Estoy muerto y es culpa tuya Capítulo 20
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Capítulo 20

La noche había sido larga, se la había pasado delante del ordenador.

No le gustaba llevarse trabajo a casa, prefería quedarse en la comisaría, pero había quedado a cenar con su madre y se tuvo que llevar algunos informes para estudiarlos antes de dormir.

Por eso, el café de César se le antojaba más imprescindible de lo habitual.

Según abrió la puerta, el bigote del dueño del bar la recibió con una sonrisa.

—Inspectora, buenos días —dijo risueño.

La policía le devolvió el saludo alzando las cejas, cariñosa. Todo lo cariñoso que puede ser ese gesto. César se dio la vuelta para preparar el café. De espaldas a Rodríguez dijo algo que el silbido de la máquina escondió.

—¿Qué has dicho, César? —preguntó la inspectora por encima del ruido de la máquina.

El jaleo cesó, César giró sobre sí mismo con el café en la mano.

—Tienes visita —respondió con cierto cachondeo.

Hubo otro gesto con las cejas. Bueno, de una sola.

—¿Quién me visita? —dijo con desprecio la inspectora.

Dani se levantó de la mesa del rincón y se acercó ofreciéndole la mano a modo de saludo a la policía.

—Hola, inspectora. Soy Daniela García, del programa de Anabel González. Estoy cubriendo el caso de Jan Martínez.

La mano de la periodista seguía en posición de saludo. Rodríguez la miró con frialdad.

—Mucho gusto —zanjó la inspectora sin darle la mano.

César seguía la escena desde detrás de la barra.

—Inspectora, por favor, no sea así. Todavía estaba el cierre echado y ella ya estaba apostada en la puerta. Escuche lo que tenga que decir y así se va —suplicó César—, que me da a mí que esta es de las que no se cansan y la tenemos aquí todos los días. Y no consume mucho. Lleva un café nada más.

Rodríguez miró a la periodista como echándole en cara que solo hubiera consumido un café.

—¿Llevas cuatro horas aquí y solo te has tomado un café? —preguntó.

—Sí, es que me gusta desayunar, pero los domingos —respondió con una sonrisa.

La respuesta descolocó a la policía.

—Si como por las mañanas, prefiero hacerlo con calma, y tampoco quiero tomar mucho café, que luego me pongo más nerviosa —se disculpó mirando a César.

Invitó a la inspectora a sentarse junto a ella. En la mesa había un dosier con la misma carpeta que el que le había dado Paolo Suárez.

—Veo que tenemos el mismo amigo —señaló Rodríguez.

Dani sonrió.

—Y creo que queremos lo mismo, inspectora. ¿Puedo tutearla? —preguntó la reportera.

—No. No puedes. Y no creo que queramos lo mismo.

César soltó una carcajada. No quería escuchar, pero eran las únicas personas en el bar. Era inevitable.

—Pero sí puedo saber su nombre, ¿verdad? No quiero ser amiga suya ni nada por el estilo. Me gustaría poder dar su nombre completo cuando informe sobre la investigación de la muerte de Jan Martínez. Es de las pocas personas que siguen en el caso.

—No puedes dar mi nombre. Está prohibido.

—Sí, ya lo sé, pero todos cometemos errores en un directo —dijo muy seria Dani.

—Tienes ovarios. Amenazar a un agente policial es delito también.

César volvió a intervenir. Esa vez con la mirada. La inspectora respondió:

—Me llamo Elena. Inspectora Elena Rodríguez —dijo un poco molesta—. Y ahora si nos dejas cinco minutos, César, por favor.

—Claro, inspectora. Yo subo el volumen de la tele y así no me entero de nada. Además, creo que viene por ahí el del herbolario que querrá hablar de fútbol —repuso el dueño del bar mientras se iba al otro extremo de la barra.

La carpeta de la periodista había engordado desde que Nel y Paolo se la dieron. Quería comentar unos datos con la inspectora. Empezaba la conversación de verdad.

—Usted tiene una carpeta igual a esta. Imagino que habrá hecho sus indagaciones con su equipo.

Elena miraba a la reportera sin hacer ni un gesto, como una estatua de piedra. Dani siguió sin importarle la actitud reticente de la policía.

—Estoy segura de que usted ha llegado a la misma conclusión que yo: Jan estaba metido en un tema de apuestas.

Ni un parpadeo.

—Intuyo también que usted anda detrás del lugar donde acabaron los seis millones de euros que salieron de la cuenta de Jan poco después de su último partido.

La inspectora bebió café. Dani hacía caso omiso de su silencio. Sabía perfectamente lo que estaba haciendo y lo que podía esperar de la inspectora.

—Necesita tiempo y varios permisos para saber el destinatario. Hay varias empresas pantalla. Mierda de bancos que yo no entiendo —admitió Dani—. Sinceramente, este aspecto del caso es el que más me aburre.

El lamento y la fatiga de la periodista con lo de las trabas de los bancos hizo medio sonreír a Elena.

«La gente no se hace una idea lo difícil que es conseguir ciertos datos. Ni se lo imaginan», pensó la policía.

—No tengo pruebas de ello. Todavía. Pero sé quiénes están detrás. Por eso estoy aquí. Para ayudar a Paolo. Y a Jan.

—Yo no ayudo a nadie. Yo quiero que se haga justicia, que si hay algún culpable, lo pague. Y si el chico se suicidó, que se sepa de verdad. Y si no se suicidó, que se sepa también. Y quiero que me dejen trabajar tranquila —dijo a modo de despedida la inspectora.

Dani la cogió de la mano.

—Deme un par de minutos más, por favor. Le prometo que merece la pena.

Elena miró a los ojos de la periodista. Detectaba la verdad en ellos. No solía fallar. «Realmente quiere ayudar», pensó.

—Los dos últimos meses de carrera de Jan fueron extraños —prosiguió Dani—.

Todo empezó con el fallo de un penalti, cuando es de los jugadores que menos ha fallado en la historia del Riviera.

Luego lo expulsaron. Las cámaras captaron el momento y se demostró que fue una invención del árbitro, así que la federación acabó poniéndole una sanción de tres meses y reduciendo la de Jan, que al mes volvió a jugar.

En ese partido metió un penalti que muchos han definido como el peor mejor penalti de la historia.

Luego, en el siguiente partido jugó como los dioses, pero en los últimos minutos hizo un gesto muy raro y se jodió la rodilla.

Dicen que para siempre. Se operó y empezó la recuperación, aunque tengo entendido que iba a ir a Finlandia a ver a un médico para pedir una segunda opinión.

Sin embargo, saltó desde su terraza unos días antes del viaje. ¿Es correcto?

—Sí, lo es —afirmó la policía.

—Usted también sabe que Jan estaba deprimido y que bebía desde antes —preguntó Dani sin esperar respuesta—.

Comenzó tras la muerte de sus padres. Entró en una espiral malísima, se deprimió.

Jan era una buena persona que pasaba por una mala racha, pero quería salir del pozo en el que estaba.

Yo quiero ser la persona que cuente que Jan Martínez fue víctima del sistema.

Un sistema corrupto que mantuvo en el escenario a una persona deprimida simplemente porque iba tirando.

«Qué rápido habla». La estatua de piedra volvía a estar frente a ella.

—Ahora bien, ¿qué conexión hay entre la operación de seis millones, la mala racha personal y las cosas raras en los partidos?

Elena cobró vida. No era de piedra.

—Yo estoy en un punto muerto, porque no puedo acceder a las pruebas —dijo con pena Dani—, aunque estoy lo suficientemente cerca como para salir por televisión y montar una buena.

A la audiencia le va a encantar. Y yo, si soy sincera con usted, quiero quedarme en el programa.

Estoy cubriendo una baja de un compañero.

Anabel me ha prometido que si lo hago bien, tendré mi hueco.

Pero no quiero caer en el morbo fácil, yo quiero descubrir la verdad e informar.

—En su programa muchas veces desinforman. Buscan el espectáculo.

—Lleva toda la razón. Por eso yo quiero hacer todo esto bien. Hasta ahora ha sido posible, pero quiero rematar la historia. Podemos colaborar. Y ayudar a Jan.

A la inspectora la oferta le intrigaba. Pero era un juego que no le gustaba mucho. Ella prefería no compartir información con la prensa. Había tenido malas experiencias.

—En tu programa aparecía un tipo, el que hablaba de los asesinatos, que siempre se nos adelantaba y nos jodía el tinglado —dijo con rabia Elena.

—Pues a ese es al que sustituyo. ¡Qué casualidad! —Dani estaba sonriendo. Hasta parecía risueña.

La policía no entendía nada.

—Está claro que el tipo ese os hace la vida imposible. Es ¿vuestro enemigo? —lanzó el interrogante la reportera—. Bueno, da igual. Yo quiero ser tu aliada. Y mientras esté aquí, lo seré. Lo prometo.

Volvió a mirarla a los ojos. Seguía diciendo la verdad.

—¿Cuál es la conexión? —preguntó la inspectora.

Dani volvió a sonreír. Se levantó buscando a César. Le pidió otro café, una tostada con tomate y un zumo de naranja. La policía no sabía cómo reaccionar. Se sintió como la protagonista de una cámara oculta.

—¿Quieres algo, Elena? Que ya que me he levantado —dijo Dani junto a César.

La policía se giró con cara de susto. El bar estaba medio lleno ya, pero se calló para escuchar la respuesta de la inspectora. Se puso colorada.

—Te voy a pedir un chocolate pedrolo —sugirió la periodista.

—¿Chocolate pedrolo? —preguntó César.

—Uy, perdón. Sí, perdona, César. Un chocolate pedrolo es uno muy muy espeso. Hecho para casi tomar con cuchara. Casi una mousse. ¿Sabes cómo te digo? Me lo hacen en un bar de cerca de mi casa y lo tomo de vez en cuando. ¿Te atreves a hacerlo? —desafió al dueño.

—Claro. Marchando —respondió.

Dani volvió a la mesa y la inspectora la miraba como si fuera un extraterrestre. La reportera no lo tuvo en cuenta y siguió hablando:

—Te va a encantar. Necesitas azúcar. No puedes ser una estatua de piedra todo el tiempo. Además, si vamos a trabajar juntas, tenemos que llevarnos bien. Y el azúcar ayuda —aseguró Dani.

—Quiero dejarte claro desde ya que no vamos a trabajar juntas. Yo trabajo con compañeros policías como yo —amenazó la inspectora.

—Trabajar, colaborar… no sé. Usa el sinónimo que quieras. Yo quiero ayudarte. Quiero ayudar a Paolo. A Jan. Y a mí misma. En el fondo soy una egoísta. Si esto sale bien, salimos todos ganando.

Se quedaron un par de minutos en silencio. Luego César salió de la barra con la bandeja llena. La comanda estaba lista.

—Café, la tostada y el zumo para ti y el pedrolo para la inspectora.

Dani se quedó mirando al chocolate, esperando la reacción de Elena.

—Venga, pruébalo. Por la pinta, creo que César lo ha clavado.

La cuchara se clavó en el chocolate. Era denso. La inspectora nunca había visto uno así en la vida. Lo probó. Y le gustó. Dani se dio cuenta y se giró a mirar al dueño del bar.

—Espectacular, César. Quédate con la fórmula que creo que la inspectora lo va a pedir de vez en cuando. Ya verás.

Un guiño de ojo desde la barra. Y otra cucharada policial en la taza.

«Qué rico, joder».

—Inspectora, yo solo quiero saber, bueno, «solo» tampoco sería la palabra, el día y la hora de la detención de esta investigación.

—¿Qué cojones dices? —dijo Rodríguez perdiendo la compostura.

—Con que me lo diga con una hora de antelación es suficiente —remató la reportera.

—¿Y el lugar no lo quieres saber? —comentó la inspectora con cierta ironía.

—No. Eso ya lo sé. Lo del día y la hora sobre todo es para convocar al cámara allí y grabar cómo salís con los detenidos.

Yo ya tengo preparado casi todo el discurso para el directo —dijo Dani con orgullo—.

Hago mis deberes. Si además es a la hora del programa, podemos hacer un directo espectacular.

Me lo imagino saliendo tú del edificio con el detenido esposado mientras yo informo sobre la trama de apuestas.

—Eso no va a pasar, Dani —advirtió la policía.

—Bueno, yo desde ahora voy a ser una lapa. No me voy a despegar de ti. Así que si no me dices nada, no hay problema. Va a pasar te guste o no. Pero si colaboramos, puedo no molestarte mientras haces tu trabajo. Yo a lo mío y tú a lo tuyo. Salimos todos ganando.

La inspectora empezó a cavilar. Clavó la vista en el chocolate espeso. «Está bueno», pensó. Otra cucharada.

Dani le hizo un gesto a César lanzándole un beso. También mostró un billete de veinte euros para pagar.

—¿Cuál es la conexión? —preguntó otra vez la policía.

Dani se apoyó en el respaldo de la silla, satisfecha porque parecía haber llegado a un acuerdo.

—El árbitro que expulsó a Jan, el portero que detuvo el penalti. —Dani se paró.

—Sí —respondió la inspectora removiéndose en el asiento.

—Durante los últimos dos años, han pasado delante de nuestras narices cosas muy extrañas que, por separado, no llaman la atención de nadie: expulsiones, fallos en penaltis, lesiones…

O todo junto. He visto y analizado todos los partidos de las últimas dos temporadas y no veía nada, pero gracias a Jan Martínez y sus últimos partidos he llegado a la solución.

A la inspectora Rodríguez le estaba costando mantenerse fría.

—Todos y cada uno de los protagonistas de las acciones raras que han sucedido en el fútbol español durante este tiempo son representados por la misma empresa: BallYou.

—Y el CEO de BallYou es Jaime Peñascal Junior —completó la inspectora antes de salir corriendo hacia la comisaría.