Adiós, vida normal
Adiós, vida normal
Cuando yo llevaba ya seis años en el Riviera, Mezquita pasó de ser entrenador a jefe de todas las categorías inferiores del club.
Su ojo para detectar el talento siempre fue legendario.
Además, con unas pocas palabras era capaz de meter en vereda a cualquier jugador si se despistaba un poco.
Era el padre de todos los que íbamos a la ciudad deportiva y también de los padres de los futbolistas.
Procuraba educarlos en el proceso de ser el progenitor de alguien que podía triunfar (o no lograrlo).
A Mezquita no le gustaba nada que los representantes revolotearan alrededor de jugadores tan jóvenes, pero era el signo de los tiempos y decidió aceptarlo a su manera.
Gracias a su relación con los padres y los jugadores, podía intervenir si veía algo raro.
Él en persona se ocupaba de dar las noticias importantes, las buenas y las malas.
Sin embargo, cuando te llamaba al despacho, solía tratarse de las malas.
Las que estaban relacionadas con las no renovaciones de contratos.
O las reprimendas por actitud o porque no estabas entrenando bien.
Mezquita lo veía y sabía todo de cada jugador.
Era acojonante. Lo tenía todo absolutamente controlado.
Por eso me cagué cuando me llamó una noche y me dijo que me presentase en su despacho pronto la mañana siguiente.
Él solía estar allí a las siete, así que me tocaba madrugar.
Más de lo habitual. Mi padre al verme la cara tras la llamada se asustó también, pero no por el fútbol, sino por lo blanco que me quedé.
Me empezó a doler el estómago como nunca. No saber es lo peor del mundo.
En la cama, no podía parar de imaginar escenarios catastróficos: me echaban del club, no estaba contento con mi juego, no le gustaba mi trato con los compañeros…
Estaba tan nervioso que no pensaba con claridad, y además carecía por completo de confianza en mí mismo.
Los resultados de mi temporada estaban siendo muy buenos, me portaba bien, sacaba buenas notas en el instituto y era tercer capitán de mi equipo.
Me iban a convocar con la sub 19. Es cierto que me había teñido el pelo de rubio platino, pero no creía que me fuera a echar la bronca por eso.
O sí. No sé. Tenía diecisiete años, la edad de hacer esas gilipolleces, porque más tarde no las puedes hacer. O es ridículo.
Dormí fatal por culpa de los nervios. Cuando vi que amanecía, salí de la cama, me duché y fui a coger el metro.
El vagón estaba casi vacío. Así de pronto era.
La ciudad deportiva estaba vacía cuando llegué.
Solo un coche en el aparcamiento: el de Mezquita.
Subí a su despacho. Recuerdo perfectamente ese ventanal, desde ahí se veían varios campos.
Los del primer equipo, el segundo y el tercero.
Todos entrenábamos a la misma hora, así que él podía controlarnos a todos desde allí cada mañana.
Me recibió con una taza en la mano. Su primer café del día. Me ofreció uno al verme la cara.
—Has dormido poco, Jan. ¿Estás malo, hijo? —preguntó con cariño.
Negué.
—¿Entonces no quieres café? —volvió a preguntar.
—No, no. Digo, sí. Perdón —respondí.
Mezquita sacudió la cabeza porque no entendía nada.
—Digo que no estoy enfermo y que sí quiero café —aclaré un poco avergonzado.
Acababa de empezar a tomarlo. Mi madre decía que era muy joven pero, tras preguntarle al dietista del club, acabó permitiéndomelo.
—Ya decía yo —dijo con sorna mientras preparaba uno para mí.
Le encantaba vacilarnos. Tenía varias ventajas sobre nosotros: era el jefe de todos, su voz profunda y el respeto reverencial que le teníamos. Así que si quería reírse de ti, lo tenía fácil. Era maravilloso. Ahora lo recuerdo con cariño, pero, en su momento, me imponía mucho.
Con la taza humeando entre las manos, decidí esperar a que se sentase para preguntarle por qué me había convocado. Pero Mezquita no se sentó, se puso a mirar los campos desde el ventanal.
—No bebas todavía que está muy caliente —dijo como si tuviera ojos en la nuca.
Bajé la taza.
—Tienes mala cara porque no sabes por qué te he llamado. —Mezquita seguía de espaldas.
Yo no respondí. Se me aceleró aún más el corazón.
—Sopla el café —sugirió.
Lo hice con tanta fuerza que casi saqué la mitad fuera. Con el primer sorbo estuve a punto de abrasarme. Disimulé, pero Mezquita se había dado la vuelta y me vio la cara y los colores.
—Jan, hoy es un día muy importante para ti —comenzó.
Otro acelerón para mi patata.
—Tu vida va a cambiar y deseo que sea para bien. Es un nuevo comienzo para ti —dijo Mezquita con la vista perdida en la taza.
«Ya está. Nuevo comienzo. Me dan la patada. Adiós, Jan».
Silencio. Me miró a los ojos muy serio.
Yo sudaba como si estuviera jugando un partido en agosto a las cuatro de la tarde. No me había quitado el plumas ni nada de los nervios. El sorbo al café hirviendo no ayudó tampoco.
—Hoy entrenarás con el primer equipo. El míster quiere verte de cerca y con los mayores. Me pidió informes hace un mes. No te voy a decir lo que le comenté. No hace falta. Solo te voy a pedir una cosa: sé tú mismo. —Sonrió esperando una reacción.
Estaba helado. Ni sudor. Ni café. Nada. En shock. De los buenos. No me lo podía creer. La cabeza iba a mil. Pensaba muchas cosas al mismo tiempo. Feliz. Pero en la cara, ni un gesto.
—¡Jan! —me llamó Mezquita, preocupado, para sacarme del trance.
Parpadeé y quise decir algo, pero las palabras no me salían.
—Joder, chico. ¡Qué susto! Pensaba que te había dado un derrame o algo, ¿has entendido lo que te acabo de decir?
Se me desbloqueó el cerebro y la sonrisa que tenía dibujada en la cara era la respuesta perfecta.
—Ser yo mismo —dije por fin.
Mezquita sonrió también.
—Con eso creo que iremos bien. No puedes querer ser otro, tienes que ser Jan Martínez. El míster te va a poner en tu posición, así que solo tienes que jugar como sabes.
Dejé la taza y me abalancé sobre Mezquita. No sé cuántas veces dije «gracias». ¿Cien? A cada intento de quitarme de encima, yo le apretaba más sin dejar de repetir «gracias».
—Como no me sueltes, le digo a Vicente que no entrenas —amenazó.
No le gustaban las muestras de cariño efusivas y creo que ningún jugador le había abrazado así en su vida. Yo seguía sonriendo.
—Voy a acompañarte al vestuario y te presento a tus compañeros, ¿entendido?
Asentí. Aunque ya los conocía de verlos por allí porque entrenaban junto a nuestro campo. Pero ese día sería distinto.
—Te voy a hacer una advertencia para que no te pille por sorpresa: el vestuario de un equipo profesional no es igual al tuyo de ahora. Y el vestuario del Riviera no es igual a ningún vestuario profesional. Nuestra historia es distinta.
Recuerdo perfectamente cada palabra que dijo después sobre ser jugador de fútbol profesional y lo que implicaba llevar el escudo.
—Los presidentes no son importantes. Esos solo quieren salir en la foto y hacer negocios. Lo que pasa a la historia son los títulos y los jugadores que ayudan a ganarlos. Si quieres ser leyenda, tienes que ganar.
Fue la mejor charla que me han dado en mi vida. De largo.
—Como tenemos tiempo hasta que empiece la sesión, vamos a repasar la plantilla del primer equipo, para que sepas quiénes serán tus compañeros.
Me hizo una disección increíble de cada jugador, sus virtudes, sus defectos y su carácter personal. A quién debía acercarme, a quién no. Cómo hablar a cada uno.
—El capitán es quien manda. Le quedan tres años buenos. Tú tienes que aprender de él todo. Cómo habla a los jugadores entrenando y en los partidos, a los árbitros, con la prensa, cómo actúa cuando está el presidente, cómo trata a los aficionados…
»Por tu posición, debes entenderte con los que meten los goles. Y esos, si les das la pelota cuando debes, como sabes y haces siempre, te van a adorar. Si los goleadores están contentos, tú vas a ser la estrella.
»Si ves que alguno va con más sueño que tú hoy, ni te acerques. Eso quiere decir que ha salido la noche anterior. Si repiten la misma semana, debes tenerlos más lejos todavía. Y sí, saldrás alguna vez, pero no hagas como ellos. Si lo haces, no triunfarás. Nosotros nos enteramos de todo.
»No quieras jugar para la grada. Te van a insultar, te van a amar, pero no puedes jugar pensando en si te van a aplaudir o no. Solo juega. Sé tú mismo. Si has llegado hasta aquí es por algo. Juegas para que ellos sean felices, pero no juegas por ellos, juegas para ser feliz.
»Ah, y una cosa más: haz que tus padres se sientan orgullosos. Los padres son los que nos mantienen cuerdos, los que nos hacen ser buena persona. Tú has tenido suerte porque, además, saben quitarte la tontería de encima.