Capítulo 1
Dos días antes de la muerte de Jan Martínez, futbolista del Riviera C. F.
El taxi sorteó otros coches a una velocidad más alta de lo que permitía la carretera.
La chica que ocupaba uno de los asientos traseros miró al retrovisor buscando los ojos del conductor.
Se estaba mareando con cada adelantamiento.
Aunque en Madrid era pleno invierno, en ese Opel Zafira parecía verano y no quería llegar sudada a su destino.
Iba a una cita que podía cambiarle la vida para siempre y sabía que la primera impresión contaba mucho más de lo que nadie reconocía.
En ese escenario hizo acto de presencia un animal insaciable que siempre elegía el peor momento para llamar.
—Sí, mamá. Estoy yendo a su casa para la entrevista —soltó cortante Dani a su madre que escuchaba al otro lado de la llamada.
Escuchó la respuesta entre hastiada y agobiada.
Hastiada porque siempre le metía presión.
Desde pequeña siempre la misma cantinela: «Tienes que ser la mejor», «Deberías ser tú la que baila en el centro», «Tú no eres como las demás», «Eres más guapa que la que presenta», «Sabes hacerlo mejor que aquel», «¿Por qué no te han mandado a ti?
», «No engordes», «Ese pelo no te sienta bien», «Si me hicieras más caso, mejor te iría».
Sus diatribas envenenadas no la ayudaban.
Cero reconocimiento a pesar de que fue una de las alumnas más brillantes del colegio, cero comprensión cuando estaba empezando en el mundo del periodismo.
Solo esas puntillas. Bueno, en realidad, ese tipo de sentencias, porque la madre dictaba sentencias, eran las piedras con las que ha tenido que cargar Dani toda la vida.
Ella la quiere, pero cuando se ponía en modo zorra controladora, la quería lejos y callada. El mareo iba a más.
—Pues entiendo que Anabel González, reina de las mañanas y una de las personas más poderosas de los medios de comunicación, puede hacer las entrevistas de trabajo donde quiera, ¿no crees, madre?
La llamaba cuando empezaba a estar cansada de la conversación. Su pregunta provocó un silencio al otro lado. Un nuevo adelantamiento con posterior frenazo agotó la paciencia de la pasajera. Pulsó el botón de silenciar el micro del móvil.
—¿Podría poner el aire por favor? Aquí atrás hace demasiado calor. Y vaya más despacio que me estoy mareando con tanto homenaje al Gran Premio de Mónaco.
El conductor se molestó por las peticiones de la clienta, aunque también se sorprendió por la referencia a la Fórmula 1. El gesto le delató. «Siempre con lo mismo. La gente es la hostia de pija…».
Daniela le ha leído la mente y vuelve a hablar con él:
—Siento la petición, es su coche y son sus reglas, pero necesito llegar en buen estado a mi destino. En esta entrevista me juego mucho. —Busca la complicidad con el conductor mirándole directamente al retrovisor.
Usa el truco que tantas puertas le ha abierto: invocar la empatía.
—Perdone, señorita.
Domado el aspirante a Lewis Hamilton, le tocaba suavizar a la tigresa que le dio la vida. Su paciencia se estaba agotando. Tenía que ser rápida cuando hablara con AG, estar fresca, y su madre era una auténtica vampira energética. Además de la persona más inoportuna del mundo.
—Te llamo cuando acabe. Apago el teléfono no vaya a ser que no aguantes los nervios y me llames en medio de la charla.
—¿Y si tardas mucho en llamarme?
—Pues te bebes un vaso de agua, mamá. Adiós. Un beso.
Fue un beso de lo más cortante. Se hizo el silencio en el habitáculo. El taxista, ahora simpático, buscó a su clienta con la mirada en el retrovisor.
—Las madres… cómo son.
La sonrisa cómplice más falsa de la historia se dibujó en la cara de Dani.
La tenía perfeccionada. El frío ya se notaba en la parte de atrás.
Y el «bólido» iba más suave. Todo controlado.
Respiró hondo y trazó mentalmente un plan.
El taxista le ofreció poner algo de música, pero ella lo rechazó.
No quería estar a merced de un probable fan de Melendi o Antonio Orozco.
—El silencio está bien. Muchas gracias, de verdad.
Otra vez la sonrisa tan falsa como efectiva, domadora de brutos y toscos.
Cuando el coche entró en una de las urbanizaciones más exclusivas de la capital, la aspirante a reportera estaba calmada, había dejado de sudar y había dejado atrás las conversaciones innecesarias. Tenía la cabeza preparada para la entrevista. Era su gran oportunidad.
Pasaron el control de seguridad tras un par de preguntas.
Si no estabas en la lista, no te dejaban entrar.
Dani era especialista en entrar en todas partes, aunque su nombre no estuviera entre los elegidos, pero eso era otra cosa.
Nunca había estado en un lugar así. No podías acceder si no tenían tu nombre, tu matrícula o el residente había avisado de que iba a venir alguien.
«Esto no es la puerta de Kapital», pensó cuando los guardias levantaron la barrera y continuaron la carrera.
—Los de este sitio son la leche. Tienen hasta metralletas. ¿Sabe que aquí vive gente muy muy importante? —Los ojos del taxista miran por el retrovisor a la pasajera buscando respuestas.
—Sí. No había estado nunca. Alguna vez en la urbanización de al lado, pero en esta que es la buena buena, nunca la verdad.
—Yo he traído a más de una vecina de aquí hecha un Cristo. Una me dejó el asiento de atrás como para retapizarlo.
Dani miró los asientos con cara de asco y el conductor se dio cuenta.
—No, tranquila. Lo limpié a conciencia —quiso tranquilizarla.
Ella le dedicó otra sonrisa falsa.
«¿Quién sería? ¿Una cantante? ¿A Anabel González?».
—Quieres dejar de pensar chorradas, imbécil —soltó Dani.
—¿Perdone?
—No, lo siento. Estaba pensando varias cosas a la vez y se me ha escapado en alto. Perdóneme. Son los nervios…
—Nada, nada. No se preocupe. Yo suelo hablar solo cuando voy conduciendo. Sobre todo en los atascos.
Esta vez solo fue media sonrisa.
Volvió el silencio. El recorrido desde la entrada hasta el número 10 de la calle Abedul se estaba haciendo largo. Dentro de la urbanización no se podía ir deprisa. Había badenes y radares, además de seguridad, por todas partes. Te abordaban si no respetabas las señales.
Dani miró por la ventana tratando de ver las casas, pero solo había paredes de verdes.
Setos de cinco metros de alto. Tan densos que no dejaban ver nada de lo que escondían.
¿Llegarían algún día? Ojeó el reloj del móvil para comprobar que no se le hacía tarde por culpa de la velocidad de tortuga del taxi.
Todo controlado. Llegaba con diez minutos de adelanto.
Ella siempre era así. Previsora. Puntual rozando lo enfermizo. O lo que debería ser según su opinión.
El Zafira por fin se paró. Volvió a mirar el reloj. Estaba en tiempo.
—Muchas gracias por todo. ¿Cuánto es? —preguntó Dani al taxista que se había girado para no tener que hablar a través del retrovisor.
—Según la máquina, que nunca miente, son cuarenta y cinco euros.
«Chascarrillo para despedirse. Prepárate que ahora te tira la caña».
—Toma, cincuenta, y quédate con el cambio —respondió Dani.
Sabía que el «Quédate con el cambio» era una frase antigua, de película de las de antes, de gánsteres en blanco y negro.
En el fondo, no le gustaba decirla, pero si la acompañabas con un guiño, ganabas un aliado para el futuro.
Aunque quizá no fuera a cruzarse nunca más en la vida con este taxista. Pero nunca se sabía.
—Gracias, cariño. Que te vaya bien la entrevista con Anabel González —se despidió el conductor.
Dani se sorprendió al descubrir que el taxista sabía a quién va a ver.
—Mientras hablaba por teléfono… —se justifica el taxista.
La joven asintió comprensiva. Soltó un «gracias» sincero mientras se bajaba del coche. Ya fuera, chequeó que llevaba todo, reinició su look y se puso la americana. Miró la puerta y las paredes de setos que la flanqueaban. Parecía un castillo.
Respiró muy hondo antes de llamar al telefonillo.
«Vamos allá».