Estoy muerto y es culpa tuya
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Prólogo
Cuando la luz del amanecer inundó la habitación, Jan ya estaba fuera de casa.
No había podido dormir. La cama le resultaba inmensa.
Fría y solitaria. La noche había sido un vaivén de recuerdos.
No podía dejar de pensar en sus padres. Los echaba de menos.
Se pasaba la vida rodeado de gente, pero no se había vuelto a sentir arropado desde que se fueron. Estaba solo.
Apagó el motor, pero no separó las manos del volante. Estaba nervioso como un niño en su primer día de colegio. Era su lugar preferido y no era capaz de bajarse del coche. Tenía la mirada oscura y cansada de la vida. El retrovisor no mentía.
Cuando el ataque de pánico terminó, abandonó el coche.
Se apoyó en el techo para mirar bien todo.
Seguía exactamente igual. La misma puerta azul oxidada y el muro de hormigón que rodeaba el «complejo».
Desde fuera, no se veía que allí dentro se hacían realidad sueños primarios como marcar un gol y disfrutar del juego.
Sin aditivos ni polémicas. Solo fútbol puro.
Jan tiró el cigarrillo que acababa de encenderse.
Pese a los nervios, notaba que hacía frío y que la lluvia se había ido.
El corazón le palpitaba como cuando debutó con la selección. Respiró hondo y cruzó el umbral.
Los recuerdos dolorosos y la angustia que lo atormentaban la noche anterior desaparecieron.
Sintió una paz interior cercana a una felicidad absoluta.
Años atrás, sintió ese mismo relámpago interior tan anestésico y dulce cuando metió su primer gol y vio a sus padres celebrarlo.
Su equipo. El de los sueños de infancia.
Un acto cotidiano como volver a su campo de la infancia, respirar ese aire húmedo y frío que siempre volaba cuando llovía le había devuelto la serenidad.
El olor a tierra. Oír el golpe de los tacos de los chavales en la hierba embarrada.
El golpeo y el beso de un balón a la red.
Recuperar esos momentos olvidados le hizo feliz.
Ese instante de supina tranquilidad duró pocos segundos, pero los suficientes para respirar hondo de nuevo.
Se descubrió mirando el campo con esa sonrisa que encandilaba a las chicas y enojaba a los rivales.
Volvía a ser él. Aquel niño que no se separaba de una pelota y que amaba intensamente ese juego.
Era como si nunca hubiera salido de allí.
Todo estaba igual: las vallas cerca de las líneas del campo, la publicidad de la joyería del barrio, el bar donde los mismos de siempre se apoyaban en la barra para arreglar el fútbol y los vestuarios seguían dando miedo desde fuera.
Un campo de barrio de los de siempre, de los que se habían ido perdiendo por la evolución del juego y la sociedad.
Un escenario artesanal donde no hay aditivos ni presión.
Era de los pocos complejos deportivos que no habían sido invadidos por el césped artificial.
Aunque la normativa obligaba, el dueño del campo seguía sin hacer caso.
Defendía la pureza en las intenciones para disfrutar del juego.
Al cuarto intento, la federación madrileña se dio por vencida y dejó hacer a aquel loco nostálgico que era el padre del presidente.
Superada la sorpresa de sentirse en paz y con las manos en los bolsillos, Jan anduvo lo suficiente para separarse del grupo de padres que esperaban a que comenzase el partido.
Algunos le reconocieron, pero no se atrevieron a acercarse.
No estaba seguro de si se debía a su mala cara o las últimas barbaridades que había publicado sobre él la prensa deportiva.
Nunca le había importado lo que pensara la gente, para él solo contaba la opinión de sus padres.
No quería fotos y charlas incómodas. Se distanció de aquellas personas como si unos metros pudieran preservar la sensación que tanto le reconfortaba al estar allí.
No quería que nadie alterase ese momento. Ahora sí debía ser egoísta.
El partido había empezado. Jan estaba anestesiado.
Una lágrima rodaba sobre su mejilla. Paz interior.
Miraba el campo y sonreía. Los chavales corrían sin un destino claro y sin saber muy bien la razón.
La pelota dirigía sus movimientos, no respetaban posiciones ni esquemas, era un imán para los dos equipos.
Los entrenadores sonreían sabiendo que daba igual lo que dijeran: sus pupilos iban a correr detrás del cuero.
Las camisetas, tres tallas más grandes y el balón más voluminoso que alguno.
La vergüenza impedía acudir al barullo a un niño rubio que prefería levantar el brazo para pedir el pase, una esperanza vacía porque el resto de sus compañeros solo tenían ojos para el suelo y la pelota.
Sonrió ante esa estampa porque recordó cómo él, siendo tan joven como los chicos que veía, era capaz de encontrar la salida entre esa selva de piernas cortas.
También disfrutaba manejando la pelota ante esa estampida de rivales; valorar que el pase era una opción igual de válida que emprender una aventura de regates.
No necesitaba ni un segundo para saber elegir bien.
Un don que siempre le había acompañado fuera y dentro del campo hasta que todo se derrumbó.
«Una foto preciosa», pensó al fijarse en el sol brillante que bañaba el partido.
Ese recuerdo le iba a acompañar hasta el momento de su muerte.
Poco a poco, la mística de la visita se fue desvaneciendo, pero se negaba a abandonar el campo.
Saborear esa mezcla de melancolía dulce y su pasado era lo único que le quedaba.
Ver y paladear el juego desde la barrera, rememorar la época en que era inocente, y su vida, sencilla.
Solo fútbol, nada de aditivos que corrompieran el sabor.
No podía durar mucho. Jan comprendía que algo tan bonito y especial fuese fugaz.
Una sensación maravillosa con la velocidad de un cometa.
Fueron segundos que parecieron años pero un grito desesperado desde la zona de los padres destrozó su paz.
«¿PERO POR QUÉ NO VAS A POR EL BALÓN?», gritó un padre.
Fue un alarido tan potente e intenso que casi paró el partido.
Esa frase parecía encerrar una frustración inconmensurable, los sueños truncados del hombre saltaban al campo con furia por la pasividad del niño rubio que no quería ir a por el balón.
Jan tragó saliva. El grito se le había clavado en el alma. Por mucho que supiera que sería temporal, no estaba preparado para que terminara ese momento. Una vez más lo que rodeaba al terreno de juego le había vuelto a quitar lo que le hacía feliz del fútbol.
Se dio media vuelta empujado por la rabia y la impotencia.
A él su padre nunca le había levantado la voz ni le había obligado a nada.
Solo quería que fuera feliz. De camino a la puerta del campo, se cruzó con el voceador y este se quedó mirándole.
Estuvo a punto de decirle algo, pero prefirió el silencio.
El pestazo a alcohol no invitaba a una conversación.
Tampoco tenía la autoridad moral de dar lecciones a nadie.
Enfiló la salida. No le hizo falta levantar la mirada porque se sabía el camino de memoria. Lo había hecho millones de veces. Antes de salir de allí, echó una última mirada al campo. Era una despedida de todo aquello. Un adiós para siempre. Eterno.
Llegó a su coche y, antes de subirse, se fumó un cigarrillo. Una vez dentro, se miró en el retrovisor. Seguía sin mentirle: los ojos eran pura tristeza. También cansancio vital. Arrancó y se fue a casa.
El trayecto lo hizo en silencio. La rabia se había apoderado de él y no quería distracciones ni de la radio ni de la música, solo quería sentir.
El mundo no tenía nada que contarle ni enseñarle.
Sus pensamientos y sus sentimientos eran la única compañía para alguien que con una sola llamada estaba rodeado de chicas, falsos amigos y gorrones.
También de gente mala. Así los llamaba su madre.
«Ten cuidado con los malos que se acercan a todo lo que brilla».
No tenía que reservar en ningún restaurante.
Se presentaba y listo. Llegó a pensar que el mundo giraba en torno a él, un dios bajado a la Tierra con un don millonario.
Si aquella noche no hubiera escuchado y hubiese salido de allí, no estaría así.
Seguro. Darle vueltas a esa decisión le estaba volviendo loco.
La calle empezaba a llenarse de gente que había abandonado los brazos de Morfeo para disfrutar de su día libre.
En cambio, para él los fines de semana siempre habían sido los días más ocupados.
Cuando jugaba porque jugaba y cuando salía porque salía.
Todo mezclado. Vida nocturna y diurna. Goles y copas.
Se sentía intocable y ahora estúpido. Conducía suave y sin acelerar, disfrutando del paseo, saboreando la inercia y el manejo de aquel coche.
Como despedida. De vez en cuando miraba el retrovisor y se encontraba con unos ojos al borde del llanto que parecían desconectados del resto del cuerpo.
Hizo lo que siempre hacía cuando tenía que tomar decisiones importantes: dar vueltas por la M-40 para aclararse.
Su mente era un torbellino: los inicios, Paolo, el trabajo, los goles, los abrazos con los compañeros, las discusiones con el entrenador, las portadas de las revistas, cuando dejó a su novia del barrio, el coche rojo de sus padres, la corona de flores en el entierro, la soledad en su casa, los aplausos del último partido y «los malos».
Le habían pasado demasiadas cosas antes de los treinta y tres años.
Jan aceleró el coche. Estaba solo en la carretera y el rugido del motor reverberó por la autopista.
Quería dejar atrás al padre gritón, la pena y todos los errores que había cometido.
¿Había sido una víctima del sistema? ¿La culpa era suya?
Las preguntas se iban sucediendo mientras pisaba el acelerador.
Cuando se vio a más de ciento ochenta kilómetros por hora, levantó el pie.
Encendió un cigarrillo para tranquilizarse.
El corazón latía y las sienes se movían al compás.
Poco a poco se disolvió la tensión que le producían la velocidad y el vértigo.
Nunca había sido valiente para afrontar sus males.
El arrojo que demostraba en los partidos importantes se esfumaba ante la realidad.
Ante los problemas en los que se había metido él solo.
Se había bebido a grandes tragos una vida que podría haber sido legendaria en el terreno de juego.
Su carrera era increíble, tanto en lo bueno como en lo malo.
Aciertos y errores colosales. Inolvidables para todo aficionado, los míticos y los estrambóticos. Los del campo y los de fuera.
Había permitido que le engañaran. Había asumido todo. Por vergüenza, por cobardía y porque no estaba bien. Llevaba demasiado tiempo buscando la solución para su problema. Su existencia estaba siendo una tortura desde una conversación que jamás tuvo que producirse.
El siguiente paso estaba claro. Había tenido un fogonazo durante el grito de ese padre. Un viaje hacia un lugar frío donde la desesperación podría convertirse en algo hermoso.
Jan vivía en un enorme piso en una zona residencial de Madrid.
Era muy amplio y, más aún, sin los muebles.
Había tenido que vender lo más valioso para pagar una deuda.
Solo le quedaban una cama, un sofá, una mesa de centro y unos pocos libros que le hacían compañía.
Y las fotografías de la pared. Respiró hondo al entrar en su desierto.
Fue a la cocina, abrió el frigorífico y sacó unos cubitos de hielo.
Los metió en un vaso. Se sirvió lo que quedaba de una botella de whisky.
Era de los baratos y el olor era intenso, tanto que le echó para atrás.
Dio el primer trago. Ya no le molestaba.
Se sentó en el sofá con la copa en la mano.
Había levantado muchas. En el césped y fuera.
Clavó la vista en la pared. Buscaba reencontrar la sensación del campo.
Esa paz. Respiró hondo. No lo lograba. Quería sosiego.
Cerró los ojos. Oscuridad. Casi mareado por estar tanto tiempo entre tinieblas, dejó el vaso vacío sobre la mesa.
Un «piti» como decía su mánager. Dio caladas profundas y sentidas.
Una despedida más. Tenía que dejar la pelota.
No aguantaba más. No quería luchar más. Tampoco quería molestar a nadie pidiendo ayuda. Y aunque hubiera querido…
Antes de que se consumiera el cigarrillo que acababa de encender, Jan ya se había estampado contra el suelo de la calle. La terraza de su piso en la novena planta sirvió como trampolín de despedida. Era el último adiós que le quedaba, el de la vida.