Estoy muerto y es culpa tuya Capítulo 8
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Capítulo 8

El coche del programa dio un frenazo lo suficientemente fuerte como para que la gente que rodeaba el portal se diera la vuelta pensando que había habido un accidente.

Según se abría la puerta, un «joder» con todas las erres posibles emergió del habitáculo.

Dani se bajó tan apresurada del coche que se le revolvió el pelo y se le cayó el bolso.

El cámara hizo lo propio con todos sus bártulos por la otra puerta con la misma premura. Habían llegado los últimos.

—Puto conductor de los cojones. Siempre se pierde el muy anormal —dijo el cámara mientras alcanzaba a Dani, que ya enfilaba hacia el corrillo de micros.

No contestó en voz alta porque estaba concentrada en acceder a la zona donde los reporteros esperaban las declaraciones de alguien. Mientras pedía disculpas a otros cámaras, Jorge miró a su nueva reportera y le hizo un comentario delante de todos de lo más desafortunado:

—Niña, si te metes en plano, tenemos lío.

Fue el tono protector lo que repateó a Dani.

—No vuelvas a llamarme niña o te tiro el micro a la cabeza. Ya sé dónde ponerme. Gracias —contestó Dani al segundo.

Esa respuesta hizo que todo el corrillo se diera media vuelta para mirar a la nueva reportera del programa de Anabel González con una mezcla de respeto y sorpresa.

Dani siempre había tenido que soportar ese tipo de comentarios condescendientes.

Su físico casi de modelo invitaba a seres como Jorge a pensar que era débil y estúpida.

Ella, harta de tener que demostrar que no era estúpida, comprendió, a base de malas experiencias, que tenía que marcar rápido el territorio.

Además de su respuesta, le lanzó una mirada llena de fuego.

El cámara hizo un gesto a modo de disculpa.

«Ya has captado el mensaje».

—Disculpad. —Dani se dirigía al corrillo de redactores que estaban delante de las cámaras.

Los más veteranos sonrieron. Ellos también habían captado el mensaje. Algunos ya habían coincidido con ella. Los que tenían menos horas de vuelo y no la conocían optaron por la indiferencia y por evitar cederle una posición cómoda.

Los corrillos de prensa, los «canutazos» que se llamaban en el mundillo en honor a la forma de los micrófonos de antes, se producían cuando había un protagonista que iba a atender a varios medios a la vez en una rueda de prensa improvisada.

Todos los micrófonos formaban una especie de collar en torno a la persona que hacía las declaraciones, la típica imagen que luego se veía en todos los informativos.

Había dos tipos de canutazos: el primero, donde nadie cedía un centímetro.

Si llegabas tarde, te jodías y te aguantabas.

Nada de solidaridad. El segundo, todo lo contrario.

Todos cedían espacio, aunque fuera mínimo.

Al final, no había exclusiva. Si todos los medios estaban presentes, ¿para qué discutir? Todos iban a tener lo mismo.

Cada corrillo dependía, esencialmente, de los profesionales que lo componían.

Si había buenas personas, es decir, buenos compañeros, el corrillo era del segundo tipo.

Si había mucho gilipollas, entonces era del primero.

Por suerte para Dani y su cámara, era uno de buena gente: los otros cámaras le dejaron espacio a Jorge y Dani logró acceder a un lugar donde podía sujetar el micro en condiciones.

No era el más cómodo como es lógico, pero no había llegado la primera e iba a disfrutar de una posición de privilegio.

Eso sí, había una cosa que no cambiaba ni con el paso de los años, la evolución de la tecnología ni la nacionalidad del informador: si no había nadie dirigiendo, no había un orden para preguntar.

Ahí no había nadie, así que todo dependía de ser más rápido que el resto para poder lanzar las cuestiones. Era una ley no escrita.

—¿Todo ok, Jorge? —preguntó Dani con un tono más suave mirando hacia atrás.

—Controlado. —El cámara sonrió y gesticuló un «perdona» que hizo sonreír a Dani. Todo solucionado.

Una vez colocados en sus puestos, Dani pudo bajar revoluciones y empezar a ordenar las ideas.

Llevaba una libreta pequeña, un Pilot azul y el micro debajo de la axila.

Se puso a escribir los datos que había leído de camino hasta allí pero que no había podido apuntar porque el conductor del que se quejaba Jorge era brusco como pocos.

Jan Martínez. Riviera. Treinta y tres años. Caída desde un noveno. Solo en casa. No familia. Lesionado de gravedad desde hace poco tiempo. Sin fecha de vuelta al fútbol. Paolo Suárez es su representante.

—¿Se sabe si va a hablar alguien? —preguntó en voz alta esperando respuesta de alguno de los periodistas.

—Nos han dicho que su representante está arriba. En teoría, se parará. Pero ya sabes cómo es esto, Dani —le respondió con una sonrisa José Nel, un veterano que conocía a Dani de cuando fue becaria en Radio Nacional de España.

—Gracias, José —contestó Dani.

Nel fue uno de los pocos de aquella redacción que la trató como una periodista durante las prácticas y no como a una niña tonta.

—¿Dónde andas ahora? No veo de qué es el micro —continuó Nel la conversación con ocho personas entre ellos.

—Pues me han contratado en el programa de Anabel González.

—Muy bien. Ahora me cuentas —cerró el reportero volviendo la cabeza en dirección al portal.

Parecía que había movimiento. Iba a salir alguien. Los policías que contenían el corrillo empezaron a pedir a la prensa que se echase hacia atrás para dejar salir.

—Por favor, muévanse —dijo el agente más joven de los que estaba allí.

Todos retrocedieron dos pasos cuando Paolo Suárez hizo ademán de abrir el portón.

El mánager traspasó el umbral y vio a sus «amigos» de la información.

Se paró, se puso las gafas de sol e hizo un gesto con las manos para tranquilizarlos.

Algunos ya habían empezado a lanzar preguntas porque se temían que el protagonista se fuera sin decir nada.

—Tranquilos, por favor. Voy a hablar —suplicó Paolo mientras se acercaba a la línea imaginaria que marcaba el principio del corrillo.

Se escuchó uno de los must de los corrillos justo antes de que el protagonista hablara.

El «Cuidado las cabezas, por favor» era un clásico.

Había muchas reglas en el periodismo y cada escenario tenía a su vez reglas específicas.

Era una matrioshka de manuales de conducta que unas veces se seguían y otras no.

El representante, cuando todos estuvieron preparados, empezó a hablar al borde del llanto.

—Lo de hoy ha sido un acontecimiento desgraciado.

Para mí porque Jan era como de la familia, para el mundo del fútbol porque se va uno de los mejores jugadores de los últimos quince años, para el Riviera C.

F. porque pierde a uno de sus estandartes y para nuestro país porque Jan siempre fue un ejemplo. Para lo bueno y para lo malo.

Uno de los periodistas más jóvenes no quiso esperar a que terminase su declaración y cortó a Paolo Suárez con una pregunta:

—¿Se ha suicidado?

La interrupción y la pregunta hicieron que Suárez torciera el gesto.

Le había dolido como una puñalada en el corazón.

Todos se quedaron mirando al joven. No era el momento de hacer esa pregunta.

Se produjo un instante de incomodidad absoluta.

Paolo Suárez estuvo tentado de marcharse.

Dani detectó sus intenciones y se erigió portavoz.

—Discúlpenos, señor Suárez. Estamos todos muy afectados por la noticia —dijo usando un tono de lo más conciliador. Sus palabras sonaron sinceras porque lo eran.

Paolo Suárez asintió agradecido, se recompuso y prosiguió con su declaración.

—En las próximas horas, el Riviera C. F.

comunicará a través de sus canales oficiales todo lo que se sabe en relación con la muerte de Jan.

Dadas las circunstancias, no puedo dar más detalles.

La policía, aquí presente, está trabajando para esclarecer lo sucedido en esta fatídica mañana.

No puedo daros más información —concluyó el representante.

Dani, al ver la angustia en el rostro del representante, recurrió otra vez a un tono sincero.

—¿Usted cómo se encuentra?

Paolo se quedó paralizado.

—Es el peor día de mi vida. Gracias por preguntar —se despidió el mánager mientras dos policías le escoltaban hasta su 4×4 que estaba cerca del corrillo.

Nadie le siguió. Todos los periodistas comprendieron que no habría más declaraciones. Cuando bajaron los micros, la voz cavernosa de José Nel voló hacia al chico que había preguntado antes de tiempo.

—Chaval, ¿eres idiota o qué te pasa? ¿No ves que el hombre estaba a punto de llorar y era una declaración sin preguntas? Menudo gilipollas eres —señaló el veterano. Sus palabras fueron como una bofetada.

El chico, todavía avergonzado por su mal timing e intimidado por las miradas de todos los periodistas, bajó la cabeza. Quiso disculparse en un susurro, pero Nel no le dejó.

—En estas situaciones hay que dejar hablar al protagonista. Bastante que se ha parado a decirnos algo. Por mucho que en tu programa te pidan titulares, antes que periodistas somos personas. Y si tu jefe te dice que por qué no preguntaste más, le dices que me llame, que tiene mi teléfono.

El resto de los periodistas callaban y asentían.

Nel era de los más respetados y sin duda el más veterano.

Su momento pasó hace años, pero seguía siendo uno de los mejores en lo suyo y en la profesión se le respetaba.

Nunca llegó a jefe porque se negó a bailar al son de los poderosos, a ser complaciente y a vender su alma.

Por eso le respetaban. Por eso y porque era un gran profesional.

—Menos mal que Dani le ha hecho una pregunta amable para que se quedase —miró hacia la reportera del programa de Anabel— que si no, nos quedamos sin la única declaración que vamos a tener en todo el día.

Todos se giraron hacia ella. Gesto de aprobación del corrillo. Jorge gritó un «Bien hecho, niña» que hizo que todos empezaran a reírse. Dani también. Eso sí, Jorge se llevó una peineta de su redactora.