Estoy muerto y es culpa tuya Capítulo 23
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Capítulo 23

Paolo Suárez miró hacia arriba. El rascacielos era gigante.

Imponente visto desde abajo. Un «joder» sincero nació en la boca del representante.

No era su primera vez allí. El edificio era visible prácticamente desde cualquier punto de la ciudad.

Cada vez que iba a un partido de Jan, pasaba por delante.

Pero nunca, quizá por descuido o por desinterés, se había parado a considerar la magnitud de esa torre.

Madrid cambiaba cada segundo. Ni la comida ni los colores eran los mismos. Lo que antes eran bloques de diez pisos, ahora eran moles que doblaban (o triplicaban) en altura a los anteriores.

Paolo en realidad se llamaba Pablo. Antes iba con chándal y ahora con trajes hechos a medida, antes no vivía pegado al móvil ni el dinero era el motor de su vida.

El estadio del Riviera era el escenario donde Paolo creció, triunfó y se lesionó.

La mutación de Paolo fue en paralelo a la de la ciudad. Y a la del fútbol.

El representante había empezado a pensar en ello tras la muerte de Jan. En su vida. En los cambios. El dinero. La presión.

—Es que hasta la pelota es distinta —dijo en bajito junto a la puerta del edificio.

El sol entraba por la cristalera. Bañaba de luz un hall con un montón de tráfico humano.

Gente que corría hacia los ascensores o salía de ellos, recepcionistas que no paraban de recibir llamadas.

A Paolo no le costó ver su destino. En el panel de información, el logo de BallYou ocupaba las tres últimas plantas.

«Junior tiene el despacho en la última. Seguro», apostó para sus adentros Pablo.

Porque ese día, a esa hora y en ese sitio, Paolo iba a ser otra vez Pablo.

Tocaba ser humano y no una máquina de hacer dinero.

Aunque llevase el disfraz puesto. Hablaría Pablo vestido de Paolo.

Resopló cuando las puertas del ascensor se abrieron.

Le esperaba una ascensión interesante. Duraría unos pocos segundos, tenía un tiempo ajustado para ordenar sus ideas.

Cuando llegó a la última planta, Pablo estaba solo en el ascensor.

Estaba tenso, tenía el cuello como una piedra.

Se miró al espejo. El disfraz, perfecto: traje y camisa negra, pelo engominado hacia atrás y ojos destilando soberbia.

Un «Vamos» retumbó en su cabeza. Una dosis de motivación. Y de valentía.

Al fin llegó. El espacio era gigante. Había muchísimas estaciones de trabajo, pero poca gente para ser lunes. Nada que ver con el bullicio del hall de abajo. No era una oficina fantasma pero lo parecía. Le extrañó mucho. «¿Sería así en las otras plantas de BallYou?».

La mirada de una mujer interceptó al visitante desde que se abrieron las puertas del ascensor.

Paolo le mantuvo el envite visual. Era la secretaria personal de Jaime Peñascal Junior.

Ambos sabían que esa visita no estaba programada, por eso, la guardiana de la puerta le cortó el paso a Paolo. Se notaba que estaba nerviosa.

«Pan comido».

—Vengo a ver a Jaime. Sé que no me espera pero es buen amigo —dijo Suárez intentando dejar a un lado a la secretaria.

—Si no tiene cita, no puede entrar —contestó mientras sujetaba el brazo del mánager.

—Mire, van a ser dos minutos. No más.

Paolo ya tenía la mano en el picaporte de la puerta y accionó el mecanismo. Hubo un forcejeo para evitar que entrase.

—No puedo dejarle pasar, señor.

—De verdad, es una cosa rápida. No se preocupe —dijo Paolo intentando mantener el tono cordial.

La discusión sobresaltó a un Junior que andaba medio dormido con los pies encima de la mesa. Con la puerta entornada, las palabras sonaban sordas pero con potencia pese a todo.

—Joder, ¿qué pasa, Chelito? —se quejó Jaime limpiándose la baba y acercándose al umbral.

Paolo consiguió abrir del todo la puerta. Pasó con la secretaria colgada del brazo. Jaime había retrocedido y observaba la escena apoyado en el escritorio.

—Paolo, Paolo, por favor. Chelo, tranquila —dijo Junior mientras hacía un gesto con la mano para que dejase en paz al invitado.

Suárez miró a la secretaria y esta lo soltó.

—No tiene cita —se justificó— y me había dicho que no quería que le molestasen.

—No te preocupes —la tranquilizó Junior—. Paolo es buen amigo —añadió con una sonrisa que todos conocían. La falsa pero educada.

La secretaria y la visita se miraron. Paolo iba a disculparse, pero Chelo ya le había dado la espalda y cerrado la puerta.

Se hizo el silencio en el despacho. Junior paseó hacia su silla.

Le hizo un gesto con la manó a Paolo para que tomase asiento.

Pablo estaba nervioso, paralizado, pero el mánager tomó las riendas y se sentó enfrente de Junior.

—No hacía falta montar este numerito, Paolo. Me llamas y cerramos una cita —le afeó con suavidad.

—Quería jugar con el factor sorpresa, pero tu perro guardián ha desbaratado mis planes —dijo Suárez.

—Es una buena secretaria. Dura, pero amable. ¿Quieres algo? —ofreció Junior.

—Si le pido un café, probablemente escupa en él…, así que no, gracias.

—Pues puede que lleves razón —admitió mientras respiraba hondo. Puso las manos sobre el escritorio y cambió el tono—. ¿Por qué cojones has venido, Paolo? ¿Vienes a buscar bronca o qué?

Paolo era de nuevo Pablo. Las amenazas siempre le habían asustado.

Aunque vinieran de alguien con aspecto de no haber dormido mucho.

O de no haberse acostado. O de estar todavía un poco borracho.

Quiso mantener la posición. Sostenerle la mirada.

Pablo tenía miedo, pero Paolo quería arrancarle la cabeza. Pablo tomó la palabra con dudas.

—Quiero… quiero —se frenó en seco para recomponerse. Tosió—. Quiero hablar sobre Jan. Me debes, me corrijo, nos debemos una charla sobre el tema —dijo Pablo con entereza.

Otro silencio. Una inspiración profunda.

—Pues si vamos a hablar de cosas serias, me vas a permitir un momento —dijo Junior mientras abría un cajón a su derecha—. Necesito despejarme.

Sacó una caja metálica de plata. Pablo fijó la vista en ella.

—Hay confianza, ¿no, Paolo?

Sonrió mientras se metía el tubo metálico en la nariz.

Sin esperar la respuesta del mánager, aspiró fuerte.

Paolo conocía la liturgia porque un compañero de equipo estuvo muy enganchado.

Nunca salió a la luz porque el sistema protege al sistema.

Pero en su memoria, todos esos momentos estaban borrados. Le incomodaban.

—No te cortes. Dicen que dos siempre son mejor que una. El desayuno —dijo con sorna Paolo.

Jaime asintió aprobando lo que acababa de oír. Pintó unas cuantas por si acaso. Otra aspiración.

—Espectacular, Paolo. ¿Tú no quieres? —preguntó Junior—. Pensaba que tú le dabas a esto. Como vas siempre tan acelerado y tal… no sé.

Negó con la cabeza. Pablo estaba serio. Paolo también. Se colocaron el cuello de la camisa.

—¿Tienes algo que ver en la muerte de Jan? —lanzó directo el mánager.

—Bueno, bueno. Empiezas fuerte Paolo —respondió Junior.

—No quiero perder el tiempo. —Suárez le mantenía la mirada—. ¿Tienes algo que ver en la muerte de Jan?

Peñascal ladeó la cabeza.

—No. Yo no empujé a Jan —dijo con frialdad.

Ni un parpadeo. Las pupilas de Junior estaban dilatadas. Paolo sabía que delante de él había un desequilibrado. Un mentiroso. Una persona enferma. Y aunque la verdad estuviera de su lado, no tenía pruebas para demostrar que era el asesino de Jan.

—Jan saltó. Estaba deprimido. La gente con esos problemas suele… bueno, ya sabes. —E hizo un gesto con la mano simulando un salto.

Otra aspiración.

La desfachatez del gesto encendió a Paolo. Pablo sentía odio. Pero se contuvieron. Debían hacerlo.

Otra vez silencio.

Entonces, Junior se levantó e inició un paseo con las manos en la espalda. El despacho era enorme. Paolo le siguió con la mirada hasta que se colocó detrás de él. Peñascal colocó las manos sobre los hombros de Pablo, que estaba petrificado.

—Yo no tuve la culpa de la muerte de «tu chico». Me culpas de ello —se lamentó y le estrujó los hombros de Paolo—. Pero de verdad, yo no lo hice.

Junior se sentó sobre la mesa, a menos de un metro. Mirándole a los ojos desde arriba y llevándose las manos al pecho. Simulando un dolor enorme. Se giró un poco y con un par de dedos, pellizcó el interior de la caja de plata. Se llevó rápido el polvo blanco a la nariz. Aspiración.

—La muerte de Jan fue un accidente entonces, ¿verdad? —dijo Paolo mientras se levantaba para ponerse a su misma altura.

—¿Mi palabra no te vale? ¿No es suficiente prueba de mi inocencia?

Pablo se metió las manos en los bolsillos. Dio dos pasos para alejarse de él. Mucha cocaína en poco tiempo. Eso le convertía en un ser impredecible.

—La muerte de Jan no fue culpa tuya. Claro.

—No puedo decírtelo de otra manera, Paolo —se disculpó Junior.

El mánager miró entonces el enorme ventanal. Señaló el estadio del Riviera. Y con un tono amable comentó:

—Es un campo increíble. La de cosas que pasan allí. Una noche pueden suceder milagros y tragedias en menos de noventa minutos.

Jaime Peñascal escuchaba atento porque ese cambio de registro le había descolocado. Paolo siguió con el monólogo:

—El fútbol es maravilloso. Y a la vez es una mierda.

Es caluroso y frío, son muchas cosas y ninguna.

Si la pelota entra, todo es fiesta y alegría.

Si no, el drama más absoluto. Nosotros formamos parte de ese teatro.

De una manera u otra. Yo primero jugué y sufrí, ahora sufro desde la banda. Tú siempre has estado aquí…

El hijo del presidente del Riviera empezó a sudar. No sabía muy bien por qué. Pero notó frío en la frente. Las palabras de Paolo le mareaban. Tal vez fuera porque llevaba casi dos días sin dormir. O porque no sabía dónde quería llegar Paolo.

—Cuando empecé a representar futbolistas, quería cuidarlos como si yo fuera un padre. O como un hermano. Jan era como mi hijo, vaya —dijo Paolo.

Pablo lloraba por dentro.

Hablaba mientras deambulaba por el despacho, acercándose a la puerta y luego alejándose. Iba de un lado a otro mientras sus palabras se clavaban en la cabeza del único espectador que tenía, un oyente que cada vez entendía menos las palabras que escuchaba. Estaba mareado. No podía reaccionar.

—No pude despedirme de él ni decirle que le quería. —La angustia subió por la garganta de Paolo—. Intuyo que tú fuiste de los últimos que le vio con vida. Tengo un pálpito. Y acabó saltando desde la terraza. No hiciste nada por evitarlo —acusó Pablo sin esperar respuesta.

Dio un paso hacia Junior. El mayor de los hermanos Peñascal sintió un escalofrío.

—Porque tú no le tiraste. Ni tu guardaespaldas —dijo sonriendo Pablo.

Avanzó otro paso hacia Junior. Paolo era fuego.

—Pero Jan murió por tu culpa —dijo agarrando de la cara a Peñascal—. Yo lo sé. No tengo pruebas, tranquilo. No irás a la cárcel por ello. —Soltó con rabia el rostro de Junior.

El dueño de BallYou estaba asustado. La letanía del representante de Jan le había acojonado. Aun sabiendo que no existían evidencias de nada.

—Te odio por ello, pero también te odio por otra cosa. ¿Quieres saber cuál? —dijo intrigante Paolo. Con mucha calma.

El cocainómano no sabía qué decir. El cuerpo le pedía una aspiración, sin embargo, estaba congelado en el sitio. Sobre todo en el instante en que la mano de Paolo se levantó y el índice señaló el estadio.

—POR HABER MANCHADO LO QUE PASA AHÍ DENTRO —gritó Paolo.

—¿Qué? —preguntó Junior. No entendía nada.

—Esta conversación se queda entre nosotros. No te preocupes, Jaime —dijo conciliador el mánager—. Has estado a punto de cargarte el juego.

—¿Cómo? —insistió Junior desconcertado—. Me estoy mareando, Paolo. Déjame, que me está dando un bajonazo…

Paolo vio cómo Jaime se acercaba a la caja de plata. Aspiración. Golpe de cabeza hacia atrás. Otra aspiración. Delante de la mesa, Paolo dejaba que la escena creciera libre, que Junior hiciese lo que quisiera. Otra aspiración. Un pequeño hilo rojo descendía desde la nariz de Peñascal.

—Jaime, creo que si te sale sangre del mismo sitio por donde entra toda esa farlopa es que algo no va bien.

Junior no respondía, solo sudaba.

—¿Cuánto te has metido? —preguntó Pablo mientras observaba cómo Junior seguía inclinado sobre la caja de plata.

—Hay un punto en el que uno pierde la noción de lo que lleva.

Se rio muy fuerte. Descontroladamente.

Ahora fue Paolo quien se asustó. Su discurso había sido bueno, pero no tanto como para enloquecer a alguien. Bueno, si ese alguien era un consumidor sin límites de cocaína, se podía esperar cualquier cosa, ¿no? Paolo no quería perderlo. Se acercó a Junior. Le agarró de la cara y le sujetó.

—Espabila, Jaime —espetó Paolo.

Le dio un tortazo y Junior comenzó a reírse.

—Yo no maté a Jan. De verdad. No insistas.

Risas de nuevo. Alocadas. Ya no había hilo rojo.

—Le matamos entre todos —lamentó Suárez—. Pero tú le obligaste.

Poco a poco, parecía que Junior volvía en sí.

—Yo no obligo a nadie. Sugiero y aconsejo —respondió desafiante Junior.

—Jaime, escúchame bien: BallYou está acabado. La empresa va a desaparecer y tus socios te van a pedir cuentas —dijo Paolo Suárez.

Junior sí pareció entender eso.

—Nosotros… Nosotros estamos creciendo. Y ganamos un montón de pasta. Controlamos todo. —Se giró para ver el estadio desde el ventanal—. Todo lo que pasa allí es nuestro.

—No, ya no. No sois nada. Ni BallYou, ni tu padre, ni Kikón, ni tus socios, sean quiénes sean, ni tú, querido Jaime. Se acabó.

Tras decir eso, Paolo se dio media vuelta y salió del despacho.

—Chelo, creo que deberías adecentar un poco a tu jefe. Va a salir en la tele.

La secretaria se quedó clavada donde estaba mirando cómo se alejaba el representante. Cuando las puertas del ascensor se abrieron, apareció la inspectora Rodríguez acompañada de un equipo uniformado de la policía. Ella le hizo un gesto con la barbilla a Paolo.

—Gracias, inspectora —dijo el mánager mientras dejaba pasar al equipo de la policía en dirección al despacho de Jaime Peñascal.

Pulsó el botón de la planta baja. Las puertas se cerraron y Pablo se puso a llorar.