Estoy muerto y es culpa tuya Capítulo 16
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Capítulo 16

En el bar César, la inspectora Rodríguez no necesitaba abrir la boca para que el hombre que daba nombre al sitio se pusiera manos a la obra. Agradable y con un bigote que rivalizaría con el de Astérix, César siempre era capaz de arrancarle una sonrisa.

—Que se preparen los malos que hoy tienes más cara de mala leche —dijo guiñándole un ojo.

La inspectora mantuvo el gesto. Primer intento, rechazado.

Era lo habitual. Sin embargo, César no se daba por vencido, nunca perdía la calma.

Más de veinte años en ese bar le habían convertido en un relaciones públicas sensacional.

Sabía tratar bien a todo el mundo y hacía que cada cliente se sintiera único.

De hecho, si hubiera querido, César habría hecho carrera en la hostelería más selecta, pero él nunca quiso salir de allí. Era su casa.

Había un periódico Gol sobre la barra, tenía manchas del café de un cliente anterior.

La inspectora ojeó la portada. Hablaban de Jan y anunciaban que se cerraba la investigación.

Eso no le gustó porque no era verdad. Ella seguía con el caso aunque le habían sugerido que lo dejara estar. César vio el gesto torcido.

—Jan era buen chico. Simplemente cometió algunos errores, como hacemos todos —señaló una foto en la pared donde aparecía él en el centro. Estaba acompañado de tres personas más: Jan, Paolo Suárez y un periodista.

Una carcajada enorme estalló al otro lado de la barra. César tenía una risa, como él, especial, profunda. Inundaba el bar y a la vez no era molesta, era contagiosa. A Rodríguez se le movió la comisura de los labios al ver la foto.

—Y ahí está la sonrisa —dijo César celebrándolo como si fuera un gol mientras recogía un vaso de la máquina—. Aquí tienes tu café. Te lo he puesto para llevar. ¿Va bien?

—Perfecto, como siempre. ¿Qué te debo?

—Nada, inspectora. Hoy invito yo, que me da que la portada del periódico le ha dado un disgusto.

Rodríguez asintió con la mirada. César le hizo un gesto. Apretaba los puños para transmitirle fuerza.

—Gracias, César —dijo la inspectora iniciando su camino hacia la calle con el café en la mano. En el umbral de la puerta, se dio la vuelta y le miró a los ojos—. No será mañana ni pasado, pero habrá una portada en la que hablarán de Jan de otra manera. Ya verás —dijo con dureza la inspectora.

El dueño del bar ya no sonreía, le devolvió una mirada de admiración, lo cual hizo que Rodríguez enfilara el corto paseo hasta la comisaría con otro aire con más aplomo.

No dejaba de darle vueltas al caso. Era cierto que le habían pedido que cerrara la investigación cuanto antes para que el ruido mediático parase.

Todo el país estaba atento a cada novedad relacionada con la muerte de Jan Martínez.

El Riviera no quería estar más tiempo en el punto de mira con este tema y, pese a la muerte de Valentino, mantenía las buenas relaciones con el poder.

No obstante, que hubiera salido en la prensa que la investigación estaba cerrada era un salto abismal y le tocaba las narices.

Rodríguez sabía de la existencia de este tipo de acciones, pero le provocan un profundo rechazo.

Era la parte del juego que menos le gustaba.

En su momento, tuvo que aceptar que la apartasen del caso cuando falleció de un infarto el presidente del Riviera.

Un superior le dijo que fue muerte natural y en su puesto, las órdenes se acataban. Sin discusión.

Con Jan Martínez no hubo una orden de ese calibre.

Simplemente le dijeron que se diera prisa, que buscara pero que no tardase.

Parecía un suicidio y sus superiores no querían problemas.

La prensa estaba encima, el Riviera estaba encima, algunas marcas estaban encima, hasta la propia liga de fútbol estaba encima.

No obstante, la inspectora Rodríguez consiguió mantener abierta la investigación, porque las circunstancias del suicidio del jugador eran extrañas.

Por un lado, tenían el informe de la autopsia que confirmaba que estaba en tratamiento para su depresión y, por otro, el billete de avión a Finlandia, a donde Jan Martínez tenía previsto viajar en busca de un milagro para su rodilla.

Sus jefes solo le pidieron discreción. «Y no hable con la prensa.

Eso déjenoslo a nosotros», le había escupido el superior a la inspectora después del operativo del entierro mientras le daba la espalda para que captase que la conversación había acabado.

Normalmente, en este tipo de situaciones, con actores importantes implicados, si no había resultados casi instantáneos, la presión crecía y trabajar en esas condiciones no era agradable para nadie.

Además había un conflicto de intereses: estaban los que querían saber de veras por qué había muerto Jan, los que buscaban un culpable para lavarse la conciencia y los que estaban haciendo lo que podían para que se aceptara el suicidio y no se hablara más.

El caldo de cultivo ideal para que se filtraran noticias no del todo ciertas y que algunos medios de comunicación representaran su papel.

De todas maneras, la inspectora Rodríguez no lograba sacudirse la impresión de que había algo más detrás del salto de aquel joven de treinta y tres años, rico y famoso, deprimido sí, pero con ganas de recuperarse.

Necesitaba encontrar algún motivo, porque de no haberlo, entonces no sería un suicidio sino un delito.

La portada del Gol no la había pillado totalmente por sorpresa, pero aunque sospechase que podía pasar, no dejaba de joderle muchísimo.

Al recordar la conversación con su superior, se avivó su fuego interno y por eso, al entrar en su comisaría, alzó la voz un pelín más de lo habitual al saludar.

Sus compañeros que, de normal, le tenían miedo, no supieron cómo reaccionar.

El saludo había sonado más a «Qué os pasa, anormales» que a «Buenos días».

Les vio las caras, pero le daba exactamente igual que se hubiesen sobresaltado.

Sobre el teclado de su ordenador estaba la portada del Gol . La sostuvo en sus manos y alzó la mirada en busca del culpable. En un primer momento le pareció que alguien le estaba tomando el pelo con el tema. Un segundo antes de que volviese a abrir la boca, un agente llegó apresurado a su mesa.

—Lo he dejado yo para que pudiera ver lo que han filtrado ya —dijo disculpándose.

Rodríguez le miró a los ojos.

—Tú estuviste conmigo en el piso de Jan, ¿verdad? —preguntó la inspectora.

—Sí, fui yo quien le dijo quién era Paolo Suárez y luego usted me dijo que leer el Gol me había ayudado —respondió el agente con el mismo tono de disculpa de antes.

—¿Cómo te llamas? —solicitó Rodríguez.

—Félix Camuñas, inspectora —respondió con firmeza el agente.

—Muy bien, Félix. ¿Tienes tiempo? Lo digo porque vamos a hacer una labor de documentación aquí en mi sitio.

—Sí, inspectora. Soy el agente que le han asignado para seguir investigando el suicidio de Jan Martínez. Por eso estaba aquí, esperándola.

—Perfecto —contestó sin darle importancia al hecho de que le habían quitado prácticamente todos los recursos para hacer su trabajo. Contaba con ello.

Sacó de un cajón de su mesa la carpeta que le había dado Paolo Suárez. La abrió y le explicó al agente que ahí estaba toda la historia económica de Jan. Se lo resumió rápido:

—El dinero no era su problema. No se tiró por la terraza por la pasta. Aunque su casa pareciera la de un pobre, Jan tenía dinero como para sepultar esta comisaría entera.

Camuñas se quedó mirando a la inspectora. Esperaba una orden. O una pregunta.

—¿Qué opinas? —lanzó Rodríguez.

—Que si el dinero no era el problema, a lo mejor hay que pensar que la razón fue la depresión que han dicho en la tele —dijo el agente medio titubeando—, aunque sabemos que sí tomaba la medicación y está lo del viaje a Finlandia con el médico de las rodillas.

—Eso es. Jan quería curarse y volver a jugar. Entonces algo no cuadra.

—No, no cuadra. La tele podría estar mintiendo —sugirió el agente.

—O acertar. Por eso tenemos que seguir investigando —dijo Rodríguez intentando tener una actitud motivadora con su agente. No le salía natural y Camuñas se dio cuenta.

—No hace falta que me anime, inspectora. Cuando me dijeron que seguía con el caso, me sentí aliviado. Aunque fuera con… —no se atrevió a acabar la frase.

—Conmigo, dilo sin problemas. Sé que no caigo bien, pero pareces listo y seguro que sabes que me la suda, ¿verdad? —dijo ella mientras levantaba una ceja.

Camuñas asintió. La inspectora estaba abriendo el navegador de su PC. Cogió el teclado y se lo puso delante a Camuñas.

—Ahora, mientras yo voy a por un par de cafés al bar de abajo, vas a sacarme todo lo que encuentres de los partidos de Jan Martínez desde…

—chequeó una de las hojas de la carpeta que contenía el informe económico del futbolista—.

Cuatro meses antes de su último partido, que viene a ser el comienzo de la temporada, ¿no?

Camuñas la miró con extrañeza esperando una aclaración ante esa orden. La inspectora respondió a la petición silenciosa:

—Quiero aprovecharme de que sabes de fútbol y de que te manejas en Gol y demás sitios. Estoy convencida de que juegas una fantasy de esas.

—Pues sí, jefa. Juego en varias ligas. Una con los compañeros de aquí —admitió el agente.

—Dos cosas. Uno. No me llames jefa. No me gusta. Dos. ¿Ves cómo leer Gol te iba a servir para este curro? —dijo la inspectora mientras iniciaba el camino de regreso al bar de César y dejaba a Camuñas delante de su ordenador.