Asegurar mi futuro
Asegurar mi futuro
Paolo decía que sentarse a una mesa a hablar de dinero con Valentino Ruigémez era una tortura.
El presidente del Riviera era un killer en los negocios inmobiliarios y bursátiles, un ingeniero metido a constructor.
Decían algunos que tenía más poder que el presidente del Gobierno, que podía influir en jueces, medios de comunicación, ministros…
Poca gente le negaba un favor o rechazaba una sugerencia suya.
También decían que pocos eran los que podían fardar de haberle ganado en una negociación.
En el mundo de las finanzas era temido y en el del fútbol también.
Valentino ya era presidente del Riviera cuando yo debuté.
Fue él quien firmó todos mis contratos y si siguiera vivo, estoy convencido de que me hubiera propuesto como embajador del club cuando dejase el fútbol.
Delante de la prensa decía que me quería como si fuera su hijo, pero, en realidad, siempre fui un dolor de huevos para él.
No creo que quisiera a ningún jugador. Nos veía como mercancía, que es lo que somos, pero normalmente la gente de este deporte disimula y no nos mira así. Al contrario.
Los futbolistas cobramos mucho dinero por algo relativamente sencillo pero que engancha.
Y mucho. Y por eso mueve millones. Valentino Ruigémez sabía del valor que poseía alguien que manejaba bien la pelotita y ganaba muchísima pasta con nosotros.
Conmigo sé que obtuvo millones. Por eso decía que me quería: adoraba el dinero que le hacía ganar.
En pleno parón de selecciones, nos dijeron que había muerto.
Un infarto mientras cenaba en su casa. Los jugadores del Riviera tuvimos que abandonar la concentración para acudir al entierro.
No me hizo mucha gracia porque jugábamos contra Inglaterra en Wembley.
Vale que era un amistoso, pero jugar en un sitio como aquel, me ponía mucho.
Mi temporada estaba siendo muy irregular por muchas cosas, sin embargo, el seleccionador me seguía convocando.
Luego, cosas de la vida, nunca pude volver.
Ni a Wembley ni con España. Fue la última vez que fui convocado.
Al poco del entierro, terminé la temporada un poco de aquella manera.
El verano fue un paréntesis borroso de islas, playas y barcos de amigos hasta que tuve que volver a entrenar.
El arranque de mi última temporada fue irregular, después me lesioné de gravedad y no volví a pisar un campo de fútbol como jugador.
Jaime Peñascal sucedió en el cargo a Ruigémez.
Fue el segundo presidente con que me tocó aguantar.
Si os soy sincero, ninguno de los dos me cayó bien nunca.
Valentino porque era ruin y Peñascal solo quería hacerse la foto.
Figurar o como dicen los antiguos «pintar la mona».
Con Peñascal traté poco la verdad, pero es de los que se les ve venir a la legua.
Sin embargo, Valentino era otra cosa. Más villano.
Paolo, con todo lo echado pa’lante que ha sido siempre, le tenía miedo.
Recuerdo que una vez llegó a apostar que nos acabaría mandando a alguien a casa para que nos matase.
Con veinticuatro años recién cumplidos, llegó la renovación clave de mi contrato.
Yo ya no era una promesa, era un valor seguro.
Acababa de ganar la Copa de Europa. La primera.
Estaba que la rompía. Internacional con España.
Todas las marcas me querían. Mi cara estaba en mil y una marquesinas anunciando cualquier cosa que se pudiera ocurrir.
Y en la tele, en las revistas y en los periódicos.
Hice incluso una cuña publicitaria para la radio anunciando no sé qué champú de huevo.
Salí elegido en el primer puesto de lo de «¿Con qué famoso se irían a tomar una caña?
». Me aplaudían en todos los campos, me invitaban a los Goya, a los preestrenos de las películas más importantes, a los programas de televisión con más audiencia…
vamos, que era una estrella de verdad, pero el contrato que tenía con el Riviera no decía nada de eso.
Como yo era de la cantera y quería al club como si fuera mío, Valentino se aprovechaba y, entre otras cosas, le daba largas a Paolo para sentarse a negociar la subida de sueldo.
Mi salario era bueno, lo sé, no vivo en un universo paralelo.
Bueno, sí, porque soy futbolista, pero no soy idiota y saltaba a la vista que lo que yo cobraba no se correspondía con lo que generaba dentro y fuera del campo.
Paolo y el propio Valentino lo sabían también.
Cuando finalmente se sentaron a negociar, las primeras cifras que proponía Paolo y las que contraofertaba Valentino no se acercaban ni en años ni en dinero.
Es lo habitual. Nunca, en la historia del fútbol, se han sentado las dos partes a hablar y tras la primera toma de contacto todo sale firmado. Nunca, repito.
Creo que fue en la cuarta cita cuando Paolo me hizo ir a la sala de juntas.
Las anteriores habían sido un uno contra uno entre él y Valentino, pero en esa había más gente.
Jaime Peñascal, el vicepresidente por entonces, le acompañaba y apostillaba todo lo que Valentino decía.
Complaciente con su amo. «Es cierto, presidente». «Toda la razón, presidente».
Paolo se sentía en inferioridad y tras un comentario del presidente apelando por enésima vez a que yo era un chico de la cantera, ejemplo para todos los jóvenes, y que no podía cobrar esas cifras exorbitantes de los internacionales, decidió que necesitaba refuerzos.
Valentino sacaba a relucir que se me veía mucho en las discotecas y que no podían subir mucho más, que aunque el mundo me tuviera como a un dios, el Riviera C.
F. no se iba a plegar a las exigencias de nadie, que por mucho que vendiésemos que yo era un ejemplo, Valentino decía conocer mi auténtica naturaleza.
Paolo entendió que Valentino quería devaluar la mercancía con ese tipo de comentarios y que no le terminaba de respetar.
El presidente del Rivera C. F. no respetaba a nadie.
Por eso cogió el móvil y me escribió un mensaje: «Sigue sin respetarnos. Sube a la sala de juntas, por favor».
Paolo sabía que aquel día entrenábamos en el estadio.
En cuanto leí su mensaje, subí sin duchar y vestido de futbolista, con las botas llenas de barro porque había llovido.
El escudo del Riviera en el lado izquierdo del pecho era lo único impoluto.
Las medias medio caídas, el pelo, largo y mojado, peinado hacia atrás.
Los pantalones eran una mezcla de colores entre el verde del césped, el marrón del barro y el blanco del uniforme.
Una imagen bastante potente, la verdad. La representación hollywoodiense del capitán del equipo ganador.
¿Lo hice a propósito? Por supuesto.
Valentino me parecía un ser despreciable que me faltaba al respeto con sus comentarios y con sus ofertas.
Yo era Jan Martínez, estrella del equipo que él presidía, segundo capitán y uno de los responsables de que el Rivera fuera campeón de Europa.
No hay nadie imprescindible, pero si me marchaba, era muy probable que el Riviera no ganase un título en mucho tiempo.
Como cualquier trabajador, iba a exigir lo que era mío, lo que me había ganado con mi esfuerzo.
Nunca olvidaré la mirada que me echó Valentino cuando aparecí en la sala.
Los tacos resonaban a cada paso. Solo le gustaba duchado y perfumado, en condiciones para la fotografía de rigor.
Jaime Peñascal estaba a su lado. Él sí que me miró con admiración.
En el fondo, Peñascal adoraba de verdad a los futbolistas.
Paolo también se volvió para mirarme. Estuvo a punto de descojonarse porque el aparecer vestido con el traje de faena fue una idea interesante.
«Mi chico tiene huevos» parecían decir sus ojos.
A Valentino mi aspecto no le impuso para nada. La puesta en escena le daba lo mismo. Para los que viven y piensan en números, la realidad es otra cosa. Pese a que me di cuenta, quise seguir con mi show, que soy yo muy artista.
—Presidente, buenos días —dije al cerrar la puerta de la sala de juntas—. Señor Peñascal, Paolo.
Me acerqué a Valentino, dejando que mis botas hicieran el estruendo que venían firmando desde que llegué a la planta noble.
Le di un abrazo envolvente, restregándole el sudor.
A Peñascal le cayó otro igual. Me disculpé por si les había manchado, aunque era evidente que me daba igual.
Luego fui junto a Paolo, le saludé con un beso y me senté a su lado.
El presidente me miró como si fuera vestido con el traje de chaqueta del club. Disimuló bien, pero yo sabía que mi saludo le había repugnado. Para él, casi todo el mundo era inferior, e imaginad si además iban sudados y llenos de mierda como yo.
—Creo que ha estado diciendo unas cosas muy feas sobre mí, presidente —abrí fuego sin perder tiempo.
Sin dejar de mirarme a los ojos, respondió que no, que él no decía cosas feas de mí. Aun sabiendo que yo sabía qué había dicho, se mantuvo firme en su postura firme.
—La oferta que te hacemos es muy generosa —prosiguió Valentino con un tono cercano al reproche—. Pasarás a ser el quinto mejor pagado de toda la plantilla, y con los bonus, podrías alcanzar el segundo puesto.
Paolo me miraba expectante porque la oferta era una falta de respeto dada mi hoja de servicio. Yo lo sabía, sin embargo, estaba bien escucharla de boca de Valentino. Todo lo que me había contado Paolo era verdad.
Decidí permanecer callado un instante. Quería ordenar bien las ideas para lo que iba a decir. Además, quería decirlo sin titubeos. Miré a Paolo y creo que supo lo que venía.
—Entonces nos vamos. Me queda un año de contrato. En Barcelona estaban pendientes de esta reunión —solté sin esperar reacción y a continuación me volví hacia Paolo—. Llámalos y diles que lo preparen todo.
Paolo aumentó el farol.