Una trampa #2
La angustia me subió por la garganta, aunque no lloré.
Me contuve. Paolo seguía encendido pero callado.
¿Celos? ¿Rabia? De verdad que no lo sé. Ojalá hubiera sido capaz de interpretar su silencio, su dolor.
Pero el mío no me dejaba pensar con claridad.
Me levanté cubriéndome la cara con la servilleta, como si estuviese indignado y necesitase secarme el sudor por el calor de la bronca.
La usé para limpiarme las primeras lágrimas.
No quería que me viera así. Le dije que se marchase.
Sin decir nada, se levantó y se fue. Cerró de un portazo.
Yo me derrumbé. Caí de rodillas en el suelo, como si alguien me hubiera desconectado y me puse a llorar como nunca antes había llorado.
Lloré de rabia, de pena y de dolor. No quería hacer sufrir a mi familia.
No quería fallar a nadie. Me sequé las lágrimas, me incorporé, respiré hondo.
Mi salón sufrió. Rompí la mesa y reventé las sillas contra el suelo.
Empecé a destrozarlo todo. Me cargué el ventanal también.
Dejé «ilesos» el sofá, la tele, las fotos y mis dos cuadros: un Banksy que le compré a Robbie Williams y la fotografía del cowboy de Richard Prince.
¿Sabéis qué hice después de esa media hora de furia?
¿Creéis que volví a ponerme Superman , que era la película que estaba viendo antes de la visita de Paolo?
¿O que me metí en la cama para seguir llorando allí?
Me duché y me fui a beber a mi discoteca favorita.
Con dos narices. A mi reservado. Al mismo en el que me debían de haber visto hablando con Junior en otoño.
Esa noche tomé dos decisiones que fueron errores garrafales: beber y discutir con Paolo.
La última cagada épica de la noche fue que, estando en mi reservado, a la vista de todos, dejé que Junior y Kikón entraran.
Si os soy sincero, no recuerdo mucho desde el momento que salí de mi casa.
Tampoco recuerdo muy bien lo que hablé con ellos.
Sí me acuerdo de que a Kikón le dije que le iba a partir la cara por pasar esos datos de mierda.
Junior nos separó. Luego, tengo un flash de los dos pidiéndome disculpas.
Kikón me ofreció ayuda para conseguir lo que fuera, me repetía que él conocía a todo el mundo, y Peñascal me dijo que en el siguiente partido me iba a salir, pero que tuviera cuidado con el árbitro que era muy tarjetero.
Dos días después jugué. Estaba rabioso y perdido en una neblina por todo lo que había pasado.
Paolo y yo no habíamos vuelto a hablar desde su visita.
Yo, por miedo y vergüenza, y él, supongo, por rencor y porque le habrían dicho que me habían visto otra vez con Kikón y con Junior.
Sentía una pena enorme, pero el balón me daba paz.
Jugar, aunque fuera en esas condiciones, me salvaba.
Encima, pese a todo, el partido iba bien.
Metí un gol, di una asistencia, íbamos ganando, haciéndolo de lujo, la verdad.
Era de esas veces que no quieres que se acabe el encuentro.
Hasta que me dieron una patada muy fuerte.
Desde el suelo, llevándome las manos al tobillo y, os juro que mirándole sin ninguna chulería, le dije al árbitro:
—Arbi, por favor, vaya palo me acaban de dar. Sácale tarjeta o algo, que el partido ya está solucionado.
El muy hijo de puta me respondió mientras me levantaba aún jodido de dolor:
—Claro que sí. Una roja pero para ti, Jan.
O estaba deseándolo o me tenía manía, porque fue como si lo tuviese ensayado. Y pam. Expulsado. En el acta puso que le había insultado y que le había dicho que no tenía ni puta idea de lo que estaba haciendo. Os juro por mi vida que la conversación sucedió como os acabo de decir.
Durante días hubo un lío tremendo porque en la tele sacaron unas imágenes del momento, llevaron a expertos a leerme los labios y mi versión quedó probada.
José Nel, un periodista veterano que conocía, me dijo que no había visto en su vida tanto jaleo por una decisión arbitral.
Se debatía en todos los programas a todas horas. Mucho ruido. Mucha bronca.
—Niño, vaya pollo has montado —me dijo Nel partiéndose de risa después de un entrenamiento.
Yo también me reí porque aquello parecía una broma, pero mi expulsión quedó en el acta del partido.
En los registros estadísticos también viviría para siempre.
Y en mi cabeza. Aquella disputa tan salida de madre me descolocó aún más.
El único consuelo es que ese indeseable no iba a arbitrar durante tres meses.
Le mandaban a la nevera por mi expulsión.
Es el procedimiento cuando un colegiado falla de esa manera: le retiran de la circulación durante un tiempo.
Para que piense en su error. Eso te venden, pero en realidad le quitan de circulación para que no haya más líos, para que cuando vuelva a un campo el aficionado se haya olvidado.
No volvería a cruzarme con él porque lo que no sabía yo era que a mí me quedaban también tres meses de jugar.
Bueno, algo menos. Me lesionaría, iniciaría la recuperación y luego, pues eso.
También es curioso que poco antes de lesionarme, el tipo que me expulsó anunció su retirada del arbitraje.
Declaró que la presión podía con él. Hasta se disculpó por errores del pasado.
Anunció que quería ser comentarista y le fichó una tele.
Todo me pareció rarísimo. Una broma muy elaborada.
Como si hubiera usado mi expulsión para dar el salto a otra cosa.
La verdad es que cuando uno se muere, los recuerdos y las fechas hay veces que bailan.
Antes de terminar esta parte quiero dejar clara una cosa querido lector/a: los árbitros son tan necesarios en el fútbol como el balón o los jugadores.
Son parte del show. ¿Importantes? Por supuesto, pero no tanto como algunos de ellos se creen.
Cada actor tiene su función. Está montado así.
En un partido, los principales somos los jugadores.
El resto son secundarios. Hay árbitros que no asumen que no son las estrellas y buscan conseguirlo de alguna forma.
Hablan mucho con nosotros para que los enfoquen las cámaras y la gente los reconozca por la calle, por ejemplo.
Había uno que te preguntaba por la familia o por la novia.
No voy a decir su nombre, pero una vez, uno que iba de coleguita, al poco de morir mis padres, me preguntó por la familia.
Bobos hay en todas partes, pero los que encima pretenden aparentar…
También existe otro factor que sumar en esta ecuación: son muy malos en general.
Malos de no saberse bien el reglamento. O entenderlo a su manera.
Luego, cuando los fichan como comentaristas para analizar las decisiones de sus excompañeros en la tele, no son capaces de hacerlo.
Solo quieren ser famosos. En realidad, y visto con el paso del tiempo, creo que casi todos los que forman parte de este circo que es el fútbol quieren lo mismo: fama y dinero.
Perdonad que me haya ido con este tema. Quiero que sepáis que mis dos últimos años han estado llenos de decisiones terribles, pero cuando uno vive en una espiral tan negativa, pierde la noción de lo que está bien y lo que está mal.
Aunque en el fondo, en el silencio de la noche, cuando te vas a la cama, sabes perfectamente el sentido de tus actos. Y eso es lo que no te deja dormir.