Estoy muerto y es culpa tuya Un fallo #2
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Un fallo #2

—¿Qué quieres decir? —pregunté con miedo, porque empezaba a sospechar hacia dónde iba la conversación, pero necesitaba una prueba para que el miedo fuera real.

—Somos innovadores. Digamos que tenemos un sistema especial.

Hacemos inversiones en ciertas jugadas o situaciones que se dan en el fútbol: una expulsión, un par de goles, un fallo de un penalti, lesiones en ciertos minutos…

Hacemos muchas inversiones desde varios puntos del mundo.

Invertimos mucho y ganamos mucho. Las cosas nos van muy bien, la verdad.

El temor se materializó. Estaba sentado a mi lado, lo acababa de verbalizar a un metro.

He escuchado muchas historias sobre futbolistas que hacen cosas raras de vez en cuando.

Muy de vez en cuando. Sobre todo al final de temporada o en partidos muy importantes.

Siempre había creído que son leyendas urbanas y que si existían, no podían llegarme a mí, que jugaba en la superélite.

Estaba convencido de que si realmente pasaban, en los equipos grandes no había nada de esto.

Mi madre siempre me decía algo que me cruzó la cabeza en ese momento: «Qué inocente eres, Jan. Eres tonto». Yo siempre sonreía mientras le contestaba que sí. Pero en ese parque, en ese banco, con ese demonio, no iba a sonreír ni decir que sí.

—No pienso hacer nada. No voy a ayudarte. No voy a ayudaros. Déjame en paz —me volví a levantar.

Me tensé pensando que Arturo volvería a lanzarme contra el respaldo del banco, pero no lo hizo.

Empecé a andar intentando controlarme y parecer tranquilo.

Quise disimular como cuando debuté. No parecer nervioso ante el rival.

Que el central no supiera que estaba acojonado.

A mi espalda sonó la voz de Arturo, tranquila y amenazante al mismo tiempo.

—Entonces ayuda a Paolo porque va a enfermar. O a tener un accidente —sugirió—. Es tu única familia. No vuelvas a defraudarle. Haz que se sienta orgulloso de ti. No querrás perderle como a tus padres, ¿no?

Me había olvidado de Paolo en mi alarde de valentía. El miedo me paralizó.

—Nos gustaría que fallaras un penalti.

Yo seguía sin darme la vuelta. Deseando, por una vez, que un anónimo apareciese para pedirme una foto. Para no sentirme solo. Para huir con él.

—Si no lo fallas, a Paolo le van a pasar cosas malas. Mi amigo del árbol le hará una visita —la voz de Arturo sonaba serena.

—No es la primera vez que amenazas a alguien —dije volviéndome hacia él.

Nos separaban apenas dos metros, pero estábamos en dos mundos diferentes. Para mí, sus palabras sonaban como si me las estuviese diciendo pegado a mi oreja. Para él, un día más en la oficina.

—BallYou ha crecido mucho en los últimos dos años —respondió con cierta sorna orgullosa.

Lancé una pregunta inocente dadas las circunstancias:

—¿Y si no hay un penalti?

Arturo sonrió. Era evidente que no se trataba de la primera vez que escuchaba algo así.

—No te preocupes por eso. BallYou se encargará de todo.

Se incorporó mirándome.

—Qué puto frío hace en este parque —se quejó.

Resopló y emprendió su retirada. Yo seguía de pie, congelado, buscando la salida de aquello. Cuando pensaba que ya estaba solo, volvió a sonar la voz de Arturo Peñascal.

—Falla el penalti y te convertiremos en una leyenda. Serás un símbolo del club. Eres uno de los mejores y nosotros te vamos a cuidar. —Arturo hablaba con terciopelo en sus palabras.

Le miré sin entender muy bien el cambio de registro.

—Eres un chico listo, Jan. Sabes lo que te conviene.

Horas después estaba en el túnel de acceso al campo. Roto por dentro, agobiado. Alguien bailaba sobre mi pecho, me sentía anestesiado, pero mal. No escuchaba lo que me decían mis compañeros. El trance de ese momento no fue de los que me gustaban antes de un partido. Ese era un viaje chungo.

El siguiente recuerdo que tengo es el de verme delante de la portería.

El árbitro había pitado penalti. Miré al banquillo.

El míster me hizo un gesto de ánimo. Oí a un compañero gritarme algo así como «Vamos, Jan, cojones».

No comprendía nada. Levanté la mirada, pero no fui capaz de distinguir cuánto tiempo quedaba.

Tenía la vista nublada. Parpadeé tratando de enfocar y reiniciarme.

Quería que todo volviera a ser normal. Pero no, no había ni focus ni pollas.

Apreté los puños para contener los temblores.

Hice un gesto al árbitro señalando el punto de penalti.

Como si estuviera pisoteado de más. Quería ganar tiempo, no para calmarme sino para decidir.

Esperaba que la neblina desapareciese. Un debate interno brutal en medio de un ataque de nervios delante de más de ochenta mil personas.

Si decidía fallarlo, entraría en una espiral horrible.

No vuelvas a defraudarle. Haz que se sienta orgulloso de ti.

No querrás perderle como a tus padres, ¿no?

Estaría marcado. Mi conciencia no me dejaría vivir en paz.

Si lo metía, Paolo tendría problemas. Y yo también.

También sabía que los Peñascal, con sus contactos y con BallYou, sus inversores, sus socios y sus periodistas, me harían la vida imposible.

Estaba realmente jodido. Encima, el puto árbitro me indicó el punto de penalti como diciendo que lanzase de una vez. Que todo estaba ok.

Puse la pelota en el césped. El cabrón que bailaba en mi pecho seguía ahí.

Me faltaba el aire. Había mucho ruido. En esos momentos, yo suelo olvidarme de todo lo que hay alrededor.

No hay ni aficionados ni compañeros. Ni árbitro y ni portero si me apuráis.

Me concentro en la red. En ver solo red.

El poder de concentración del deportista profesional es ese, saber manejar la presión, no decidir por lo exterior, no actuar por lo que hay a tu alrededor.

Pero en ese preciso momento yo no era futbolista profesional, no era uno de los mejores jugadores de la historia del Riviera ni campeón con un montón de copas.

Solo era un chico que no quería que le pasara nada a la única familia que le quedaba.

Volví a pensar en escribir a Paolo y eso, lo creáis o no, me calmó.

Un segundo de paz. El pitido del árbitro me empujó a la realidad.

Inicié la carrerilla y aún no sabía si quería meterlo o no.

El debate continuaba en mi cabeza. Cuando me coloqué para disparar, cerré los ojos.

Di a la pelota de milagro. Siendo futbolista profesional, ciertos gestos los tienes mecanizados y puedes firmarlos sin ver bien, pero yo en ese instante era un alma perdida y nerviosa.

El balón salió disparado hacia arriba. Demasiado. Lo noté. Cuando la pelota llevaba medio camino recorrido, abrí los ojos.

«Eso se va fuera», pensé. Me puse triste al ver la trayectoria porque en el fondo quería ser legal. No decepcionarme a mí mismo.

El balón iba fuerte. Muchísimo. Su dirección indicaba que pasaría por encima del larguero cuando el portero metió la mano.

Pero no como dice la teoría, lo hizo de manera blanda.

La mano se dobló y el balón dejó de subir.

Una carambola hizo que rebotara en el palo, luego en su espalda y botase dentro de la portería.

Gol. Potra absoluta. Un churro. El peor penalti que he tirado en mi vida. Y el que más he celebrado.

Mis compañeros vinieron a por mí. Yo estaba dando saltos dentro del área, sin creerme lo que había pasado. Me gritaban diciendo que vaya locura, que qué suerte y que menudo hijo puta estaba hecho.

—Vaya churro has metido, Jan…

—Increíble, niño. Vaya mierda, pero para dentro.

Corríamos hacia el círculo central y yo sonreía. Mi conciencia me empujaba a ello, pero ¿y Paolo? ¿Qué le pasaría?

Otro pitido del árbitro me sacó del ensimismamiento. Fin del partido. Ganamos por mi gol. Volvieron los abrazos y el barullo sobre mí. Todos estaban flipando. Yo no decía nada. Solo pensaba en mi mánager.

En la entrevista pospartido, a pie de césped, fui más sincero que nunca: «No sé cómo lo he lanzado la verdad.

Estaba muy nervioso. Más que nunca». El periodista se rio, no se lo creía.

Quise sacarle de su equivocación, pero no me dejó.

Quedó hasta simpático. Salí del campo, enfilé el tramo de escaleras sin importarme lo empinadas que estaban.

Esa noche me daba lo mismo. Me había salvado a mí mismo.

Ahora tocaba salvar a Paolo. Como fuese.

Estaba saliendo de la ducha cuando me di cuenta de que el presidente Peñascal había bajado a felicitarnos. Fue abrazando a la platilla uno por uno. Le encantaba hacer esas cosas. Para que la gente le viese ser cercano.

Cuando llegó a mi altura, le ofrecí la mano. Pero él, rápido, hizo un movimiento para abrazarme que me convirtió en su prisionero. Me envolvió y me sujetó con fuerza. Gesto para la galería. Se acercó a decirme algo al oído.

—Nos debes seis millones —susurró.

Se separó mientras enseñaba una sonrisa falsa. Luego me señaló y dijo:

—El hombre del día. ¡Leyenda viva del Riviera! —exclamó y empezó a aplaudir.

Todos le acompañaron. Yo solo pensaba en mi mánager.

Tenía preparado un mensaje para Paolo. Un SMS. Por hacerle un guiño de cuando empezamos a ser amigos y nos gastábamos una pasta con ellos.

Quería decirle que le quería, que se cuidase, que todo iba a salir bien, pero cuando leí lo que había escrito, me di cuenta de que sonaba mejor en mi cabeza.

Paolo diría que a qué venía esa cursilada y se mosquearía.

No me apetecía que se presentase otra vez en mi casa. Ese día no. Lo dejé sin enviar.