Estoy muerto y es culpa tuya Una trampa
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Una trampa

Una trampa

De pocas cosas me arrepiento en la vida.

Soy de los que entienden que las decisiones que cada uno toma le llevan a los lugares que se merece o que le están esperando.

No creo en Dios, sí en el destino. En lo de «si sucede, conviene».

También tengo fe en las personas, en su bondad.

Aunque cuando eres alguien como yo, muchas personas se acercan a ti por otros motivos.

Desarrollas un radar para detectar al interesado.

No es infalible, pero el mío estaba bien afinado. O eso pensaba.

Lo que me resulta muy complicado de aceptar es que en una misma noche, perdón, me corrijo, EN MENOS DE CINCO HORAS, tomé una serie de malas decisiones que me jodieron la vida y que, además, rematé la velada con una última decisión pésima, que fue escuchar (y hacer caso) a una muy mala persona.

Vale que mis dos últimos años tampoco habían sido un camino de rosas, pero ese día no sé qué le pasaba a mi radar.

No le voy a echar la culpa a los antidepresivos ni al alcohol, no.

O sí. No debería. Fue cosa mía. Porque aunque sea un tipo listo, en el fondo soy un gilipollas como cualquiera.

Aquel día Paolo vino a mi casa por sorpresa.

Solía hacerlo, si no le cogía el teléfono, tras varias llamadas, se presentaba en mi puerta.

Y mira que él, por lo que me habían contado, era ilocalizable cuando era futbolista.

Desaparecía y punto. Pero, bueno, el ser humano evoluciona. Él se hizo representante.

«Niño, cógeme el teléfono que me asusto, joder», me escribió esa noche.

Lo leí tirado en el sofá, con un pijama que se podía quedar de pie, las persianas bajadas y viendo una película.

Era una especie de fortaleza de la soledad.

No paraba de darle vueltas al fallo de un penalti.

No dejaba de preguntarme por qué lo lancé al lado derecho, por qué no hice caso al instinto.

El informe decía que por ese lado era la opción buena, pero muchas veces cambiaba de idea y los datos saltaban por los aires.

Ese día, sin embargo, le hice caso al papel y al consejo que me dio Kikón.

Fue mi decisión y tuvo consecuencias. La terapeuta me había recomendado que no hiciese precisamente lo que estaba haciendo: encerrarme y regodearme en el fallo, culparme sin piedad, vivir en el agujero negro.

Cuando el timbre resonó en mi casa, supe inmediatamente que era Paolo.

«Ábreme, anda. Me tienes preocupado», me escribió al móvil.

No podía verme así. No le había dicho a nadie que había empezado a visitar a una psiquiatra y a una terapeuta y que estaba tomando medicación.

Ni siquiera a él. Ya sé que no es lo ideal, pero pensad que soy futbolista.

Eso implica que, por mucho que la sociedad haya avanzado, yo no lloro, yo no me pongo triste, no soy homosexual, follo todos los días con una tía distinta y soy el más macho del universo.

El mundo del fútbol no ha avanzado en nada de eso.

He tenido compañeros homosexuales que han tenido que ocultarlo por la presión que hay alrededor.

Llegaron a casarse y tener hijos, ojo. Sé que otros futbolistas como yo han tenido problemas de salud mental y no los han admitido porque «eso es de maricas».

No sé si Paolo lo hubiera aceptado. No dudo del cariño que siente hacia mí, pero sí dudo del mundo en el que se crio y el fútbol en el que creció.

¿Qué reacción esperaba de su parte? Me lo imaginaba diciendo: «Eso es de blanditos.

De nenazas», y luego, al verme la cara tras su respuesta, cambiando el discurso rápido.

No estoy diciendo que Paolo sea un insensible ni nada por el estilo.

Es la persona más importante para mí, la única familia que me queda después de lo de mis padres.

¿Habría querido ayudarme? Seguro. ¿Lo hubiera hecho correctamente?

No lo creo, pero porque no está acostumbrado a lidiar con estas situaciones.

Además, Paolo tenía más clientes y más líos.

Yo no quería molestarle. Mala decisión por mi parte.

Así que en cuanto le abrí la puerta de abajo, aproveché los dos minutos que se tarda desde que entras al portal y subes en el ascensor para trabajarme la puesta en escena.

Tengo el tiempo calculado porque Paolo se había presentado en otras ocasiones, cuando yo no contestaba porque andaba con alguna chica.

El asunto es que no era plan de que entrase Paolo y viera el percal.

Actuábamos como si él fuera el padre y yo el hijo.

Bueno, total, que en vez de una película en la tele, puse un partido.

¿Os habéis dado cuenta de que da igual la hora y el día que siempre hay fútbol?

Directo, diferido, de hace años… da igual.

Es acojonante. Persianas subidas. Abrí la puerta de la terraza para que entrase aire fresco.

El pijama de llorar también me lo quité.

Pantalón corto de entrenar y camiseta. Cómodo y depresivo, pero no pareciéndolo.

Cuando le abrí la puerta, me echó la bronca por no contestar.

Me disculpé diciendo que había puesto el móvil en silencio, que había desconectado el teléfono de casa porque los periodistas eran muy pesados y que quería ver algunos partidos concentrado.

Una coartada perfecta. Paolo asentía mientras le explicaba todo eso, pero le escamó lo de la puerta de la terraza abierta.

—¿Y esto? No hace una temperatura como para estar así —dijo, y cerró el acceso al exterior.

—A ver, llevo toda la tarde aquí metido y puede que no quisiera que el olor a tigre te recibiese —respondí con sinceridad.

Me daba vergüenza que Paolo me viera mal.

No había ventilado en días. Llevaba dos semanas en mi agujero negro.

Salía para entrenar, hacía los ejercicios con el piloto automático y regresaba rápido a mi casa.

Durante este tiempo, además bebí bastante.

También salí alguna noche, y bebía, claro. Todo mal, la verdad.

—Vale, mi chico. Pero no vuelvas a hacerlo, por favor. Contéstame aunque sea por mensaje —me rogó.

Me disculpé y le propuse que se quedase a cenar, pediríamos algo de sushi y hablaríamos. Y vaya si lo hicimos. La conversación, tras una botella y media de vino, acabó donde tenía que acabar, donde yo temía que acabara, en el penalti fallado.

Creo que encaré el tema mal desde el principio.

Tengo claro que no debimos discutir así.

Sobre todo yo. No debí beber tanto, no debí decirle que sus consejos eran una mierda ni reprocharle que no me entendía.

Quise parecer fuerte y actué como se supone que alguien como yo actúa en situaciones así.

En vez de hundirme, me crecí. Ataqué porque me sentí atacado.

Paolo aceptaba todas las balas sin revolverse.

Contestaba, por supuesto, pero calmado. Discutía con temple.

En cambio, yo estaba mareado por todo y no paraba de mezclar las cosas y lanzarle acusaciones infundadas.

Lo que hizo que Paolo se encendiese y que la conversación acabase mal fue mencionar que Kikón me aconsejó tirar el penalti por ahí. Entonces me dijo que me habían visto con él en el reservado de una velada de MMA. Admití que era verdad, pero le dije que la conversación había durado tres minutos.

—¿Qué, y también te has hecho colega de su amiguito inseparable, Junior? —me escupió furioso.

Entonces le confesé que había hablado un par de veces con Jaime Peñascal Junior porque me perseguía para contarme de un par de oportunidades de negocio.

Era algo de criptomonedas. Ninguna de las charlas duró mucho porque no era mi rollo.

Le insistí a Paolo con que lo despaché rápido, sin embargo, me descolocó su reacción.

—Si me quieres dejar, dilo y listo. No nos andemos con historias. No estoy para perder el tiempo.

No supe qué responder.

—Últimamente no eres el mismo. Cada vez que hablamos, estás como ido. Te han visto por ahí. Sales mucho. Luego te escondes. No me coges el teléfono. Tengo la sensación de que esto —dijo señalándonos— no funciona desde hace un tiempo.

No sé si Paolo se había puesto nervioso porque le habían contado cosas que no eran sobre la relación que yo tenía con Junior (suele pasar en estas historias). O tenía cruzado de verdad a Junior o a mí o era él el que estaba deprimido.

Me quedé petrificado. Nunca me había planteado dejar a Paolo.

Ni en esas circunstancias. Ni por esa bronca.

Ni por el puto fallo del penalti de los cojones.

Ni por nada del mundo. Era como mi padre.

Era la familia que me quedaba. Pero me dolió muchísimo que pensase que yo ya no quería estar con él.

Sentí una pena tan grande como cuando murieron mis padres.

De verdad. Estaba convencido de que no volvería a tener esa sensación.

Esa punzada en el pecho. El vacío que viene después de esos segundos en los que las sienes te palpitan.

Te quieres arrancar los ojos o tirarte por la ventana.

Las palabras de Paolo consiguieron que yo volviese a dos años atrás.

Estaba en el mismo sitio. Es una coincidencia macabra que el salón de mi casa haya sido el escenario de los dos peores momentos en mi vida (bueno, tres, que has leído el prólogo…).

La vida de alguien que ha sido estrella del deporte, millonario y que supuestamente ha cumplido todos sus deseos.

Está mal dar por sentado que tu familia puede y debe soportar todo lo que les hagas por el mero hecho de ser tu familia. Yo le aparté de mi vida en mi peor momento. Eso duele. Muchísimo. Demasiado como para no reaccionar.

Le miré a los ojos. Quería que mis palabras sonasen tan a verdad como fuera posible, porque lo eran y porque mi vida, mi salud y mi todo dependían de que me creyese.

—Paolo, nunca te voy a dejar. Te quiero como si fueras de mi familia —dije al borde del llanto—. Joder, eres mi familia.