Capítulo 21
Un fajo de billetes encima de la mesa del salón, un plato caliente, una bolsa de cocaína.
Dos amigos, dos socios. Una botella de ron a medio acabar.
Llevaban metidos en ese salón un día y medio.
O eso pensaban. La noción del tiempo se pierde cuando lo pasas bien.
O crees que lo estás pasando bien. O eres un drogadicto que no tiene límite.
—Creo que nuestra empresa va a crecer mucho más, Kikón. Lo tengo clarísimo. Mi hermano confía en nosotros. Dice que somos imprescindibles.
—Me encanta hacer negocios con amigos. Pero tengo una pregunta. ¿Puedo trabajar desde fuera de España? —dijo con cierto reparo el amigo noble.
Junior dio un respingo en la silla.
—¿Qué dices, tío? ¿Te vas? —preguntó el fundador de BallYou.
—A ver, no me quiero ir. Mi tío dice que tengo que irme, que no doy buena imagen a la familia. Va a salir alguna cosa fea sobre mí y, bueno, te puedes imaginar…
—Que le den por culo a tu familia —gritó Jaime Peñascal Junior.
Kikón lamió un cigarrillo. La saliva sería el imán para que el polvo blanco se pegase. Se puso a buscar el mechero por el salón. No veía bien.
—¿Dónde está el mechero? —preguntó.
—Lo tengo aquí, tranquilito —dijo con sorna.
—No me llames así, anormal. Te reviento la cabeza —amenazó Kikón.
Junior le pasó el mechero. El fuego iluminó la cara de su amigo.
Parecía que se le iban a salir los ojos de las cuencas.
Quedaron a comer el día anterior y la cosa, cuando no tenían deberes, se descontrolaba.
Lo cierto era que no solían tener muchas obligaciones, así que sus comidas largas siempre eran muy muy largas.
Kikón expulsó el humo de su nevado. Miró lo espeso que era. Siempre le había gustado cómo cambiaba cuando mezclas el tabaco con farlopa. Le sentaba bien. Decía que le relajaba.
—¿De verdad que te vas? —preguntó de nuevo Junior.
—Sí. Me voy. ¿Qué hora es? —respondió agobiado Kikón. Como si acabara de recordar que tenía una cita.
—Bueno, mejor preguntamos qué día es. —Peñascal Junior empezó a reírse de manera descontrolada. A él le encantaba hacerlo así. Exagerando. Pensaba que parecía un villano de cómic.
Kikón buscaba el móvil.
—Llevamos un día y medio de fiesta. Mi avión sale mañana por la mañana a primera hora. Me tengo que ir —lamentó Kikón tocándose mucho la cara, como si fuera a reiniciar el gesto o se le fuera a quitar el puestón que llevaba.
—¿Y ya está? ¿Te piras y listo? Ni BallYou ni yo ni hostias.
Aspiración.
—Estas cosas se avisan, Kikón. No te puedes ir así.
Traqueteo. Aspiración.
—Me voy pero sigo contigo. Me mandan a cuidar de un pariente. Como si yo pudiera ser enfermera de alguien. Vaya vergüenza.
Kikón quiso aspirar, pero Jaime cogió el plato caliente y sus brazos formaban una jaula.
—Este plato y todo lo que hay sobre él, ES MÍO. Tú te vas. Me abandonas —echó en cara Peñascal a su amigo—. Lo bueno es que como tú no apareces en los papeles ni nada, toda la pasta me la voy a quedar yo.
El nieto del tranquilote guardó silencio. Apretando los labios para evitar que unas palabras se escapasen.
—Toma, anda. Una para el camino, Kikón. No me enfado.
Una aspiración real. Otra aspiración para el dueño del plato.
Ambos amigos se fundieron en un abrazo.
—¿Y con quién me voy a ir de fiesta para fichar jugadores? —se lamentó Junior.
Kikón solo sonreía. Revisó el móvil y mandó un mensaje para pedir que la seguridad estuviera preparada.
—Tu parte te la quieres llevar, ¿no? —dijo Junior.
La pregunta descolocó al invitado.
—¿De qué? ¿De la farlopa? Tengo en casa.
—No, gilipollas. De lo de las apuestas. Te corresponde un buen pico. Dijiste que mejor en efectivo y que tú ya lo guardabas con tus cosas de la familia y tal…
—Ah, joder. Sí, sí. No te preocupes. Ya te llama mi hermana y te dice, ¿vale? —dijo con nervios.
—¿Estás bien? ¿Vas como nervioso? ¿No me estarás ocultando nada, bribón? ¿Vas a follar, artista? —se burló Junior.
Le costaba disimular los nervios. Kikón sintió una punzada en la sien.
No era por el día y medio sin dormir. Algunos dirían que es la conciencia que le quiere joder.
Otros podrían defender que la gente como él no tiene de eso.
Lo cierto era que Kikón apreciaba a su amigo.
De una manera extraña, le consideraba casi un hermano.
Pero no era de su familia, y ellos mandaban más que sus sentimientos.
Su tío le quería fuera del país. Por eso mintió.
—¡Qué va! —respondió más tranquilo y como resoplando Kikón—. Me he agobiado pensando en la maleta y tal.
—No has hecho una maleta en tu vida, Hulio.
Otra carcajada descontrolada.
—No te preocupes por nada. Yo me quedo aquí guardando el fuerte. BallYou te va a echar de menos, pero formas parte de él, ¿ok? —dijo Junior sosteniéndole la cara a su amigo.
—No quiero que pienses que te abandono. Es que mi tío se ha puesto muy serio. Y tengo que hacerle caso. Ya sabes cómo es lo mío —dijo Kikón al borde del llanto. Eran lágrimas sinceras. No por irse, sino por no contarle la verdadera razón por la que se iba.
Otro abrazo en el umbral de la puerta. Se despidió de su amigo. Media vuelta hacia dentro.
—Pues a estas horas, a lo mejor te podías ir a dar una vuelta, Junior. ¿Cómo te ves? —se dijo a sí mismo.
Aspiración. Se metió la bolsita en el bolsillo y chequeó a su alrededor.
—Una copita me tomo, y luego, si me veo con fuerzas, a trabajar, que quiero mirar un par de historias.
Carcajada. Se había hecho gracia.
—A trabajar… Eres el mejor, Junior. Te vas a ir a la oficina porque te gusta dormir en el despacho, jeta.
Otra carcajada. Otra aspiración. En el plato no quedaba nada.
—Para el camino…