Capítulo 3
«El pelo se le mueve a cámara lenta», pensó Dani al entrar al salón donde la reina de las mañanas se paseaba con una camisa blanca de hombre y unos vaqueros con los bajos remangados.
Estaba revisando una pila de libros recién llegados, como evidencian las cajas y los sobres que había a un lado.
Reparó en la invitada cuando su asistente la llamó por su nombre.
—Anabel, aquí está Daniela García. Tu entrevista de hoy.
—Gracias, Aitor. Y, por favor, de usted, háblame de usted. Que se te olvida, rey —contestó AG.
Dani no sabía dónde meterse. El corte había sido seco, pero el tono era cariñoso. Tomó nota mental de que si la charla iba bien, a su futura jefa había que tratarla con guante de seda.
—Discúlpeme, señora —respondió el asistente.
—Puedes retirarte, Aitor. Vete a seguir con tus tareas o tus pesas —dijo mientras hacía un gesto de que se fuera.
«Se le nota el gimnasio. Aunque tiene cara de tonto. ¿Lo tendrá de asistente para darse el gusto de vez en cuando?».
Anabel, como si fuera adivina, respondió:
—No, no me lo tiro. Tranquila. Le tengo acogido por un tema familiar, pero vamos… es un drama.
Dani no supo cómo reaccionar.
—Perdóname. A veces respondo a preguntas que ni siquiera se han formulado en voz alta, pero que sí han pensado, ¿verdad? —dijo AG señalando a Dani con la cabeza.
La joven comprendió que la había delatado la cara. Su primer impulso fue disculparse, sin embargo, eso sería señal de debilidad. Decidió ser directa.
—Le pediría perdón por pensar así, pero a usted le daría igual. Mis disculpas también le sobran. Somos víctimas de nuestros pensamientos primarios, y yo ahora estoy siendo víctima de la sinceridad —apostilló Dani consciente de que su respuesta no era la esperada.
Anabel la escuchaba con los brazos en la cintura y con esa sonrisa que la hacía ganar millones de euros en su programa. Perlas blanco nuclear en vez de dientes.
—Nunca nadie está a salvo de nada —sentenció.
Se quedó mirando a la candidata. Radiografiándola. Cara bonita, bien peinada, ojos profundos, con porte valiente, segura de sí misma. No parecía una estirada. Sin anillos ni pulseras, maquillaje natural, traje de chaqueta negro con camiseta blanca. Nada de falda. Ni muy arreglada ni muy informal.
—En el punto medio está la virtud, dicen —dijo Anabel haciendo una pila con los libros que estaba examinando.
—Eso es de Aristóteles —respondió Dani. La filosofía se convirtió en su pasión desde el instituto.
AG abrió los ojos al escucharla.
—Y has leído también. Acompáñame —ordenó Anabel.
Inició el camino sin esperar que Dani la siguiera.
Sabía que la seguiría. No habló, dejó que lo hiciera la casa durante el trayecto hasta su despacho.
El suelo de roble rojo estaba tan pulido que parecía un espejo.
Dani se fijó en un Miró que había justo antes de abandonar el salón.
Su compañera de piso iba a flipar cuando se lo contara.
«No comentes nada del Miró, que ya sabe que eres lista. Contén los arrebatos pedantes y cálmate».
—Ya sé que el cuadro pertenece a su fundación o a no sé qué museo estadounidense, pero la familia me debía un favor.
—Era como si Anabel hubiera vuelto a leerle la mente—.
Mujer y pájaros en la noche es uno de mis favoritos.
No se lo cuentes a nadie —dijo relajada Anabel, como si estuviese con una amiga.
—Claro —respondió cómplice Dani.
La puerta del despacho estaba entreabierta.
La luz formaba parte del mobiliario. El ventanal era gigantesco.
Delante, había un escritorio y una silla de cuero con un respaldo enorme como los que usarían un villano o un mafioso en una película.
A un lado, una biblioteca que llegaba hasta el techo.
Anabel fue a colocar los libros que llevaba consigo.
Mientras Dani la seguía con la mirada, calculó que ese despacho era más grande que su piso compartido.
Perdió de vista a AG porque reparó en algo casi más llamativo que la biblioteca.
Al otro lado de la estancia, había una mesa de reuniones para ocho o nueve personas.
Las sillas se parecían a las que ya ocupaba Anabel ante el ventanal.
—Veo que te gusta mi despacho —dijo la sonriente dueña de todo.
La invitada no se había sentado todavía, seguía absorta en todo lo que la rodeaba.
—Ah, sí. Me parece increíble. Siempre he soñado con tener una biblioteca como esa.
—¿Te gusta leer?
—Sí. Mi madre es profesora de lengua y literatura. A punto de jubilarse. Ella me inculcó el hábito de leer.
—¿Cuántos libros lees? —Anabel se reclinó con los codos apoyados en los reposabrazos y los dedos entrelazados. Como esperando una mentira.
La respuesta fue tan automática como la de Aristóteles.
—Uno cada diez días aproximadamente. Hay veces que la vida no me da, pero siempre intento mantener ese ritmo. Me mantiene la mente despierta —dijo Dani mientras se dirigía a la silla para las visitas.
A AG le estaba cayendo bien la entrevistada. Le gustaba cómo se movía. Sin darse importancia, con suavidad y estilo. Sin afectación.
—Y si te gusta leer, ¿por qué quieres salir por televisión? —soltó sin anestesia AG.
Dani se esperaba una pregunta por el estilo. En su viaje con el taxista, había imaginado el escenario y las posibles direcciones del diálogo. Tenía preparada una respuesta. No era tan fresca como la anterior, pero sí adecuada.
—No quiero salir en televisión, quiero ser reportera de verdad. Lo de la tele es un mal necesario —respondió la joven.
—Si lo dices con más sentimiento, puede llegar a sonar como una verdad —repuso Anabel buscando una reacción en Dani, que se quedó mirando a los ojos de la estrella mediática.
—Y quiero ganarme bien la vida. Ser reportera en papel no tiene sentido, el papel tiene fecha de caducidad y en la radio no se gana tanto dinero como en la tele.
—Ahí llevas razón. En lo del dinero. Pero debo corregirte respecto a la fecha de caducidad en la televisión: la hay. Si eres mujer, normalmente es cuando llega otra más joven y guapa que tú porque…
—Por eso quiero ser la mejor —interrumpió Dani sin dejarla terminar—. Para que cuando el jefe baboso de la cadena quiera reemplazarme, no pueda hacerlo porque seré más que una cara bonita.
El fuego de los ojos de Dani casi alcanzó a Anabel. Esa hambre por competir le recordó a alguien, y la sonrisa con la que remató esa última frase le hizo pensar en otra persona. Volvió a la carga con otra pregunta que no tenía nada que ver. Quería descolocar a la que sería su nuevo fichaje.
—Pero a veces te haces la tonta, ¿verdad?
—Buscó la complicidad de Dani y, sin dejarle contestar, siguió hablando—: Y usas esa sonrisa que tienes entrenada y te sale natural.
No quiero que me malinterpretes, creo que haces bien.
De verdad. —Anabel se tocaba el pecho para reforzar el mensaje sincero.
—Si estás sugiriendo que también me acuesto con hombres para conseguir lo que quiera o un trato preferente, te equivocas —respondió Dani ofendida.
—¿Crees que estarías aquí si pensara que eres de esas? —preguntó mirando directamente a los ojos de Dani.
Dani le sostuvo la mirada.
—No lo sé. Quería dejarlo claro. Estoy cansada de que la gente piense que consigo las cosas…
—Por tu cara bonita o por follarte a alguien —completó Anabel.
—Exacto. Ya estoy harta de tener que pedir perdón por mi aspecto o por ser inteligente.
—Pues no te queda, Dani. Este mundo es machista, y el mundo de la televisión es machista aunque parezca que está cambiando.
Lo hace, pero poco y muy despacio. Te tocará aguantar comentarios feos y horribles y tendrás que soportar las puñaladas más crueles de personas que no te esperas.
Cada día —dijo con seriedad y conocimiento de causa Anabel.
—Lo sé. ¿Sabes que en la carrera decían que yo sacaba matrículas porque me follaba a los profesores? —Había un lamento imposible de ocultar en las palabras de Dani. Y rabia. No llevaba muchos años en el mundillo, pero sus heridas eran como si llevase mil vidas en la profesión.
—No lo sabía, pero según te he visto en persona me he imaginado que has tenido que escuchar y soportar mucha gilipollez. Solo me sorprende porque sacar matrículas en periodismo tampoco es tan complicado como para…
—Si tienes dos trabajos para pagarte el alquiler, ya te digo que sí lo es.
Silencio seguido de las risas de Anabel. Le hacía gracia la entrevistada. Dani no entendía dónde estaba el chiste. Al principio. Se echó a reír al comprender que lo había dicho enojada de más y que su jefa había querido rebajar la tensión con el comentario sobre la carrera.
Una llamada a la puerta interrumpió las risas.
Era el ayudante de Anabel. Le pidió permiso para acercarse a la mesa.
Llevaba en la mano un sobre abierto que le entregó a Anabel.
Ella leyó la nota. Con parsimonia, devolvió el papel dentro del sobre y respiró hondo. Se levantó y se giró hacia el ventanal.
—¿Pasa algo, Anabel? —Dani quiso mostrarse cercana porque su potencial jefa parecía sombría.
La nota le había robado la sonrisa a Anabel. Tardó en contestar. Seguía reflexionando. El asistente esperaba junto a la mesa una respuesta, pero Anabel no le hizo caso y miró a Dani de manera cariñosa.
—No, nada importante. Empiezas el lunes. Haciendo calle. De reportera. Aunque a lo mejor te llaman el domingo para cubrir una historia —dijo eso mientras hacía añicos el sobre y la nota que contenía.
Dani no terminaba de creerse lo que acababa de pasar.
—Felicidades. —Anabel extendió la mano para sellar el trato—. Bienvenida al infierno. Aitor te dará los detalles.
—Gracias, Anabel.
Dani salió del despacho acompañada por el asistente de su jefa. Anabel se quedó mirando por el ventanal, pensativa. Como si aquella nota le hubiera robado algo.