Estoy muerto y es culpa tuya Capítulo 10
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Capítulo 10

Las guardias eran un aspecto del periodismo que nadie explicaba.

El tiempo se sentaba a tu lado y te sugería que esperaras.

No iba a pasar nada, pero no te lo podías perder.

Tampoco debías abandonar esa posición porque, a lo mejor, pasaba «algo» en tu ausencia.

Y si eso sucedía, te podías dar por jodido.

Personal sanitario, policías y periodistas eran tres de los gremios más conocidos que las sufrían.

Hacer guardia no era una labor agradecida.

Curiosamente, en esas situaciones en las que no pasaba nada, parecía que el tiempo tampoco se movía, que incluso retrocedía.

Debías mantenerte alerta, pero a la vez había que hacer que los segundos corrieran.

Un equilibrio complicado. Lo peor de todo era que no sabías cuándo acabaría.

Dani estaba mentalizada de que iba a pasar el domingo junto al portal del piso de Jan Martínez por si, además de las declaraciones del representante, podía sacar algo más de información.

Para hablar con algún agente o portavoz del club que se acercase hasta allí.

Las preguntas las tenía en la cabeza. Directas pero sensibles para evitar problemas. Sin avasallar.

Cuando llevaba cinco horas de muerte en vida, Dani recibió una llamada de su jefa Anabel.

—Dani, te van a dar el relevo. No quiero que pases todo el día allí. Si habla alguien, va a decir lo mismo que te ha contado el representante.

—A lo mejor puedo intentar hablar con los vecinos o con la gente que andaba por aquí en el momento de… —su voz se apagó.

—De la hostia, sí —completó AG.

—O puedo intentar colarme por la zona del jardín a ver si encuentro algo —sugirió a la desesperada. Según lo dijo, a la propia Dani le pareció una idea estúpida.

—Eso solo pasa en las películas. Cuando llegue el relevo, te vas a la redacción y preparas un perfil del jugador además de buscar más información sobre el representante y la relación que tenían.

Dani se calló la verdad. La noche que conoció a Jan en aquel reservado hablaron largo y tendido y de cosas muy personales. Sin haberlo buscado, sabía muchas cosas de Jan.

—De acuerdo. Voy a hacer un par de llamadas para confirmar una historia porque creo que hay más alrededor de esto —dejó caer la nueva reportera.

—¿Tú crees? —preguntó sinceramente intrigada Anabel.

—Totalmente. Fíate de mí. Creo que es un suicidio, pero que no es el típico.

—Bueno, que se quite la vida un futbolista que ha triunfado, es famoso y al que, por muchas cosas regulares que hiciera, todo el mundo le tenía por un buen tipo no es típico. Es extravagante —sentenció la presentadora.

—E intrigante. Tengo un pálpito. Déjame hacer, Anabel. Por favor.

—Dani, llevas literalmente seis horas trabajando para mí. Bueno, si contamos el tiempo que estuviste en mi casa, ocho. Me gustas, pero creo que te estás montando una película.

—De las buenas. Te estoy pidiendo que me encargues del tema.

—Ya veo. En condiciones normales, lo haría otra persona. La que estás sustituyendo.

—Por eso lo tengo que hacer yo entonces —interrumpió Dani.

Anabel González sonrió al otro lado de la línea.

«La niña esta es lista. A ver por dónde sale».

—Tienes dos semanas. Ahora vente a la redacción y monta las piezas que te he dicho.

La llamada terminó. Dani se quedó mirando el teléfono.

Le tocaba demostrar que realmente tenía algo.

Algo aparte de cuatro verdades de una conversación nocturna, un pálpito y muchas ganas.

Miró a su cámara y le dijo que se iba. También buscó a Nel, pero no le vio cerca del corrillo, se había alejado mientras hablaba por el móvil.

Luego le llamaría porque seguro que él podía ayudarla con algunas cosas.

Incluso podía invitarle al programa o entrevistarle para que diera su visión de Jan como futbolista y como figura del deporte.

Se despidió del corrillo de periodistas mientras se acercaba a su relevo.

Se giró por última vez hacia el portal por si alguien salía a hacer declaraciones justo cuando se producía el cambio.

El redactor del programa que ocuparía su puesto escuchó cómo Dani le explicaba todo lo sucedido y lo que podía hacer mientras seguía de guardia.

Todo le pareció bien. Aceptó órdenes sin rechistar.

Como un buen soldado. En el periodismo hay dos tipos de reporteros.

Los dos válidos. Los que ejecutan y los que buscan.

Dani siempre había sido de los primeros porque no le dejaban buscar. Ahora podría ser lo que siempre quiso.

Buscó el coche del programa. Era el mismo que la había llevado hasta allí. Y el conductor también era el mismo. Sabía que se iba a marear, pero, en el fondo, le daba igual.