Estoy muerto y es culpa tuya Asegurar mi futuro #2
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Asegurar mi futuro #2

—Creo que pueden pagar la cláusula de rescisión mañana. Andan como locos —dijo y se sacó el teléfono del bolsillo interior de la chaqueta.

Paolo siempre había sido un maestro a la hora de colar cifras bajas de rescisión precisamente para tener una ventaja en situaciones como esa.

Cedía a porcentajes bajos de derechos de imagen a cambio de «medio manejar» la cifra de esa cláusula que liberaba a un jugador del contrato con su club.

La mía era irrisoria siendo yo quien era en ese momento.

Me levanté e hice un gesto a Paolo para que me acompañase en ese paseo teatral. Buscábamos una reacción del otro lado de la mesa. Valentino no picaba. Una vez de pie, nos despedimos y nos dirigimos a la puerta. Paolo intuyó que Peñascal sí estaba nervioso.

—Valentino, Jaime, como vosotros comprenderéis, esto se va a saber. No hace falta que me soltéis el discurso que los grandes jugadores se van pero el escudo se mantiene —dijo Paolo mirando a Peñascal.

—Sí, lo hemos oído demasiadas veces. Lo que también se escucha mucho en estas situaciones es el nombre del presidente que mandaba cuando el jugador leyenda se marcha. Eso también prevalece —rematé mientras abría la puerta.

Valentino pestañeó un poco. Pero fue Peñascal quien cayó en la trampa.

El «Esperaaaaaaaad» se escuchó fuera de la sala.

Mantuve la puerta abierta el tiempo necesario para que la secretaria de Valentino y su ayudante, un tal Carbaleso que decían que se follaba a la hija del presidente, escuchasen la súplica.

Sus pasos sonaron más que los míos con los tacos.

Se miraron sorprendidos. La secretaria vio cómo Peñascal sulfurado asomaba medio cuerpo al pasillo para interrumpir nuestra salida.

—Señor Peñascal, ¡va usted hecho un obelisco! —dijo la mujer espantada por los malos modos del ejecutivo.

El vicepresidente no supo reaccionar ante la frase que acaba de escuchar.

—Sí, H-E-C-H-O U-N O-B-E-L-I-S-C-O —volvió a decir lentamente como si la primera vez no hubiera llegado a los oídos de Jaime Peñascal.

A mí me entró la risa. No quise sacarla del error. De hecho, hice hincapié en la frase.

—Sí, Jaime. Vas hecho un obelisco —solté mientras guiñaba un ojo a la secretaria.

—Jan, Paolo, regresad a la mesa —dijo Peñascal cerrándonos el paso y, ya que estaba, la puerta de la sala de juntas.

Valentino también había reaccionado. Tenía el teléfono en la mano.

—Puedo llamar al presidente Lapuerta y confirmarlo con él si queréis.

Paolo supo en ese momento que la negociación había terminado. Habíamos ganado. Lo noté en su mirada. Le conocía lo suficiente como para saber cuándo estaba cómodo e iba a apretar.

—Claro. Hazlo, presidente. Entonces Lapuerta sabrá que nuestra negociación aquí no ha ido bien y que queremos irnos con él.

Se lo contará a toda Barcelona entera —dijo Paolo devolviendo la amenaza e hizo un vaticinio—: Mañana será portada allí y habrá un incendio aquí. Bueno, el fuego quemará ya esta tarde.

De nuevo, silencio. Paolo iba a dar el golpe de gracia.

—Vas a pasar a la historia —soltó mientras se metía las manos en los bolsillos.

Entonces vi a Valentino derrotado. Ha sido la única vez que sentí que ese individuo, que se parecía a Peter Sellers, no me miraba desde arriba sino desde abajo.

Desde el temor por convertirse en el presidente que perdió a uno de los mejores jugadores que ha dado la cantera del Riviera C.

F. Vi en sus ojos un horizonte frío. Como si su castillo estuviera a punto de desmoronarse.

Si el equipo iba mal, el palco no se llenaría de poderosos y, si eso sucedía, él no podría hacer negocios y, si él no podía seguir haciendo negocios, perdería influencia.

Me quedé a ver cómo Paolo hacía su trabajo.

Era puro cine. Recuerdo ese día para olvidarme de los malos momentos.

Todo lo que pasó y cómo alcanzaba la cifra que pensábamos que era el mejor de los escenarios, la que teníamos por imposible.

Paolo estuvo inmenso. Lo cerró en diez minutos.

Solo quedaba redactar los contratos, que los equipos legales los revisaran y listo.

Sería jugador del Riviera prácticamente hasta que yo quisiese y me convertiría en uno de los jugadores mejor pagados del mundo.

Eso sí, Paolo se guardaba una cosa más para el final. Justo cuando íbamos a darnos el apretón de manos e inmortalizarlo con una foto para subirlo a las redes sociales del club, me preguntó por un compañero del equipo:

—Oye, Jan, ¿os han dicho ya cuándo vuelve Aguilora? Lo del cáncer lo tienen controlado, ¿no?

Entendí lo que quería hacer, así que volvimos a hacer un teatrillo. Guardé la mano para retrasar el apretón y la foto. Me puse serio.

—Está en remisión, sí, pero sin fecha de vuelta. El cáncer ya sabes cómo es… —dije dejando la respuesta en el aire.

—Peñascal, ¿cuándo termina contrato Aguilora? —preguntó Paolo al vicepresidente forofo.

—Pues este mes de junio, ¿verdad, presidente? —Peñascal trasladó el problema a un Valentino que vio venir la jugada.

El fotógrafo del club estaba esperando a que le diéramos el ok para inmortalizar el momento, pero se dio cuenta de que seguíamos negociando, así que bajó el objetivo de la cámara.

—Sí —contestó Ruigémez, contrariado y forzando una sonrisa—. Acaba este mes de junio, pero le vamos a renovar automáticamente dos años más. Mismo sueldo y mismo contrato hasta que vuelva y podamos verle en condiciones sobre el campo —dijo ofreciéndonos de nuevo la mano a Paolo y a mí.

Sonreí. Aguilora era jugador de la cantera como yo y también le representaba Paolo.

Aprovechando el momento, mi ídolo Paolo Suárez me había asegurado el futuro a mí y a un futbolista que, tras superar el cáncer, nunca sería el mismo pero que, gracias a su representante, disfrutaría de una carrera en el Riviera como suplente. Aunque no lo parezca, es mucho.

Salimos de la sala de juntas. Yo no sé cómo describirlo, Paolo siempre decía que aquella mañana íbamos flotando. Me acompañó hasta la puerta del vestuario. Nos fundimos en un abrazo. Creo que hasta lloramos. Fue una sensación deliciosa.

El día que firmé el contrato, quise celebrarlo con todo el mundo.

Primero con mis padres y Paolo. Comí con ellos y brindamos por nuestro futuro.

Luego, por la noche, invité a una fiesta a toda la plantilla.

Reservé toda la zona vip de una discoteca.

La gracia me salió cara pero, hostias, el contrato que acababa de firmar merecía una celebración por todo lo alto.

Estoy convencido de que Mezquita lo hubiera aprobado.

De mis compañeros vinieron todos menos el alemán, que no salía nunca.

Un tipo especial Bernd. Qué futbolista y qué mala leche.

Vino el que nunca pagaba nada, por supuesto, vinieron todos los brasileños aunque sin su séquito.

Para los no iniciados, he de decir que los jugadores profesionales solemos disponer de un grupo de gente a nuestro alrededor que son, como dirían en los libros de historia, nuestra ayuda de cámara.

Si juegas en un grande, ese séquito es grande.

Yo no tengo, la verdad. Paolo decía que era una gilipollez.

Mi padre decía que era tener cerca a gente que no te quiere.

Porque, ojo aquí, los del séquito, normalmente, no te dicen la verdad.

No suelen ser buenas influencias. En estos círculos se suele confundir amistades con séquito.

La fiesta estuvo genial. Nos reímos mucho. Celebramos lo mío y sirvió para que nos uniésemos más como equipo. Como dicen que emborracharse con tus compañeros estrecha lazos, podría decir que aquella noche nos hicimos todos íntimos.