Capítulo 6
María recorrió el corto pasillo que separaba la cocina de la habitación de su amiga.
Iba gritando su nombre para que se fuera haciendo a la idea de que se dirigía para allá.
No temía encontrarse una sorpresa porque la noche anterior llegaron juntas a casa.
Sin compañía. Cenaron todo el grupo de amigos para celebrar el trabajo nuevo y se retiraron a una hora más o menos prudente.
María berrea «Daniiiiii» para que se vaya despertando.
La nueva reportera del programa de Anabel era de arranque lento.
Su yo dormido tenía que ir haciéndose a la idea de que el tiempo de dormir había terminado.
María sabía lo arriesgado que era despertarla de sopetón: la amabilidad y dulzura de Dani se transformaban en una brusquedad agresiva.
Gritó otro «Daniiiiiiiiiiii» más cariñoso justo en la puerta. Se oyó algo al otro lado. Un quejido. A continuación dijo un «Dani» casi susurrado, como pidiendo perdón. María entreabrió la puerta y el bulto tapado por una sábana respondió:
—¿Qué?
—Desayunitooooooooooo —vociferó María con un tono infantil.
—¿Qué? —repitió la reportera.
—Que desayunitoooooooooooooooooo.
—Pufffffff. —La sábana dejaba ver los ojos del ser humano que no quería salir de esa especie de cocoon en el que se encontraba.
El resoplido rozaba el desprecio, de modo que el tono de María pasó a ser más seco.
—Mira, estrella de la televisión, te he preparado cosas muy ricas para desayunar para darte las gracias por la cena de anoche. Ve sacando de la cama ese culo bonito que tienes y no me hagas el feo, artista.
Dani sonrió. Sabía que el puffff anterior no tocaba. Agradecía el detalle y lo demostró iniciando su salida a cámara lenta de la cama. María ya estaba en el pasillo cantando:
—Estrellaaaaaaaaaaaaaa…
—No me llames así.
—No te llamo nada, solo canto. Estrellaaaaaaaaaaaaaaaa…
—¿Qué canción es?
—¿Una de OT? —contestó María con dudas.
—Una terrible.
—Y tus despertares son un asco, pero no te lo digo nunca.
Dani sonrió de nuevo y abrazó por detrás a su amiga. No tenía hermanos y nunca ha tenido tanta complicidad con nadie, ni con sus novios ni con su madre, solo con ella.
—Eres la mejor.
—Lo sé. No te acostumbres a estos desayunos. Hoy te lo he preparado porque anoche pagaste una cena exagerada.
—Había que celebrar. —Dani, sentada a la mesa, sorbió el café con leche.
—Pues con este desayuno seguimos. ¿Mermelada de fresa o de melocotón?
—¿Tenemos de las dos?
—Sí, he bajado a comprar. Bueno, y más cosas, que teníamos el frigo que daba miedo.
Las dos amigas miraron el electrodoméstico y se empezaron a reír.
—Somos un desastre —sentenció Dani.
—En temas de logística, sin duda. Pero ahora que vas a ser famosa y ganar pasta, podremos pagarnos un mayordomo. En realidad, tú podrás pagar un mayordomo que se dedique a estas cosas.
Dani untó la mantequilla en la tostada sin perder la sonrisa.
Sabía que su amiga le estaba vacilando porque le gustaba meterle caña.
La noche anterior explicó todos los detalles de su nuevo trabajo.
El sueldo estaba bien pero no era para tirar cohetes.
María siguió hablando como si le hubiera leído la mente a su amiga.
—No ahora, por supuesto. Ya lo dejaste claro anoche. Lo digo para dentro de un año cuando ya seas una estrella de verdad —dijo levantando una ceja—. Y no quiero ser como tu madre…
—No lo eres, tranquila. Apunto lo del mayordomo. No te preocupes —respondió con un tono dulce y, al mismo tiempo, cargado de sarcasmo.
—Lo que no entendí bien fue lo de la duración del contrato. ¿Estás cubriendo una baja? ¿Es una prueba? —María se había puesto seria.
—A ver, yo tampoco estoy segura. Estoy cubriendo al tío que contaba todos los asesinatos.
María la interrumpió:
—Ya sé quién es. El guapo chulito ese…
—Correcto —contestó Dani señalándola con el dedo y guiñando un ojo.
—Pero ¿tú vas a hablar de asesinatos?
—No, no. Su puesto en el plató lo cubre otro tío que no va a hablar de muertos. El asistente de Anabel me explicó que la sección de este tío desaparece hasta que vuelva de sus «vacaciones».
—¿Vacaciones? —pregunta María.
—Eso me dijo, pero no me dio más detalles.
—Huele a desintoxicación o algo así, ¿no?
—Un poco, porque lleva fuera desde el principio de la temporada y es raro. A mí me da igual, la verdad.
—Cuando se reincorpore, me lo presentas, que el tipo ese tiene un punto que me gusta. Me resulta hasta siniestro, fíjate —apuntó María.
—Si sigo allí, cuenta con ello —prometió Dani.
—Entonces ¿vas a hacer de reportera?
—Eso es. El que hacía de reportero va al plató y hay una vacante para hacer conexiones fuera.
—Ah, entiendo. Una especie de juego de las sillas. Si uno desaparece, corre turno.
—Algo así, sí. Juego de tronos total. Qué buena la mermelada esta, por cierto —dijo con la boca llena Dani.
—Con lo que cuesta, ya puede estarlo.
María se levantó a buscar más café con la taza en la mano.
El mundillo de la tele siempre le había interesado.
Desde fuera, resultaba de lo más curioso para una profesora de arte.
Le atraían las luchas de poder y los mecanismos internos, cómo se conseguían los puestos, quién elegía a quién y todas aquellas intrigas de palacio.
Anoche ya habían taladrado a preguntas a su amiga, pero ahora no había nadie de por medio y quería saber más.
—O sea que hasta nueva orden eres la nueva reportera del programa.
—Es una manera suave de decir que no sé cuándo me van a echar, pero sí.
A María le gustaba escuchar a su amiga, tenía una voz hipnótica.
—Por eso tengo que hacerlo muy bien desde el principio. Tengo que cubrir la actualidad y al mismo tiempo buscar temas para ofrecerlos…
—¡Como Lois Lane pero con una cámara de televisión! —exclamó María interrumpiendo a su amiga.
Dani rio a carcajada limpia.
—Eres una exagerada, de verdad.
—Bueno, bueno, es como yo lo veo. Así lo entiendo mejor, y así lo voy a vender. Además, Lane es una mujer fuerte y morena como tú, que no se amilana ante nadie y encima se liga a Superman. Lo que pasa es que tú no conoces a Superman.
—Es acojonante que sepas tantas cosas de mierda —dijo Dani para provocar a su amiga.
—Los cómics no son mierda. Son arte. Los diseños de los personajes, cómo los dibujan…
Es un auténtico espectáculo ver a una persona construir una Lois Lane o un Superman.
Cómo trazan las líneas para que sus cuerpos sean adecuados al tamaño de la viñeta o de la página entera, la elección de los colores…
Dani empezó a hacerse la dormida y un trapo de cocina aterrizó en su cara.
—Me encanta cuando sueltas tu discurso de que los cómics son arte. No necesitas ni medio segundo para arrancarte y dar una conferencia —halagó Dani.
—No me vaciles.
—Que no, joder, me admira en serio tu capacidad. Voy a buscar una excusa para entrevistarte y que lo cuentes en la tele. Ya veré cómo —prometió Dani.
A María se le iluminaron los ojos.
—No juegues con mis ilusiones que sé dónde vives y a qué peluquería vas, bitch —amenazó la profesora de arte.
Dani sabía que le haría mucha ilusión. Sonrió y se puso a pensar cómo hacer realidad la promesa. Se quedó absorta. «Para un primer reportaje ni de coña, pero más adelante puedo buscar una efeméride de algo de cómics e ir a una tienda».
—Dani.
«Porque delante de una estantería llena de cómics puede funcionar. Estoy vendiendo cultura…».
—Daniiiiiiiiii.
«… cultura distinta a la habitual. Los espectadores de las mañanas no leen cómics pero sus hijos, o sus nietos, es probable que sí, así que…».
—¡Dani, joder!
María le puso el móvil delante de la cara. La estaban llamado. Dani cogió el teléfono y se disculpó con su amiga.
—Dígame.
—Hola, Dani.
Reconoció la voz al otro lado al instante. Era su jefa.
—Soy Anabel. Quédate con este número que es el que uso para hablar con vosotros. ¿Te pillo bien?
«Responder que no sería un error».
—Dime, dime. Estoy en casa.
—Pues en veinte minutos te recoge un coche. Tienes que cubrir una historia.
Dani sintió vértigo.
—¿Qué ha pasado?
—Un futbolista del Riviera se ha suicidado hace dos horas. Te quiero allí para un directo con el programa de los domingos y para que grabes un reportaje para mañana, ¿entendido?
—Sí, claro.
—Venga, a jugar.
La llamada se cortó y Dani miró al suelo intentando ordenar las ideas.
—María, me tengo que ir a currar.
—¿Qué ha pasado?
—Que un futbolista se ha suicidado.
—¿Y sabes quién es? —preguntó María.
—No me ha dicho el nombre, pero me apuesto una cena como la de anoche a que es Jan Martínez —respondió con aplomo Dani.
—¿Y cómo lo sabes, chulita? —preguntó María.
—Porque estaba deprimido. Me lo dijo él.