Estoy muerto y es culpa tuya Capítulo 15
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Capítulo 15

El taxi paró justo en la puerta. Dani miró el nombre del sitio: PUB OROS .

Era el lugar donde la había citado José Nel.

El mensaje decía que a partir de las doce de la noche era cuando se podía hablar.

La periodista torció el gesto porque ese sitio de barrio no era de los que tenían hora punta.

Las doce era tarde para ella, al día siguiente tenía que madrugar porque le tocaba otra vez conexión desde la puerta del Gol Reganhao.

Quería entrevistar a Paolo Suárez y la única manera de verle que se le ocurría era seguir haciendo guardia en la puerta de sus oficinas.

Cuando se bajó del coche, volvió a chequear que era el sitio correcto. Le había sorprendido que Nel la citase en un sitio como ese. Él solía ir a otros antros más céntricos. Con más ambiente. Ese pub, en ese barrio, tan lejos de todo, no le pegaba para nada a Nel.

—Él sabrá —dijo en voz alta mientras abría la puerta del Oros.

No había mucha gente. El camarero, tres hombres solos en la barra, cada uno en un punto distinto.

Una pareja que no lo era fuera del local estaba en la zona de las mesas, que estaba mucho menos iluminada.

Se metían mano. A Dani le hizo gracia. Al fondo, vislumbró a Nel sentado a una mesa medio oculta por un biombo de mimbre.

Cuando Dani superó la frontera que separaba el local de ese reservado, se dio cuenta de que Nel no estaba solo. Junto a él estaba Paolo Suárez. El representante le hizo un gesto para que se sentase con ellos. Dani disimuló como pudo el asombro.

—Encantado, Dani —dijo el representante mientras la periodista se sentaba justo enfrente de ellos.

—Encantada, señor Suárez —contestó Dani.

Luego miro a Nel y le hizo un gesto con la cabeza a modo de saludo.

—Hola, Dani —intervino el veterano periodista—. Como ves, la cita no era para estar los dos solos. Queríamos hablar contigo —dijo señalándose a él mismo y a Paolo.

—Ya veo. Es una sorpresa interesante. Pero me parece feísimo que todavía no me hayáis preguntado qué quiero beber —repuso Dani en tono de reprimenda—. Un gin-tonic, por favor —pidió mirando a Paolo.

Paolo hizo un gesto al camarero y preguntó a Dani:

—¿Un gin-tonic?

—Ya que me traéis a un sitio clásico, pues bebo algo clásico.

—Dices «clásico» pero en el fondo quieres decir «rancio» —apuntó con sorna Nel.

—Eso lo has dicho tú. Yo no —dijo sonriendo Dani mientras lanzaba una mirada cómplice a su maestro.

Paolo Suárez encendió un cigarrillo y aspiró el humo con ansia. La broma no le había hecho gracia. Aunque fuese verdad, el pub Oros era suyo y le dolía el comentario por lo que ese local representaba para él. Se echó hacia delante con ganas de reprocharle a Dani lo dicho pero Nel le interceptó:

—Paolo, Dani es buena chica. No lo ha dicho en serio, lo ha dicho para llamarme viejo —comentó guiñándole un ojo a su pupila—. Lleva así desde que nos conocemos.

El tono tranquilizador de Nel surtió efecto. Paolo se recompuso en su asiento. Siguió fumando. Dio un trago al whisky también. Dani le miraba expectante, pero le pudo la impaciencia y tomó la iniciativa.

—No quería faltarle al respeto, señor Suárez. Solo a Nel. Disculpe —dijo poniendo especial cuidado en el tono y la elección de las palabras.

El representante volvió a beber. Tenía la mirada perdida, como si no hubiera nadie en la mesa.

—Y siento muchísimo lo que le ha pasado a Jan —dijo Dani—. De verdad. Era una buena persona.

«Buen chico», esas dos palabras sacaron a Paolo del trance y del enfado.

Miró a los dos periodistas. Uno, a su lado, era un amigo al que conocía desde hacía una eternidad, y la otra, una joven que podía serle de utilidad, le miraba a los ojos, de frente.

Tomó conciencia de la importancia de la reunión.

Jan merecía un final mejor y esas dos personas iban a ayudarle.

Otro trago al whisky. Otra calada al cigarrillo que se consumía cerca de las letritas de la marca de rubio americano que fumaba desde que era adolescente.

—Daniela, lo primero de todo: gracias —dijo con cariño el mánager.

La frase descolocó a Dani. En menos de un minuto había pasado de un enfado casi bronca a un halago.

Aceptó el cambio de registro como consecuencia de lo vivido los últimos días.

En definitiva, Paolo Suárez había perdido al futbolista que le convirtió en el agente de éxito que era.

Era sabido que lo conocía desde que era un niño y que la suya era una relación estrecha, casi familiar.

Cuando Nel le entregó la carpeta con toda la información sobre las finanzas de Jan Martínez, le explicó cuál era el propósito último: sacar la verdad a la luz y limpiar el nombre de Jan Martínez.

La persona que perseguía ese objetivo era ni más ni menos que Paolo Suárez.

No obstante, no entendía el motivo de esa reunión intempestiva: ella ya había informado de que el futbolista no se suicidó por dinero, sino porque estaba deprimido.

—Gracias a usted por la confianza, señor Suárez. Necesito más tiempo para analizar la información de la carpeta que me entregó Nel ayer, pero dígame en qué más puedo ayudar y haré lo que esté en mi mano.

—Pues esa es la historia: yo era la única familia que le quedaba y aun sabiendo que no estaba en su mejor momento, no me creo que se suicidara. No tengo ni idea de cómo es tener una depresión, pero Jan no quería morir. No lo acepto.

Entonces, uno de los tipos más poderosos del fútbol, empezó a llorar. Un llanto mudo, doloroso a la vista. Dani no sabía dónde meterse. Nel hizo un gesto al camarero pidiendo una copa. Ya había pasado por ese trago dos noches atrás y necesitaba algo para pasarlo de nuevo.

Los lamentos duraron lo suficiente como para que fuese tan incómodo que Dani se planteó irse al baño. Ese hombre estaba sufriendo de verdad y ella tenía sitio en primera fila para ver el dolor.

—Estoy convencido de que alguien le obligó a hacerlo —dijo mientras se secaba las lágrimas con la manga de la camisa.

Dani no sabía cómo reaccionar. El caso parecía demasiado claro como para pensar que se podía considerar la muerte de Jan como un asesinato.

—La policía ha informado de que todas las pruebas apuntan a que Jan se encontraba solo en su casa cuando saltó desde la terraza —dijo Dani con frialdad.

—Pero la policía puede equivocarse —contestó Paolo.

—Sí, claro. Todos podemos equivocarnos —sentenció Nel apoyando lo que decía el representante mientras le apretaba el hombro.

Dani contempló atónita a los dos hombres.

—En los últimos meses, Jan se relacionó con gente indeseable, con personas que buscaban aprovecharse de él —explicó Nel, que tenía ojos y oídos en toda la ciudad. Llevaba muchos años siendo periodista y su lista de informadores era larguísima.

—Yo no supe verlo —se lamentó Paolo—. No le hubiera dejado solo de saber que estaba deprimido.

—No quiero parecer insensible, pero yo hablé con él poco antes de su muerte y me pareció la persona más triste del mundo —repuso Dani—. Bastaba hablar con él un poco para darte cuenta de que no estaba bien. Y no me refiero a la depresión, sino a su estado anímico.

Paolo y Nel se miraron sorprendidos. Que la periodista hubiera hablado con Jan los sacó de posición.

—¿Cuánto tiempo llevaban sin hablar? —preguntó la periodista.

—Hablamos después de su último partido. Fue una conversación corta. Él no quería ver a nadie. Me dijo que se quería operar esa misma noche para volver cuanto antes. Luego algún mensaje, pero él estaba muy frío conmigo. Y yo con él.

—Sin embargo, Jan sabía que no iba a volver, que la lesión era tan jodida como la que tuvo usted, ¿verdad? —preguntó Dani al mánager.

Suárez estaba cada vez más incómodo con la conversación.

—Joder, sí. Pero no lo hablamos. Yo no quería desanimarle, solo quería que estuviera bien —se excusó Paolo.

—Pues lo sabía perfectamente —dijo con frialdad Dani—. Y antes de esa conversación después del último partido y la lesión, ¿cuánto tiempo llevaban sin hablar?

Nel asistía orgulloso a la implacable entrevista que le estaba haciendo Dani a Paolo, sorprendido por cómo manejaba la joven la conversación. Parecía que Dani sabía más cosas sobre Jan Martínez que Paolo y él.

Al representante le cambió la cara tras la pregunta de la reportera.

Dani dio un trago al gin-tonic. Clavó la vista en el vaso de tubo mientras esperaba una respuesta y luego se distrajo mirando a su alrededor.

«Este pub podría ser un museo», pensó. Nel le sonrió como si hubiera leído la mente a Dani.

Se la veía cómoda con la situación y con lo que se traía entre manos.

—La última vez que hablamos de verdad fue después de que fallase un penalti contra el Valencia.

Fui a cenar a su casa dos semanas después de aquel partido, cuando volví de un viaje de trabajo.

Discutimos porque yo le dije que había telegrafiado la dirección de la pelota y el portero, que era malísimo, se lo adivinó —dijo casi gritando Paolo.

—¿Y él qué contestó? —preguntó Dani.

—Que lo había lanzado como siempre. Que se había guardado la intención hasta el final como le había enseñado yo.

Nel y Dani se miraron. Paolo siguió:

—Entonces nos calentamos. Empezamos a tirarnos mierda. Se levantó de la mesa y me pidió que me fuera.

—¿Y te fuiste? —preguntó Nel que cada vez estaba más extrañado.

—Sí. Fue muy desagradable todo. Me calenté diciéndole que no entendía por qué habíamos llegado hasta ese punto. Y si me quería dejar, que me lo dijese.

—¿Y por qué le dijiste eso, Pablo? —preguntó Nel de nuevo. Le llamó por su nombre de verdad, como siempre que el tema era serio.

—Pues porque Jaime Peñascal Junior estaba comiéndole la oreja mucho —admitió el representante—. Los habían visto hablando en un par de discotecas. También andaba con el Kikón ese de los cojones…

—¿Se enfadó con Jan por qué había hablado con esos fulanos? —preguntó Dani con cierta inocencia.

—Hace años, Junior fue mi pupilo. Si pupilo se puede entender como sinónimo de enchufado por el padre que venía borracho o colocado todos los días.

Yo quería apuntarme un tanto y le enseñe cómo funcionaba el negocio.

Hace dos años, Peñascal le montó una agencia de representación a Junior y desde el primer día quiso fichar a Jan —dijo enfurecido Paolo, casi gritando.

Entonces intervino José Nel, usando un tono casi de sentencia y elevando la voz casi al mismo volumen que su amigo.

—No me jodas, Pablo. Jan nunca te hubiera dejado y lo sabes. —Nel se quedó esperando la reacción del representante. Cuando parecía que la ira iba camino de reactivarse, dio un sorbo largo a la copa.

El mánager quiso aceptar lo que Nel le estaba diciendo. Luego trató de asentir, pero se volvió a arrancar:

—No lo sé, Nel. Desde el penalti, Jan estaba muy raro —dijo muy serio—. No quiero dudar de él, pero tampoco me di cuenta de que estaba deprimido…

—Que no te des cuenta de las cosas no quiere decir que sean verdad. Eres un imbécil por dudar de Jan. Precisamente tú —sentenció Nel dando un golpe en la mesa con la copa.

Esa última frase pareció herir a Paolo como una lanza.

Incluso abrió el espacio entre él y su amigo.

Suárez estaba muy enfadado, había fuego en sus ojos.

Nel no quiso decir nada, no le correspondía hacerlo.

El representante sabía que cualquier cosa que dijera sería una ataque envenenado e injusto a su amigo, así que se obligó a calmarse.

Nel no era el enemigo. Paolo eso sí sabía detectarlo. Encendió otro cigarrillo.

Hubo un silencio. La cabeza de Dani iba a mil por hora pero todavía le faltaba encajar algunas piezas importantes.

—¿Y cuál era el problema de que tratara con Kikón? —se atrevió a preguntar la periodista para de paso confirmar si se habían templado los ánimos.

Paolo, que estaba mirando el vaso de whisky, levantó la mirada.

—Si has salido alguna vez, ya sabes lo que significa estar cerca de ese tipo, querida.

Nel puso los ojos en blanco en señal de desaprobación a ese comentario. Paolo lo vio.

—Ya lo sé, Nel. Jan no se drogaba, pero le vieron con ese indeseable, joder. Dudar es de imbéciles, no hace falta que lo repitas —dijo serio.

Miró a los ojos de Dani.

—Por eso me tienes que ayudar. Jan era un buen chico. Mi chico.

Luego dirigió la misma mirada a Nel.

—Tú también. Habla con quien tengas que hablar. Tenemos que arreglar esto.

Entonces, Pablo Suárez. O Paolo Suárez, exjugador del Riviera, estrella truncada por una lesión, uno de los mánager más poderosos del mundo, la persona que guiaba las carreras de los jugadores más importantes y dueño del pub Oros, se derrumbó sobre la mesa. Escondió la cara entre los brazos.