Estoy muerto y es culpa tuya Ídolo
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Ídolo

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Estaba llegando a casa después del colegio. Iba a comer como cada día. Mi madre me esperaba con un plato de coliflor con mayonesa. A mí no me volvía loco pero ella insistía en que era verdura. No estaba de acuerdo pero quién era yo para rebatírselo. Una madre sabe más que nadie.

Aquel día sucedió algo inusual, un encuentro fortuito que aceleró mi corazón. Un instante que iba a acelerar mi vida. Aunque yo no lo supiera en ese momento.

El semáforo no se ponía en verde y no podía cruzar. Venían los coches a toda velocidad y yo sabía que llegaba tarde porque me había quedado en el patio para el gol regate que se montó al salir de clase. Como siempre, había una pelota de por medio.

Junto al paso de cebra, en la esquina, había un restaurante al que iban los famosos.

El Jangela le daba lustre al barrio, allí se comía como en ningún lado, se decía que era uno de los mejores de todo Madrid, aunque era un sitio de comida vasca humilde.

Mi casa estaba tres calles más allá, pero mis padres, un taxista y una ama de casa, no se lo podían permitir.

Yo siempre quise saber cómo era por dentro, porque lo que sí que sabía era que de vez en cuando podía ver en persona a algún presentador de televisión.

O algún periodista deportivo. O un cantante.

O un futbolista. Por eso, yo estaba pendiente de la puerta y no de la carretera.

Cuando al fin pude cruzar, no estaba mirando la calle y un coche deportivo rojo con el techo negro casi me atropella.

Iba rapidísimo. Como si llegara tarde a algún sitio.

Frenazo. Miré al conductor que estaba petrificado.

Menos que yo, claro. Menudo sofocón. Calor instantáneo al ver que el coche se había quedado a un palmo de mis piernas.

El aparcacoches vino hacia mí gritando. Pensaba que estaba diciéndole algo al del coche rojo, pero en realidad era a mí.

Cuando salí del trance, entendí que me estaba echando la culpa.

Me estaba regañando y acusando de haberme tirado encima del capó al ver quién era.

Evidentemente, yo no sabía que al volante estaba Paolo Suárez.

Mi ídolo. El 8 casi me rompe las piernas.

Bueno, su coche. Qué honor. Bueno, y horror al mismo tiempo.

Los gritos continuaban, pero yo ya solo miraba a Paolo. ¿Se movía a cámara lenta? Lo recuerdo así. Con esa melena negra y unas gafas aún más negras. Se acercó a mí, me pasó la mano por la cabeza y me dijo:

—Vaya susto me has dado, chaval.

—¿Eeeh?

—No te preocupes. Te perdono.

—Eeeh, esto…

—Nada, nada. Toma, una foto mía firmada.

Paolo le entregó las llaves al aparcacoches y entró en el Jangela dejando atrás a un niño de nueve años en estado de shock y a un aparcacoches cabreado. Fue menos de un minuto, sin embargo, en mi cabeza sigue pareciéndome que el encuentro duró horas.

A mi madre, la historia le pareció una mentira grandísima creada para justificar mi enésimo retraso. Menos mal que la foto firmada podía demostrar que mi ídolo casi me atropella a menos de doscientos metros de mi casa. Fue un instante mágico. Sobre todo por lo que vendría años después.

Cuando tengo un mal día, intento transportarme al salón de mi casa. Al momento en el que mi madre se dio cuenta de que decía la verdad. Esa cara de sorpresa. Su sonrisa. La echo de menos.