Estoy muerto y es culpa tuya Capítulo 4
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Capítulo 4

Veinticuatro horas antes de la muerte de Jan Martínez

El día acababa de comenzar. El sol apenas había rozado las calles y la luz era tenue.

La vida transitaba entre la vigilia y el sueño, sin tanto remilgo poético, era esa franja horaria en la que se mezclaban los que volvían de fiesta y los que madrugaban por las razones que fueran.

Dos mundos casi opuestos. Irremediablemente enfrentados.

Era raro que coincidieran, aunque podía suceder en el ascensor de un edificio, en un cambio de turno en un hospital, en un aeropuerto.

En realidad, estos dos universos convivían bastante en diferentes escenarios, pero todo el mundo fingía no verse.

Donde no solían coincidir y, mucho menos entablar trato, era en la sala de juntas de uno de los equipos de fútbol más poderosos del mundo.

Allí estaba fumando el flamante nuevo presidente del club, don Jaime Peñascal, que ocupaba el cargo desde el fallecimiento por un infarto hace casi nueve meses de Valentino Ruigémez.

Peñascal, mano derecha principal de Valentino, que tenía muchas, aunque nunca decidiesen nada, tomó el mando del Riviera C.

F. tras una reunión bastante tensa. Valentino nunca había designado un sucesor.

Algunos opinaban que era porque pensaba que iba a vivir para siempre, otros que si designaba a un segundo, este podía confabular para quitarle el puesto.

Sin sucesores, cuando él desapareciese, la guerra no iría con él.

Sin embargo, Valentino no tenía planeado morirse tan pronto tampoco.

Nadie en realidad, pero son cosas que pasan.

Don Jaime supo moverse bien los días previos a la reunión con los otros miembros de la directiva y salió ganador por mayoría en la votación.

Además, don Jaime sabía manejarse casi igual de bien que su antecesor en las altas esferas, de modo que para propios y ajenos era una candidatura continuista.

Entiéndase «continuista» como sinónimo de «va a seguir haciendo negocios y va a seguir dando comisiones a todos los que le hayan puesto en el poder».

Su hijo pequeño le aconsejó que no rompiera nada.

Lo único que tenía que hacer don Jaime era mantener lo que Valentino había dejado bien colocado y no hacer cosas raras.

No fuera a ser que se desmantelase el chiringuito que había montado en el palco del club.

Un factor a favor de don Jaime era que no tenía empresas ni nada por estilo con lo que hacer negocios.

Era un millonario ocioso que se había metido en el fútbol por afición y por estar con los poderosos, porque lo de hacerse la foto con los presidentes, ministros y famosos en general, le encantaba.

Que le reconociesen allá por donde fuera y, no nos engañemos, follar por ser el presidente del Riviera.

Era la clase de persona que lo tenía todo, había saboreado el dinero y el poder desde la cuna, por eso le apetecía la fama.

Quería ya ser famoso y disfrutar del cargo.

Por eso en cuanto le dijeron que Valentino había muerto, se dio cuenta que ser el jefe de todo pues le ponía bastante.

Sin embargo, teniendo bajo control a la directiva y sabiendo hacer funcionar la maquinaria de las relaciones de poder, había un elemento que podría joder todo aquel castillo: Jaime, su hijo mayor.

O como le tenían bautizado en la prensa deportiva, Junior.

Bueno, los periodistas y en todos los locales de ocio nocturno de la capital.

Y también sus amistades. Y sus ex. Y su familia.

Básicamente todo el mundo le llamaba así.

Y a Junior le gustaba. Le hacía sentirse importante.

Junior, como su padre, tampoco tuvo que esforzarse nunca para conseguir las cosas.

Su padre se había limitado a cuidar de la fortuna familiar.

Sin estridencias. Un tatarabuelo de Junior supo moverse bien en el mundo de las inversiones y vio claro que el campo de las minas de cobre era un sector magnífico con el que enriquecerse.

Probablemente, desde finales del siglo XIX , el ochenta por ciento del cobre que se utiliza en el mundo provenga de alguna mina de la familia Peñascal.

Así que tanto Jaime como Junior sabían que la vida la tenían solucionada.

Pero con una diferencia: mientras que don Jaime era discreto en sus modales de famoso y se limitaba a mantener un perfil bajo, Junior era todo lo contrario.

Don Jaime también tenía otro hijo. Arturo.

Más pequeño, discreto, silencioso e inteligente y mucho menos problemático que su hermano.

Independiente. De los que no sabías que estaban en la habitación hasta que no te tocaban en el hombro o abrían la boca para decir algo realmente interesante.

Por su forma de ser, no parecía familia de don Jaime o de Junior.

No buscaba la fama ni quería destacar. En lo físico tampoco guardaba parecido con ninguno de los dos.

La gente se sorprendía al descubrir el parentesco porque no había una explicación clara para que tres personas fueran tan diferentes habiéndose criado en un mismo sistema.

El mechón blanco que dominaba su flequillo y unos ojos azules casi transparentes le conferían una imagen inquietante.

Como si fuera uno de los protagonistas de Entrevista con un vampiro .

A don Jaime, la educación que recibió de su padre don Jaime senior le salvó de ser un bala perdida.

A Junior, que su padre no le hiciera caso y que su madre muriera en un accidente de tráfico, pues no le vino bien.

Cucha era la que se encargaba de su educación y, cuando desapareció, don Jaime decidió poner en manos de los colegios más caros del mundo la educación de Junior.

En esos lugares había educación muy buena, pero mala también.

Arturo, sin embargo, siendo la sombra de su hermano mayor, ni un ruido.

Nunca un problema, nada de quejas. Siempre silencioso, buenas notas y comportamiento impecable. El hijo perfecto.

Y ahí estaba el presidente del club más poderoso de España, envidiado por su gestión, dueño de una de las fortunas más grandes que se habían visto en el palco de ese estadio, amigo personal del presidente del Gobierno, portada de la revista Qué hay por su romance con cierta dama y una de las personas más famosas durante los últimos seis meses, esperando a sus hijos, un fiestero y un vampiro, a las 7. 30 de la mañana de un sábado.

El príncipe apareció una hora después acompañado de Arturo.

Junior, con una taza de café en la mano, las gafas de sol puestas y signos evidentes de que seguía pedo.

El «Padreeeeeeeeeeeeee» que soltó a grito pelado según abrió la puerta de la sala no ayudó mucho.

Don Jaime le miró enfadado. No por la espera ni porque estuviera borracho.

Lo que realmente le enfadaba eran las voces que estaba dando. Odiaba los gritos.

Arturo, recién levantado y vestido de traje de sport, se acercó a su padre y le dio un beso en la mejilla.

Don Jaime agradeció el gesto pero sin alharacas.

Nunca fue de los que se mostraba cariñoso en público con sus hijos.

Aunque jamás lo hubiera reconocido, a don Jaime le daba miedo su hijo pequeño.

No lloró cuando su madre falleció, nunca desobedeció sus órdenes.

Al mismo tiempo, cuidaba de su hermano, se ocupaba de él y le protegía.

Y era una mente privilegiada. Por todo ello, también, se sentía orgulloso de él.

¿Podía un padre temer y admirar al mismo tiempo a un hijo?

«Esos ojos…».

Junior estaba tan colocado que no distinguía bien si su padre estaba sonriendo o le hacía gestos para que bajase la voz. Arturo estaba sentado detrás de su hermano en su segundo plano. Como siempre. Callado como un muerto.

—Padre, buenos días. Disculpa el retraso. Estaba hablando con la que creo que puede ser la futura madre de tus nietos —dijo Junior para relajar el ambiente justo antes de darle un trago al café.

—A las siete de la mañana, en un after, no se conoce a nadie bueno —respondió don Jaime.

Se intuyó el blanco de los dientes de Arturo, prueba de que le había hecho gracia lo dicho por su padre. Porque era verdad y porque, aunque no fuera muy de gestos, de vez en cuando, al hermano pequeño se le escapaban. Sobre todo cuando era testigo de alguna maldad.

—Esa es tu opinión y la respeto, pero no es así. Maribel es un encanto. Es hija de un banquero creo… —su voz se fue debilitando al no recordar bien mucho más de aquella chica.

—Hijo, bébete el café. O tómate eso que te tomas para espabilarte por favor. Lo que tengo que decirte es importante.

—Padre, no pienso meterme una raya delante de ti. Hoy no. Así que, por favor, date la vuelta —sugirió Junior.

En menos de treinta segundos, una aspiración profunda, acompañada por un gemido de satisfacción, fueron las señales para que don Jaime se diera la vuelta y tuviera de nuevo a su hijo en el campo visual.

—Gracias. Ahora estoy mucho mejor —dijo mientras le daba otro sorbo al café y proseguía con el eslogan de todos los cocainómanos—: Lo tengo controlado. No te preocupes.

El presidente, indiferente ante lo que acababa de pasar, se levantó para acercarse a su hijo mayor. Le miró desde arriba. Junior se quitó las gafas. Sus ojos se encontraron.

—¿Qué pasa, papá? ¿Vas a pegarme? Que sepas que ya me han dado alguna vez de hostias y dicen que tengo aguante —dijo desafiante.

No hubo ni amago de que fuera a haber ninguna agresión física.

No por parte del presidente. Eso sí, miró a la esquina de la sala.

De la más absoluta oscuridad emergió el guardaespaldas de don Jaime, que en tres pasos se puso al otro lado de Junior.

Con el dorso de la mano, le soltó un revés en la mejilla a Junior que hizo que se cayera al suelo.

—¿Dónde cojones estaba el gorila, joder?

Otra vez, el blanco de los dientes de Arturo apareció detrás de su hermano.