¡Esto sí que no es una comedia romántica! (¿En tu isla o en la mía? 2) Capítulo 24
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Capítulo 24

Cesc

—Vaya. —Mi madre ni siquiera alza el tono.

Reproduce la exclamación que haría una pésima actriz de teatro.

Espera a haber depositado la revista en la mesilla de cristal del salón y haber descansado las manos sobre el regazo de la bata para dirigirse a mí.

Tiene los dedos grasientos aún de la crema con la que se ha embadurnado el cuerpo y el rostro—.

¿A qué debo el honor de tu visita, Francesc?

El modo en que arrastra las palabras me informa de que ya se ha tomado su primer lorazepam del día.

El reloj no marca ni las once de la mañana.

Nada de lo que sorprenderse. Desde que alcanzo a recordar, mi madre ha necesitado una ayudita química para soportar estar viva.

Al principio me preocupaba, luego me resigné, después me importó un carajo y ahora hasta puedo decir que la entiendo.

¿Cómo no vas a pasarte el día drogado para tolerar el hecho de estar casada con Jaume Montseny?

Aunque, al mismo tiempo, ¿por qué sigue casada Jaume Montseny, si clama al cielo que es el motivo de su infelicidad? Hay parejas que actúan como si no existiera el divorcio.

Me armo de paciencia cogiendo una gran bocanada de aire y tomo asiento frente a ella, en el borde de la mesilla acristalada. Mi madre se sorprende, ahora de manera expresiva, por la ligereza con la que he aceptado su proximidad.

No es habitual.

—Quería hablar contigo.

Ella cruza las piernas con lentitud y se arregla la fina capa de satén para que la bata le cubra pudorosamente las rodillas huesudas. Esas rodillas huesudas de las que debería estar orgullosa, porque su esfuerzo le cuesta mantenerse en infrapeso.

No lo está.

—Eso es nuevo.

Lo dice sin acritud. Sin amargura. En todo caso, percibo una resignación cargada de humor negro.

He estado preguntándome a lo largo del viaje cómo voy a abordar la cuestión.

Aunque se trate de una mujer cuyos principios y forma de vivir se encuentran en las antípodas de los míos, aunque se trate de alguien en quien apenas reconozco la forma de mi barbilla o mi boca, aunque en determinadas etapas de mi vida la he odiado con tanto fervor que creí que me destruiría, sigue siendo una persona a la que no se le pueden decir según qué cosas sin ninguna clase de tacto.

A pesar de que había tomado la decisión de ser directo pero compasivo, no es una breve introducción lo que sale de mis labios:

—¿Alguna vez has querido a Jaume?

Mi madre se sorprende por tercera vez desde que he llegado. Parece que se esté descongelando, o que conforme más se asombra, mejor se le dé expresarlo, porque en esta ocasión se le refleja en la cara.

—¿A qué viene eso? —responde con una carcajada incrédula.

Esa carcajada esconde un cúmulo de emociones misteriosas que debo admitir que captan mi curiosidad.

De algún modo ha sonado ofendida y envenenada de rencor.

—Nunca es tarde para abrirle tu corazón a tu primogénito, ¿no crees? —ironizo.

—Hablar de tu matrimonio con tus hijos es una ordinariez.

—A mí se me ocurren unas cuantas cosas más ordinarias que esa. Todas ellas las has hecho tú. Se las has hecho a Laia — le recuerdo sin la menor esperanza de avergonzarla—. Pero no perdamos el foco, porque tengo prisa por marcharme.

—Con la hippie , ¿no? —introduce casi de manera inocente—. Tu padre me ha informado de tus últimos pasos. Parece ser que tu secretaria quiso hacerlas de Cupido y la invitó a publicitar Isla Serena por si resurgía la chispa, ¿no?

—Sí, Margalida tiene la perniciosa costumbre de preocuparse por mí y hacer lo que está en su mano para alegrarme el día. O la vida —me corrijo sin cambiar de expresión.

Mi madre hace un mohín y aparta la vista, como si Mar no mereciera su atención.

—Nunca me ha gustado esa mujer.

—Normal. A mí tampoco me gustarían los hombres por los que mi esposa se sintiera atraída.

—El comentario sirve para captar su interés.

Juzgando por la mirada que clava en mí, está haciendo un gran esfuerzo para no desvelar su verdadero sentir—.

Vaya, parece que estabas al corriente de que tu marido sentía debilidad por ella.

—Igual que siente debilidad por todo lo que se le resiste. Empezando por ti —responde sin perder la compostura—. Lástima que vuestra querida Margalida fuera lesbiana y no quisiera saber nada de él.

Procuro disimular la sorpresa al intuir un rastro de rabia en su comentario. Si no hubiera estado aletargada por el ansiolítico, habría escupido las palabras como una ametralladora, estoy seguro.

La esperanza echa raíces en mí y, al mismo tiempo, porque por desgracia no soy un psicópata, siento una profunda tristeza por tener que meter el dedo en la herida.

—No todas las secretarias que Jaume ha contratado eran lesbianas. De hecho, el noventa y nueve por ciento eran heterosexuales, jóvenes, guapas y estaban encantadas de recibir su atención. Pero eso también lo sabes..., ¿no?

Mi madre permanece inmóvil en el sofá como un orgulloso rehén. No soltará prenda ni bajo amenaza de tortura, o por eso habría apostado si no hubiera replicado en tono neutro:

—¿Qué quieres, Francesc?

Permito que me domine el lado compasivo y me inclino hacia delante para hablarle con gentileza.

—Con un poco de suerte, conseguir que te respetes a ti misma.

Tienes un marido rico que te ha granjeado amistades poderosas, tiempo libre de calidad y todo capricho material que se te pueda ocurrir, eso es cierto.

Hay a quien eso le vale. Pero tu marido también es un criminal, una pareja infiel y el responsable de que tus hijos hayan volado o vayan a volar lejos de aquí sin ninguna intención de regresar.

Te ha dejado sola. Te ha aislado —le recuerdo—, y, mientras, él se divierte por su cuenta. ¿No te da rabia?

Inicialmente, mi madre no reacciona. Me sostiene la mirada aferrándose desesperada a su dignidad, como queriendo transmitirme que no es manipulable, que no va a caer en mi torpe persuasión.

Pero no puede hacer nada contra mi determinación, y termina levantándose como un fantasma condenado a vagar por el mundo y dirigiéndose a la cocina abierta.

Decido quedarme donde estoy para concederle un momento de paz.

Escucho el chorro del grifo y la veo apoyada de perfil en el fregadero, bebiéndose con ansiedad un vaso de agua, y otro, y otro.

A esta distancia, con solo la bata puesta y tan delgada que podría partirse como la ramita seca de un árbol, parece tan frágil que se me encoge el corazón.

No es mucho menos frágil que Laia cuando la anorexia estaba a punto de matarla.

Nunca he podido perdonarle que patrocinara la decadencia de mi hermana. Es cierto que su descenso a los infiernos empezó a causa del acoso escolar, pero en casa, lejos de encontrar una aliada, halló lo último que necesitaba: un refuerzo de sus pensamientos intrusivos.

Alguna veces, cuando el rencor ha hecho tanta mella en mí que no podía ni moverme ni hablar, no me ha quedado otro remedio que esforzarme por empatizar con mi madre.

Es innegable que actuaba por instinto y no por maldad al alimentar el trastorno de Laia, pero también es cierto que nunca quiso corregir o curar ese instinto suyo de no ocupar espacio, y solo se puede perdonar la negligencia hasta cierto punto.

—¿Por qué has venido a decirme esto? —exige saber en cuanto regresa al salón. Me mira desde el otro lado de la barrera del sofá—. ¿Qué interés tienes tú en recordarme mi supuesta libertad y mi derecho a ser feliz, si nunca te ha importado en absoluto lo que sea de esta familia?

No reacciono al claro intento de provocación. En su lugar, abro la carpeta que Margalida me ha cedido y saco los correos electrónicos.

No me había fijado en que detrás de las capturas de pantalla había apoyo visual: fotos de mi padre caminando de la mano con alguna chica, cenando con ella en el restaurante del hotel, reservado solo para ellos, o directamente inclinándose para besarla.

Yo mismo me quedo paralizado con lo que muestran las imágenes. En algunas de ellas, mi padre le sonríe a su acompañante de un modo que no reconozco, como si fuera otra persona.

¿Quién dice que no se invente una identidad que no se corresponde con la realidad para atraer a sus presas? O, peor, ¿quién dice que no se enamore de ellas, aunque la obsesión le dure unas semanas? ¿Quién dice que es incapaz de sentir amor?

Decido eliminar este último pensamiento, descontento con su poso de empatía.

Pero mi madre ya se ha fijado en la cara que me ha dejado descubrir que Jaume Montseny tiene una faceta cariñosa, y, picada en la curiosidad —en concreto, en la que mató al gato—, se acerca y me quita los papeles de las manos.

Al principio no me atrevo a mirarla a la cara. Una cosa es odiarla y otra muy distinta es querer refocilarme en su miseria conyugal. Pero tengo que hacerme responsable de lo que estoy haciendo, y acabo por alzar la barbilla y fijarme en el cúmulo de emociones que van desfilando por su rostro.

Igual que me ha sorprendido la revelación de que mi padre podría ser un galán de telenovela con sus amantes, me quedo de una pieza advirtiendo el dolor en la cara de mi madre, se diría que más operada para disimular esta clase de accesos emocionales que para aparentar unos eternos treinta y cinco años.

Ella no lo dirá en voz alta porque es demasiado orgullosa —y esto en específico no se le puede echar en cara porque es un rasgo que debes cultivar cuando vives con un hombre como Montseny—, pero no hace falta porque lo sé: lo que más le duele es haber consagrado su vida a ser la mujer florero de un tipo poderoso para que luego la vaya humillando por ahí.

Mi madre podría haber sido lo que le hubiese dado la gana. Para eso nació en una cuna de oro. Pero escogió hacerse pequeña al lado de Jaume Montseny, acatar sus reglas, moverse por sus espacios con la elegante discreción de las señoras de clase alta... y así es como se lo paga.