Su chico
Su chico
La pelota siempre me acompañaba. Desde niño.
Era lo primero que metía en la mochila, dormía con ella, la tenía en los pies mientras comía (lo cual enfadaba mucho a mi madre).
No dejaba de repetirme «Deja la pelotita un rato, Jan».
Pocas veces le hacía caso. Parece entre inventado o de peli, ¿verdad?
Cuando vi en los dibujos Oliver y Benji que Oliver Atom hacía lo mismo que yo, me dio vergüenza.
Jugaba a todas horas. Cada día. Y me encantaba. Hay fotos mías con un balón en situaciones en las que no pegaba para nada: una boda, en el bautizo de un primo, en la puerta de un restaurante… Siempre iba con ella a cuestas.
Un día, mi padre decidió que ya era hora de llevarme a ver un partido.
Fuimos también con mi abuelo. Aunque, si soy sincero, cuando pienso en ese momento no aparecen ni mi padre ni mi abuelo.
En cambio, sí que tengo muy presente qué sentí y cómo era todo.
Allí podía usar palabras soeces. Ese día fue acojonante.
El estadio. Los colores. El rugido cuando metieron un gol.
El olor. Era todo hipnótico. Se me pasó volando.
No recuerdo el resultado ni lo que dije, pero mi padre sí.
Fue como un deseo. O una amenaza. No sé.
—Papá, yo quiero estar ahí dentro.
Mi padre siempre contaba que mi abuelo empezó a reírse a carcajada limpia y dijo que si eso pasaba, él quería que le comprara un Mercedes. Se lo compré años después, pero mi abuelo no pudo disfrutarlo mucho porque murió al poco de regalárselo. Acabó heredándolo mi padre.
A partir de ese día, mi padre apoyó mis ganas de jugar, sin empujarme a ello ni nada por el estilo.
Simplemente se dio cuenta de que el fútbol me hacía sentir muy bien.
Me llevó al campo del barrio, que era un campo de tierra precioso.
Olía diferente. Recuerdo el lugar y la camiseta que llevaba, era roja con las mangas blancas.
Preciosa. Todos los del equipo iban con zapatillas blancas, pero mis padres no querían gastarse el dinero en unas botas de fútbol por si no me gustaba lo de la tierra y el campo aquel.
Bastaron cuatro días para que tuvieran la certeza de que de allí no iban a sacarme.
Hicieron el esfuerzo de comprármelas porque sabían que iban sobre seguro.
La tierra me parecía una nube o una alfombra como las de las películas en las que salían mansiones. Me encantaba correr con la pelota por allí. Lo veía todo claro. Daba igual quién estuviera delante, flotaba, el balón hacía lo que yo desease.
Sé que está quedando muy cursi todo esto.
Lo es. Pero no lo recuerdo de otra manera.
Dicen que tendemos a idealizar los buenos momentos.
No digo lo contrario, pero todo lo que recuerdo con una pelota de por medio son momentos felices para mí.
Cuando era niño, más todavía. Incluso los recuerdo como si sucedieran a cámara lenta.
Cuando llevaba un par de años en el campo de tierra de mi barrio, una tarde mi padre me dijo que un señor del Riviera C. F. había dicho que yo era bueno.
—De momento, es un secreto, ¿vale?
Me guiñó un ojo y se puso el índice en la boca para que recordara que no debía contárselo a nadie. Ni siquiera a mi madre. A la mañana siguiente, me despertó muy pronto.
—Sal de la cama. Nos vamos a jugar.
—Pero, papá, hoy no jugamos. ¡Es domingo!
—Ya lo sé, pero vamos a jugar a otro lado. Venga, corre.
Nunca se me olvidará la sonrisa que tenía mi padre en aquel momento. Creo que no le volví a ver así de ilusionado ni cuando debuté con la selección.
Nos subimos al coche. Fue un trayecto de media hora larga.
No hablamos. No quise preguntar. Solo sonaba su música.
Cuando Manolo García decía algo de un burro amarrado en la puerta del baile, apagó el motor.
Yo miraba hacia fuera, a una ciudad deportiva enorme.
No sé cuántos campos había allí. Todos de césped, como los de los profesionales.
—Papá, ¿dónde estamos?
—Estamos en la ciudad deportiva del Riviera C. F. —respondió con la misma sonrisa que tenía desde que me había despertado—. ¿Te acuerdas de lo que te dije de un señor que decía que le gustaba cómo jugabas?
—Sí —respondí intrigado.
—Pues hoy juegas aquí. Que te quieren ver.
No quiso decirme nada la noche anterior porque sabía que o bien no iba a dormir de los nervios, o que los nervios me iban a comer. Al contrario. Estaba entusiasmado.
Solo tengo flashazos de lo que sucedió después.
La velocidad de la pelota era distinta. Iba todo más rápido.
El césped estaba mojado y el balón corría como un conejo.
Tardé dos minutos en adaptarme. Recuerdo mandarlo a la red.
Solo veía red. Recuerdo la camiseta. Impoluta y radiante.
Las botas llenas de briznas de hierba. Mi padre con los brazos cruzados en un córner.
Había otros niños, pero ninguno tenía la misma relación que yo con la pelota.
Terminó el partido. A mí se me hizo muy corto por lo bien que me lo pasé. Mi padre, nervioso, me sonreía con las manos en los bolsillos. Cuando me estaba acercando a la valla que me separaba de él, uno de los entrenadores dijo mi nombre. Bueno, en realidad dijo el número que llevaba a la espalda.
—A ver, tú, el ocho. Ven para acá por favor.
Frené en seco y vi que mi padre me hacía un gesto para que fuese con ese señor. Bajé la cabeza, puse cara de bueno y fui al trote. No quería que me llamasen la atención en ese sitio tan bonito. No quería que me echasen de allí.
—Ocho, ¿cuántos años tienes?
—Tengo once, señor. Me llamo Jan —respondí.
—Muy bien, Jan. Si quieres, vete ya con tu padre y dile que nos espere en la puerta del vestuario.
No tenía ni idea de lo que iba a pasar. Pensé que quizá mi padre tenía que pagar algo por haber jugado allí o que tenía que devolver la ropa que llevaba puesta.
Cuando el entrenador Mezquita, como le llamaban todos, se despidió de nosotros, ¿sabéis quién salía vestido con un traje negro y engominado por la misma puerta?
Mi jugador favorito, el mismo que casi me había atropellado cerca de mi casa un par de años antes. Hacía poco que se había retirado por una lesión de rodilla y acababa de hacerse representante. Me lancé sobre él gritando su nombre.
—Paolo, Paolo. Por favor. Por favor. Fírmame.
No supo qué decir. Esa vez fui yo el que casi le atropella.
—Perdone a mi hijo. Está muy emocionado.
—No se preocupe, de verdad. ¿Qué pasa, chico? ¿Has venido a las pruebas? —me dijo al ver la camiseta manchada de barro y césped.
—Sí —respondí sonriendo.
—¿Y las has pasado? —preguntó mirando a mi padre.
—Sí. Eso nos ha dicho Mezquita ahora mismo.
—Pues enhorabuena, fichas por los mejores. Felicidades —dijo Paolo Suárez, mi jugador favorito, con una sonrisa blanca alucinante.
—Muchas gracias, Paolo —respondí casi en trance.
Justo en ese instante, Mezquita salió de nuevo para marcharse y Paolo se disculpó un segundo.
Se llevó a un aparte al que sería mi entrenador en la cantera.
Uno de varios, pero el más importante sin duda.
Hablaron dos minutos mirándonos a mi padre y a mí.
Paolo volvió andando como si fuera la Pantera Rosa. Lo recuerdo bien.
—Señor Martínez, le voy a dejar mi tarjeta. Llámeme mañana, me gustaría hablar de cosas de mayores. —Me guiñó un ojo.
—De acuerdo, señor Suárez.
—Llámeme Paolo —dijo, y le tendió la mano a mi padre—. Y tú también, chico.
Yo no cabía en mí. Lo del Riviera C. F. y que me hubiera felicitado Paolo en la misma mañana.
Parecía una película. Además, no tuve que devolver la ropa, me quedé con ella.
De hecho, la tengo enmarcada en mi casa.
El marco es pequeño, claro, porque es la camiseta de un niño de once años.
De una mañana mágica. Es mi primera camiseta con el Riviera C.
F., el equipo que me acababa de fichar tras pasar la prueba.
Esa mañana se jugaron cinco partidos. Cincuenta y cinco niños.
Solo tres nos quedamos y solo yo llegué al primer equipo seis años después.
Al día siguiente, cuando volví del cole mi madre me dio un abrazo como nunca antes me había dado. No sabía a qué venía.
—Prométeme que te vas a portar bien —me rogó. Luego vino una amenaza—. Como no apruebes en el cole, ni fútbol ni Riviera ni representante ni Paolo ni nada…
—¡Todavía no se lo había dicho al niño! —exclamó mi padre mirando a mi madre.
Yo, mientras tanto, los miraba a punto de gritar de la alegría. Sí, Paolo Suárez, mi ídolo, era mi representante.
Sí, sé lo que estáis pensando. Un niño de once años con mánager. Sí, es terrible. Pero lo que no sabéis es cómo es el mundo del fútbol. O cómo era antes. O lo que es ahora, una selva. O un circo. O un monstruo que engulle de todo.
Yo eso no lo sabía. No lo comprendí hasta años después.
Cuando ya no era solo jugar. Cuando ya no tenía once años.
Cuando lo de fuera influía en lo de dentro.
Pero en ese momento, en el salón de mi casa, el fútbol me había hecho el niño más feliz del mundo.
El balón impoluto. La pelota. La que nunca se debe manchar.