Estoy muerto y es culpa tuya Capítulo 7
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Capítulo 7

No podía apartar la mirada del salpicadero.

Estaba completamente disociado. Congelado en el sitio.

Pero su cabeza iba a mil por hora dando vueltas en torno a una misma pregunta sin respuesta.

«¿Por qué? Vale, estaba triste porque no volvería a ser el mismo jugador, pero de ahí a matarse, joder.

¿Acaso no quería recuperarse, vivir la vida? ».

Respiraba hondo para bajar las pulsaciones.

Cerró los ojos para olvidarse de todo. Se lo había recomendado un entrenador que tuvo.

Nunca le había funcionado. Esa vez fue la primera en que sirvió para algo.

Paolo Suárez tenía fama de ser inalterable en las reuniones, un témpano de hielo.

Ese día no. Tras esa llamada, no era él.

Entreabrió los ojos tras notar que el corazón ya no amagaba con salírsele de pecho.

Tenía que ir a casa de Jan. Sabía que ese por qué le iba a acompañar lo que le quedaba de vida.

La policía no iba a responder a esa pregunta.

Nadie podía meterse en la cabeza de un muerto.

Nadie podía saber por qué. Quizá se podía imaginar o dibujar un esquema, pero saberlo al cien por cien era imposible.

Paolo conocía a Jan desde el día que lo ficharon a los once años y nunca hubiera apostado porque su jugador decidiera eso.

Se puso a llorar otra vez. Le dolía el alma, se sentía culpable.

Lo era. De una manera indirecta había abandonado a su chico.

Al primer cliente que había tenido. No le protegió como debía.

No le apoyó lo suficiente cuando lo de sus padres.

Jan cometió el mismo error que había cometido él cuando todavía jugaba.

La fama y el dinero traían demonios, Paolo los conocía bien.

Le advirtió, pero esos villanos siempre acechaban.

En cuanto disponían de media oportunidad, ya los tenías susurrándote al oído.

Él había prometido proteger a los suyos y su ego le hizo olvidarse de su primer propósito cuando decidió hacerse representante: «Que no les pase como a mí».

Ahora se daba cuenta. Sus lágrimas pesaban toneladas. El llanto le estrangulaba la garganta.

—Le ha pasado algo peor que mí —dijo Paolo en voz alta dentro del coche—. Eres un desgraciado, Paolo… Está muerto por mi culpa —se lamentó mientras se sonaba los mocos porque le faltaba el aire de lo mucho que lloraba.

Encendió el motor del 4×4. Se incorporó sin mirar y acelerando.

Le daba igual el mundo. La neblina mental se fue dispersando a medida que el coche comía kilómetros.

Paolo empezó a comprender lo que se le venía encima.

Lo que podía llegar a suponer para él y para el negocio.

Él mismo rechazó el pensamiento sobre su empresa de representación.

Lo que importaba era que su chico Jan había muerto. Todo lo demás era secundario.

—Lo demás no importa, Paolo —se repetía.

Claxon al de delante.

—Que le den por culo a la empresa. Jan ha muerto, joder —dijo gritando.

Cuando se estaba acercando a la zona residencial de su representado, desbloqueó el móvil para llamar a la inspectora. Debía comunicarle que estaba llegando para que le dejasen acceder al piso. Al segundo tono, Rodríguez contestó.

—Sí, señor Suárez, dígame.

—Estoy llegando. ¿Hay mucha gente? —preguntó Paolo.

—Solo los cotillas. La prensa no ha llegado, pero debe estar a punto de hacerlo. Venga rápido.

—Ya veo las luces de los coches patrulla.

Paolo aparcó junto al coche de policía. Según se bajaba, apareció un agente para pedirle que moviera el vehículo, pero le reconoció al instante y abortó la orden.

—Señor, Suárez, acompáñeme —solicitó el policía—. La inspectora le espera en el piso del fallecido.

—Jan —respondió el mánager.

—Ya, señor, pero no podemos decir el nombre del fallecido por protocolo —se excusó el policía.

Mientras andaban hacia el portal, Paolo vio cómo levantaban del asfalto el cuerpo cubierto por una manta térmica y lo metían en una furgoneta del instituto forense. Paolo se quedó parado viendo la escena. Otra vez, un escalofrío. Otra vez, la culpa.

«Adiós, mi chico».

Miró hacia el piso de Jan. Le pareció que estaba altísimo, rozando el cielo.

—Señor, Suárez, por favor —solicitó el agente indicándole con la mano que entrara en el portal.

Justo cuando el portón al exterior se estaba cerrando, escuchó a otro policía anunciar que tenían visita.

—Ya están aquí los de la prensa.

—Vaya timing —bromeó el agente.

No recibió respuesta de un Paolo que sabía que al salir, tendría que atravesar la maraña de periodistas que querrían saber qué había pasado.

Cuando entraron al ascensor, respiró intentando calmarse.

Desde su época de jugador, reaccionaba de manera irracional ante los periodistas.

Sentía que siempre le habían perseguido y nunca habían sido justos con él.

Le recomendaron tratar esa especie de psicosis con un terapeuta, pero él lo rechazó. Eran otros tiempos.

—HIJOS DE LA GRAN PUTA. CAbrONES. BASURA DE HOSPITAL. ¡Sois cucarachas! —gritó el mánager incapaz de contenerse y pillando a contrapié al policía que no supo cómo reaccionar porque no esperaba esa salida de Paolo Suárez.

Paolo se notaba tenso. La noticia pesaba y su cuerpo era una contractura.

La noticia había tenido una respuesta física implacable.

En menos de una hora, Suárez sentía que no podía mover el cuello con normalidad, le dolía la espalda y tenía las piernas agarrotadas, como si hubiera jugado dos partidos en tres días. Como cuando era profesional.

La puerta del ascensor se abrió y a Paolo le recorrió un nuevo escalofrío.

Sintió una presencia junto a él. Las sienes se le pusieron duras como una roca.

Llevaba meses sin aparecer por allí. Junto a la puerta, los esperaba la inspectora Rodríguez.

Se quedaron en el umbral, pero se veía todo el interior.

Le ofreció la mano a modo de saludo. Paolo había realizado este gesto millones de veces, pero sabía que esa la iba a recordar.

Por las circunstancias y por la mirada de la inspectora.

Bueno, también porque estaba completamente abrumado.

Al fondo se veía la terraza desde donde había saltado Jan.

El representante vio a varios agentes analizando el salón.

—Señor Suárez, le acompaño en el sentimiento —abrió el diálogo la inspectora.

Paolo estaba absorto en la escena que tenía ante sí. No podía apartar la mirada del salón y la terraza. Tuvo un flashazo de cuando Jan y él fueron a verlo. Al futbolista le encantó la luz, la misma luz que en ese momento acariciaba una estancia llena de muerte.

—¿Señor Suárez? ¿Se encuentra bien? —la inspectora apoyó la mano en el hombro de Paolo para sacarle de su ensimismamiento.

—Disculpe, inspectora. Todo esto me tiene…

No acabó la frase porque las lágrimas volvían a amenazar.

—Lo entiendo. Le he pedido que viniera porque, revisando las fotos —señala la pared— me ha parecido que usted era la persona más cercana al fallecido.

Es quien más sale y desde hace más tiempo.

Además, al ser su representante, confiaba en que usted podría decirnos si falta algo en el piso o si ve algo fuera de lugar.

—¿Perdón? —la petición sorprendió a Paolo.

—Sí. En este tipo de casos, aunque haya indicios de suicidio, no debemos descartar ninguna posibilidad: robo, forcejeo y caída, alguien empujando a otra persona… No sé si me sigue.

—Claro. Perdone. Todo esto me está superando, la verdad —admitió Paolo—. ¿Puedo saber qué tienen hasta ahora?

—No puedo decirle mucho por ser una investigación en curso.

—La inspectora sacó una pequeña libreta y empezó a leer—.

Hasta el momento sabemos que a primera hora de la mañana, Jan Martínez se precipitó desde esta terraza al asfalto y murió en el acto.

Sobre la mesa había un vaso semivacío que contenía whisky y en el cenicero, un cigarrillo consumido.

Vamos a analizar el contenido del vaso, pero todo apunta a lo dicho antes.

Como si no hubiera escuchado lo que le había relatado, Paolo Suárez cortó la explicación.

—La casa está vacía, inspectora —dijo sin ocultar su desconcierto.

—Sí. Un sofá, una mesa, la cama y poco más.

—Hace cuatro meses esta casa era otra cosa.

La inspectora abrió los ojos.

—¿Qué quiere decir?

—Pues que este piso tenía muebles. —Paolo entró en la vivienda sin pedir permiso y comenzó a recorrerla—.

Aquí había una mesa de cristal enorme que era donde cenábamos.

—Viró hacia el otro lado del salón y continuó con su descripción señalando la pared opuesta—.

Aquí un par de cuadros. Inversiones que le sugirieron.

—¿Recuerda de qué obras se trataba? —La inspectora ya estaba apuntando lo que el mánager había descrito.

—No muy bien porque el arte nunca me ha interesado. Nuestro asesor le aconsejó que comprara cuadros de artistas famosos porque era una inversión bastante segura. Casi tanto como invertir en ladrillo.

La inspectora no paraba de escribir. Quiso saber el nombre del asesor para completar el informe.

—Creo que valían una pasta —continuó Suárez sin responder a la pregunta—. Uno se lo compró a un cantante inglés. ¿Robbie Williams puede ser?

Rodríguez siguió tomando notas mientras pensaba que la persona que tenía delante tiraba por tierra la imagen que se había formado con unas pocas palabras.

—¡Un Balsin! Con una niña y un globo rojo —exclamó Paolo.

—Banksy. El nombre es Banksy —le corrigió la inspectora.

—Eso es, gracias, inspectora. —Paolo estaba más relajado pese a la situación en la que se encontraban, se le notaba en la voz—.

Pues se lo compró al cantante ese porque era fan.

No sé cómo supo quién era, la verdad. El Robbie este vino una vez a Madrid, conoció a Jan, se hicieron amigos y le vendió el cuadro.

—Es interesante. Deme un segundo, por favor.