Capítulo 12 #2
El mánager sonrió y asintió al mismo tiempo. Dio un sorbo al café y justo cuando dejaba la taza en su sitio, la inspectora puso en marcha la conversación para la que se habían reunido.
—¿Qué me puede adelantar de esto? ¿El asesor ha encontrado algo extraño?
—Debo decirle que estoy en shock, porque sí, hay una serie de operaciones inusuales de las que yo no sabía nada hasta que he recibido este informe.
La inspectora Elena Rodríguez pasaba las páginas del informe leyendo en diagonal.
—Jan tenía una cuenta para sus cosas, básicamente caprichos, coches, salidas, ropa, ese tipo de gastos —comenzó Paolo—.
Era la que utilizaba en su día a día. Por otro lado, el dinero que Jan cobra —se frenó en seco para corregirse—, cobraba por jugar al fútbol o por los contratos de publicidad, iba a una especie de cuenta matriz desde la cual estaban programadas una serie de transferencias mensuales a otras cuentas a nombre también de Jan.
Una para las inversiones en ladrillo, otra para las inversiones en bolsa, otra para ahorros y una, como le decía, para sus cosas.
Eran transferencias automáticas siempre de las mismas cantidades.
—Comprendo. Jan solo usaba esa cuenta y no tocaba el resto. Supongo que ese entramado financiero es el normal de una persona con ingresos elevados y un asesor que organiza y supervisa las inversiones.
—Exacto. El salario de un futbolista como él da para mucho, así que tenía asignada una cantidad generosa para su día a día y del resto se ocupaba el asesor, aunque siempre con su aprobación, porque Jan no era tonto y entendía de números.
—Pero ¿él tenía acceso a las otras cuentas? —preguntó Rodríguez impaciente, que no terminaba de ver qué tenía de inusual lo que le estaba contando el mánager.
—Sí, sí, pero no es en las otras cuentas donde está lo que quiero comentarle.
—Está bien, perdone la interrupción, continúe, señor Suárez —se disculpó la inspectora.
—Pues resulta que los movimientos del último mes no son los de siempre. Hay unas entradas y salidas de dinero de las que no sabíamos nada. Y las cantidades no son menores. Fíjese, en diciembre recibió dos transferencias y a los pocos días, transfirió él esas mismas cantidades.
La inspectora pasó las páginas hasta llegar a los números de la cuenta de «sus cosas».
Las primeras páginas estaban dentro de la normalidad.
Bueno, la normalidad de una persona que se dedicaba a lo que Jan.
Gastos de comidas por encima de los seiscientos euros o casi mil en una discoteca, trescientos euros en gasolina, ciento cincuenta en una camiseta…
Cuando llegó a los movimientos de diciembre se quedó de piedra.
—Paolo, desconozco la vida que llevaba ni tampoco sé el dinero que se gastaba cada semana, pero que entren y salgan transferencias de 2,4 millones y 3,6 millones de una cuenta así es extraño.
Y sospechoso —remató con sinceridad la inspectora Rodríguez—.
Sea quien sea la persona que hace esas operaciones.
—Estoy de acuerdo. No es normal. —Paolo se levantó para apoyarse en la barandilla de la terraza con los brazos cruzados—.
Además, el asesor no ha podido averiguar nada de quién le hizo las transferencias ni a dónde las envió, solo que eran cuentas de bancos suizos, pero parece que son empresas pantalla y de momento no nos han dado más datos.
—Siempre Suiza. Sea quien sea, al final el dinero acaba en Suiza y allí no podemos llegar si no es con una orden especial.
Los suizos son muy suyos con la privacidad.
A ellos les da igual de dónde viene el dinero, como si es nazi.
Ellos quieren la pasta y no preguntan —dijo la inspectora en un exabrupto que demostraba el poco cariño que le tenía a los banqueros de ese país.
Paolo se sorprendió ante la apasionada diatriba de la inspectora Rodríguez.
—Hay otra cosa que no me cuadra para nada —dijo la policía.
—¿El qué?
—Pues que más allá de estos movimientos raros, si tenía dinero de sobra, inversiones y un futuro asegurado y, como has dicho, no era de los que se dejaban engañar con los temas económicos, ¿por qué su piso parecía el de un pobre?
Paolo Suárez no supo qué contestar. Hasta ese momento había seguido convencido de que lo sabía todo de su chico, pero esas operaciones y el comportamiento de su futbolista en los últimos cuatro meses eran un misterio para él.
No entendía nada. Paolo se giró hacia el horizonte, como si la sierra de Madrid fuera a despejar sus dudas.
De pronto, se giró, se acercó a la inspectora en dos zancadas y le arrebató la carpeta.
Farfullaba mientras pasaba las páginas del informe.
—Me pidió un inventario de sus propiedades y de lo que tenía en su piso —dijo Paolo mientras pasaba páginas buscando algo—. ¿Dónde estáis, copón? —resopló nervioso—. Aquí, hostias —señaló con el dedo un par de folios.
La inspectora estaba un poco desconcertada por lo alterado que estaba el representante.
—Esta es una fotografía original de… —Paolo leyó el nombre—: Richard Prince. La del cowboy que te dije. Costaba casi tres millones y medio.
La otra fotografía mostraba un cuadro de una niña con globo rojo.
—Y aquí tienes los otros millones, el cuadro de Bansi.
—Banksy —corrigió la inspectora. Ya le había oído caer en el mismo error hace unos días.
—Eso, joder. Que nunca me sale el nombre —se lamentó Paolo—. Estas fueron las inversiones que hizo en arte que le sugirió nuestro asesor.
La inspectora se apoyó en el respaldo. Entre aliviada y preocupada.
—Ya sabemos de qué son esos seis millones. Ahora falta encontrar realmente a quién se los dio.