Estoy muerto y es culpa tuya Capítulo 5
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Capítulo 5

Iba dándole las luces a los que ocupaban el carril de la izquierda. No se pegaba al de delante. Los avasallaba y se apartaban porque lo veían de lejos. Una mancha oscura enorme que lanzaba destellos como si fueran los rayos láser de un caza imperial.

En el interior, sonaba música de los ochenta.

La única que escuchaba el conductor, la de su adolescencia.

Para él, el momento cumbre musical se alcanzó en esa década y todo lo que había venido después era basura.

Además, lo denominaba así, «basura». No tenía sentido intentar discutir con él, era un debate perdido, aunque no tuviera razón.

Estaba cantando una de Depeche Mode cuando la melodía se cortó porque le entró una llamada.

«Número desconocido. No me jodas. Espero que no sea publicidad porque se van a cagar».

Pulsó con rabia el botón verde del volante y contestó seco:

—Sí, ¿quién es?

—Hola. Paolo Suárez, ¿verdad?

—Sí, soy yo. ¿Quién es?

Silencio al otro lado. Paolo apretó la mandíbula. Fueron solo tres segundos de espera, pero él vivía acelerado. Siempre rápido.

—Perdone, se ha cortado. Me estaba presentando. Soy la inspectora Elena Rodríguez de la Policía Nacional. Quería hablarle de un tema delicado. ¿Está usted conduciendo? No sé si lo que tengo que decirle es apropiado mientras conduce.

Se produjo un silencio en el habitáculo del coche.

Paolo repasó mentalmente infracciones o asuntos turbios recientes.

Estaba convencido de que lo tenía todo atado, así que decidió responder sin aparentes titubeos y con la chulería que tenía casi de serie.

Una pose adquirida desde que jugaba al fútbol.

—Estoy conduciendo camino de una reunión muy importante. No puedo parar. Ando en la M-40.

—Bueno, esta llamada es para comunicarle que uno de sus representados, el jugador del Riviera C. F., el señor Jan Martínez, ha muerto hace dos horas. Le hemos encontrado en la calle y todos los indicios apuntan a que se ha suicidado tirándose desde el balcón de su piso.

—¿Cómo?

Paolo Suárez siente un escalofrío.

—Señor Suárez, creo que deberíamos hablar más tranquilamente.

Silencio al otro lado. El coche ya no iba tan rápido. Paolo estaba buscando un hueco para detenerse. Una salida.

—Señor Suárez, ¿está usted ahí?

—Un momento, por favor.

Entró en una estación de servicio y frenó en seco.

—Perdone, ¿inspectora?

—Sí, sigo aquí.

—Discúlpeme. —El tono chulesco había desaparecido.

—Preferiría tener esta conversación en persona. ¿Puede venir al domicilio del fallecido?

—Sí. En veinte minutos estoy allí.

—Gracias, señor Suárez.

—Paolo. Llámeme Paolo, por favor.

—Muy bien, Paolo. Le espero aquí.

—Gracias. Y se llamaba Jan.

—¿Cómo?

—Que se llamaba Jan. Lo del «fallecido»…

La llamada se corta. Paolo Suárez, representante de los mejores futbolistas, exjugador noventero conocido por su arrogancia y sus regates, azote de los directivos cuando había que negociar, sin escrúpulos para vender lo que fuera si había un balón de por medio, divorciado dos veces, con un hijo al que apenas veía, nuevo rey del fútbol, que dormía cuatro horas al día y casi siempre vestía de traje, se desmoronó.

Lloró como nunca lo había hecho. Agarró con fuerza el volante. Gritó desesperado. De rabia.

Respiró hondo para intentar calmarse.

Luego volvió a gritar más fuerte.