Estoy muerto y es culpa tuya Capítulo 11
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Capítulo 11

Dos líneas blancas sobre una mesa de cristal. Las esnifó y echó la cabeza hacia atrás para que la coca subiera directa al cerebro, como en el cliché cinematográfico gracias al cual la gente pensaba que todos los famosos, actores, actrices, músicos y demás farándula de la cultura se drogaban.

Jaime Peñascal, alias Junior, era de esos.

Él pensaba que todo el mundo se drogaba o se había drogado alguna vez.

En según qué círculos, aseguraba que su padre también había consumido.

De hecho, fantaseaba con dibujar dos raciones de farlopa y compartirlas con su progenitor en algún evento especial como un cumpleaños o una Nochebuena.

«Arturo no sabe lo que se pierde», pensó por enésima vez en su vida.

Era domingo. Media mañana. Preparó otras dos líneas blancas sobre la mesa de cristal.

Dos fuertes aspiraciones y la cabeza hacia atrás.

Todavía le escocía el tortazo que le había dado el guardaespaldas de su padre.

El día anterior, al salir del estadio, Junior se había ido a casa a dormir.

Comió techo un rato, se tomó un Lexatín para bajar el subidón, abrazo de noventa minutos a Morfeo y a funcionar.

Una comida larga, copas, cena larga, más copas, un after, mañaneo movido en casa de un futbolista y vuelta al hogar, unas rayas de buenas noches y a la cama.

Junior miraba el techo tumbado en el sofá, tranquilo, con la mente en blanco, completamente ajeno a todo lo que había sucedido las últimas veinticuatro horas.

Los minutos pasaban. La respiración ayudó y empezó a bajar revoluciones.

El cansancio le vencía. Cerró los ojos y en ese preciso instante, el móvil vibró.

Junior se incorporó en busca del objeto que había interrumpido su principio de sueño.

En la pantalla ponía Paolo Suárez. Junior dudó si cogerlo.

Estaba reventado y colocado y no le apetecía hablar con él.

Dos años atrás, cuando acababan de montar BallYou, su hermano y él tuvieron varias reuniones con Paolo, pero Suárez no quiso hacer negocios con ellos.

No se fiaba. Lógico teniendo en cuenta cómo fueron las cosas cuando Junior trabajó para él.

Cuando estaba ocioso, Junior no podía evitar especular qué tejemanejes debieron hacer su padre, y quién sabe si Valentino también, para que él acabara de becario de Paolo Suárez.

No era ningún secreto que el mejor representante de España no le soportaba.

Fue así desde el primer día que puso un pie en sus oficinas.

«El peor ayudante que he tenido», le seguía repitiendo el cabrón del mánager a quien quisiera escucharlo.

Cuando descubrió que los hermanos Peñascal habían intentado quitarle varios clientes importantes de su cartera, se cabreó de verdad, aunque solo consiguieron llevarse a los más jóvenes.

De todos modos, Paolo culpaba a Junior y estaba convencido de que Arturo no era más que el contable o el acompañante de Junior.

Estaba completamente equivocado. En las reuniones, Arturo dejaba hablar a su hermano, pero él era la cabeza pensante.

Junior solo se dedicaba a engatusar a los clientes potenciales por la noche en las discotecas bien acompañado de chicas despampanantes.

Jaime miró el teléfono. Sabía de qué iba. La vibración continuó. Con una destreza digna de admiración, se recostó y dibujó una línea más con los restos que quedaban en la mesa de cristal con medio movimiento de muñeca. Puso el altavoz.

—Sí, dígame —respondió inocente el hijo del presidente, como si no supiese quién llamaba.

—No juegues conmigo, cabronazo —amenazó Paolo.

—Normalmente, tardan más tiempo en insultarme. A los diez minutos más o menos. Pero tan pronto, Paolo… —Junior se hizo el sorprendido, porque el insulto le había pillado a contrapié.

Silencio al otro lado.

—¿Sabes que Jan se ha tirado desde la terraza de su casa? —preguntó Paolo con la voz estrangulada.

Junior quitó el altavoz. Se levantó con el móvil en la mano y empezó a pasear por su salón.

—Ya me he enterado. ¿Qué ha pasado?

—Por eso te llamaba, rata peluda. Por eso te llamaba… —Paolo volvía a sonar muy agresivo.

—Antes de que digas cualquier burrada más, te acompaño en el sentimiento. Quiero que sepas que Jan siempre me pareció un tipo increíble, pero me di cuenta de lo buena persona que era en estos últimos meses, cuando nuestra relación se estrechó —dijo Junior esperando un misil en la próxima respuesta.

—Eres un hijo de puta. Eres un hijo de la gran puta y el problema está en que sabes que lo eres. Tu padre sabe que lo eres. Y tu madre, que en paz descanse, sabía que lo eras. —Paolo también sabía disparar con bala.

Junior se sentía ingenioso. La cocaína le hacía sentirse como si fuera Superman, como si nadie pudiera con él. No iba a permitir que nadie mentara a su madre. Elevó el tono.

—A mi madre, ni se te ocurra mencionarla, ¿entendido?

Ni se te ocurra. Que tu boca no vuelva a pronunciar su nombre ni de refilón.

Eres una escoria como persona y como representante.

Yo no tengo la culpa de que no le hicieras caso a Jan y de que el pobre se sintiera abandonado.

Yo simplemente estaba ahí para escucharle, para ayudarle con su vuelta.

Estábamos haciendo planes para trabajar más juntos.

—Eres un hijo de puta —espetó Paolo indignado.

Junior sintió que era la parte fuerte de la conversación, así que rebajó el tono y las revoluciones. En el fondo, y aunque pareciera lo contrario, el hijo del presidente era listo. Drogadicto pero listo.

—Eso ya lo has dicho antes. Me puedes llamar «hijo de puta» las veces que quieras, pero sabes igual que yo que Jan iba a dejarte. Estabas muy ocupado con otros clientes.

Silencio al otro lado de la línea.

—Normal que me hayas llamado. Échame la culpa si quieres. Va, venga, fui yo quien hizo que Jan saltase. Lo admito si es lo que necesitas oír de mí en estos momentos para quedarte tranquilo. Pero por mucho que se diga una cosa, no termina siendo verdad. Lo sabes, ¿no?

El hijo del presidente dejó que el silencio exigiera una respuesta. Al no haberla, siguió con su monólogo.

—Jan estaba mal pero ilusionado. Quería seguir jugando. Me lo dijo hace un par de días. Me contó que la recuperación iba bien y que tenía un pálpito con su regreso. Decir adiós estando cojo no le gustaba.

—Jaime, voy a repetirlo una vez más: ERES UN HIJO DE LA GRAN PUTA. Y además de drogadicto, eres un mentiroso.

—Lo que quieras, Paolo, lo que quieras. Tú nunca pierdes una discusión. Eres de esas personas —soltó Junior con condescendencia.

El silencio reinó a ambos lados de la línea.

Paolo tenía la cabeza a mil, llena de odio y apenas era capaz de razonar.

Solo quería culpar a alguien de lo sucedido.

De su boca solo podían salir sapos y culebras.

Junior también estaba a mil, pero por la farlopa.

Aunque en aquella charla había sabido sujetarse bien.

Incluso había tenido la genialidad de interpretar el papel del comprensivo.

—Mira, Paolo. De verdad, no sé qué ha podido pasar.

De verdad que siento lo sucedido. No te tengo en cuenta nada de lo que me has dicho hoy.

Voy a acercarme a casa de mi padre para ver cómo lo afrontamos desde el club y te informo —dijo con una cercanía falsa que Paolo, envuelto en llamas, no supo detectar.

—Jan era un buen chico. Estaba triste pero no se ha suicidado —dijo Paolo en un tono que seguía sonando a amenaza.

Jaime no la tuvo en cuenta.

—Todos lo sabemos. A mí también me ha sorprendido la noticia. Dejemos hacer a la policía. Debemos estar juntos en esto —sugirió Junior.

—Jaime.

—Dime, Paolo.

—No habrás tenido nada que ver, pero eres un hijo de la gran puta. Y el del mechón es más hijo de puta que tú.

La llamada se cortó. Jaime empezó a reír como un loco, y mientras la carcajada iba en aumento, volvió a dibujar una línea blanca.

El sonido de una aspiración fue la bienvenida para Arturo. Apretó la mandíbula y notó cómo se tensaban los músculos. Cerró dando un portazo para anunciar su llegada.

—¿Con quién hablabas, hermano? —preguntó Arturo mientras observaba cómo recogía sus utensilios.

—Me ha llamado Paolo Suárez. Estaba alterado. Le he dicho que lo sentía mucho. Y que no sabía nada más —respondió Junior, un poco avergonzado por la pillada que la acaba de hacer su hermano.

La mandíbula del hermano pequeño seguía tensa.

—Me echa la culpa de todo —se lamentó el primogénito de los Peñascal.

Arturo seguía inmóvil de pie con los brazos cruzados.

—Es una reacción lógica. Para él, tú eres el diablo. —Se acercó a Jaime, le puso una mano sobre el hombro y cambiando de tono dijo—: No es la primera vez que la gente se piensa que tú eres el malo.

Junior asintió.

—Y a ti siempre te ha gustado que te vean como el villano. —Arturo le apretó el hombro buscando su complicidad.

Luego miró a su hermano mayor a los ojos.

—Y por eso hacemos tan buena pareja…