¡Esto sí que no es una comedia romántica! (¿En tu isla o en la mía? 2) Capítulo 25
97%

Capítulo 25

Fayna

—Entonces... ¿subimos los vídeos o no? —pregunta Mina, visiblemente preocupada.

Su ceño imposible de fruncir del todo por cortesía de la reciente renovación de baby botox —se lo puso nada más regresar a Madrid, hace cuatro días y tres noches— aparece recortado en el pequeño rectángulo de la videollamada de urgencia de Google Meet que programamos anoche en vista de los acontecimientos.

—Pues claro que no, ceporra —se burla Felipe con cariño—. Solo faltaría que te funaran viva por promocionar los hoteles de Montseny con la que se le viene encima al colega.

—Que se le venga encima no significa que le vaya a caer encima —repone Alberto, no sin sabiduría—.

Me imagino que un tipo como Jaume Montseny tiene recursos de sobra para capear un temporal así, y si denuncia a los periódicos por difamación y gana, no nos va a interesar habernos posicionado en su contra.

—No sé yo, chicos. Los periódicos parecen muy convencidos de que va a pagar por sus delitos.

Si es que hay donde elegir... —murmura Carmen, conmocionada.

Sostiene un ejemplar del diario nacional de esta mañana, del que Jaume Montseny es portada: su cara se luce impresa en primera plana—.

Que si paraísos fiscales, que si vertidos contaminantes, que si tráfico de influencias.

¡Si es por mencionar, hasta mencionan que le es infiel a su mujer!

—El peor delito que ha cometido, hands down —señala Mina en tono lúgubre—.

Pero ninguno ha respondido a mi pregunta.

Fayna, ¿tú qué dices? ¿Hacemos como si no hubiéramos estado allí de vacaciones?

Excepto Alberto, nadie ha subido nada todavía porque había que editar los vídeos. Podemos hacernos los locos, ¿no?

Me he obligado a permanecer calladita durante la llamada para no denotar que a mí se me había informado con unos cuantos días de antelación de lo que sucedería.

Aunque es verdad que no esperaba que los medios se pusieran en marcha tan pronto.

He subestimado el poder de la prensa para enterarse de lo que acontece entre abogados y jueces. Ya ha llegado a manos del primero y el segundo la documentación de Cesc, y, por lo visto, también a los principales periódicos españoles y alguno que otro internacional.

Es cuestión de tiempo que el New York Times saque a uno de los empresarios más ricos de la península en su apartado de escándalos.

Si es que lo tiene.

No lo sé con seguridad, porque yo no leo prensa yanqui y paso del inglés.

Me encojo de hombros y me repantigo en la sillita de plástico plegable que he sacado fuera de la autocaravana para desayunar al fresco.

Son las ocho y media de la mañana y todavía nadie se ha aproximado al mirador de Jardina, la puerta de acceso al parque rural de Anaga, una maravilla natural que a los chicos del documental les quedó pendiente conocer.

Mi perro Hemingway, un ancianito de nada menos que once años, deambula a mi alrededor por si acaso pillara alguna de las delicias que hemos preparado para el desayuno.

Alargo una mano hacia mi café recién hecho y me tomo mi tiempo para pasarlo al vaso con hielo.

—Pueden subir el contenido, ya que está grabado —propongo—, pero mencionando lo que pasó. Es una buena oportunidad para informar a la gente de lo que estuvo cociendo Siroco Collective.

—¿No nos meterá un puro el departamento de Marketing si nos dedicamos a criticar a la empresa después de habernos aprovechado de las instalaciones? —plantea Mina.

Levanto la vista por encima del móvil para confirmar que mi acompañante remueve su propio café. No escucha con el tobillo cruzado sobre la pierna contraria y la vista fija en mi expresión sardónica.

Él tiene pintada en la cara una muy parecida.

«El departamento de Marketing está ahora mismo muy ocupado conmigo», me dan ganas de responder.

—No lo creo —comento con desenfado—. El departamento de Marketing está pasando por una mala racha ahora mismo. Tiene mejores cosas de las que preocuparse desde que el director dimitió... y su secretaria, el poder en la sombra, también.

Mina hace una mueca de exasperación.

—¿No puedes preguntarle a Cesc qué opina él?, ¿pedirle que nos haga una sugerencia? —protesta—. ¡Sé que estáis juntos ahora mismo!

Levanto las cejas en la dirección del aludido sin girar la cámara. No me parecería bien que los chicos lo vieran con el pelo revuelto, sin camiseta y con cuatro chupetones entre el pecho y el cuello.

No hace falta ser tan obvio.

—Lo siento, Mina —contesta él en voz alta—. Ya no curro allí, así que no sabría decirte.

—¡Venga ya, hombre! —ruge ella, como era previsible—. ¡Es mi dinero y son mis visualizaciones las que están en juego! ¡Tenía contenido para dos semanas enteras! ¡Dos semanas enteras! ¡Tirarlo a la basura le viene fatal a mi calendario!

—¿Por qué no subís solo aquello que no esté relacionado con Siroco Collective? —propone Carmen—. Descartáis los vídeos enseñando los bungalós o la comida del restaurante del hotel y nos centramos en las excursiones.

—Todas las excursiones estaban patrocinadas por Jaume Montseny, Carmen —masculla Mina entre dientes—.

El helicóptero era suyo, al igual que el yate; tenía un acuerdo comercial con la empresa de las bicicletas que condujimos por Mallorca y el resto de restaurantes de lujo también eran de su propiedad.

Incluso la puta discoteca donde me drogaron.

—No entiendo cuál es el problema —interviene Felipe—. Haz cuatro o cinco vídeos probando alguna de las siete cajas de maquillaje regalado que te estaban esperando en la puerta de tu piso y ya verás lo rápido que compensas el descarte del contenido hotelero.

Cesc y yo volvemos a mirarnos.

«Conque sabe lo que la estaba esperando en la puerta de su piso, ¿eh?», le transmito yo.

«Se han liado. Otra vez», sentencia él con su expresión categórica.

—¡No sé por qué estás tan tranquilo! ¡A ti también te han jodido al menos diez vídeos!

—Por suerte, durante mi ausencia han abierto un restaurante libanés y un coreano, Mercadona ha sacado una nueva versión de los cereales rellenos de leche y mi abuela cumple mañana noventa años.

Las oportunidades de sustituir unos tiktoks por otros devorando alimentos deliciosos se me presentan por doquier. No hay por qué llorar.

—Yo ya he subido mi backflip y no pretendía publicar nada más, así que, sintiéndolo en el alma, os voy a dejar discutiendo el asunto, que no me incumbe en absoluto —dice Alberto—. Hasta luego.

Y desaparece de la videollamada del mismo modo que apareció en nuestras vidas, con la rapidez y la precisión de uno de sus mortales hacia atrás.

—¿Tú qué vas a hacer, Carmen? —pregunta Mina con ansiedad.

—Nada —responde ella. Se encoge de hombros—. No voy a hacer nada.

—¿Qué quieres decir?

—Tengo programado un vídeo de despedida para que se suba en hora punta.

Lo grabé ayer por la tarde. Comento que la vida influencer no es para mí, que necesito reorganizar mis ideas y sanar por mi cuenta.

Que lo siento mucho, pero que me ha superado.

Cuando el tiktok ya haya acumulado suficientes visualizaciones para decidir que lo ha visto quien tenía que verlo, me borraré la cuenta y el resto de las redes sociales.

—¿Estás loca? ¿Cómo vas a hacer eso? ¿Qué hay de todo tu trabajo? ¿Todo tu esfuerzo?

Cesc y yo volvemos a mirarnos, esta vez sin socarronería, solo complicidad, orgullo paternal e incluso agradecimiento porque Carmen nos haya informado.

Sé que la afectada se siente también en deuda con nosotros —absurdo, porque la que ha sido valiente es ella—, pues tuvimos una conversación al respecto antes de despedirnos en Ibiza.

—Que hayas hecho algo y te haya salido bien no significa que debas seguir haciéndolo a perpetuidad, y menos cuando empieza a hacerte mal —responde Carmen—.

Me he unido a la llamada por si podía ayudar, pero no tengo mucho más que aportar.

Ha sido un placer conoceros, chicos. Si alguna vez queréis quedar, tenéis mi número. ¡Un abrazo!

Sale de la videollamada por la puerta grande.

—Yo flipo —jadea Mina. Ha recuperado el tono de voz grave de la mujer que es en realidad—. La peña está colgada, macho. ¿Cuál es la alternativa? ¿Currar de lo suyo? ¿No había hecho un grado en Historia del Arte? ¿Qué coño piensa hacer con eso? ¿Limpiarse el culo?

Ah, Guillermina Montero y su apasionante diplomacia.

—Es bonito que te preocupes por ella —señalo, y sin ninguna clase de ironía.

Hay que conocerla más allá de su fachada para entender que no pretende que la gente sea infeliz, sino todo lo contrario: cree saber lo que es mejor para los demás y lo proyecta hasta la saciedad.

Hasta resultar nociva, de hecho.

—¿Y tú qué vas a hacer, Fayna? —inquiere Felipe.

—Lo que pretendía desde el principio. Subir un vídeo exhibiendo el paraíso natural que es Ibiza, otro denunciando la gentrificación, entre otros problemas, a la que se enfrentan los lugareños, y un tercer tiktok sin cortes ni censura hablando de mi experiencia con Montseny.

Como me respalda la prensa, podré confirmar punto por punto las acusaciones que se han hecho.

—Vamos, que has salido hasta beneficiada —rezonga Mina—. Cerda.

Busco la complicidad de Cesc y me encuentro con su espalda.

Se ha levantado de la silla de plástico para acercarse al pequeño precipicio que separa la explanada de tierra donde hemos aparcado la autocaravana del exuberante paisaje verde de Anaga.

Con el café todavía en la mano y la cámara colgando del hombro, contempla cómo el día se va iluminando.

«Pues ya ves si salí beneficiada, mi niña», pienso. «Y ya ves si cerda».