¡Esto sí que no es una comedia romántica! (¿En tu isla o en la mía? 2) Capítulo 24 #3
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Capítulo 24 #3

—No me refiero a lo que vas a hacer con los papeles.

No soy imbécil —especifica, y no lo dice con la rabia de la indignación, sino como un recordatorio.

Ella misma deja correr una pequeña pausa, por si acaso el reconocimiento de su virtud le calara lo suficiente para empezar a actuar en consecuencia—.

Me refiero a qué vas a hacer tú. Con tu vida.

—Solène Delorme me ha contratado como director de fotografía de su próxima película.

Es verdad que hasta que comience el rodaje pasarán unos cuantos meses, así que entremedias buscaré un curro no muy esforzado y que esté mínimamente relacionado con lo mío, no sé si en Madrid, Barcelona, Tenerife o lo que sea. Puedo tirar de ahorros.

—Tenerife —repite, sumida en sus pensamientos—. Era de allí la chica, ¿no?

No me pasa por alto que no ha añadido el « hippie » ni ninguno de sus adorables y originalísimos apodos.

—Sí. Nos iremos juntos a donde más nos cuadre. Está por ver.

Mi madre hace un movimiento con la cabeza que podría ser una afirmación o podría ser un escalofrío.

—O sea, que sigues empecinado en vivir la vida de proscrito.

—La vida que haga falta, mamá. Estoy enamorado de ella —deletreo con premeditada lentitud. Le sostengo la mirada sin pestañear—. ¿Entiendes eso, eh? ¿Lo entiendes o no lo entiendes?

Mi madre no es una persona que vaya a conmoverse con un alegato emocional. Y en el remoto caso de que lo hiciera, no es una persona que da su brazo a torcer, incluso si te comprende o está de acuerdo contigo.

No sé cómo sería cuando era joven, antes de casarse con mi padre; si tenía criterio propio y él lo aplastó como un gusano o ya era frívola e influenciable, pero hace tiempo desde que descifrar el porqué del carácter de mis progenitores no me quita el sueño.

Llega un punto en la vida de un adolescente en el que, por supervivencia, necesitas dejar de intentar entenderlos porque de todos modos no podrás justificarlos. No podrás perdonarlos.

—Lo entiendo —me sorprende contestando casi con dulzura.

Convencido de que han sido imaginaciones mías, alzo la vista.

Ella me contempla de nuevo como si yo le sonara familiar pero no me ubicara del todo—.

Tú no eres como nosotros. No lo has sido jamás.

Ni cuando eras niño y pensábamos que podríamos reconducirte.

—Laia tampoco es como vosotros.

—Laia se parece más a mí de lo que crees —lo pronuncia en tono de advertencia—, pero no estábamos hablando de ella.

No me ha extrañado en absoluto ninguno de los pasos que has dado en tu vida profesional y personal.

Estaría insultando nuestra mutua inteligencia si no te dijera que es lógico y cabal que te hayas prendado de una mujer como esa.

—No irás a negarme que sea mejor que un hombre como el tuyo, ¿verdad?

Bueno, quién sabe. A lo mejor sí te parece peor.

Nunca has sabido ver lo que de verdad es positivo y enriquecedor para tus hijos y lo que no.

De alguna manera, querías para ellos lo mismo que tenías tú, ¿me equivoco?

Amargura y desesperación. Aburrimiento, en el mejor caso.

Creías y sigues creyendo que así funciona el legado familiar: «Lo que sea que yo tenga es lo que tú tendrás, sean vino y rosas o sea pura mierda».

Ella no encuentra un argumento sólido o legítimo para desmontar mi acusación. No esperaba que lo hiciera, así que no experimento la menor decepción. Pero sí me sorprende que acabe suspirando, como una actriz detrás del telón cuando por fin puede quitarse la máscara.

—Yo nunca quise nada de esto —anuncia en voz alta, y suena pasmada consigo misma; también treinta años más joven. Apuesto a que es algo que no se ha permitido decir y que ni mucho menos ha pensado de forma consciente.

Y si lo ha hecho, lo ha descartado a toda velocidad.

No especifica a qué se refiere, pero no hace falta. Yo lo sé. Y aunque estoy curado de expectativas con los Montseny y muy acostumbrado a su espantosa crueldad, todavía me queda corazón para enrabietarme por lo que significa.

Pues claro que no quería nada de esto. Lo ha hecho notar cada día de su vida desde que Laia y yo tenemos conciencia. No quería hijos. No quería tener que cuidarlos, tener que enseñarles a ser buenas personas, tener que pasar tiempo con ellos, tener que fingir que los amaba.

Nada nuevo bajo el sol.

Aun y con todo, de una retorcida manera, creo que la honra que lo haya admitido. Sirven como últimas palabras de despedida, como las mejores palabras de despedida, de hecho, porque justificarán incluso ante una persona sensible que ella y yo no volvamos a coincidir jamás.

Sirven, asimismo, como guinda del pastel: a la pregunta que me hará Fayna de cómo he conseguido que me entregue los papeles, podré contestarle esto mismo.

«Se sintió humillada, se sintió atrapada y, además, mi madre nunca quiso nada de esto».

Agarro el pomo de la puerta con la plena seguridad de que no cruzaré este umbral nunca más. Creo que la ocasión amerita que le refiera unas últimas palabras, así que procuro que ninguna de ellas sea de las que te persiguen empapadas de culpa el resto de tu vida.

—Haz algo por ti misma, anda —le pido—, y lárgate tú también de aquí.