Capítulo 24 #2
Dudo que ella le estuviera jamás agradecida por la oportunidad de convertirla en su esposa. Dudo que ella creyera ni por un solo momento que valía menos que él. Mi madre no era una pobre criatura que Jaume rescatara de la calle. Era la estrella indiscutible de una familia rica.
Margalida, con su afinadísima intuición femenina, dio en el clavo. Apelar a su sentido del honor, a su dignidad, era la única salida para que reaccionara.
No hace preguntas absurdas o innecesarias como «de dónde has sacado esto», y menos aún nos trata a ambos como a un par de besugos con acusaciones del palo de «esto es Photoshop».
Los correos electrónicos ya eran lo bastante malos —reconozco que he tenido la crueldad de subrayar los destinatarios para que no obviara la variedad de las amantes—, pero no es hasta llegar a las fotos que necesita tomar asiento.
Lo hace como si fuera una pluma, flotando con abandono hasta posarse en el borde del sillón de mi padre.
Sé lo que está sintiendo porque es lo mismo que he sentido yo al ver las fotos. ¿Quién es ese hombre? ¿Lo he visto antes? ¿Me ha sonreído a mí así? ¿Sabe sonreír así cuando entra en esta casa? Qué joven se le ve. Qué feliz parece.
Supongo que eso es lo que más duele cuando descubres una infidelidad. Es una patada al ego, es una humillación pública, pero también es un shock. Su marido no solo está acostándose con otras: está divirtiéndose con otras mientras ella busca formas innovadoras de aletargar los sentidos.
Resulta que no solo Fayna es una esclava del deseo de hacer justicia o, en su defecto, del dolor ante una situación injusta.
—¿Por qué me has traído esto? —pregunta con la vista todavía clavada de las fotos.
—Porque quiero que te enfades lo suficiente para decirme dónde están las pruebas de que Jaume Montseny ha comprado al ayuntamiento y ha vertido contaminantes en el mar, por mencionar dos delitos.
Mi madre apoya el papeleo sobre su regazo y me atraviesa con una mirada desconectada.
—¿Tan vengativa me crees?
—No, no te creo vengativa. Tampoco pienso que seas una persona justa. Pero soy de la opinión de que uno puede empezar a ser lo contrario a lo que ha sido siempre con el incentivo adecuado.
Ella esboza una sonrisa cínica que me pilla con la guardia baja.
—En algunos aspectos te pareces tanto a tu padre... Odiarías verte y escucharte ahora.
—Lo dudo —respondo sin alterarme con la provocación—. Yo no estoy haciendo esto para beneficio propio.
—¿No? ¿No pretendes vengarte de él dándole donde más le duele?
—No es una cuestión de venganza en mi caso.
Me ha amenazado y yo me estoy defendiendo.
Podrías defenderte tú también —agrego, y señalo su regazo con la barbilla—, para variar.
¿Por qué no? No es como si dependieras de su dinero para seguir adelante.
Tampoco necesitas su nombre para ser socialmente relevante.
Y, sobre todo, no te ha hecho feliz un solo día de tu vida.
¿A qué viene la lealtad, entonces? ¿Tanto te han calado las supuestas obligaciones conyugales?
¿No deberían haberse superado ya esas convenciones absurdas en pleno siglo veintiuno?
¿O es que tiene algo contra ti y por eso sigues aquí?
Mi madre sonríe como si le hubiera contado algo divertido.
—¿Qué podría tener contra mí? He sido perfecta desde el primer día hasta el último.
—¿Y no te gustaría ser mala con él por una vez? O no mala, sino algo distinto de pusilánime.
Ella encaja mis reproches e insultos como yo encajo los suyos, con total indiferencia.
Hemos alcanzado ese nivel de distanciamiento emocional y practicidad que nos permite lanzarnos cuchillos por deporte desde la comodidad de nuestras burbujas.
Ninguna hoja afilada va a atravesar sus barreras, y menos aún las mías.
Agacha la mirada hacia la foto que más ha captado su atención, esa en la que mi padre aparece sonriéndole a su acompañante y estirando la mano sobre la mesa para tomar la suya. La contempla durante un buen rato con la misma expresión con la que un experto forense estudia las entrañas de un cadáver.
Cuando parece haber quedado claro que le es indiferente, que no ha sentido nada más que sorpresa, su semblante se ensombrece.
La veo levantarse y desaparecer escaleras arriba.
No sé cómo me las arreglo para aguantar en el sitio cuando mi cuerpo me pide salir en pos de ella para pedirle que me ayude; rogárselo de rodillas, si es necesario.
Pasa tanto tiempo en la segunda planta que comprendo que se ha encerrado en su dormitorio y que la entrevista ha terminado.
Pero persevero en mi esperanza.
Es lo que mejor se me da. Perseverar en la esperanza.
Y como si Dios quisiera compensarme, al cabo de una media hora la oigo bajar.
Reaparece en el salón cargada con una caja de cartón de tamaño medio. Está sin sellar. Apuesto a que la ha buscado específicamente para llenarla de los documentos que me deja ojear en silencio mientras pierde la mirada al otro lado de la ventana.
Una cosa es saber que tu padre es un hijo de puta y otra muy distinta es tener la confirmación material ante tus ojos.
Lo primero que me encuentro ni siquiera me lo esperaba, pero sirve para mi propósito: un certificado de titularidad de sociedades en Panamá y las Islas Caimán, contratos fiduciarios donde otra persona figura como administrador nominal, extractos bancarios extranjeros y declaraciones patrimoniales que no coinciden con los activos reales.
Este es, en realidad, el cofre del tesoro.
También hay informes internos de ingeniería ambiental advirtiendo de que la depuradora del hotel está sobrepasada y presupuestos rechazados para arreglar instalaciones de tratamiento de aguas.
Hay informes de buceadores contratados por la empresa documentando daños a la posidonia por vertidos contaminantes.
Hay fotografías geolocalizadas de tuberías submarinas.
Hay informes de laboratorio encargados por Siroco Collective cuyos resultados no solo no se hicieron públicos, sino que se manipularon.
Hay actas de reuniones donde se menciona que una inspección podría descubrir el problema.
Con esto podría caer no solo mi padre, sino decenas de implicados.
Cientos.
Alzo la vista hacia mi madre, pasmado, y aunque debería darme por satisfecho con el simple gesto de que me lo haya confiado, no puedo resistirme a seguir indagando.
—¿Jaume guardaba todo esto?
—Yo guardaba todo eso.
—¿Por qué?
—Por si alguna vez intentaba extorsionarme como te ha extorsionado a ti —resuelve con sencillez. Ladea la cabeza hacia la televisión apagada con una mano en el cuello y una sonrisa lejana—. Son cosas del matrimonio que no entenderías.
Me cuido de mencionar que la doble titularidad de las cuentas en paraísos fiscales podría —aunque no es seguro— salpicarla. No por si pudiera echarse atrás, sino porque debe de saberlo perfectamente.
Ella también tiene abogados. Ella también es inteligente.
—Gracias. —Percibo la nota de incredulidad en mi voz.
Mi madre vuelve a mirarme como siempre me ha mirado, como un desconocido que ha visto en alguna otra parte.
En el pasillo de un tren. En una fiesta.
No sé qué tanta responsabilidad tienen las pastillas de este embotamiento suyo ni en qué porcentaje afecta a su forma de estar y comportarse conmigo el hecho de que no sienta ningún afecto por mí.
—¿Qué vas a hacer?
—Consultarlo con un letrado, y si le parece que la documentación tiene el peso suficiente para hacer una denuncia, llevarla a la policía. Luego quedaría en manos de la fiscalía. Estos delitos son jurisdicción del estado.
—¿Y luego?
—Se abriría una investigación judicial —comienzo a enumerar—, se le llevaría a juicio, y...