Capítulo 4 #2
—Vas tan jodidamente colocado que no has visto a Juan. Di «Hola, Juan» —repuso el presidente dirigiéndose al guardaespaldas.
—Hola, Juan.
—Muy gracioso, gilipollas —contestó desde el suelo Junior.
Mientras el hijo mayor se recomponía, don Jaime volvió a su sillón presidencial y miró a Arturo.
—¿No dices nada de tu hermano?
—Si Jaime dice que lo tiene controlado, me fío de él —contestó Arturo sin pestañear. Su sarcasmo era muy difícil de identificar porque siempre iba acompañado de un gesto de mármol.
Junior se sintió respaldado.
El presidente del Riviera sonrió. Le gustaba que sus hijos se protegieran entre sí.
—¿Más espabilado? —preguntó irónico a Junior.
—Sí, padre —respondió Junior visiblemente enfurecido. Vigiló que Juan no estuviera cerca por si una respuesta inoportuna le hacía recibir otra federinha .
Arturo imaginó al tenista suizo haciendo ese revés majestuoso en la pista central de Wimbledon.
El silencio se apoderó de la sala. Solo lo rompió el sonido del mechero de oro del presidente. Una calada. Dos. Posa el cigarrillo en el cenicero.
—Mirad, hijos, os he hecho venir a estas horas por dos razones.
El trasnochador esperaba aún recuperándose del golpe al otro lado de la mesa y Arturo miraba atento a su padre.
—La primera, para disimular. Para guardar las apariencias.
Si alguien te ve, Junior, entrar en el estadio a estas horas, incluso con las pintas que traes, puede pensar, aunque sea remotamente, que vienes a trabajar —dijo con sorna—.
Y a ti, Arturo, a la gente no le va a sorprender verte a estas horas, pero sí le va a intimidar.
Por aquello del «Cómo vienen los jóvenes». Que se vayan preparando.
—Puede ser, sí —contestó orgulloso Junior.
—Ya sabes que yo no quiero ser presidente, padre —dijo Arturo.
—Claro. En fin, que la segunda razón por la que os he hecho venir al estadio es para hablar de qué pasa con BallYou —preguntó de manera agresiva el padre—.
Os recuerdo que fui yo quien os consiguió a los inversores para vuestra agencia de representación.
Eran contactos de Valentino, así que esta mierda de resultados mientras yo soy el presidente del Riviera son inadmisibles.
Arturo se tomó su tiempo para responder, pero ya se había puesto a la misma altura de su hermano mayor.
—La agencia fue idea nuestra. BallYou es nuestro proyecto —apuntó serio el pequeño.
Junior miró a su hermano, pero no sabía qué contestar.
Si hablaba, balbucearía y no únicamente por el colocón.
Eso se lo había bajado la hostia del guardaespaldas.
Sin embargo, no se atrevía a hablar. Se volvió en busca de ayuda.
Arturo no le miraba. Los temas serios eran su terreno. Junior solo era el relaciones públicas.
—Tenemos nuevos jugadores a punto de firmar con nosotros.
Lo de Jan Martínez lo voy a arreglar mañana como muy tarde.
Vamos —dijo Arturo mirando a Junior que asintió—.
Luego iremos a por el resto de la cartera de clientes de Paolo Suárez.
Los beneficios están por debajo de lo previsto, pero vamos hacia arriba.
Más de lo que piensas. Confía en nosotros.
El padre obvió a propósito lo que acababa de decir su hijo menor.
—Lo de Jan hay que arreglarlo, sí. No es ni será el jugador que fue. Ya no interesa.
—Bueno, eso lo dirás tú —le atajó Arturo—.
Jan sigue siendo un valor seguro para las marcas.
Que no mete goles te lo compro, pero su sonrisa sigue siendo rentable.
Tengo un plan para él: con ciertos ajustes, podemos sacarle partido.
Su imagen, pese a todo, es eterna. Con el trabajo mediático adecuado, los errores de Jan quedarán olvidados.
—Podemos convertirlo en embajador del club y de la marca del Riviera. Valentino lo sugirió en su momento —intervino Junior sin esperar a que su hermano terminase—. O mandarle a la mierda directamente, que es un poco gilipollas y no le veo yo con ganas de colaborar con nosotros.
Arturo fulminó a Jaime con la mirada. Junior bajó la cabeza a modo de disculpa.
—Padre, lo de Jan lo vamos a solucionar.
Tengo una idea en mente. Es agresiva, pero será muy efectiva y rentable para nosotros.
Una imagen de marca duradera. Si Beckham se muriera ahora mismo, su nombre seguiría dando beneficios.
Pues con Jan estoy convencido de que podemos construir el mismo escenario.
Las palabras de Arturo, llenas de confianza, tranquilizaron a su padre. También le atemorizaron porque, como era habitual cuando hablaba con él de negocios, no era capaz de discernir lo que pensaba. El presidente tampoco quería saber el plan, así que recondujo la conversación.
—Menos mal que a ratos se nota la educación carísima que recibisteis.
Junior se creció ante ese comentario. No sabía si era sarcasmo o era en serio pero él decidió tomárselo como un halago.
—Padre, con los jugadores que tenemos, las comisiones que generan y los nuevos contratos de patrocinio, la empresa va a ganar millones. Muchos. Y con las inversiones paralelas, aunque no te hayas fijado, estamos haciendo unas cifras que acojonan.
El padre escuchaba atento. Arturo también. Por si tenía que intervenir.
—Ya sé que el universo de las redes sociales y nuevas maneras de vender no te gustan, pero los jugadores viven en ese mundo y nosotros lo vamos a explotar. Además, estamos seguros de que otros vendrán movidos por la avaricia y las comisiones seguirán creciendo. A más jugadores, más de todo.
—Sabes que yo esto no lo hago por el dinero.
—No, ya lo sabemos, nos lo has repetido mil veces. Lo haces por el reconocimiento y la influencia, por el prestigio de la familia. Padre, créeme, BallYou contribuirá a todo eso.
Arturo decidió seguir callado. Muchas veces, el silencio es mejor que cualquier palabra. Desde el sillón presidencial, una sonrisa maliciosa se dibujó en los labios del presidente.
—Es un objetivo encomiable, ¿no crees? Y si al mismo tiempo, te enderezo, pues mira… —dice con orgullo el presidente—. Y a Arturo le buscamos también pareja.
El guardaespaldas escuchaba la conversación haciendo un esfuerzo titánico por no mover ni un músculo de la cara. No podía perder ese trabajo. Necesitaba el dinero. Por eso obedecía y no abría la boca nunca.
—Padre, yo esto de la empresa lo hago por mí. Para demostrar que no soy un hijo de papá malcriado. Para que Arturo se sienta orgulloso de mí. Quiero que BallYou funcione.
La sonrisa de don Jaime había dado paso a un gesto serio, duro.
—Pues empieza por no salir todos los días, sinvergüenza —dijo con tono agrio.
—Lo que haga yo fuera del horario de oficina no es cosa tuya. Además, ¿dónde crees que recluto a los jugadores? A la biblioteca no van… —dijo guiñándole un ojo a Arturo, buscando complicidad.
La carcajada del padre resonó en la sala de juntas. Le hizo gracia la ocurrencia.
«Si es que al final es un salao. Un jeta pero un salao…».
No eran ni las ocho de la mañana cuando los hermanos salieron del estadio.
Junior maldecía y Arturo le seguía dos pasos por detrás.
Cuando llegaron al coche, el chófer ya tenía la puerta abierta ofreciéndoles una escapatoria de allí.
El hermano mayor casi se tiró de cabeza, pero Arturo se frenó en seco antes de entrar.
Le hizo un gesto al conductor y este cerró la puerta y fue a su puesto.
—¿Qué haces? —dijo Junior mientras bajaba la ventanilla.
Con las manos en los bolsillos, Arturo miró a su hermano sin pestañear.
—Tienes que bajar el ritmo.
—¿Cómo? —respondió desconcertado.
—Tienes que bajar el ritmo. Nos jugamos mucho. Y te necesito al cien por cien. Confío en ti —Las palabras de Arturo eran tan inescrutables como su mirada.
Hubo un silencio. Jaime notaba la presión de esos los ojos prácticamente blancos.
—Ahora vete a dormir. Hablamos luego —remató Arturo, luego dio un golpe al techo y el coche inició su viaje.
Se levantó un poco de viento y el mechón plateado bailó sobre la frente de Arturo. Usó la mano para peinarse mientras observaba el estadio. Dos minutos después, la puerta de la sala de juntas volvía a abrirse por él.
Don Jaime se sorprendió al ver de nuevo a su hijo menor. Se recompuso e intentó disimular.
—Hijo, pensaba que te habías ido con tu hermano.
—Le he mandado a descansar —dijo mientras se sentaba junto a su padre—, porque, aunque no lo creas, Jaime es importante. A su manera, pero lo es.
Hizo una pausa.
—Entiendo que no te fíes de él. Es lógico.
Lo que me molesta es que no te fíes de mí.
Lo cual además es un problema —Arturo se acercó más a su padre—, porque la gente que actúa con inseguridad comete errores.
Hemos creado una empresa que funciona y que funcionará mejor todavía, uso a mi hermano como relaciones públicas porque conoce a todo el mundo y, además de dinero, vamos a tener más poder.
Hubo un nuevo silencio. Don Jaime casi podía notar en la cara la respiración de su hijo. Se había acercado todavía más y no dejaba de mirarle a los ojos.
—No me apetece que todo se vaya a la mierda porque mi hermano te cae mal. A partir de ahora, por favor, deja de tocarme los cojones, querido padre presidente del Riviera.