Estoy muerto y es culpa tuya Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

La inspectora se apartó a un lado y se puso a buscar en el móvil el precio del cuadro. Valía casi cuatro millones de euros.

«Siendo un futbolista de estos, el dinero no era un problema. Pero ¿a los futbolistas les interesa el arte?».

El representante seguía mirando la pared desnuda.

—El otro cuadro era una fotografía. Una original de no sé quién. Sale un cowboy que parece de película. Valía menos que el cuadro. Pero tampoco había mucha diferencia en el precio. Jan nunca me dijo lo que le costaron. El asesor me comentó que era una buena inversión y que no me preocupara.

—Entonces el dinero no era un problema para Jan —comentó la inspectora esperando una respuesta complementaria.

—No, para nada. Jan había ganado dinero para diez vidas. Invirtió bien lo que conseguido y le sobraba para gastar en sus cosas, aunque fuese futbolista.

—¿Qué quiere decir, señor Suárez?

—A ver, los futbolistas gastan el dinero en cualquier cosa. ¿Una camiseta blanca de algodón? Pues la más cara y de marca. Por poner un ejemplo.

—Entiendo —asintió Rodríguez.

—Lo que quiero decir es que el dinero que tenía Jan para esas chorradas era más del que, con todo mi respeto, ganará usted en toda su vida. Y del que ganen estos agentes juntos.

La inspectora se mantenía imperturbable.

—¿Entonces Jan no tenía problemas económicos? Le pregunto esto porque viendo las circunstancias de su fallecimiento y el estado del piso… —la voz de la inspectora fue perdiendo fuerza con la esperanza de que Paolo Suárez completase la frase.

—Que yo sepa no. Y si hubiera tenido algún problema económico, nuestro asesor me hubiera avisado —dijo con firmeza el mánager, como queriendo quitarse culpa de algo.

La inspectora le hizo un gesto con la mano para que la acompañase hacia otra estancia del piso. Cerca de la salida a la terraza había una pared llena de fotografías. Paolo reconoció rápido una en la que salían los dos muy felices. La señaló.

—Es de cuando ganó su primera Copa de Europa. Lo pasamos muy bien. También era mi primera Copa de Europa. Lo celebramos bien. —Paolo sonrió sin darse cuenta al contar aquel recuerdo.

—Me he percatado de que prácticamente no hay fotos con la familia o amigos, la mayoría de las fotos son jugando —señaló la inspectora.

—Sí. Si lo necesita, puedo decirle qué partidos son. No sé si serviría para la investigación, pero puedo hacerlo. Tengo buena memoria.

—No será necesario, señor Suárez. De todos modos, me gustaría seguir charlando con usted en un lugar más tranquilo, cuando las emociones se hayan enfriado un poco. —A la inspectora Rodríguez no se le había escapado que el representante había obviado su comentario sobre las fotos.

—Por supuesto. Ya tiene mi móvil. Llámeme cuando quiera. Si no contesto al momento, lo haré después. Siempre lo hago.

—Me alegra saberlo. Especialmente tratándose de una persona tan ocupada como usted…

—En absoluto, y menos para este tema. Una cosa más. Querría saber qué va a pasar ahora. Por preparar el terreno con la prensa, con el club. La muerte de Jan acarrea muchas cosas. Para el fútbol y mi negocio.

A la inspectora le molestaron la pregunta y el tono con que la hizo.

El hombre que tenía delante estaba afectado y al borde del llanto por la muerte de alguien que parecía ser algo más que un cliente y, aun así, era capaz de pensar en su negocio.

Pese a los años que llevaba en la policía, seguía sin comprender cómo el ser humano era capaz de cambiar tan rápido de plano.

—Pues mire, señor Suárez. Ahora lo que toca es seguir investigando —le respondió sin ocultar la repulsa que le provocaba el requerimiento—.

Hay que confirmar que se trata de un suicidio.

Como podrá entender, al ser un proceso policial, no puedo revelarle nada.

Me pondré en contacto con usted para seguir hablando sobre Jan.

Me gustaría examinar el estado de las cuentas de su cliente y también necesitamos contactar con el círculo cercano de amistades.

Ya sabemos que no tenía familia, pareja ni hijos. ¿Es correcto?

La sequedad de la inspectora incomodó a Paolo, pero rápidamente se dio cuenta de lo inapropiado de su último comentario.

Le salía de manera automática. Negociar con auténticos tiburones había transformado su forma de hablar.

En ocasiones, cuando la tensión era alta, hablaba así de mal.

Quiso exagerar el tono de disculpa en la respuesta.

Una sinceridad teatralizada. La había practicado millones de veces delante de exparejas, clientes, periodistas, amigos, etcétera.

—Sí. Quizá la persona más cercana a Jan era yo.

Su círculo de amistades nunca fue muy estrecho.

Tenía unos cuantos amigos del barrio de toda la vida, pero el resto eran relaciones de profesión y el entorno.

—Paolo hizo una pausa y tragó saliva—. Le pido perdón por lo de antes.

Son los nervios. Todo esto es muy duro para mí.

Cuando subía, he visto que llegaba la prensa y el mero hecho de tener que contestarles…

—Sus palabras se apagaron al tiempo que clavó la mirada en el suelo.

«Un lamento de manual de buen actor», pensó la inspectora Rodríguez. Aunque percibía que había algo de verdad.

—No tiene por qué. Pase de largo —sugirió la policía.

—¿Cómo voy a hacer eso? Jan era mi chico y si no hablo, la prensa empezará a elucubrar, a decir tonterías, mentiras que nos pueden afectar a todos y desestabilizar al club.

—Y a sus negocios —interrumpió Rodríguez.

Suárez no supo qué decir. Se sintió como cuando su madre le pilló fumando en la puerta del colegio.

—No quería parecer insensible —se disculpó de nuevo.

—No lo parece, creo que lo es, y que además le dominan la situación y el personaje.

Una vez más, Paolo se quedó sin palabras. Para rebajar la tensión, la inspectora le invitó a salir a la terraza a que le diera el aire. Ella volvió a quedarse prendada de las vistas y, como si el mánager le hubiese leído la mente, empezó a hablar de nuevo.

—Las vistas son lo que más me gusta del piso. A Jan le encantaban también. Decía que desayunar aquí era uno de sus momentos favoritos del día. Se compró el piso por la luz que tiene y para poder tomarse un café mirando a la sierra.

—Tenía buen gusto.

—Sí, la verdad es que sí. Mi chico era genial —volvió a sonreír.

«Ahora vuelve a ser humano de nuevo», observó Rodríguez.

—De verdad que no entiendo por qué ha pasado esto, inspectora. Vale que los últimos meses su vida se había complicado mucho. Que bebía. La última lesión le había quitado lo poco de fútbol que le quedaba y la gente solo se acordaba del último partido que jugó.

—Mis compañeros dicen que se salió, que metió tres goles y se lesionó.

—Estaba en la camilla y los aplausos le ayudaron a levantarse. Abandonó del campo cojeando, pero con una ovación descomunal.

—Entonces fue una gran despedida —comentó la inspectora.

—Nadie sabía que era una despedida. Creo que solo él. Y quizá yo.

—¿Cómo que usted también? —preguntó intrigada la inspectora.

Sonrió irónico.

—El gesto que hizo con la rodilla fue muy parecido al que hice yo cuando me lesioné.

No volví a jugar nunca. Jan sabía que lo que tenía era muy gordo y que, aunque se recuperara, no sería el mismo.

Jan no hubiera querido jugar así. Mi chico amaba demasiado el fútbol como para faltarle al respeto jugándolo mal. O lo que él consideraba hacerlo mal.

—Entiendo.

La inspectora empezaba a comprender al representante y los códigos que le unían a Jan. O se los imaginaba. Se dio cuenta de que Paolo no sabía nada de las intenciones de Jan de viajar a Finlandia.

«Se lo calló todo».

—Pero no habíamos hablado en serio de ese tema. Ni entre nosotros ni con el club. Y dudo que lo consultase con alguien —dijo Suárez dejando caer que Jan apenas tenía apoyos de confianza.

Tras unos minutos en silencio, el mánager dio por concluida la visita y la charla.

—Inspectora Rodríguez, tiene mi número. Si le parece bien, contactaré con usted cuanto antes para tomar un café. Le llevaré la información económica y todo lo que pueda serle de utilidad —dijo con firmeza y mirándola a los ojos.

—Me parece correcto —zanjó ella. Luego, le hizo un gesto para volver dentro.

Antes de enfilar la salida, el representante volvió a mirar la fotografía en la que aparecían Jan y él celebrando la Copa de Europa.

—¿Me la puedo llevar? No la tengo y creo que es el mejor momento que vivimos juntos. El más feliz.

—Lo siento, no es posible. La investigación está en curso. Más adelante no creo que haya problema, pero de momento se queda aquí.

Paolo Suárez asintió. Se dieron un apretón de manos de despedida. La inspectora vio al representante irse en el ascensor con un agente. Con los brazos en la cintura y sin mirar a nadie en concreto preguntó en voz alta:

—¿Sabemos si abajo hay ya mucha prensa?

Una voz desde la cocina respondió que sí. Que la entrada estaba llena.

«Pues menuda le espera al mánager».