Estoy muerto y es culpa tuya Por la derecha
57%

Por la derecha

Por la derecha

La vida de un futbolista profesional no se limita a salir de copas.

Hacemos vida normal también. Vamos al cine o a pasar la tarde en un centro comercial o quedamos con amigos para jugar a la Play.

También vamos a tomar café con nuestros padres o quedamos con una chica para conocerla mejor.

No sé. Quiero transmitiros que, aunque no lo creáis, un futbolista como yo trataba de ser como vosotros.

Hasta que se me fue la cabeza, mi vida era normal. Bueno, todo lo normal que puede ser siendo famoso y con dinero. Pero, de verdad, yo no hacía muchas cosas fuera de lo común. Eso sí, intentando ser normal, la vida de futbolista te empuja a otros caminos.

Nos acostumbramos a que lo extraordinario sea nuestro día a día.

No hacemos cola para entrar en los sitios desde los dieciocho años.

Nosotros no lo vemos como una locura porque es lo único que hemos vivido.

Te saltas las colas, te hacen regalos, te dan entradas gratis, te invitan en todas partes…

Las primeras dos o tres veces te sigue pareciendo excepcional, pero cuando supera las quince se vuelve cotidiano.

De hecho, como cuentan algunos compañeros retirados, lo difícil es cuando deja de suceder, el impacto de volver a ser uno más.

No es instantáneo, pero llega el día en que quieres sentarte a cenar en el sitio de moda sin reserva y tienes que esperar diez minutos o más.

A lo mejor tienes suerte porque alguien te pide una foto y ahí se activan los mecanismos de los relaciones públicas o metres ágiles.

Te dan la mesa. Pero que si no, ERES UNO MÁS.

Por ejemplo, yo soy aficionado a acudir a eventos deportivos de todo tipo.

Me encanta el baloncesto. En los últimos años, y siguiendo la tendencia, el boxeo y, sobre todo, las peleas de MMA me entretienen bastante.

Sigo la actualidad de los luchadores y demás.

Ni que decir tiene que me llueven las entradas.

¿Sabéis dónde me sentaron después de poner en redes que tenía ganas de ir a una velada de MMA?

Exacto, en primera fila, junto a la jaula.

Como soy uno de los mejores futbolistas del Riviera C.

F. de los últimos años, me ponen en los sitios para que me vean.

O al menos, en aquel momento querían que me viesen.

Mi asiento estaba junto al promotor, el alcalde Martínez Caneya, el presentador bajito ese pelirrojo que no me acuerdo de su nombre y varios famosos más.

Si no recuerdo mal, también estaba un presentador de concursos que dicen que lleva peluquín.

No os voy a mentir, de cerca, se nota. Pero te tienes que poner muy muy cerca para detectar que lleva rata.

La clave es el sudor. Hay una parte que no está mojada. Y ahí es donde se ve el truco.

¿Y por qué sé tanto del tema? Pues porque tuve un compañero que lo llevaba.

Primero se hizo un injerto. Luego se hizo otro.

Cuando le recomendaron que dejase de intentarlo porque su caso era algo irrecuperable, se compró un peluquín.

El tío acababa de leer la biografía del tenista Andre Agassi.

Y su historia le motivó a hacerlo. El suyo era espectacular.

Solo te dabas cuenta de la magia cuando su pelo real crecía y el pegado no.

Por eso siempre se lo arreglaba antes de los partidos.

Y siempre iba con el pelo mojado cuando jugaba.

Lo del sudor, ¿recordáis? Para que no se le notase como al presentador.

Requiere un mantenimiento y unos hábitos.

Explicado esto, que creo que es interesante, continúo con mi crónica de la noche:

Los combates no fueron gran cosa, la verdad.

Me entretuvieron pero sin más. El recinto se vacía, pero hay una zona que se mantiene abierta.

Es para gente como yo. Ahí es donde se cuece todo el vicio, los líos que os podéis imaginar y hasta negocios.

Aunque esto último tengo entendido que se hace más en el palco del estadio de mi equipo. Y en más sitios, pero sobre todo allí.

Tras la velada fuimos a esa zona solo para gente importante.

Iba con Lucas, Raúl y Jaime, tres amigos del barrio para los que me dieron entradas en la fila detrás de la mía.

Llevaba tiempo sin verlos, no por ellos, más bien por mí.

Por mi trabajo y por mis cosas de futbolista.

Son buena gente. De hecho, ahora me arrepiento de no haber tenido más relación con ellos.

Siempre me quisieron por ser yo y no por mi dinero o mi posición.

Esa es una de las cosas de las que te olvidas cuando vives una vida como la mía.

Te olvidas de quién eres en realidad. Sin quererlo. O queriéndolo. No lo tengo muy claro.

Total, recinto cerrado. Un pabellón de quince mil personas solo para unas doscientas.

A ver, todo el recinto no, solo un par de salas para tomar algo.

Allí, mis amigos y yo nos colocamos en una mesa para charlar de nuestras cosas, comentar la velada y demás mientras tomábamos algo.

Normalmente, cuando muchos famosos se juntan, sucede algo interesante: puede que no conozcas al otro famoso.

Pero si hablas con él/ella, lo vas a hacer con la familiaridad de como si le conocieras.

Es curioso. Ahora con las redes sociales, puedes haber mandado un fueguito a alguna actriz o directamente hablado con ella.

O con el presentador de tu programa favorito.

O alguien de la música. Entre famosos hay otros códigos.

Pero también, como (perdonad el comentario) en el mundo de los mortales, hay pesados, patosos, gente que no sabe beber o que no se sabe comportar (o las dos cosas a la vez).

No digo esto por mis acompañantes que se levantaron a saludar a otro futbolista que andaba por allí, compañero de la selección y al que le pedí que se hiciera una foto con ellos. Lo digo por otra gente.

Me quedé en mi mesa, solo, mirando el teléfono y viendo cómo mis amigos disfrutaban. Entonces, yo no lo sabía, mi vida iba a cambiar para siempre.

Kikón, nieto de un señor muy tranquilote, se acercó.

El chaval era conocido por las fiestas que montaba, por los desaires a la prensa y por la institución a la que pertenecía, pero le daba lo mismo.

La sangre que corría por sus venas siempre ha empujado a los suyos a ser animales nocturnos y de bajos instintos.

O altos, según se mire. Paolo me advirtió sobre ellos en su momento.

También algunos conocidos de la noche y la gente de la prensa.

Siendo yo Jan Martínez, futbolista estrella que todo lo sabe, no hice caso.

Aunque intente ser normal, me han hecho pensar que soy el mejor en todo.

Cuando le vi acercarse, moví la mano invitándole a que se sentase conmigo. Quería saber si el demonio era tan salvaje visto de cerca.

—Soy un gran fan —me dijo con una sonrisa enorme.

—Gracias. —Devolví su gesto con otra sonrisa igual de grande.

—No, de verdad que soy muy muy fan, tío —insistió con un entusiasmo exagerado.

Entonces descubrí la razón por la que todo el mundo me decía que no me acercara a la gente como él.

Su halago era demasiado impostado. O fruto de algo blanco que había tomado antes.

A un deportista no le conviene que le relacionen con ciertas personas que son conocidas, entre otras cosas, por tomar ciertas sustancias.

Pero ya era tarde para desmarcarme de ese chico.

Tocaba mantener una charla educada pero sin que se notase mi incomodidad.

El fan pertenecía a la familia que pertenecía.

Por muy importante que fuera yo, un tipo que da patadas a un balón no puede ser descortés con un miembro de los más descorteses del país.

Mis amigos estaban tomando algo con su ídolo y no habían reparado en el marrón en el que me había metido.

Si lo hubieran visto, seguro que el rescate hubiera llegado.

Buscaba sin éxito a alguien que me pudiera ayudar y, mientras tanto, respondía a sus preguntas sobre fútbol, sobre otros jugadores, sobre entrenadores.

La verdad es que Kikón controlaba mucho de datos.

Supongo que cuando tienes tiempo porque no trabajas, ocupas tu mente en lo que te gusta y al chaval el fútbol le gustaba bastante.

—Vuestro calendario es bastante exigente, Jan. Veo que hay partidos en los que os falta el aliento.

—No es aliento. Ni cansancio. Es una manera de regularnos —dije abrazando el discurso automatizado cuando la charla se transforma en un mero trámite para no parecer borde.

—Es que jugáis cada tres días y claro… —quiso solidarizarse el ilustre fan.

—Eso es, pero nosotros lo aceptamos. Somos profesionales. Si no, mírame aquí tomando algo.

Falseé una carcajada. En realidad, no había jugado el último partido y me quedaban cuatro días para el siguiente. Iba a estar bastante fresco y Kikón lo sabía.

—Pero tú te vas a salir la semana que viene. Estás muy en forma, tío. Se te nota. Y con confianza. ¿Sabes en qué lo noto yo? En cómo coges la pelota cuando vas a sacar un córner o al tirar un penalti.

El artista este me tenía bien estudiado. Eso hay que concedérselo.

—¿Cuándo decides el lado por donde lanzas los penaltis? No contestes si no quieres, que me estoy metiendo demasiado en tu curro —preguntó usando otra vez la falsedad con la que me entró. Hasta con humildad, pero tanto él como con los que cena en Nochebuena no han sido humildes en varios siglos.

—Lo decido en el momento. Me dejo guiar por mi instinto y por lo que hemos estudiado durante la semana. Tenemos informes, estadísticas y cosas así para ayudarnos. Aunque la última decisión la toma siempre el jugador en el campo. Si no, seríamos robots —contesté con el piloto automático.

—Eso me habían contado. Pues que sepas un dato para el siguiente partido: el portero rival se suele tirar siempre a su derecha. Casi un noventa por ciento de las veces —soltó el dato sin pestañear.

—Es decir, ¿que si se lo tiro a la derecha, mi derecha, es gol casi seguro? —pregunté entre admirado e intrigado por lo que acababa de escuchar.

Era el consejo de alguien ajeno completamente al fútbol pero que parecía manejar ciertos datos estadísticos que me podían servir.

La noche ofrece sorpresas. Luego, por supuesto, confirmaría el dato con los informes que me pasarían mis entrenadores.

Kikón llevaba razón. Si lo lanzaba a mi derecha, es decir, su izquierda, el penalti se convertiría en gol.

El tema estaba en que no siempre se pitan penaltis. Eso no hay máquina capaz de predecirlo.

—Si lo tiras por la derecha, es gol, tío. Seguro. Los números me encantan —repitió mientras sonreía de nuevo. Esta vez era de verdad.

Mis amigos se acercaron a la mesa y yo aproveché para levantarme y despedirme educadamente.

—Kikón, encantado. Mis amigos y yo ya nos vamos que hemos quedado —mentí, pero seguí con la interpretación buscando el Goya—. Y gracias por el consejo. Lo pondré en práctica en el próximo partido si hay penalti, claro —dije ofreciéndole la mano.

—Ya verás como lo hay y que lo metes seguro. Recuerda, tíralo por la derecha y es gol —aseguró con lo que me pareció demasiada firmeza teniendo en cuenta que estaba haciendo una predicción.

Me abrazó y se fue a darle la chapa al presentador bajito pelirrojo. Se dieron un abrazo que flipé. En mi vida me he abrazado así después de un gol. Ni con mis padres. Supongo que los polvos blancos es lo que tienen. Eso y quedarte trabado repitiendo mensajes.

—Por la derecha, Jan. Por la derecha —repitió desde la lejanía.

Cuando enfilaba la salida con mis amigos, vi que se me acercaba un antiguo compañero de las categorías inferiores. Supongo que entró en la zona vip porque conocía a alguien. O te inventas que conoces a alguien. Su mote estaba relacionado con su flequillo. Un flequillo que tapaba las entradas.

(Estoy hablando mucho de pelo y calvicie. Perdón).

Este chico no triunfó en el fútbol. Él decía que por su representante. La culpa siempre la tienen los representantes y la prensa. Da igual si es verdad o no, siempre hay culpables y no eres tú.

Sí que hay una verdad relacionada con este tío: el fútbol es una fábrica de crear monstruos y construir frustrados. Él quería ser famoso con el fútbol. Muchos son los que quieren llegar. Pero solo unos pocos lo hacemos. Por suerte. Por talento. Porque sí.

Ahora quería ser alguien en el periodismo deportivo, pero tampoco estaba triunfando. Decía que era porque le hacían la cama.

—Un enchufado me ha quitado el puesto. Tenemos que comer un día y te cuento.

Le dije que sí, que un día de estos hablábamos. Si Kikón era un vampiro energético, PeloNaik (ups, perdón) era una nube negra que daba mal rollo. Especímenes de las zonas vip. Hay veces que coincides con gente a la que admiras, pero puede que te encuentres a gente que no soportas.

Hice un gesto a mi trío para que saliésemos de allí. Lucas me pidió ir a otro lado. Jaime y Raúl asintieron poniendo cara de niños buenos.

—Llevamos mucho sin vernos. Vámonos de aquí, que ya nos hemos hecho una foto con nuestro ídolo… Y le hemos dado la chapa gracias a ti, nos gustaría molestar a otros famosos gracias a ti también —dijo Jaime descojonándose.

—Alguien tiene que dejarte en mal lugar, que todo el mundo te la quiere chupar. Nosotros estamos aquí para ponerte los pies en el suelo —le advirtió Raúl. Luego se descojonó también.

—Claro que sí. Seguimos, pero nos piramos de aquí que hay mucho tipo peligroso con el que no quiero que me relacionen.

—Tú mandas, pero déjanos pagar una ronda aunque sea, tío —suplicó Lucas—. Podrías habernos presentado al casi rey de España con el que estabas —dijo también descojonándose.

—O al calvo que no lo asume, ese con el que has hablado después —remató Raúl.

Los cuatro salimos de allí riéndonos como cuando teníamos quince años. La noche estuvo muy bien la verdad. Fue la última vez que los vi.