperase me la sudaba bastante.

Eran mis últimos momentos. Qué curiosa es la vida.

Cuando volvía hacia mi casa, casi me suicido con el coche.

El fútbol me había salvado y, ahora, el otro fútbol me iba a matar.

Esperé. Encendí un cigarrillo y me lo fumé casi del tirón.

Me puse a pensar en cómo había empezado todo esto, con una pelota y un campo de tierra.

Di un trago al whisky. Estaba malísimo. Encendí otro cigarrillo.

Dos caladas profundas. Pensé en Paolo. Deseé que le fuera bien.

«Te quiero, amigo».

Miré nuestra fotografía camino de la terraza.