Capítulo 25 #2
—Tú también podrías beneficiarte —insinúo—.
Y tú, Felipe. A lo mejor en el mundillo influencer pasa desapercibido, pero lo de Montseny está siendo noticia nacional y va a serlo internacionalmente a lo largo del día de hoy.
Es un escándalo que se haya revelado tanta información de golpe, y sobre uno de esos peces gordos que todos creían intocables.
Si de verdad quieres que tus próximos tiktoks se viralicen, di algo al respecto a propósito de la contratación para publicitar Isla Serena.
A estas alturas, sabrás que nada recibe más visualizaciones que un salseo.
—¡Coño, salseo es que Fabiana Sevillano rompiera con Pablo Vera, no que un empresario sea un cabrón! Lo primero no lo vimos venir, y lo segundo no sorprende a nadie. ¿Un tío podrido de dinero que resulta ser mala gente? ¡Últimas noticias: tenedor encontrado en la cocina! —bufa con sarcasmo.
—Si quieres, espera a que yo suba el mío y lo usas de plantilla o incluso publicas el tuyo respondiéndome. Así tienes respaldo por si te llaman mentirosa y te llegan visualizaciones mi público.
—No sé si quiero que me sigan hippies .
Se me escapa una carcajada con su sinceridad.
—Yo intenté ayudarte. Ahora haz lo que quieras. —Me encojo de hombros—. Nos vemos, chicos. Fue una experiencia... interesante.
—Desde luego —asegura Felipe con una sonrisa divertida.
Levanta la mano para subrayar su despedida.
—No vayas a perderte por ahí, ¿eh? —me advierte Mina—. No te vendría mal tener una amiga, Faynita.
—Y a ti tampoco, insoportable —se burla Felipe—. Deja de fingir que le haces un favor a los demás y admite que tú también has aprendido algo..., aunque sea ahora que todo ha acabado.
Mina pone los ojos en blanco y no contesta. No hace falta. Felipe y yo sabemos que, en su idioma, eso es una confirmación de que lo que ha dicho es cierto.
Desaparece de la videollamada sin añadir nada más.
Durante unos segundos silenciosos pero felices, nos quedamos a solas el foodie y yo, que apenas intercambiamos una mirada de complicidad antes de cerrar nuestros respectivos ordenadores.
Bien está lo que bien acaba, y todo ha acabado como tenía que acabar: con Carmen recalculando la ruta vital, Alberto satisfecho con sus inocentes mortales, Felipe y Mina reconciliados, y yo de vuelta en Tenerife con la clase de hombre que te sorprende por la espalda robándote un beso en el cuello.
—¿En qué ha quedado la cosa? —me pregunta Cesc sin despegar los labios de piel. Me rodea el pecho con los brazos y los cruza emulando una camisa de fuerza.
—En que no se acabará el mundo, aunque lo pareciera durante un instante —suspiro, todavía sonriendo por el dramatismo de Mina—. ¿Tú crees que la denuncia prosperará? ¿Que el proceso judicial no se detendrá mágicamente, cuando tu padre encuentre la manera de sobornar a alguno de los implicados?
—Yo lo que creo es que por ahora no es mi problema y con toda probabilidad no lo volverá a ser.
—A lo mejor te llaman para que declares.
—Pasarán años hasta ese momento. A saber dónde estamos para entonces. Si me pilla en Hollywood, va a volver a España quien yo me sé.
Echo la cabeza hacia atrás hasta el tope, que es su pecho. Me recuesto contra él para mirarlo a la cara, que aflora en mi campo de visión del revés, como si se estuviera asomando a un pozo.
—Así que Hollywood es el destino final, ¿eh?
—O Nueva York —me besa la frente— o Berlín —me besa la mejilla derecha— o Londres —me besa la izquierda— o Barcelona —me besa la punta de la nariz— o donde tú me ordenes.
—O podemos ser nómadas.
—O podemos ser nómadas —coincide con una sonrisa plácida.
No lleva ni una semana fuera de Ibiza —fuera del dominio de su padre, mejor dicho, porque la tierra no le ha hecho ningún mal— y ya parece otra persona.
Concretamente, la persona que él eligió ser a los dieciocho años; la persona que conocí cuando tenía veinticinco.
Un chico despreocupado que se viste con informalidad, habla con todos los desconocidos que se cruza como si fueran sus amigos de siempre, encuentra la suficiente belleza en cualquier rincón que visita para sacarle una foto con la cámara que carga a cuestas y no pierde la pasión por la vida ni cuando está muerto de cansancio y solo quiere acostarse, porque ni entonces desaprovecha la oportunidad de demostrarme, aunque de modos más prosaicos, cuánto se alegra de estar aquí.
Al final somos como las flores. Dependemos de dónde nos planten y cómo nos traten para prosperar o marchitarnos.
Descubrir que Cesc florece a mi lado me llena de una dicha y un orgullo indescriptibles, acostumbrada como estaba a pensar que mis cuidados nunca bastaban para sacar adelante a mis seres queridos.
Cierro los ojos y dejo que me mezca entre sus brazos.
—Debería estar prohibido sentirse tan feliz cuando ni siquiera se cumplió un año aún desde que murió —murmuro.
—No, no debería..., porque dudo que él te lo prohibiera. Estará batiendo las palmas allá donde esté.
Hemingway se pone celoso de nuestros arrumacos y mete el hocico bajo mi brazo para llamar nuestra atención.
Cesc se separa a regañadientes, pero riéndose por lo expresivo que es mi perro, o nuestro perro.
Rodea mi silla y me tiende la mano para que lo acompañe a darle su primer paseo del día por las inmediaciones del mirador.
—¿No vas a ponerte un buzo o algo encima? —le pregunto.
—¿Para qué? No habrá nadie vigilándonos a estas horas.
—Eso no es excusa para vivir como los salvajes —me río nada más calzarme las cholas.
Cesc se inclina hacia mí para hacerme cosquillas en la mejilla con la nariz.
—Como los salvajes no, Cotufas. Como los silvestres.