Estoy muerto y es culpa tuya Capítulo 14
55%

Capítulo 14

—¿Has dicho depresión, Daniela?

—Sí, Anabel, he dicho depresión. Jan Martínez sufría de un cuadro severo de esta enfermad desde antes de lesionarse de gravedad.

El propio futbolista creía que el fallecimiento de sus padres fue el inicio de todo.

Pese a esa tristeza y profunda pena que sentía, Jan quería volver al terreno de juego y ser el que era.

Estaba decidido a recuperarse, tanto es así que estaba en vías de comenzar el tratamiento adecuado para su lesión.

—Fenomenal trabajo, compañera. Gracias por todo, Daniela.

Anabel González despidió a su reportera un día más. Hasta el momento, el trabajo de Dani cubriendo la información de la muerte de Jan Martínez había sido impecable. Anabel estaba muy satisfecha de haberla fichando y Dani sabía que lo estaba haciendo bien.

La mansión hortera sede de Gol Reganhao, la agencia de Paolo Suárez, había sido el escenario de esa conexión.

El representante había visto en su despacho lo que Dani decía sobre el caso.

Paolo no quiso creer lo de la depresión.

Asumió que fue algo dramático que dijo la periodista para vender más.

Luego le escribió un escueto «Gracias» a su amigo mientras se disponía a esperar movimientos.

Al fin se había hecho público que Jan estaba deprimido y que no tenía problemas financieros.

Ahora tocaba ver si el Riviera hacía un comunicado oficial o si alguien de la directiva ratificaba o desmentía la información.

A él le tocaría estar en silencio, porque muchas veces se podía gritar una verdad sin usar la voz.

Mientras observaba cómo Dani se subía al coche del programa desde la terraza de su despacho, Paolo notó que le vibraba el móvil.

Era una llamada que no contestaría y muchos mensajes que no recibirían respuesta.

Debía tener temple para dejar que la verdad galopara.

Estaba seguro de que la inspectora Rodríguez también le llamaría.

A ella sí que le contestaría y le diría que alguien del club debía de haber filtrado algo para, nunca mejor dicho, «quitarse el muerto de encima».

En cuanto se subió al coche, Dani vio que tenía el teléfono con un montón de mensajes.

Muchos de felicitaciones por el trabajo.

Su madre por supuesto ya estaba echándole en cara que no le hubiera contado que sabía esas cosas del tal Jan.

María le pedía por favor que esa noche cenasen y hablasen del tema.

Algunos excompañeros de otros medios le decían que estaba haciendo un gran trabajo.

Ella pensó, «Gran trabajo, pero no me quisisteis fichar, cabrones».

Esa mañana, Nel y ella habían desayunado juntos.

Él también le había escrito después de la retransmisión.

No era de los que felicitaban. Si decía algo, la mayoría de las veces era una crítica constructiva.

Sin embargo, esa vez el mensaje era un deseo y una arenga: «Ahora tienes que ir a por más. No te pares».

La carpeta que le había entregado esa mañana requería mucho estudio.

Había muchos datos que contrastar, todo eran migas de pan que indicaban el camino, pero faltaban las conclusiones.

Lo más importante se lo había resumido Nel y ella ya había soltado la primera bomba en antena, pero debía seguir investigando y contándolo para que se supiera la verdad.

Ahora ella tenía un altavoz potente. Era la responsabilidad que Dani siempre había deseado tener.

Su carrera había consistido siempre en becas con escasa remuneración, contratos temporales y mucha mala suerte.

Había escuchado lo de «Te tendrías que quedar pero no hay presupuesto» demasiadas veces.

El «Eres muy buena pero no puedes seguir aquí» era el que más le dolía.

Por eso tuvo que aceptar el trabajo como relaciones públicas de discotecas y dar clases de inglés a adolescentes que no le prestaban atención porque era guapa.

O el de dependienta de una tienda de ropa.

Todo porque «No has tenido suerte». Pero ahora sí.

Dani no iba a desaprovechar la oportunidad.

Por eso, aun sabiendo que su jefa se iba de la redacción en cuanto acababa el programa, quiso hablar con ella en su despacho. Tenía que explicarle lo que iba a hacer a continuación y no quería hablarlo por teléfono. Le mandó un mensaje solicitando audiencia. Anabel accedió.

Dani entró en la redacción con la mirada puesta en el despacho de Anabel.

Iba con la carpeta que le había dado Nel.

No quería soltarla, en ella estaba su futuro.

No reparó en que sus compañeros, a su vez, la miraban a ella.

Se trataba de compañeros con los que apenas había compartido unas horas en el mismo espacio, que no comprendían cómo una recién llegada ya ocupaba una posición de privilegio.

Lo cual había despertado envidias. Habría sucedido en cualquier profesión, pero en el mundo de la tele, quizá, esos bajos instintos son más salvajes.

A Dani lo que pensaran los demás le daba igual.

Ella no pisaba, pero tampoco quería confraternizar con nadie.

Solo le interesaba ser buena profesional, compañera y que la dejaran trabajar.

Cuando ya olía el perfume de su jefa, una conocida le cortó el paso.

Era Olivia Blance, una redactora con la que Dani había hecho prácticas años atrás en otro programa en una cadena más pequeña.

No obstante, los deseos de fama y éxito de Olivia eran igual de grandes.

Ahora, en el programa de Anabel González, parecía que se habían convertido en gigantes.

—Vaya. No sabía que estabas con nosotros —dijo Olivia con una sonrisa más falsa que el blanco de sus dientes.

—Hola, Olivia, ¿cómo estás? Sí, Anabel me fichó el otro día —respondió Dani intuyendo que acababa de comenzar una conversación que no le apetecía.

—Y ya te han puesto a hacer el seguimiento de lo de Jan Martínez. Qué suerte tienes, Dani —comentó con sarcasmo Blance.

—Yo solo he venido a hacer una sustitución y da la casualidad de que al que vengo a cubrir se encargaba de estos temas —respondió Dani sabiendo que la pelea iba a ser fea y con público.

Olivia Blance alzó la voz para que el resto de sus compañeros escuchasen lo que tenía preparado.

—¿Habéis oído? Sustituye a nuestra estrella de los asesinatos. Por eso cubre lo del suicida. Que decíais vosotros que era porque se lo había follado —comentó Blance mientras se le escapaba una carcajada aún más falsa que su dentadura.

Desgraciadamente, no le sonó extraño. No era la primera vez que escuchaba esa canción.

Olivia Blance esperaba la respuesta de Dani con los brazos cruzados. De pronto, desde el fondo del despacho la voz de Anabel rugió:

—Lo hace ella porque es mejor que tú.

Silencio.

Olivia, aterrada, se quedó en blanco. No esperaba que Anabel González saliese en defensa de Dani. El repiqueteo de los tacones de la presentadora anunciaba su llegada.

—Es más, lleva aquí diez minutos y ha dado más noticias que tú en dos años porque lo único que quieres es salir por la tele —soltó la presentadora ya en el umbral de la puerta de su despacho, a un metro de Blance.

—Anabel, de verdad… —Olivia balbuceaba.

—No te hagas la mosquita muerta conmigo que luego vas a los de recursos humanos a amenazar con denunciar a la cadena porque te hablo mal —dijo AG con firmeza.

No obtuvo respuesta.

—De hecho, ya que tenemos la atención del equipo gracias a ti, quiero anunciar algo: Olivia Blance va a dejar de hacer pantalla desde mañana. Documentación es tu nuevo destino. Necesitan ayuda. Se están quejando siempre que van cortos de gente.

Olivia Blance se quedó mirando a su jefa incapaz de reaccionar.

—Peeero… A ver, yo… Nooooo…

—Para que salga alguien en la tele sin decir nada, lo mínimo es que sepa hablar. Con fluidez. Que no sabes hacerlo sin parecer una montaña rusa, subiendo y bajando el tono, frenando y luego acelerando. Además, siempre dices las mismas putas frases hechas, joder, y las dices mal. Ahora, ni eso.

Anabel empezó a imitar a su redactora. Cambiando la voz y soltando perlas como «Es alguien que tiene los pies en la cabeza», «Lo ha dicho con Rintintín».

—Rintintín era un perro. Se dice RETINTÍN —espetó AG con toda la mala leche que pudo.

Blance ni siquiera parpadeaba. Alguien al fondo empezó a reírse. Olivia seguía mirando a su jefa. No daba crédito.

—Pero si yo…

AG ya no miraba a Olivia, su atención era para Dani.

—Pasa a mi despacho que me has hecho cancelar una comida con unos socios —dijo Anabel mientras cerraba la puerta de su despacho.

Olivia Blance seguía de pie, congelada. Se volvió al oír a Anabel rugir desde del despacho.

—Olivia, no te quedes ahí parada. Si no vas a documentación, vete a recursos humanos. Vayas donde vayas, les dices que te mando yo.

Dani vio a través del cristal del despacho, cómo Olivia Blance, su «comité de bienvenida» se alejaba hacia su nuevo destino.

—Qué ganas tenía, joder —soltó AG.

—Gracias —dijo Dani avergonzada.

—No me des las gracias. Es la última vez que te defiendo. Además, lo he hecho por mí, que estaba harta de la Olivia esta. Me la tuve que comer por no sé qué recomendación —se lamentó Anabel.

—Ya, bueno…

—Tienes que ser más como cuando nos conocimos. O como cuando me pediste seguir con este tema. Tienes que ser más tú, que sé que tienes carácter. No te acojones.

—Lo sé. Iba concentrada con lo que te tenía que contar y me ha pillado de improviso. No volverá a pasar. Lo prometo —dijo Dani digiriendo el consejo.

—Eso espero —declaró dando por cerrado el incidente—. A ver, ¿qué tienes de verdad?

Dani entendió que ese era el momento que iba a cambiar su vida profesional.

Tenía que contar bien esa historia e investigar todo correctamente, porque eso le podría ahorrar convivir con gente tan lamentable como Olivia Blance.

Ser periodista sin miramientos. Solo informar.

La gente debía olvidar que era guapa y quedarse con que era buena.

Abrió la carpeta y empezó a hablar:

—Aquí tengo pruebas de la situación financiera de Jan. También tengo sus movimientos bancarios que muestran transferencias a cuentas en Suiza por cantidades bastante obscenas que creo deberíamos investigar.

—Deberías investigar tú —advirtió AG—. Yo no pienso hacer nada aparte de darte paso para que lo cuentes.

La presentadora comenzó a ojear los papeles. Abrió los ojos como platos.

—Sí, entran y salen unos seis millones de euros en el último mes y medio más o menos. Todas las operaciones son bastante inusuales. Quiero cotejar las fechas con las de ciertos partidos.

Anabel se quedó mirando a Dani entre extrañada y admirada.

—Aquí hay muchas cosas —añadió la joven periodista señalando los papeles—.

No cuadra que sea solo una persona deprimida que se mata.

No. Hay algo más. Lo de los seis millones es el primer paso.

Tengo el presentimiento de que hay más actores en esta película y que esto viene de antes.

Los dos últimos años su vida era otra. Sus partidos, sobre todo los lo de los últimos meses son extraños. Quiero llegar al fondo.

—Pues ponte las pilas. Las cifras de dinero aburren. Si crees que hay algo más, tienes que seguir. Te recuerdo otra cosa: esto es televisión y el público demanda todos los días su ración. No puedes recrearte en la investigación. Debe ser buena y rápida, ¿entendido?

Dani asintió.

—Pues venga, vete y no me revoluciones más el gallinero —dijo Anabel mirando hacia la redacción, y pidió a Dani que cerrase al salir.

La presentadora se quedó pensativa mirando por la ventana. No parecía preocupada.