Capítulo 17
El día estaba nublado. Amenazaba con lluvia y también había mucho viento.
En uno de los últimos pisos de un rascacielos no se notaba.
No se movía nada, solo se oía. Cuando había rachas fuertes, costaba enterarse de lo que decían los otros.
O al menos eso le sucedía a Kikón, que no entendía bien a Jaime Peñascal Junior.
A lo mejor algo de culpa tenía la resaca con la que había llegado a esa reunión.
Estaban Junior, Arturo, otro que no conocía pero parecía ser un inversor de la agencia BallYou y él.
Los hermanos sostenían una taza de café mientras el desconocido para Kikón hablaba. A él sí le entendía perfectamente. Era como si gritase.
—La muerte de Jan está haciendo mucho ruido —dijo el que levantaba la voz. Sonó a amenaza.
—Sí, pero está todo controlado, Aitor. Nosotros seguimos fuertes. Cada vez fichamos a más jugadores —le tranquilizó Arturo mientras dejaba la taza sobre la mesa. Miró a Kikón.
—Gracias a este tenemos atados a varios futbolistas que servirán para nuestros planes de expansión —dijo Junior, y le dedicó una sonrisa a su amigo.
Le había aconsejado a su hermano ficharlo y Arturo había aceptado. No porque creyese en él, sino porque, en realidad, el apellido y la familia de Kikón atraían muchísimo. El nieto del tranquilote quiso hablar, pero Aitor Engolado no le dejó.
—¿Cuál es exactamente su labor? —preguntó sin mirar a Kikón.
—Bueno, se mueve muy bien por ciertos círculos —respondió Junior excitado—. Le abren todas las puertas. Conoce a más gente que yo y controla de fútbol que no te puedes ni imaginar. Maneja unos datos que deja a los jugadores sorprendidos. Es mi arma secreta —remató guiñándole un ojo a su amigo.
—Me parece muy bien, pero sabéis que represento a gente muy muy poderosa. Y que pueden hundirte si quieren —el tono amenazante seguía ahí— y a él también.
Junior torció el gesto. La reunión se estaba poniendo tensa, pero los Peñascal sabían manejarse en ese tipo de situaciones. Arturo tomó el mando de la situación.
—No sé quiénes son tus jefes —respondió con voz aterciopelada—.
El anonimato siempre es importante. Sé que fueron los primeros inversores de este proyecto, y por tanto también son sus principales beneficiarios.
Es cierto que no hemos alcanzado los beneficios prometidos, pero el fútbol no es una ciencia exacta y los jugadores no son robots —dijo firme Arturo, aunque también conciliador—.
Entiendo que estén disgustados porque la última gran apuesta no salió como estaba prevista, pero el proyecto sigue según los planes.
La muerte de Jan no es más que una piedra en el camino.
Creo que deberíamos alegrarnos de que nuestros problemas hayan salido volando por la terraza.
La frialdad con la que Arturo había hecho esa broma macabra removió a Aitor Engolado, que no dijo nada. Arturo le daba miedo.
—Aitor, de verdad, lo de Jan nos viene bien. Transmíteles nuestro mensaje a tus jefes. O si lo prefieres, montamos una reunión con ellos cuando quieran y les presento mejor el proyecto. Sé que les encantará —sugirió Junior mientras le hacía un gesto a su invitado para que se levantase.
Junior cogió del brazo a Engolado mientras andaban por el despacho. Lo condujo al ventanal.
—Mis jefes no van a reunirse contigo. No lo hacen con nadie. Mandan emisarios como yo —dijo el invitado.
Como si no hubiera escuchado lo que decía, Jaime Peñascal hijo hizo de guía. Arturo observaba.
—¿Ves el estadio? —dijo señalando el campo del Riviera que quedaba justo delante del rascacielos.
Engolado asintió.
—Es nuestro. Vuestro. De tus jefes. Tuyo. Mío. De mi hermano. Entre todos podemos decidir lo que pase dentro de él, de verdad. ¿Acaso os estamos fallando? —preguntó Junior buscando la complicidad de su hermano.
—Nosotros no fallamos. Pero siempre podemos deshacer el acuerdo. Os compraremos vuestra parte si hace falta. ¿Tus jefes creen que querrán abandonarnos? —dijo Arturo sin pestañear.
Engolado negó con la cabeza.
—Por eso os pedimos tiempo. La muerte de Jan no ha alterado los planes. Solo os pido que nos dejéis trabajar —suplicó Arturo con falsa modestia—. Dejad trabajar a Kikón. Dejad trabajar a Jaime. Dejadme seguir diseñando el futuro.
Kikón sonrió al ver que el invitado le miraba. Se levantó del sofá para parecer más creíble. No le costó mucho. Estaba acostumbrado a parecer respetable y lo de disimular la resaca lo clavaba. Lo había hecho delante de su madre millones de veces. El único que lo cazaba era su abuelo.
Junior volvió a coger del brazo a Engolado y le acompañó a la puerta del despacho.
—Esta sociedad está siendo provechosa para todos. No la rompamos ahora por un pequeño susto —dijo Junior con la misma falsa humildad que su hermano.
—De acuerdo. Pero no queremos más escándalos —dijo Engolado amenazando de nuevo—. Somos vuestros principales inversores.
Arturo se contuvo porque sabía que no era el momento para contestar. Su invitado era un mero mensajero. Gastar energías con el secretario era una pérdida de tiempo. Dejó que su hermano el relaciones públicas recogiera la amenaza con educación.
—Claro. Sin fallos —respondió sonriente Junior mientras le decía adiós.
Cerró la puerta suavemente y se puso el dedo índice en los labios mirando a Kikón.
Quería que siguiese callado hasta que su invitado se hubiera alejado de la puerta del despacho.
Unos instantes de silencio. Como si estuvieran jugando al escondite inglés.
Jaime regresó al centro del despacho y Kikón se recostó sobre sofá.
Respiró hondo. Exhaló el aire con fuerza. Ya no hacía falta disimular la resaca.
—¿Te acostaste tarde ayer, cabrón? —preguntó Jaime.
—Sí, pero valió la pena. Hay un jugador de Sevilla que está como loco por fichar. Vino a Madrid a ver a una novia que tiene aquí y le pillé por banda. Todos quieren ganar siempre más. He organizado una reunión con él la semana que viene —dijo Kikón con orgullo.
—Eres el mejor. Los engatusas. Será que hablas como un rey —soltó Junior mientras se reía.
—¡Cállate, imbécil! ¿Me puedes decir quién era el bobo mazado este con el que estábamos reunidos? Entre la resaca y que el puto viento no me dejaba oír…
—No era el viento, es que vienes puesto y no te enteras de nada.
—Bueno, lo que sea —admitió Kikón. O Enrique como ponía en su DNI.
Se levantó y fue hacia la mesa de su socio. Comprobó que en la taza de su amigo ya no había café. Buscaba algo que le activase o que le ayudase a salir del bajón.
Arturo observaba a los dos amigos y les lanzó una advertencia con tono relajado mientras sostenía de nuevo la taza de café:
—Supongo que no iréis a drogaros delante de mí. Especialmente después de la petición que le hice a mi hermano hace poco.
Junior, que estaba abriendo el cajón de su mesa para sacar algo, abortó la misión. Le hizo un gesto a Kikón para que saliera del despacho. Cuando los hermanos se quedaron solos, Junior resopló.
—Arturo, por favor, estamos sometidos a mucha presión. Necesitamos nuestras ayuditas —dijo señalándose la cabeza.
—Entiendo lo que dices. BallYou somos nosotros. Tú y yo. Kikón es un actor importante, pero secundario. No os podéis presentar en este estado cuando nos reunimos con el gilipollas de Aitor Engolado.
No sonaba a bronca. Era más bien un ruego. Teatralizado. Era una orden educada.
—Llevas razón —contestó Jaime intentando disimular la mentira que acababa de salir por su boca.
—No me des coba. Piensas que no llevo razón —dijo Arturo.
Jaime sonrió. Arturo no.
—Tú y tu amigo meteos lo que queráis. En serio. Es vuestra naturaleza. —Arturo se acercó al ventanal, dándole la espalda a su hermano.
Junior aprovechó para sacarse del bolsillo una bolsita de plástico de ayudita sin esconderla.
—Solo os pongo una condición, Jaime, cuando tengamos una reunión, por favor, seamos profesionales. Nada más. Con eso me conformo. —Se giró para ver la reacción de su hermano—. Y ahora vete a tomar por culo de aquí.
Como un perro que lleva encerrado días en una casa, Jaime se metió la bolsita en el bolsillo y salió del despacho. Junto a la puerta le espera Kikón.
—Kikón, vamos a mi despacho que mi hermano tiene que hacer unas llamadas —gritó Jaime.
Arturo se quedó mirando el estadio desde el ventanal. Junior le pasó el brazo por el cuello a Kikón y se fueron tambaleando por el pasillo hasta la puerta del fondo.
—¿Ves lo que te decía? El puto viento, tío. Suena de la hostia —protestó Kikón.
Le hablaba a una nuca porque Junior estaba aspirando de nuevo. Cuando acabó, el primogénito de los Peñascal volvió a ofrecerle el cilindro de plata. Otra aspiración. Llevaban una hora allí dentro.
—Jaime, somos víctimas de la mediocridad.
—¿Qué dices, Enrique? Estás fatal. Vete a dormir, tío.
Como quien oye llover, Kikón dijo una frase con menos sentido. O con mucho. Según se mire.
—El que no anuncia, no vende, Jaime. Tenemos que anunciarnos más.
Peñascal estaba expectante. Seguía sin entender lo que su compañero de juergas, de colegio y de agencia trataba de decirle.
«Este está supercolocado y no sabe lo que dice».
El tubo volvió a entrar en acción, pero solo para una nariz. La más ilustre. Como si todo lo anterior no hubiera sucedido, Kikón volvió a la realidad.
—El cachas este de la reunión, ¿representa a unos inversores de Caja Duero o qué? —preguntó Enrique.
—¿De Caja Duero? ¿Por qué de Caja Duero? —preguntó extrañado Junior.
—Sí, como tenía cara de gilipollas… Mi abuelo dice que el dinero siempre en Suiza. Las transferencias, desde Suiza. Los ahorros, en Suiza. El chocolate y el esquí, en Suiza también. Que los que hablan de pasta de verdad son de allí. El resto, unos paletos.
Junior se quedó mirando a su reclutador de talentos.
Lo que acaba de decir Kikón seguía sin venir a cuenta ni tener sentido, pero los dos empezaron a reírse como locos.
La escandalera se escuchó fuera del despacho.
Resonó en toda la planta. Lo sorprendente fue que nadie se asustó.
Tampoco hubo miradas buscando una explicación al ruido. No era la primera vez.
Arturo escuchó las carcajadas. Le sacaron de sus pensamientos. De sus planes. De los pasos a seguir. De las decisiones que debía tomar a partir de ese momento.
Viajar con un peso muerto es más lento. Con dos, aun más. Habían cumplido con su función. Era el momento de ir diciéndoles adiós.