Capítulo 9
—Sois unos vampiros, foteros hijos de puta. Poco os pasa —masculló con furia.
Le gustaba usar aquella palabra para referirse a ellos.
«Foteros». Le sonaba despectiva. Y lo era.
A los propios fotógrafos, ese término no les gustaba.
Tampoco les gustaba a los periodistas que se les llamara «plumillas» ni a los realizadores de televisión que montaban las noticias o dirigían los programas «pegaplanos».
Los cámaras de televisión eran simplemente cámaras.
Paolo tenía claro el argot y lo usaba cuando tenía que hablar con ellos en ciertas situaciones.
Debía centrarse, tenía que hacer dos llamadas.
La primera iba a ser rápida. La segunda, desagradable.
Los flashes deslumbraban aunque fuera de día.
Aunque llevase las gafas de sol, molestaban.
No quería atropellar a nadie, así que se tomó con calma la salida de ese funesto escenario.
Una vez se hubo desmarcado de sus queridos foteros y alejado de allí, llamó a un periodista al que solía filtrar ciertas cosas cuando le convenía.
Era de los pocos a los que respetaba. Además, nunca le había engañado ni se la había jugado, era un tipo de fiar.
Paolo siempre se lamentaba de que todos los de su gremio no fueran como él.
Sin embargo, no iba a haber conversación. Solo un monólogo corto.
—Hola, José. Te he visto hace cinco minutos en el corrillo. Todo lo que he dicho es verdad. Es una investigación en curso. Lo que sí puedes negar cuando corresponda es que Jan no tenía problemas económicos. Y su casa estaba medio vacía porque se estaba mudando.
—Muy bien. ¿Algo más? Porque me ha dicho un pajarito que pensaba retirarse porque no era el mismo y tal —preguntó el periodista.
—No pensaba retirarse —mintió el representante.
Aunque no hubiese hablado con él del tema, que no lo había hecho, sabía perfectamente que no se iba a recuperar y que Jan jamás hubiera aceptado una cosa así.
—¿Cómo estás, Pablo? —se interesó el veterano informador.
—Pues hecho una mierda, cómo voy a estar. Mi chico ha muerto. Es probable que sea un suicidio. Y como vea que dices esto último públicamente, te corto las pelotas —amenazó Paolo.
—No hace falta que lo digas. En estos temas, ya sabes que soy muy serio y bajo ningún concepto diría nada que no sea verdad o que no esté contrastado. Además, no voy a joderte. Parece que no me conozcas, hombre.
—Llevas razón, José. Perdona. Esto es una mierda —se lamentó Paolo.
—Va a salir mucha mierda. Sea verdad o mentira —le previno Nel.
—Sí, pero de momento la única verdad contrastada es la que os he contado. Tengo que hacer una llamada. En unos días, hablaré con la inspectora de algunos temas. Ya te diré algo.
—No es obligatorio, ¿sabes?
—No sé si te llamaré en calidad de periodista o como consejero, ¿ok?
—Claro. Si necesitas algo, me dices.
—Ah, Nel. Otra cosa, no me llames Pablo. Ya nadie me llama así.
—Bueno, PABLO, yo seguiré llamándote como me salga de los cojones porque, primero, te conozco desde los catorce años, y segundo, porque así vuelves a ser tú de vez en cuando y no el gilipollas ese que representa a futbolistas, ¿ok?
Paolo Suárez, nacido Pablo y que se había cambiado el nombre porque pensaba que sonaba mejor, sonrió sin decir nada.
Apreciaba a José Nel. Fue de los pocos que siempre se acercó a él con buenas intenciones, le dio buenos consejos e intentó protegerle.
Trataba de ayudarle porque él había visto mucho ya de ese mundillo e intuía que Pablo andaba un poco perdido.
Por la diferencia de edad que había entre ellos, ejercía casi de un padre, porque Nel era, antes que periodista, buena persona.
Al principio, Paolo le escuchaba atentamente, pero cuando se hizo famoso dio de lado al que le decía las verdades.
El futbolista se creyó que lo sabía todo, pero con veinticinco años no sabía nada.
Solo después, cuando se lesionó y acabó su carrera como futbolista, entendió todo lo que José Nel le había contado.
Pero cuando eras jugador de un equipo como el Riviera, la nueva sensación del fútbol, nadabas en dinero…
pues no escuchabas más que a los embaucadores.
Suárez, una vez retirado, recuperó la relación que existía entre ellos. Nel era lo más parecido a un amigo que tenía y Paolo le apreciaba muchísimo.
—Un abrazo, plumilla.
Colgó el teléfono. El 4×4 enfilaba la carretera hacia el norte de Madrid.
Iba rapidísimo. Paolo Suárez quería llegar a su oficina cuanto antes.
Los domingos solo iban los de comunicación para revisar y recopilar todo lo que se decía sobre sus jugadores, pero todavía no habría nadie allí.
Mejor no tener testigos de lo que iba a pasar en su siguiente conversación. Iba a ser caliente.
«El hijo de puta del enchufado…».