Un fallo
Un fallo
El túnel que da acceso al campo es largo.
Hay que bajar un tramo de escaleras que siempre me pareció empinado.
De bajada para jugar y de subida para ducharte.
Lo que menos puede apetecerte después de un partido corriendo es una ración de escalones.
En las paredes hay imágenes de leyendas del club, los títulos conseguidos…
Están ahí para dos cosas: intimidar al rival con nuestra historia y motivar al que juega en el Riviera.
También, seamos sinceros, porque queda muy chulo cuando lo enfocan en la televisión.
Yo siempre disfruté de esos paseos. Era uno de mis momentos favoritos del día de partido.
El previo. El trance desde el vestuario al verde.
Concentrado en lo que venía, en visualizar el juego, en abstraerme de lo que había fuera.
Duraba tres o cuatro minutos. Poquito. Pero a mí siempre me parecieron muchos más.
Siempre me resultaban anestesiantes. En el buen sentido.
Me recordaba a lo que se cuenta del instante antes de morir: estás en un túnel, y al final, hay una luz.
Blanca. La luz del final de este túnel, además de clara, es muy ruidosa.
Los aficionados te esperan al otro lado.
Aquella noche, sin embargo, no hubo ni trance ni paseo bonito ni hostias.
Me dolía la cabeza como nunca. Supongo que sería la conciencia.
O la responsabilidad. O el miedo. Sentía un temor que no me dejaba respirar.
Perdí pie en uno de los escalones. Menos mal que me agarré a la barandilla.
Miré a mi alrededor por si alguien se había dado cuenta.
No quería que mis compañeros pensasen que estaba borracho.
O que mis rivales me percibieran débil. Estaba nervioso como no lo había estado nunca.
Lo que hiciera en ese partido iba a suponer un antes y un después en mi vida, en la de Paolo y, si me apuras, en la de la Liga.
Desde hace algunas temporadas ya no nos concentramos antes de los partidos en casa.
Nos ahorramos dormir fuera de casa, estar encerrados sin poder recibir visitas en el hotel, el espectáculo del autobús…
Un acierto. Vamos cuatro horas antes al campo por nuestra cuenta, al estilo de los jugadores de la NBA.
Si el partido es a las cinco de la tarde, tienes la mañana libre para estar tranquilo y hacer lo que quieras.
Yo solía salir a dar un paseo cerca de mi casa.
En general, madrugo mucho porque me gusta la luz que hay a esas horas y porque no suelo cruzarme con gente.
Voy a un parque enorme que hay cerca de mi casa que me transmite paz.
Obviamente, con los auriculares puestos.
No es ningún secreto que a veces sí que escucho música, otras, simplemente los llevo para que la gente no se me acerque.
Esa mañana los llevaba sin sonido. Estaba nublado y amenazaba lluvia, pero salí de todos modos.
El agua nunca ha sido un problema para mí y me gusta seguir mis rutinas.
Iba paseando tranquilo. Desde la bronca no había hablado con Paolo, ni durante la sanción ni cuando me la quitaron ni nada.
Debí llamarle, pero no estaba yo como para mantener una conversación complicada.
Mi terapeuta decía que estaba haciendo progresos, pero yo no me atrevía a contarle a nadie mi problema.
Aún no estaba en ese punto. A pesar de que sabía que tenía que resolver lo mío con Paolo, estaba tranquilo.
Durante el paseo, decidí que iba a escribirle después del partido.
Tomar esa decisión dibujó una sonrisa en mi cara.
Lo noté. Fueron unos segundos de felicidad.
Luego me dio un escalofrío al ver que tenía delante al hijo del presidente.
Me paré en seco. Seguro que sabéis quién es.
Pero no el drogadicto. El otro. El listo.
Dicen que fue el que organizó que su padre acabase de presidente y el que toma las decisiones en las empresas familiares, pero yo no me lo creo.
Sí que es cierto que no quiere salir en las fotos.
Supongo que porque parece un vampiro. Mechón blanco en el pelo, ojos casi transparentes. No parpadea. Silencioso…
Estaba apoyado en un árbol, recién afeitado y vestido de traje. Tenía las manos en los bolsillos y un gesto serio. Parecía un villano de película haciendo una campaña de moda de invierno. Me saludó con la mano y yo me quité los auriculares mientras me acercaba a él.
—Buenos días, Jan —dijo amable mientras intentaba cortarme el paso.
—Buenos días, Arturo —contesté también amable.
Inicié el desmarque suavemente para no parecer brusco. No quería pararme a hablar con él. Justo cuando lo había rebasado y yo pensaba que aquello era una coincidencia bastante fea, se puso a mi altura.
—¿Te vas? —preguntó manteniendo el tono amable.
Le miré de arriba abajo. La última vez que le había visto fue en un acto del club.
Un nuevo patrocinio. El club quería que estuviese en la firma del acuerdo.
Yo estaba de resaca. Se dio cuenta y me trajo una botella de agua con un ibuprofeno.
Me sorprendió su actitud atenta. Pero no dejaba de ser hermano de Junior.
Por eso hay que huir de las personas que te hacen sentir mal.
De las que te hacen mal. Cuando llegó la hora de marcharme, Arturo me esperaba apoyado en mi coche.
La frase que me soltó fue: «Escuchar puede sacarte de la oscuridad».
Descarté que estuviera borracho o colocado.
También descarté que fuera una especie de evangelizador que se apiadaba de almas descarriadas.
Lo cual me dio más miedo. Abrí el coche y se apartó.
No dejó de mirarme hasta que salí de allí.
De hecho, admito, como buen cagueta que soy, que de camino a casa miré el asiento de atrás por si se había colado en mi coche.
—Sí, Arturo. Estoy en mi paseo prepartido. Es mi rutina y la hago solo —dije cortante para ver si podía quitármelo de encima. Aceleré el paso.
—De eso quería hablarte. Del partido de hoy. Y de la salud de Paolo.
Frené en seco de nuevo. Arturo pasó de largo aunque se dio la vuelta y me miró.
Me hizo un gesto para que me sentase en un banco que había a un lado del camino.
Obedecí como si fuera un niño pequeño. Fue oírle nombrar a Paolo y sentir una presión en el pecho enorme.
No se me quitó hasta que el balón entró en la portería.
—Voy a ser rápido porque, como puedes comprobar por mi aspecto —hizo un gesto señalando su cara primero y su ropa después—, no estoy vestido para la ocasión.
Hace frío y me falta un abrigo. Además, tengo que descansar, que yo también tengo partido hoy.
Que lo de estrechar muchas manos y dar palique en el palco cansa, no te creas.
La angustia no me dejaba pensar bien. Las sienes me palpitaban.
—Mira, como sabes, con el apoyo de varios inversores, montamos BallYou.
Representamos a jugadores, exjugadores, periodistas, presentadores…
Ofrecemos un servicio completo que incluye por supuesto asesoría financiera.
No todos nuestros clientes son deportistas de élite o celebridades, BallYou ayuda a quien lo desee.
Asesoramos y movemos el dinero de quien nos contrate.
Mientras hablaba, me di cuenta de lo poco que me gustaba ese tipo y de lo mucho que me repugnaba su forma de hablar.
No tenía el acento de pijo de su hermano pero me repelía igual.
Sonaba a despotismo educado. Me daba miedo y quería huir de él porque sentía que era mala persona.
Intuía que todo lo que me ofreciera o dijera sería terrible.
En mi cabeza se repetía en bucle la amenaza velada a Paolo.
—¿Qué quieres? —pregunté.
—Que me hagas un favor. Bueno, que me lo devuelvas. O hacer negocios contigo. Lo puedes llamar de muchas maneras —dijo mientras me guiñaba un ojo.
—No estoy interesado en las criptomonedas de tu hermano y ya tengo representante —contesté mientras me levantaba.
Arturo me volvió a interceptar y me empujó para que me sentara de nuevo en el banco. Ese movimiento me pilló por sorpresa. Era fuerte el muy cabrón.
—No te vayas tan rápido, joder —protestó enfadado y miró hacia un lado. Señaló un árbol—. ¿Ves ese señor tan grande que lleva un árbol como pin?
Giré la cabeza y vi a un tipo, que debía de medir unos dos metros, salir de detrás del árbol que señaló Arturo. Parecía un esbirro de película. Cuadrado y con cara de no haber sonreído en diez años.
—No le gustaría que te fueras ya, la verdad. Es un auténtico fanático del fútbol. Y es fan tuyo, por supuesto —dijo en un tono amenazante.
Me miró de nuevo y siguió hablando como si no hubiera sucedido nada.
—Como te decía, lo del tema de inversiones.
Nosotros recomendamos invertir en sectores que conocemos y controlamos, como el fútbol.
Nada de cosas locas como energías renovables o Disney.
Lo de las criptomonedas es una cosa de mi hermano que, como es lógico, no termina de funcionar —dijo en un falso tono compungido.
Yo escuchaba a medias. Me planteé salir corriendo.
No me cogerían en la vida. Soy futbolista profesional desde niño.
Por muy deprimido que estuviera y por mucho alcohol que hubiera bebido últimamente, a la carrera me podía pulir a esos dos fácil.
Pero no podía salir huyendo. Ese cabrón había nombrado a Paolo, había sugerido que le podía pasar algo.
Mientras tanto, Arturo Peñascal seguía hablándome de su empresa, de sus socios inversores y de sus planes.
—BallYou quiere que nuestros inversores y clientes ganen dinero gracias al bendito fútbol.
Que las inversiones salgan bien. Pero no queremos entrar en equipos, ahí hay mucha gente que manda y que quiere sacar tajada.
Es mejor apostar nuestro dinero en los jugadores, en los momentos especiales que tenéis durante los partidos. Y ahí entras tú hoy.