Capítulo 12
El coche de la inspectora se detuvo. Rodríguez chequeó de nuevo el navegador.
Su destino, las oficinas de la agencia de representación propiedad de Paolo Suárez, estaba a la izquierda.
Aparcó justo en la puerta. Ella tenía ese don, y además llegaba con casi media hora de antelación porque le gustaba la puntualidad.
En las citas de trabajo se convertía en una táctica de investigación, básicamente, porque si aparecía antes de tiempo, con algo de suerte, podía usar el factor sorpresa para obtener más información o pillar a alguien haciendo algo que no debía.
Habían pasado muchas cosas desde su último encuentro.
Tras la finalización del informe forense y los procesos habituales con estos casos, se había permitido el entierro de Jan Martínez.
La investigación no estaba cerrada, pero sí silenciada y medio escondida tras una semana de exposición mediática exagerada, de horas y horas de debate en los medios de comunicación.
La conclusión más extendida era que el jugador estaba deprimido y decidió suicidarse.
Aún quedaban varios aspectos que analizar, pero la opinión pública ya había dictaminado que Jan había saltado porque su lesión era irreversible.
Todo aquello había supuesto una presión extra para la policía.
No obstante, la inspectora Rodríguez creía que había pruebas contundentes de que el jugador de treinta y tres años no presentaba tendencias suicidas.
No solo se quería operar la rodilla, sino que el análisis toxicológico mostraba que estaba tomando medicación para un cuadro depresivo.
El Riviera C. F. organizó una capilla ardiente en el estadio para despedir a uno de los jugadores más importantes de su historia.
La plantilla completa del equipo llevó una rosa a su compañero, acudieron representantes de todo el fútbol español y también algunas leyendas del fútbol internacional.
Ese fin de semana se guardó un minuto de silencio en casi todos los estadios de Europa.
No quedó ninguna duda de que Jan era respetado por toda la profesión.
Había sido una leyenda en vida y su muerte había afectado a todo el mundo, desde políticos hasta cantantes pasando por actores y, por supuesto, a la afición.
Paolo Suárez, que no se separó del féretro, recibía el pésame como si Jan fuera un hijo suyo.
De hecho, era la única familia que le quedaba.
Hasta el presidente del Gobierno abrazó al mánager al darle el pésame en señal de apoyo.
El circo en torno a la despedida de Jan fue idea de Jaime Peñascal padre, presidente del Riviera.
Con la excusa de ofrecerle a la afición la posibilidad de despedirse de uno de sus jugadores favoritos, Peñascal sabía que saldría en la foto, al tiempo que se mostraba humano y cercano al mundo del fútbol.
Una manera más de «estar en el candelabro» como decía él (y que cierta modelo que fue su novia imitó en unas declaraciones en la apertura de una tienda).
Dadas las circunstancias de su muerte, el féretro se colocó en el centro del campo cerrado.
Una bandera del Riviera cubría casi por completo el ataúd.
Más de medio millón de personas pasaron por delante de Jan.
Habían sido muchos goles, muchas alegrías y muchos recuerdos.
La gente le quería pese a sus errores desproporcionadamente amplificados por la prensa en los últimos tiempos.
Su personalidad se salía de lo habitual, aunque actuase como un futbolista, todo el mundo sentía que era diferente. Tanto en lo bueno como en lo malo.
Tras un día de capilla ardiente, tuvo lugar el entierro.
Paolo Suárez se encargó de que lo colocasen junto a sus padres.
Los tres juntos. En la última despedida, apenas diez personas: Peñascal padre e hijo como representantes del club, su primer entrenador, el médico del club, un par de compañeros.
Otros tres amigos de toda la vida, el presidente de su equipo del barrio y Paolo.
Nadie más. No tenía familia, el padre de Jan no tenía hermanos y se quedó huérfano a los dieciséis y su madre, también hija única, fue testigo de cómo el cáncer evitó que Jan conociera a su abuelo.
Paolo siempre había admirado a los padres de Jan, eran personas que habían sufrido mucho, pero habían sabido crear un hogar maravilloso para Jan.
Paolo no quería que la última despedida se convirtiese en un espectáculo como lo del estadio.
La inspectora Rodríguez fue quien se ocupó de dirigir el dispositivo para evitar invitados no deseados en el cementerio.
A Elena le chocó el contraste tras el gentío del estadio, que la había impresionado.
Vigilaron desde la distancia y dieron espacio.
Al finalizar, se acercó a Paolo para cerrar la cita que tenían pendiente desde la mañana que se vieron por primera vez en casa de Jan.
Esa vez sería sin olor a muerte y en la sede de Gol Reganhao, como se llamaba la empresa de Paolo.
Era una mansión ostentosa que pretendía ser un exponente de diseño moderno y transgresor.
Una exageración pagada con las comisiones de los traspasos, los porcentajes de los salarios de los representados y de ciertas inversiones procedentes de información privilegiada.
De refilón parecía una nave espacial acristalada.
«Una horterada de futbolista. Una más», pensó la inspectora Rodríguez.
En recepción, una joven que podría haber sido modelo atendió a la inspectora y la acompañó hasta donde esperaba Paolo.
La oficina estaba llena de gente. Todos hablaban por teléfono o estaban ocupados en el ordenador, pero el frenesí reinante no afectó a la inspectora.
Estaba acostumbrada a los lugares donde el silencio no existía.
Su comisaría era como ese lugar pero con pistolas, placas y los malos en los calabozos.
En cambio, en esa clase de oficinas había que ser un poco malo para sobrevivir.
La secretaria que custodiaba la entrada del despacho de Paolo gritaba a alguien por el micro de diadema que lucía. Hasta que no se despidió de malas maneras, no prestó atención a la modelo de recepción.
—¿Qué quieres, Lorenita, hija? —dijo con desprecio y sin despegar la mirada del bloc de notas donde apuntaba algo.
—Vengo con la señorita Rodríguez, que tenía una cita con Paolo —respondió sumisa.
La secretaria había dejado de escribir y clavó la mirada en la policía.
—¿Su nombre? —preguntó con cierta condescendencia.
—Inspectora Rodríguez, de la Policía Nacional —contestó seca, mirándola a los ojos—. El señor Suárez me está esperando.
Rápidamente, la secretaria, acostumbrada a tratar mal a casi todo el mundo, mutó en un ser afable. Aunque le habían avisado de la llegada de la policía, no la tenía agendada hasta veinte minutos después.
—La esperábamos para dentro de un ratito —se excusó, al tiempo que enfatizaba que se trataba de un error de la inspectora.
—Lo sé. Por eso he venido un poco antes. Por si les pillaba haciendo algo ilegal —guiñó un ojo.
La secretaria se puso nerviosa. No porque estuviera haciendo nada malo, sino porque a veces los humanos reaccionaban así ante la autoridad.
Maite, la secretaria de dirección de Paolo Suárez, manejaba bien a presidentes de fútbol que le miraban el escote, a los periodistas o a cualquiera que fuera a negociar con su jefe.
Sin embargo, esa visita era distinta. Se había puesto tensa y no estaba acostumbrada.
Se le cayó el boli al suelo. La inspectora Rodríguez no movió ni un músculo. Miraba desde arriba a la asistente.
—Espere un momento. Puede sentarse ahí —dijo indicando con la mano un par de sofás que se encontraban junto a la puerta del despacho.
—No, gracias. Prefiero esperar de pie —contestó la agente disfrutando del terror que le inspiraba.
Había detectado al segundo que la mujer que tenía enfrente era de esas personas que abusaban de su pequeña parcela de poder. La inspectora creía en la justicia poética de hacer sentir al malo miedo o respeto.
Perdido el pulso con la inspectora, la secretaria le pidió que la acompañase.
La puerta se abrió y se encontró frente al enorme despacho de Suárez.
Sin embargo, él no estaba allí. Detrás de la mesa había una puerta abierta que daba a una terraza espectacular.
El representante estaba junto a la barandilla mirando al horizonte.
La secretaria fue hasta el umbral y anunció a la inspectora, pero Paolo ni siquiera se volvió.
—Gracias, Maite. Tráeme otro café con leche y lo que desee la inspectora.
Rodríguez rechazó la oferta con un gesto mientras la secretaria abandonaba el despacho apresurada.
La inspectora se quedó en medio de la terraza observando las vistas que tenía en ese lugar.
La sierra de Madrid. Era un día de invierno perfecto: cielo azul, sol y una ligerísima brisa fría.
Le vino a la cabeza la terraza del piso de Jan. Paolo seguía dándole la espalda.
—Inspectora, sobre la mesa tiene toda la información relacionada con las cuentas de Jan. Las he repasado esta mañana en cuanto me las han hecho llegar.
Paolo, por fin, se dio la vuelta para mirar a la policía. Tenía los ojos rojos y unas ojeras que dejaban claro que hacía días que no practicaba lo de dormir. Su aspecto era el de un enfermo. La invitó a sentarse.
Cuando apareció Maite con el café y lo dejó sobre la mesa a la que se habían sentado, la inspectora ya estaba revisando los papeles que contenía la carpeta verde con el logo de Gol Reganhao. Antes de que pudiera decir algo, Paolo Suárez volvió a hablar.
—Lo primero de todo, le agradezco el trabajo que hizo ayer en el entierro.
—Era un dispositivo que había que montar, nada más. Y no lo hice sola. Pero gracias. Haré llegar el mensaje a mis compañeros —dijo la policía mientras seguía repasando el informe.