Estoy muerto y es culpa tuya Capítulo 2
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Capítulo 2

La inspectora Rodríguez paseaba por el salón mientras sus compañeros buscaban pruebas.

En la mesa, un vaso sucio que olía a whisky, un par de colillas y un teléfono móvil.

La casa no tenía muchos muebles. Tampoco cuadros ni jarrones o plantas.

La cocina parecía un museo. El dormitorio, como el resto de la casa, casi no tenía muebles: nada más una cama y una mesilla de noche. Todo era bastante triste.

—¿Cómo alguien que es millonario vive en una casa que parece abandonada? —preguntó la inspectora en voz alta.

Nadie se atrevió a responder. Le tenían miedo. Tampoco caía muy bien.

La inspectora Elena Rodríguez era una idealista que quería resolver todos los casos porque le importaba la justicia, no por la cuota ni el plus salarial.

Estaba cansada de los policías que buscaban fama o poder.

O las dos cosas. Por no hablar de los corruptos.

Ella solo quería que se cumpliera la ley y que las personas respondieran de sus actos.

Por eso si algún compañero hacía mal su trabajo, se lo decía.

No se andaba con tonterías. No se hizo policía para tener amigos.

El paseo de reconocimiento fue largo pero sin sustancia.

El piso era grandísimo pero estaba casi vacío.

Un espacio deprimente y sin brillo. Definitivamente, esa casa servía para dormir y beber en soledad.

Nada más. Decidió salir a la terraza que rodeaba toda la casa.

Corría una brisa fría y el sol lucía sin calentar.

Si hubiera podido, la inspectora Rodríguez se habría sacado un café y se habría sentado allí.

Era un lugar magnífico con unas vistas espectaculares a la sierra de Madrid.

Se sacudió la idea de querer vivir allí. No era profesional. No era el momento.

Se acercó a la barandilla y sintió el abismo.

Nueve pisos de caída. Al asomarse y mirar hacia abajo, vio en el suelo el bulto del cadáver de uno de los mejores futbolistas que habían jugado en el Riviera C.

F. Lo habían cubierto por unas mantas térmicas para evitar el espectáculo y las fotos.

La inspectora daba por hecho que los vecinos habrían hecho algunas para venderlas a los medios o subirlas a sus redes sociales.

Los vecinos o cualquier peatón. Rodríguez se asqueó al pensar en esa gente.

Cuando no lo hacían por el dinero, lo hacían por el morbo y la notoriedad.

No lo soportaba. Tampoco soportaba la ineptitud del juez, que todavía no había dado la orden para levantar el cadáver.

En casos como ese, lo lógico era confirmar la defunción y llevarse el cuerpo cuanto antes para evitar una exposición innecesaria que ponía en peligro la privacidad de la víctima.

Ese tipo de cosas le daban tanto coraje que se mordió los cachetes por dentro hasta que se hizo sangre.

No podía con la ineptitud y no lo disimulaba.

Le pidió a un agente que también estaba en la terraza que llamara al juez y le metiera prisa de su parte.

Volvió enfadada al salón sin esperar la respuesta ni mirarle.

—¿De verdad que no hay nada que nos pueda hacer pensar algo diferente?

Silencio por toda respuesta.

Ordenó en su cabeza todo lo que había visto. A primera vista parecía la casa de alguien que lo había perdido todo. Apenas tenía muebles. Hasta ese momento, no había indicios de que no fuera el suicidio de alguien que no metabolizó bien el éxito, que no supo doblegar sus demonios.

Al entrar desde la terraza pasó por delante de la única pared en la que había cosas colgadas.

Una camiseta del Riviera enmarcada que parecía de niño.

Decidió centrarse en las fotografías. Las miró detenidamente.

La mayoría eran jugando, celebrando títulos o entrenando.

En las que no había una pelota de por medio, que eran pocas, no había nadie que pareciera familia.

Tampoco novias ni amigos. Como si ver fotos de su familia o de sus amigos le doliese.

Quien sí salía siempre era un tipo engominado y en traje oscuro.

Abrazado a Jan y sonriendo tanto que parecía que se le iba a desencajar la mandíbula.

Se acercó y estudió detenidamente al del traje. Como si le conociese. Pero no, no tenía ni idea de quién era. Buscó a quién preguntar y vio al mismo agente al que le había pedido que llamase al fiscal. Le hizo un gesto para que se acercara.

—Ya he llamado al secretario del juez y me ha dicho que en menos de una hora lo tendrán todo listo, inspectora. —El agente había hablado sin que le preguntara y algo nervioso.

—Ah, muy bien. Pero no quería preguntarte por eso. Se trata de otra cosa.

—Dígame —dijo el policía solícito, y también aliviado porque el fiscal se había despachado sobre su jefa y prefería no mentirle a la cara.

La inspectora Rodríguez señaló una foto en la que se podía ver al futbolista fallecido sentado a la mesa de un restaurante. Tenía el brazo del de la mueca exagerada que le había llamado la atención sobre los hombros.

—¿Quién es Johnny Sonrisas? —preguntó apuntándolo con el dedo.

—¿No sabe quién es inspectora? —respondió entre inocente y divertido el agente. Le había sorprendido que no hubiera reconocido a alguien tan famoso.

El gesto de Rodríguez fue la mejor respuesta. Frío y duro. Miró fijamente al policía hasta que este bajó la cabeza y se disculpó.

—Perdón. Sí. Bueno… a ver, es el representante de Jan Martínez.

—¿Y se puede saber cómo se llama? —insistió la inspectora.

—Es el representante de futbolistas más conocido de España. Lleva a los mejores. Es tan famoso como ellos. Fue jugador también. Se dice que es uno de los tipos con más poder en el mundillo.

La inspectora siguió mirando fijamente a su interlocutor porque no le había respondido.

—Es Paolo Suárez. Según los especialistas, es el mejor mánager del mundo. O eso dicen, que yo no tengo ni idea de estas cosas, inspectora —se disculpa el agente.

—Gracias. Leer el Gol desayunando te ha servido para una investigación, fíjate.

El agente se dio la vuelta y farfulló un «No hacía falta ser tan borde» que se le clavó en el alma a Rodríguez. Le clavó una mirada dolida en la nuca, esperando que se diera la vuelta. Lo hizo y establecieron contacto visual. El policía se quedó petrificado.

—Perdón, inspectora —dijo con la cabeza baja y deseando huir de allí.

La inspectora asintió y volvió a dirigir la vista a la foto del futbolista y su representante.

—Algo tendrás que saber…

Cogió la foto y por inercia le dio la vuelta.

Como si esperara encontrar una nota que la condujera a una pista.

«Parece demasiado claro que es un suicidio.

Eso es lo raro. No hay nota de despedida.

Aunque no todas las personas que se suicidan dejan una nota».

Mientras estaba enfrascada en sus reflexiones, alguien entró acelerado en el salón.

El policía lector del Gol llevaba una revista en la mano.

—Inspectora, mire —dijo mostrándole la portada.

La cara de Rodríguez era seria. No comprendía nada y estaba esperando una explicación.

—Este señor de aquí es el doctor Lasse Lempainen —señalando la foto de la portada.

La inspectora continuó en silencio.

—Es un finlandés especialista en lesiones de rodilla —prosiguió el agente—. Ha trabajado para varios equipos de fútbol. Le hacen una entrevista aquí. Es una revista de medicina deportiva. —La abrió y le mostró el reportaje—. Yo no sabía el nombre, la verdad, pero luego viendo las fotos ya he caído.

—¿Dónde estaba la revista?

—En el baño, sobre el cesto de la ropa sucia. Al final los ricos y famosos hacen lo que el resto de los mortales, ¿eh?, cagan y leen…

La broma no funcionó. Ni una mueca en la inspectora.

—Lo llamativo de todo es que tuviera una revista así. Un futbolista…

—¿El fallecido querría estudiar medicina o algo parecido? —preguntó Rodríguez.

—No creo. Este doctor se dedica a casos muy complicados y Jan tenía la rodilla realmente mal. Tanto que decían que se iba a retirar. A lo mejor quería que el tipo este le tratase para volver al fútbol.

Rodríguez cogió la revista y empezó a hojearla.

Había fotografías del médico finlandés con algunos jugadores, otras revisando radiografías y algunas en un estadio de fútbol vacío.

«Un milagro finés». La sonrisa del cirujano fue la diana de la inspectora mientras pensaba.

El agente se mantenía a su lado expectante como si pudiera escuchar los razonamientos de su superior.

«Ya está».

—Busca por todo el piso. En algún cajón, mesilla o similar, o en su teléfono, donde sea, un billete de avión rumbo a… —hojeó de nuevo la entrevista— Finlandia. Al lugar donde tiene el médico este la clínica.

El agente salió disparado hacia el dormitorio. La inspectora volvió a revisar las fotos del reportaje. Estaba empezando a ordenar los pensamientos que se le amontaban en la cabeza cuando el policía del Gol salió del dormitorio con un papel en la mano que le entregó a su jefa.

«Si te ibas a Finlandia el miércoles, ¿por qué te has tirado por el balcón esta mañana?».