Estoy muerto y es culpa tuya Capítulo 13
52%

Capítulo 13

Hacía diez horas que la inspectora Rodríguez se había marchado con el informe de las cuentas de Jan.

Se había hecho de noche. Paolo Suárez seguía en su despacho devorado por la culpa.

Su chico se había suicidado y él no había podido hacer nada por evitarlo.

La impaciencia de la incomprensión le quemaba.

Había estado toda la tarde repasando a fondo los papeles.

No entendía nada y tampoco encontraba ningún hilo del que tirar, pero ese fuego no se iba a apagar.

Paolo Suárez estaba decidido a encontrar al culpable de lo que le había pasado a Jan. Porque en su cabeza lo había y no era él. Bueno, sí. Él tenía su parte de culpa.

«Debe haber alguien más. No se suicidó por mí ni por la discusión que tuvimos. Tiene que haber algo».

Atrapado en esa espiral oscura, Paolo decidió que leer lo que estaban diciendo de Jan en internet era una buena idea.

Sabía perfectamente, como cualquier persona medio inteligente, que en la red de redes no estaba la verdad.

Pero allí, si repetías algo las suficientes veces, cobraba visos de certeza.

Paolo hizo una lista de lo que encontró.

– Jan estaba deprimido o cerca de estarlo (verdad)

– Últimamente bebía más de la cuenta (verdad)

– Estaba arruinado (mentira)

– Paolo Suárez es culpable por no cuidarle (¿verdad?)

– La policía iba a cerrar el caso (media verdad)

– En el Riviera desconocían el estado de Jan (mentira gorda)

– Jan se drogaba y le iban a pillar en un control (mentira mentira mentira)

– Jan se suicidó porque no iba a ser titular (ridículo)

– Jan estaba metido en apuestas y tenía un problema con el juego (la gente es la polla)

– Suárez había sido el último que habló con él y era sospechoso (mentira mentira mentira)

Paolo había llegado prácticamente a la última página web en la que se hablaba de Jan.

También se sumergió en los comentarios en las redes sociales, lo cual le encendió más si cabe.

No daba crédito a las barbaridades que podía llegar a decir la gente.

Rabioso como estaba, cogió el teléfono y mandó un mensaje.

Propuso una cita a las 23.30 en un lugar que conocía bien, lejos de miradas indiscretas y donde podía hablar sin miedo.

Dobló el papel con la lista y se lo metió en el bolsillo interior de la americana.

También cogió una carpeta idéntica a la que le había entregado a la inspectora con la misma documentación.

Abandonó el despacho con la fuerte convicción de que él se ocuparía de limpiar el nombre de Jan. Era su chico.

José Nel iba conduciendo hacia su casa cuando el móvil se iluminó.

Al ver el nombre del remitente, ya sabía lo que tocaba.

Paolo no le solía escribir tan tarde si no era para hablar cara a cara.

Le tocaba cruzarse toda la ciudad hacia la zona sur.

Allí estaba el antiguo barrio del representante. Era uno de los más pobres de Madrid.

En una de las calles más oscuras estaba el pub Oros.

Un sitio sin mucha clientela, con sillones de cuero desgastados y barra acolchada, una mesa de billar y la música bajita para poder hablar.

También había un par de reservados donde los amantes iban a besarse.

En el Oros, nadie molestaba a nadie. Allí iba uno a esconderse del mundo exterior, era como un viaje en el tiempo.

La música no era actual, los vasos eran de tubo, ponían cortezas y panchitos.

Incluso había una máquina tragaperras cerca de la puerta. A cierta hora, se podía fumar.

Nel consideraba cada visita un viaje a una época que ya no existía. El pub era propiedad de Paolo, que lo mantenía por alguna razón romántica que Nel no terminaba de entender. Quizá por no olvidar de dónde venía o para recordar de dónde consiguió escapar.

Cuando el periodista llegó, Paolo le esperaba en su rincón vigilando la entrada como los mafiosos de las películas.

Estaba fumando y sostenía un whisky en la mano.

Le llamó la atención la carpeta que tenía delante.

El mánager no hizo ni el amago de levantarse para saludar, en cambio sí indicó con un gesto al camarero que le pusiera lo mismo al periodista.

José Nel percibió al instante que el representante estaba nervioso.

O más bien rabioso. Sus ojos sangraban ira.

Se sentó frente a él. Aquella charla iba a ser diferente a otras.

Esa noche no iban a hablar de fichajes ni a criticar entrenadores y árbitros.

Tampoco hablarían del pasado, del fútbol que ambos vivieron en su juventud.

No iba a ser una de esas madrugadas en las que se ponían a debatir sobre quién era el mejor jugador de la historia o de cómo le jodieron la carrera a Paolo desde un quirófano.

—¿Cómo estás, Pablo? —le preguntó Nel mirándole a los ojos, el tono era sincero y de preocupación—. Todo esto es muy duro y dudo que hayas hablado con alguien para desahogarte.

—No, no he hablado con nadie y, sí, es tremendamente jodido —dijo Paolo al borde del llanto. Se recompuso al ver llegar el camarero con la bebida de Nel. No le gustaba mostrarse débil o sensible ante extraños. Cosas de antes.

—Pues ya estoy aquí. Nadie me espera en casa y a ti tampoco, así que podemos estar charlando todo el tiempo que necesites, amigo. Porque, aunque te moleste admitirlo, somos amigos —le pinchó Nel.

Paolo le respondió con una media sonrisa. Miraba el vaso fijamente al mismo tiempo. Un nuevo amago de venirse abajo le subió por la garganta. Lo frenó bebiéndose el whisky de un trago. Resopló y volvió a hacer el gesto al camarero. Pero esa vez le pidió la botella.

—Hoy ha sido un día complicado. Hoy he descubierto una cosa que me arde por dentro.

Nel le escuchaba expectante. Paolo señaló la carpeta que había junto a él.

—Ahí tienes las cuentas de Jan. Hay movimientos extraños. No muchos, pero sí de cantidades importantes. Lo que es seguro es que no estaba arruinado. De hecho, tenía más dinero que nunca —alcanzó los papeles al periodista—. Le he dado una copia igual a la inspectora que lleva el caso.

—Así que no lo van a cerrar —dejó caer Nel.

—No, no lo van a cerrar. Van a silenciarlo tanto como sea posible para poder investigar discretamente qué ha pasado.

Yo no creo que sea un suicidio y la inspectora que lleva el caso no ha estado convencida en ningún momento de que lo fuera.

Es más, creo que ha descubierto algo que no puede contarme.

Pero intuyo que va a ser lento —anunció Paolo.

—Hasta entonces, ¿qué quieres que haga con esto? —preguntó Nel ojeando los papeles.

—Quiero que todos los hijos de puta que están manchando el nombre de Jan sientan en la boca la hostia que les voy a dar. Hay que parar la campaña que han montado contra él. —Paolo sacó la lista que había escrito hacía un rato en su despacho. La puso sobre la mesa.

El representante le habló a su amigo de los sentimientos que le había provocado leer los comentarios sobre la muerte de Jan y de la frustración que sentía por las falsedades de muchas noticias. Se abrió como nunca lo había hecho.

Nel comprendía sus reacciones. Tras la muerte de Jan, el veterano informador había sido testigo de un circo mediático tan lamentable que le había hecho sentir vergüenza de sus compañeros de profesión.

Otra vez. En realidad, ese «espectáculo» había comenzado casi la misma noche del último partido de Jan.

La falta de escrúpulos con la que se funcionaba en esos tiempos le provocaba una añoranza dolorosa de los años en los que era joven e informaba cuando tocaba y no se inventaba por arañar audiencia, por clickbait o un follower más.

Nel odiaba los tiempos que le estaba tocando vivir.

La muerte de Jan era a la vez el peor y el mejor ejemplo.

Otro veterano, recién jubilado, y que no echaba de menos el oficio para nada, definió bien el periodismo que le despedía: «Donde no llega la información, aparece la musa».

Nel repitió la cita en voz baja, interrumpiendo los lamentos y quejas de Paolo.

—¿Qué has dicho, José? —preguntó el mánager bastante molesto.

—Digo que donde no llega la información, aparece la musa.

—¿Quién dijo eso? Es una frase cojonuda —le felicitó Paolo—. ¿Es tuya?

—No, no lo es. La dijo Roberto Gámez en la comida que le hicimos porque se jubilaba.

—Pues mira que ese hijo de puta solía llamar mucho a la musa. Menudo fantasioso y gorrón estaba hecho, que no le vi pagar una comida en la vida. Pero la frase es buena, sí señor. Eso se lo concedo.

Paolo sonrió mientras volvía a llevarse el vaso de whisky a la boca. Como brindando por ella.

—Y la soltó como si fuera suya.

—¿Lo es? —preguntó un Paolo casi en broma para aliviar la tensión del día.

José Nel también sonrió y le acompañó en el brindis.

—Sí es buena, sí —dijo Nel de manera triste, pensando que esa frase encerraba el demonio que estaba devorando la profesión que tanto quería.

Paolo cogió la lista que había dejado sobre la mesa de nuevo.

—He apuntado todas las barbaridades que se están diciendo. Necesito que me ayudes a limpiar el nombre de Jan —suplicó el mánager volviendo al tono oscuro.

—Desde mi posición, haré todo lo posible. Ya lo sabes. El problema es el número de personas que necesitas que escuchen el mensaje. Tu mensaje. Mi mensaje —dijo señalando la carpeta y la lista—. Necesitamos más audiencia.

—Eres el único al que puedo acudir con esto. Todo es tan injusto. Me suda los cojones lo que diga la gente del mundo del fútbol, siempre ha sido así. Pero esto es distinto. Se trata de Jan. Y está muerto.

—Radio Nacional de España no tiene los oyentes suficientes para que tu verdad, esta verdad, se convierta en realidad. Yo voy a hacer que suceda, pero quiero que sepas que voy a utilizar otros medios para que algo de esto salga a la luz —previno Nel.

El volumen de información era demasiado grande para un solo periodista. Nel sabía que él no podría manejarlo, no en estos tiempos con tantos canales y medios.

—Lo del Watergate fue cosa de dos periodistas —espetó Nel a Paolo para que comprendiese a qué se refería—. Necesito ayuda, así podremos amplificar el mensaje. Lo que contiene esta carpeta debe ser analizado y lanzado desde varios frentes para que la repercusión sea mayor.

—Usa la información como quieras. Me da igual. Como si se la das a los que hacen el programa ese de por las noches —repuso el representante obviando el nombre del programa. Odiaba a su presentador y lo que representaba.

—No, allí no hay que dar nada porque no los toman en serio. Además, dudo mucho que lo sacaran. Las relaciones que tenían antes con Valentino y ahora con Peñascal impedirían que este informe saliese en antena —dijo el periodista mientras llenaba su vaso.

Entonces, José Nel empezó a repasar mentalmente a qué persona con repercusión podía interesarle la información.

Lo que de verdad deseaba Paolo era que tuviera repercusión y hubiera consecuencias.

Nel encendió un cigarrillo pensativo. Lo que le pedía Paolo no era sencillo y había que estudiar muy bien todos los pasos.

Hubo un silencio que bien pudo durar media hora.

Estaban enfrascados en sus construcciones mentales, los «y si…

» y los «¿le vendrá bien a este?» hacían que el tiempo pasase rápido.

Entonces, Nel dio un golpe en la mesa y asustó a Paolo.

—Joder, claro. Qué lento eres a veces, Nel —se regañó a sí mismo el periodista.

—Bueno, a ver… eres viejo ya, José. Se te perdona —dijo socarrón Paolo—. ¿Quién va a ser el tío que va a colaborar con nosotros?

—No es un tío. Es una periodista. Es buenísima y es la nueva reportera del programa de Anabel González.

Casi dos millones de personas cada mañana —dijo satisfecho Nel, y procedió a explicar su idea—: Nosotros le pasamos el informe, ella sabrá qué hacer con él.

No descarto que obtenga más información por su cuenta porque es muy buena, Pablo.

Yo puedo informar de algo pequeño y ella lanzar las bombas más importantes.

Nel sintió adrenalina e ilusión. Su antigua becaria iba a ser la llave para ayudarlos y para, de paso, dar buena imagen a la profesión.

La consideraba una profesional excelente que no había tenido suerte, quizá porque algunos no la tomaban en serio por ser guapa.

Sin embargo, Nel estaba convencido de que triunfaría.

Siempre le había dicho que esto era una carrera de fondo, que no se desesperase.

Le hacía feliz ser parte de que eso se hiciera realidad.

—¿Cómo se llama? —preguntó Paolo.

—Se llama Dani. Dani García.

Nel cogió su móvil. Daba igual lo tarde que era, Dani seguro que lo leería al instante. Era un ave nocturna como él.

«Te tienes que fiar de mí. Lo que te voy a contar es todo verdad. Y puede cambiarte la vida».