Zona vip
Zona vip
Los aficionados al fútbol se imaginan que los jugadores llevamos una vida espectacular.
Así es. No puedo negarlo. Nuestro trabajo está muy bien pagado.
Darle patadas a una pelota nos proporciona una cantidad de dinero exorbitante para lo que es en sí nuestro oficio.
Desde el principio fui de los pocos que tenía claro que no éramos héroes, simplemente éramos unos suertudos, éramos los ganadores del premio de una lotería grandísima.
Tuve muchos compañeros que se pensaban que eran más importantes que un médico o un arquitecto.
O que estaban por encima del bien y del mal.
Mis padres son los responsables de que yo supiera qué era y qué significaba.
Sin embargo, tengo que admitir una cosa: el dinero y la fama te cambian.
Aunque en el fondo quieres ser el chico que educaron tus padres, la tontería te pica.
Te dejas llevar. Entras en una vorágine de la que es difícil desmarcarse.
Te acostumbras a poder comprar lo que quieras, a decir o hacer lo que te venga en gana, a recibir aplausos por cualquier cosa, a entrar en los sitios y sentirte observado (en el buen sentido), a saber que la mitad de la gente que hay en una habitación quiere follar contigo y la otra mitad quiere ser como tú…
Todo eso al final te cambia, te afecta, y más si no hay nadie que te lleve la contraria. Mis padres lo hicieron siempre.
Desde que ellos murieron todo cambió, pero la lesión fue el verdadero punto y aparte.
El último día que salí de copas fui solo.
No quería estar con nadie y además estaba convencido de que todo el mundo había empezado a odiarme.
O a olvidarme. Algunos periodistas habían contado muchas mentiras, así que solo recibía un cariño nostálgico y lastimoso.
La gente seguía girándose al verme, pero no por admiración.
Casi siempre era para señalarme con el dedo.
Por estar lesionado. Por cometer errores que antes eran inimaginables.
Por salir. Por beber. Por no cuidarme. Por no decir nada.
O por decir algo. Daba igual. Había perdido el amor de los aficionados, pero en el fondo me daba igual.
Me dolían otras cosas. Por eso había salido. Para que no me doliera nada.
Me dieron el reservado más escondido de todos.
Antes, cuando Jan Martínez era alguien, cuando yo era alguien, me ponían en el reservado más expuesto de todos.
Para que la gente me viera, me admirase y tuviera la tentación de acercarse.
No me importaban ni ellos ni la música de mierda que pinchaban, solo quería beber.
Podría haberme ahorrado la salida, pero tampoco quería estar solo en casa. Necesitaba airearme.
Ya no tenía la actitud altiva de antes. Fui hacia el reservado con la cabeza gacha, fijándome en todo pero mirando al suelo.
Vigilando a los demás. Sabía que era patético, pero me daba lo mismo.
Cuando levanté la vista, me fijé en una chica morena.
Ella también me miró. En otros tiempos, eso bastaba para salir de allí con ella camino de mi casa.
Un cruce de miradas y listo. Sin embargo, ese día sentí que me tenía lástima.
«Pobrecillo», estaría pensando. Aparté la mirada y llegué a mi sitio.
La relaciones públicas me preguntó que si me traía lo de siempre.
Respondí que sí con un movimiento de cabeza, sin decir palabra.
Observé el reservado. Antes siempre estaba rodeado de gente, en cambio ese día solo lo ocupaba yo y me pareció enorme. ¿Cómo podía llenar cualquier reservado al que iba cada vez que salía? Debía de costarme un dineral. Paolo nunca me dio un toque por esas cosas.
Llegó mi botella. Sin bengalitas ni gilipolleces. Solo el alcohol y el hielo.
—¿Te lo apunto en la cuenta como siempre?
—Sí, claro —respondí con mi sonrisa habitual.
El camarero se quedó esperando la propina.
—Gracias —dije sin mirar.
No llevaba suelto para darle y me sentí mal.
Me acordé de un compañero que tuve que era muy rácano con el dinero.
Decía que él no llevaba suelto para darle a los camareros porque su presencia era su aportación al local.
«Yo atraigo a la gente. Con eso ya deberían sentirse pagados», repetía.
Si éramos muchos, el cabrón nunca pagaba.
O era de los últimos en soltar la pasta.
Era digno de admiración. Sonreí recordando al fenómeno. Qué jeta.
—¿Por qué sonríes? —preguntó la chica morena con la que había cruzado la mirada al entrar.
Me sorprendí al darme cuenta de que estaba bastante nervioso. Incluso asustado. Como si fuera la primera vez que hablaba con una chica. De hecho, sí que era el primer intercambio de palabras de verdad en bastantes días.
Me levanté y le ofrecí la mano.
—Soy Jan, encantado.
Me estrechó la mano y no dejó de mirarme a los ojos. Pensé que vería mis ojeras, que eran la prueba de la mala vida que llevaba. Me avergoncé.
«Das pena, Jan», pensé.
—Ya sé quién eres. No me has contestado. ¿Por qué sonríes? No te lo tomes a mal, pero aquí solo y con esa cara, da un poco de miedo…
«Vaya pregunta».
—Pues a ver, es que… —dudé mucho—. No sé.
Entonces me di cuenta y pasé al ataque. Soy Jan Martínez, y una chica, por muy guapa que sea, no me va a acojonar. Soy uno de los mejores futbolistas de la década, joder.
—Doy miedo porque, como dicen, soy el demonio —respondí muy borde.
La chica, sin pestañear, me sostuvo la mirada.
—Qué va. Sé quién eres y lo que dicen que has hecho. No sé si es verdad o no, lo que sí sé es que estás en un reservado solo sonriendo al vacío. Si te vieras desde fuera, a ti también te daría miedo. Te lo juro.
Me reí por primera vez en meses. Una risa sincera.
—Llevas razón. He perdido la perspectiva de lo que soy y lo que parezco.
A continuación fue ella la que me tendió la mano.
—Me llamo Dani. Encantada.
Nos sentamos. Consciente de quién soy y de lo que la gente dice de mí, escupí la pregunta aunque la chica me hubiera caído bien.
—¿Por qué has venido hasta aquí si doy miedo desde fuera?
Dani se inclinó hacia delante como si lo que fuera a decir solo fuera para mis oídos.
—Pues por dos razones: para saber por qué sonríe un tío con cara de loco y para comprobar si hay algo de cierto en lo que dicen de ti. Tu caso es intrigante.
Me quedé de piedra porque no esperaba una sinceridad tan brutal. No estoy acostumbrado. Lo intrigante de verdad era ella.
—Y no, no me voy a acostar contigo.
Volví a reír hasta doblarme. Definitivamente esa chica era otra cosa.
—Muy bien. Pues entonces, Dani, pregunta lo que quieras. No sé si eres periodista. Me da igual, la verdad. Prometo no mentir.
Charlamos más de dos horas, durante las cuales sentí que no había nadie más en el local.
No fue amor, atracción ni nada por el estilo.
Le conté cosas que nunca había compartido con nadie.
Parecía de fiar. Le confesé que estaba yendo a terapia, que me habían diagnosticado una depresión.
Fue una liberación. No charlaba así con alguien desde…
Desde que murió mi madre. Dani parecía comprender todo.
Por supuesto, le faltaban partes de la historia.
No iba a darle todos los detalles de mi bajada al infierno. Creo que me lo disculpó.
—Definitivamente no eres el demonio, solo alguien que no ha tenido suerte.
—Siendo quien soy, es curioso que pienses que no he tenido suerte.
Noté que estaba al borde de las lágrimas. Nuestra conversación había sido demasiado profunda como para no emocionarme. No sé si ella se había dado cuenta, pero sus conclusiones sobre mí eran ciertas.
—La verdad es que no has tenido mucha fortuna en los dos últimos años —sentenció Dani.
Me despedí con una sonrisa triste. Ella se acercó y me besó en la mejilla. Luego, mirándome de nuevo a los ojos, me dijo:
—Pedir ayuda no es de débiles. La necesitas.
—Estoy en ello.
«Hasta ahora no he querido molestar a nadie, ni que le salpicara a nadie nada de lo mío. Por eso lo mantenía en secreto».
—Muchas gracias, Dani, de verdad. Esta conversación ha sido maravillosa.
Dani se levantó, me tendió la mano de nuevo y se despidió con un «Llámame si quieres» que me supo fenomenal.
Otra vez mi sonrisa triste. Ojalá la hubiera conocido antes.
Tengo que admitir que lo que me pasó con ella no es normal. Es demasiado de película. Creo que le di tanta pena que se apiadó de mí. Pero lo cierto es que esa conversación pasó. En medio de una discoteca. Pero los reservados son otra cosa. Hacedme caso, que sé de lo que hablo.